WILD WILD LOVE Capítulo 5

 

betty oest

El tiempo pasa tan rápido cuando una es feliz…

Las gentes, calles y rincones del pintoresco pueblo de Cowboys eran testigos del idilio entre el Wild Bill y la camarera. El martes era el día libre de Fe y Tony  iba a llevarla a cenar a la ciudad. Había reservado mesa en uno de los mejores restaurantes de Amarillo, La Rosa de Texas. La recogió en un impresionante Buick negro, sorprendiéndola al presentarse vestido con un elegante traje gris confeccionado a medida. Su toque personal se lo daba la impecable camisa clara, abierta por el cuello. Nada de corbatas, la chaqueta le quedaba perfecta. Cómo olía de bien su Tony… Porque eso es lo que era: su Tony.

Para la ocasión, Fe estrenó un vestido  que había comprado a los pocos días de su llegada a Cowboys y que, sinceramente, pensó que no tendría oportunidad de poder lucir en aquellas tierras agrestes; una prenda color azul noche que resaltaba su estrecha cintura con un vertiginoso escote en forma de V en la espalda.

—Estás preciosa. —Tony la admiró de pies a cabeza, con ojos de hombre  enamorado.

—Olvidaste contarme que hacías de modelo en tus ratos libres —dijo Fe.

—¿Eso es un cumplido?

—Por supuesto.

Cenaron en un íntimo reservado. Cocina moderna, buen vino, y un pianista tocando románticas melodías al piano. Durante toda la cena los tortolitos no dejaron de cruzar interminables miradas, cargadas de chispa y complicidad. Fe caía en absorta fascinación ante la natural masculinidad de ese hombre. Podía ver la llama de las velas reflejada en las claridad de sus pupilas, que no escondían el deseo que sentía por ella.

—Dentro de un par de  semanas se celebrará el primer rodeo de la temporada –explicó Tony, mientras le acariciaba la mano por encima de la mesa.

—Tengo entendido que Ricky se está preparando para actuar.

—Sí .—Sonrió él—. Ha estado practicando, parece que no se le da mal …

—No me lo perdería por nada del mundo –rió Fe–, va camino de convertirse  en todo un vaquero.

Tony le masajeaba la mano y entrecruzaba sus dedos con los de ella mientras se la comía con los ojos.

—Yo también lo creo.— Se acercó más, dándole un beso corto pero cargado de erotismo.

Tony le habló de los rodeos y de su intención de participar en el próximo, aunque esta vez, únicamente como invitado. Eran varios los certámenes de ese tipo que se organizaban en Cowboys al cabo del año, sin embargo en esta ocasión, expresó, prefería disfrutar del espectáculo desde las gradas, y en su compañía.

—He reservado una habitación en el Worldwide –disparó, sin rodeos–. Quiero que pasemos la noche juntos.

Lanzó la pelota al otro campo y Fe respondió a la invitación con una pregunta:

—¿Nos vamos?

La suite del hotel, en el piso veinte, tenía una vista privilegiada de la ciudad. Fe dejó el abrigo en el hall y se  acercó a la ventana para admirar la fascinante vista nocturna a través del cristal.  Él se interpuso bloqueando la visión, no podía esperar más. La abrazó recorriendo su espalda  mientras lentamente le bajaba la cremallera del vestido. Cuando la prenda cayó al suelo, y ella quedó desnuda a excepción de las braguitas  y las medias, se limitó a contemplarla sin decir nada; con la boca entreabierta y los ojos clavados en los gloriosos pechos de su chica made in Spain.

—Cierra la boca vaquero –bromeó Fe, dándole un golpecito con el dedo bajo la barbilla.

—No es cerrar la boca, precisamente, lo que tengo en mente.

Y la atrajo y la pegó contra su pelvis,  su cuerpo estaba más que duro bajo el fino y caro tejido del  traje. La levantó en brazos sin dejar de besarla y, en plan película, la llevó a la cama.

