QUÍMICA

 

cuore

Una punzada de dolor me atravesó la cabeza. Abrí los ojos lentamente. Oscuridad. Todo estaba oscuro y en silencio. Y yo estaba desorientada,  tenía la boca seca y la cabeza embotada. Me encontraba tendida sobre una dura superficie, tan dura como el suelo. Me invadió un estado de alarma y me incorporé apoyándome sobre los codos. Mi corazón bombeaba sangre aceleradamente, latía con fuerza mientras mis pulmones trataban de insuflar más caudal de aire a causa de la ansiedad. Extendí los brazos primero hacia delante,  luego en forma de cruz. Palpé con las manos buscando un interruptor,  algún mueble, un puerta…  Una pista que me indicase dónde me encontraba. Me pareció que estaba en un espacio cerrado con escasa ventilación.  Me arrastré con cautela  hacia la izquierda y las puntas de mis dedos chocaron con los límites de un reducido habitáculo. Quise ponerme de pie inmediatamente, pero me golpeé la cabeza contra el bajo techo. Fue entonces cuando escuché el gemido de otra persona y me di cuenta de que no estaba sola. El sonido provenía del suelo, a mi derecha, un quejido seco exhalado desde  lo más profundo de la garganta de un hombre. Supuse que debía estar a muy poca distancia. Me estremecí. El pulso se desbordó en mi garganta, ahogándome, no podía ni tragar mi propia saliva. Contuve el aliento unos segundos,  ahora los latidos de mi corazón ensordecían mis oídos. Volví a sentarme sobre el suelo y, armándome  de valor,  estiré la mano en esa dirección  rezando para que no hubiese nadie allí, para que todo fuese fruto de mi imaginación, de la borrachera, de la trama ficticia de un sueño. Mis dedos temblaban. Alcancé a rozar  lo que me parecieron los dedos de otra mano, una mano real. Súbitamente, la mano se cerró sobre la mía atrapando la punta de mis dedos con fuerza y sentí que la histeria se apoderaba de mí. Grité. Traté de alejarme todo lo que el limitado espacio y la oscuridad me permitían; repté buscando refugio en el otro extremo de la habitación, donde quiera que estuviese.

—¡¿Quién hay ahí!? —preguntó mi acompañante. Percibí en su voz el mismo desconcierto que había sentido yo al despertar. La voz me resultaba vagamente familiar —Mi cabeza …—se quejó— Qué alguien encienda la puta luz de una vez…

Yo no confiaba en poder articular palabra, cuando hablé,  las palabras sonaron agónicas casi al borde del llanto.

—No lo sé… Acabo de despertar —respondí—. No tengo ni idea de dónde estamos.

Me pareció que la otra persona trataba levantarse y le advertí.

—Cuidado con el techo, está muy bajo y no vas a poder ponerte en pie.

Oí su respiración, como mucho a un metro de distancia.  Agitada, brusca, irritada.  A continuación lo escuché moverse, golpear el techo y arrastrarse por el suelo recorriendo el perímetro para cerciorarse de que lo que le decía era verdad.

Silencio.

—Joder…—gruñó tras unos segundos que se me hicieron minutos—.  Creo que no  hay nadie más aquí. Estamos solos y al parecer, encerrados –concluyó, soltando el aire contenido bruscamente. ¿Recuerdas cómo has llegado aquí?

—No —contesté, algo más calmada. Había algo en su voz que me transmitía confianza.

—¿Estabas en la fiesta? —Quiso saber.

—¿En la fiesta de San Valentín?

—Sí, en la fiesta de Pamela.

—Sí —confirmé.

—¿Nos conocemos? —preguntó—. Qué estúpido… no puedes verme. ¿Qué es lo último que recuerdas?

Un latido quedó suspendido en mi caja torácica al reconocer la voz. No me había dado cuenta antes a causa del aturdimiento, pero ahora estaba segura de que se trababa de él. La fiesta de Pamela … Comencé a recordar los acontecimientos de esa noche. Me costaba pensar con claridad, demasiado como para que las copas fuesen las únicas causantes de esa repentina confusión mental.