Ropa tirada sobre la alfombra,  sábanas revueltas y la habitación caldeada por horas de sexo y ardor. Tony estaba de nuevo encima de ella, apoyado sobre los codos jugueteando con su pelo y atormentando sus pechos con lenta deliberación. Tony montaba como lo hacía todo: como el puto amo. La noche fue larga y ambos lo hicieron hasta caer rendidos.  De madrugada asaltaron el minibar, bebiéndose el champán y comiendo bombones para reponer fuerzas. Arropados por suaves sábanas de satén y unidos en un tierno abrazo, piel con piel, entrelazados, dieron la bienvenida al amanecer. Después, durmieron hasta el medio día.

Fe apareció por el Bufalos con el cuerpo molido, como si acabase de bajar del caballo de John Wayne; eso sí, pletórica y con la tez reluciente.

—No pienso contarte los detalles .—Advirtió a Susy, con una sonrisa pícara en los labios, anticipándose al interrogatorio.

—Egoísta –gruñó la rubia.

La camarera pasó el resto de la semana subida a una nube mullida con forma de corazón. Al cerrar el bar Tony la recogía para llevarla a la cabaña y pasaban la noche juntos. Él prefería marcharse al rancho antes de que los chicos se levantasen y así respetar su intimidad. La pareja buscaba cualquier momento del día para pasar tiempo juntos. Mientras le quedase un mínimo de energía en el cuerpo no renunciaría a pasar ni un solo minuto en brazos de Fe. En una ocasión Tony se había presentado en la cabaña a media mañana y, aprovechando que estaban solos,  le había hecho el amor concienzudamente  sobre la mesa de la cocina, rodeados de nabos, judías y mondas de patata.

Pasadas las diez del viernes por la noche Tony no había aparecido todavía por el Bufalos. <Qué extraño>, pensó. Quizás algo lo hubiese entretenido en el rancho. Fe llevaba unos días inquieta, la asaltaban ideas tontas desde que había llamado a su casa y le había hablado a su madre de él:

“Pero hija, apenas le conoces… No te precipites… Los hombres son muy atentos cuando quieren sacar algo de una mujer”.

<Si ella supiera lo que había sacado… Y metido>.

Era lógico que su madre se preocupase en la distancia. No conocía a Tony, pero conocía bien a su hija y sabía que no era dada a insensatos amoríos. Fe no tenía pensado hablarle tan pronto de él, pero sentía una necesidad casi abrumadora de proclamar su estado de euforia amorosa a los cuatro vientos. Podía entender que la noticia, cuanto menos, la sorprendiese, pues hasta ella misma se asombraba de cómo Tony se había ganado su corazón en tan solo unas semanas. Feliz en su nube de amor y sexo a diario, no quería pensar en que aquello pudiese acabar.

¿Dónde se habría metido? Un vaquero estaba montando el espectáculo subido en el toro mecánico, cada vez que el robótico animal lo lanzaba al suelo, la masa explotaba en risas y silbidos. La puerta del Bufalos se abrió, una mano masculina la sostuvo galantemente cediendo el paso a una mujer. Era alta, con curvas y melena leonina color zanahoria; llevaba un vestido descaradamente provocativo. Demasiado corto. Detrás de ella entró un sesentón fumando un puro. Lucía una de esas horteras corbatas de aguja y una panza prominente, que sobresalía de su americana marrón; el pelo blanco lo llevaba recogido en una coleta pegada a la nuca, y unas pobladas patillas encanecidas enmarcaban su rostro rechoncho. El hombre que sujetaba la puerta era Tony, que los siguió al interior. En cuanto estuvieron los tres dentro del local la pelirroja se agarró del brazo de Tony Bill, pegándose a él como una sanguijuela y diciéndole a saber qué porquerías al oído. Tony lanzó una mirada fugaz hacia la barra intentando localizar a Fe, pero en ese momento una troupe de turistas se cruzó en su campo de visión.

<¡Mierda!>, lo había perdido de vista.

—Es para hoy guapa ¡Tenemos sed! —exigió un borrachuzo impaciente.

—¡Ya voy amigo!  ¡Que no se acaba la cerveza!

¿Quién era esa? Tony había pasado de largo sin siquiera acercarse a saludarla.

—Ha llegado el gran jefe. –Escuchó la voz de Susy a sus espaldas–. Pon a enfriar el champán bueno.
El gran jefe se dirigía hacia ellas en ese preciso momento.

—¿Cómo va todo por aquí, Susy? —preguntó, tomando asiento en uno de los taburetes mientras daba profundas caladas al apestoso habano.

—De maravilla Bob, puedes verlo tú mismo. Hacía tiempo que no te dejabas caer por aquí.

—He estado ocupado. ¿Ha habido algún problema?

—Todo bien jefe. ¿Lo de siempre? –consultó la rubia,  sacando pecho al inclinarse sobre la cubitera.

Bob clavó los ojos en la  pechuga generosa y rosada, pero luego desvió su atención hacia Fe.

—Así que tú eres la nueva… —Levantó la voz para asegurarse de que Fe lo escuchase.

—Sí señor, soy Fe.

Bob le hizo el repaso correspondiente, evaluándola a través del humo del puro con los ojos entornados.

—¿Qué tal la chica? —interrogó a su encargada, cuando Fe ya no podía escucharles.

—Mejor de lo que esperaba, se desenvuelve muy bien y esto le gusta. Tony y yo nos alegramos de que esté aquí. —Tucson torció el gesto al escuchar que hablaba también por voz del vaquero.

La cosa se fue despejando. Fe enfocó su mirada de halcón  hacia la mesa que Tony compartía con la pelirroja, cerca del  escenario. Él escuchaba muy atento a la pelo mocho, o al menos,  eso le parecía a ella,  que cotorreaba y gesticulaba con ese cuerpo de arpía enviando señales del tipo “¿Me llevas a la cama, cariño? “

Esa noche tocaba en el Bufalos Cora Yija y su banda. Medio Cowboys estaba empapelado con el poster de la explosiva cantante de country, anunciando la estelar actuación. La golfa insistía tirando del brazo de Tony para sacarlo a bailar, aunque a él no se le veía tan entusiasmado, al final consiguió arrastrarlo hasta la pista. ¡Era el colmo! Tony nunca había bailado con ella. La sangre le hervía. Empezaron a aflorar sus instintos más primitivos, pero lo último que  quería era montar una escenita en presencia de su jefe, ningún hombre merecía que ella se pusiese en evidencia, menos todavía, que agarrase a una tipa por los pelos y la arrastrase por todo el local, en plan mujer de las cavernas.

Susy lo leyó en su semblante, se acercó a Fe y, con disimulo, le susurró al oído:

—Es la sobrina de Tucson, Paty Sue. Viene por aquí con su tío de vez en cuando y siempre por el mismo motivo …

—Ya veo el motivo –comentó Fe, secamente.

—Paty es el ojito derecho del tío Bob y, bueno…, salta a la vista que le gustaría cazar a Tony.

—Y a él parece no molestarle…

—Hasta donde yo sé, lo único que ha conseguido es llevárselo a la cama  en una única ocasión. Una noche de borrachera la tiene cualquiera. —Lo justificó—. Pero por aquel entonces Tony era libre como un pajarito… Ya sabes, en el fondo todos se dejan querer.

—¿Y quién dice que ahora no lo es? —atacó Fe, consumida por los celos.

La bruja había conseguido que Tony  bailase con ella, y que se acostase con ella… Volvían a estar sentados, Susy les sirvió más champán. A Fe no la tranquilizó en absoluto la confidencia de su encargada, confirmaba sus sospechas de que esos dos habían compartido más que palabras. Después de que Tony, el gran jefe y la sobrinísima se zumbasen la tercera botella, la pelirroja se volvió peligrosamente plasta manoseando a Tony mientras los dos hombres hablaban de negocios.

Tony había bebido un par de copas, desde hacía rato buscaba una excusa para poder escabullirse y acercarse a la barra, pero hacía meses que el  jefe no venía por Cowboys y parecía no tener intención de concederle un respiro. A ninguno de los dos le convenía que la estúpida de Paty Sue se percatase de su relación con la camarera, había conocido a muchas mujeres y las despechadas eran las más peligrosas.

—Iré a buscar más champán —sugirió Tony, levantándose de la silla.

—Te acompaño, cariño.

—Gracias Paty, no te molestes. ¿No queremos dejar a tu tío solo, verdad?, vuelvo en un minuto.

Fue directo hacia ella. Lo que no  esperaba era el frío recibimiento con que lo obsequió.

—Perdona preciosa, no he podido venir antes…—se excusó, apurado —. Supongo que Susy ya te ha dicho quienes son.

—Sí, el gran jefe y tu amiguita.

—Su sobrina.—La corrigió.

Susy se acercó a la pareja y depositó una nueva botella helada en las manos de Tony.

—Tu amiguita viene hacia aquí –anunció, alzando una ceja.

—Toooonyyy

<Mierda>, pensó él.

—Hablaremos más tarde, Fe.

—En realidad no me importa quién sea, puedes volver con ella y seguir divirtiéndote. —Su voz sonó cortante y cargada de cinismo—. No hace falta que me esperes, Susy me llevará a casa.

—No te comportes como una adolescente celosa Fe, no te va nada.— Tony buscaba su mirada insistentemente, no entendía su reacción, pero Fe se dio la vuelta y se distanció de él—. Muy bien. Como quieras… —masculló entre dientes, tenso como un alambre.

¡Encima se daba el lujo de ofenderse!, protestó Fe. Se pasaron el resto de la noche cruzando miradas atravesadas. Si Fe era una mujer con ovarios, Tony los tenía bien puestos; al final de la noche, cada uno por su lado.

Al día siguiente, Susy  informó a Fe de que Tony, Bob y la pelirroja,  habían tomado juntos el primer vuelo a Dallas.

Se sentía realmente mal. Con cada paso que habían avanzado en la relación, el temor de Fe a que algo estropease su idilio con Tony había ido creciendo en su interior. Tal vez, inconscientemente ella misma había propiciado el desencuentro para probarlo. Se ahogó en sus primeras lágrimas derramadas al otro lado del océano. Él  ni siquiera se había despedido.  Si era sincera consigo misma, tenía que admitir que  se había acobardado ante la primera señal de peligro, poniéndose a la defensiva en cuanto lo vio entrar del brazo de la estúpida esa. Fe sintió que el corazón se le hundía como una piedra en el río, al imaginar que otra mujer pudiese reemplazarla en el corazón de Tony, y en su cama. Había actuado impulsivamente. Celosa, sí. Real o no, la hipotética posibilidad de una infidelidad por parte de Tony la había impulsado a imponer  el castigo antes que el delito. Mejor prevenir y lamentar, que lamentar no haber previsto, se repitió, tristemente.

Fueron días monótonos. Noches tristes y solitarias, con horas de reflexiones, dudas y el peso del arrepentimiento sobre su conciencia. Una de esas noches, alrededor de las tres de la madrugada, Fe se levantó para buscar una aspirina, la cabeza le iba a estallar. La cabaña estaba oscura y en silencio, unos cuantos rayitos de luna se filtraban a través de los flotantes visillos de la ventana de la cocina. A tientas y descalza, le pareció que una sombra atravesaba el comedor.

—¡¿Quién anda ahí?!

La sombra paró en seco para luego emprender una huida a toda prisa.

—¡Ehhh! ¡Un momento!

Con la mano palpó la pared y accionó el interruptor de la luz del  salón, la estancia se iluminó con un cegador fogonazo. ¡Menudo cuadro! Revés se echó mano a las pelotas tratando de cubrirse las vergüenzas, que apenas le cabían en la palma de la mano.

—¿Qué narices haces deambulando en bolas por la casa a estas horas? ¡Me has dado un susto de muerte! Un momento…, ¿de dónde viene esa voz?

Revés salió disparado hacia el teléfono, que había dejado tirado en el sofá al escuchar un ruido en la cocina, lo malo es que eso de correr y sujetarse la polla al mismo tiempo, ralentiza. Ella lo interceptó primero.

La voz al otro lado del aparato seguía a lo suyo:

“Ummmmmm, ahhhhhhhhh. Hombretón… esto es todo para tiiiiiiii. Voy a quitarme las braguitas, y seguiré imaginando que tus manos fuertootas me tocan…”

—¡Oye guarra, se acabó la fiesta! —Fe lanzó el teléfono como si le quemase en los dedos, y Revés corrió a esconderse detrás del sofá —¡Salido! —añadió.

—¿Y eso qué significa? —protestó.

—Ni una palabra —advirtió—. ¡Todos los tíos sois iguales!

A la mañana siguiente, Revés, avergonzado, rehuía a Fe como una rata de alcantarillado. Desde la repentina marcha de Tony, la prima estaba de un humor de perros. Los chicos procuraban no irritarla cumpliendo a rajatabla con las tareas del hogar y, siempre que podían, trataban de sacarle una sonrisa con alguna de sus gracias, incluso en su noche libre se encargaron de preparar la cena. En el rancho se rumoreaba que Tony se había largado con la sobrina del jefazo, pero nadie hacía preguntas. A Ricky le extrañaba la forma en que Tony se había esfumado, sin avisar ni dejar razón alguna. Debía ser cosa de familia eso de darse el piro y, si te he visto no me acuerdo.

A solo unos días para la celebración del Rodeo, Jaco, el empleado al mando de Palo Duro en ausencia del capataz, había recibido una llamada de Tony  en la que le daba instrucciones precisas sobre el rancho. No había dejado ningún otro mensaje.

Por fin llegó el gran fin de semana en Cowboys. El pueblo se había engalanado para la ocasión con festones de colores, banderas del estado de Texas y adornos florales y farolillos de papel. Los comercios y restaurantes obsequiaban  a los visitantes con aperitivos típicos y tapones de whisky. La ciudad hervía de gente garbeando por las calles entre llamativos sombreros rancher y ascendentes columnas de humo con olor a maíz frito y  a costillas asadas.

Vaqueros llegados de todas partes, con las botas bien lustrosas y los culos prietos, llenaban el estómago y el gaznate antes de participar en el rodeo. Una pequeña feria con casetas y puestos de comida rápida se había instalado junto al recinto; música country a todo volumen y barriles de cerveza prometían diversión  durante todo el fin de semana, al más puro estilo living Texas. Cowboys estaba precioso, tan animado y bullicioso que resultaba difícil no contagiarse un poco del espíritu festivo. El pueblo, que tan bien la había acogido, no merecía su apatía, pero cada rincón de Cowboys le recordaba al él. Habían transcurrido dos semanas y la ausencia de noticias solo le confirmaba que no estaba equivocada: había sido una más en la lista del Wild Bill. No sabía si Tony acudiría al festival, temía el momento del reencuentro, si es que llegaba a producirse. Había meditado mucho sobre eso en los últimos días y lo tenía decidido: buscaría otro empleo en alguna parte. Susy había contratado a un par de camareras macizas como refuerzo para esos días de lleno total. Mejor, con tanto trabajo no tendría tiempo de pensar en Tony, en dónde estaría, en qué haría en esos momentos. O con quién. Ricky iba a participar en el rodeo y ella estaría allí la primera para animar.

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El pueblo quedaba casi desierto durante la celebración del espectáculo, Cowboys al completo se hallaba en el recinto. El público vería competir a los valientes vaqueros en suertes que iban desde montar un potro salvaje o lazar un becerro, hasta jinetear un toro bravo. Ricky llevaba el número 20 a la espalda; Fe le había preparado un litro de tila caliente en un termo, en lugar de la típica bebida espirituosa. Lo vio subirse a la vaya a punto de saltar al lomo de un caballo bronco con cara de bestia salvaje.

—¿No crees que está demasiado tranquilo? —preguntó Revés a su amigo, con los ojos como platos observando de cerca al animal.
—Espero que esta prueba se me dé mejor que la de derribar al novillo…

La bocina sonó anunciando la salida al ruedo del siguiente participante, Ricky “El Veloz”. En el preciso instante en el que levantaron la tranca de la puerta entablada, Revés hizo un rápido mete-saca por el orto del animal con el palito de la bandera de Texas que llevaba en la mano.

—¡Revés! ¡Hijo de putaaaaaaaaa! –chilló Ricky, a lomos del fiero caballo que había salido disparado, doblemente enfurecido ante semejante vejación.

El rocín brincaba con las cuatro patas a la vez, dando al primo tales meneos, que no se distinguían brazos ni piernas en un caos de extremidades sacudiéndose arriba y abajo. A los ocho segundos la fiera arrojó al suelo al jinete, y la multitud abroncaba y silbaba entusiasmada. El espectáculo era vibrante y emocionante a pesar de los sustos que se llevaban los vaqueros. Llegó uno de los momentos más esperados; el toro salvaje. Bestias peludas como moles de seiscientos kilos de peso coceaban y respingaban para deshacerse de sus ataduras y de paso, de los cowboys que llevaban a cuestas; no todos aguantaban los ocho segundos necesarios para la clasificación.

Ricky salió a pista montando un toro rojizo, se agarraba al pretal tan fuerte como podía para permanecer encima del animal, que saltaba violentamente dando vueltas sobre sí mismo. Cuando ya no pudo mantener el equilibrio por más tiempo cayó al suelo, enredándose con la cuerda y recibiendo una coz descomunal. Se levantó por su propio pie, retirándose con el aplauso de la concurrencia. Fe se abría paso entre la turba para ir en busca de su primo cuando por los altavoces anunciaron al siguiente participante:

—Y ahora, con todos ustedes, el tres veces campeón estatal de Rodeo ¡Tony Wild Bill! —Se quedó paralizada.

El corazón comenzó a latirle en el pecho descontroladamente. Allí estaba, metro ochenta de pura fibra y músculo sobre un enorme toro bravo, negro como el panorama. Apenas podía verle la cara por la fuerza de las embestidas y el sombrero de ala ancha calado hasta las cejas. Consiguió llegar hasta la sala de primeros auxilios, con los vítores del público retumbando en sus oídos. Ricky estaba recostado en una camilla mientras un enfermera, joven y bonita, le vendaba el pie derecho.

—Ahora, permanezca unos minutos recostado y no trate de levantarse, podría sentir nauseas o mareos.

—Yo lo vigilo enfermera .–Se ofreció Revés—. Ricky le lanzó una mirada capaz de taladrar un muro de hormigón.

—A ver Revés…, vuelve a explicarme qué coño le hiciste al caballo —exigió saber, echando chispas por los ojos.

—No podía permitir que hicieses el ridículo… El bicho parecía un poco apalancao.

—¡Ricky! –Fe corrió a su lado.

—Estoy bien primita, no es grave.

—Joder Ricky, qué sobresalto, podía haberte matado.

—Ha sido una pasada, ¿verdad?

<Hombres>, masculló, viendo cómo su primo sonreía satisfecho a pesar del esguince y del tremendo revolcón.

Fe, que se encontraba de espaldas a la puerta, supo que alguien acababa de llegar a la enfermería porque a Ricky le cambió la cara. Repentinamente, palideció.

Continuará…

Betty Lve

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