Era San Valentín. Pamela, una de mis nuevas amigas de la Facultad, había organizado  una fiesta en el chalet de sus padres aprovechando que estarían fuera de la ciudad. Invitó a casi toda la clase, ella es así. Es la típica tía súper sociable y extrovertida que conoce a todo el mundo y que está metida en todos los saraos de la Universidad. Es divertida, guapa, cae bien… Recuerdo haber llegado en taxi al chalet sobre las diez, llevé una botella de vodka. Era la primera vez que iba a su casa. La entrada estaba llena de coches,  el chalet era grande y moderno. Las luces del jardín estaban encendidas,  y  velitas con forma de corazón sugerían el camino esparcidas por el suelo hasta una pequeña construcción separada de la casa principal. La fiesta ya había empezado. La música sonaba. La casita permitía el acceso directo a la piscina a través de unas puertas acristaladas; a pesar del frío la gente salía afuera para fumar. En el interior habían instalado una larga barra para las copas con botellas, refrescos, hielo y diversos aperitivos. En un extremo pinchaba el DJ, el chico actual de Pamela, al que había conocido mientras pinchaba en una discoteca en la costa  y con el que salía desde Agosto. Se movía al ritmo de la música detrás de su mesa de mezclas con los cascos puestos. A Pamela no hay tío que se le resista si se lo propone. A Ana, que soy yo… le cuesta un poco más, lo confieso. Básicamente porque si un chico me gusta hago todo lo posible porque no se me note, me muero de  vergüenza y siempre espero a que él de el primer paso.  Pamela había invitado también a Yago. Al saber que él estaría en la fiesta esa noche  se me había cerrado el estómago. Decidir qué ponerme me costó un par de horas, pero me prometí a mí misma antes de salir de casa, que me presentaría y hablaría con él al menos dos palabras:< hola, me llamo Ana y estoy en tu clase de química>. Nada original ni atrevido, ya lo sé, pero no confiaba en poder siquiera acercarme a él, estaría solicitado como de costumbre, no era de extrañar,  es uno de “los guapos”.

Me gustó Yago desde que lo vi el primer día de clase. No solo me gustaba por lo evidente, lo había estado observando; me atraía su físico, su corte de pelo, sus ojos claros, su sonrisa, su forma de separar las piernas al sentarse… Pero también me gustaba porque era un tío centrado, hacía preguntas serias, inteligentes; no soltaba chorradas y tampoco parecía babear por un par de tetas gordas, como las de Carla Reyes, que ya no sabía cómo ponérselas para que él le prestase un poco de atención.

—¡Eh, Ana!

Pamela me saludó nada más verme haciéndome cruzar la sala llena de gente para presentarme a su chico, DJ Francis.

—¿Te has puesto una copa, Ana?

—No me ha dado tiempo, acabo de llegar.

—Pues venga, ¿qué bebes?

—Vodka con naranja.

Pamela me acompañó a la barra y me sirvió  una copa en un vaso de tubo de plástico. “Fade Out Lines” sonaba a todo dar.

—Yago está afuera…

Estábamos muy cerca de uno de los altavoces y no escuchaba bien lo que me decía.

— ¡Que YA-GO ha venido! —enfatizó, casi gritando.

Puse cara de NO-LO-NOMBRES- EN- VOZ-ALTA, pero ella se descojonó y se sirvió un gin tonic.

—¿Y qué si me oye? Mucho mejor— afirmó divertida—. A ver si se fija en ti de una vez,  que siempre te las arreglas para ponerte en la otra punta de clase. Estás impresionante con ese vestido Ana, esta es tu noche, ¡lo presiento!

Pamela era así de efusiva y… optimista.

—Espera que voy y te lo traigo.

La cara me cambió y me invadió el pánico.

—No, no… espera Pamela.

—¿A qué quieres que espere? ¿A que se te adelanten?

—Espera a que me termine la copa por lo menos…

Miré hacia la piscina y en efecto, allí estaba Yago en un corrillo de gente y parecía divertirse; había algunas petardas a su alrededor dándose golpes de melena y riendo todo el tiempo. Llegaron unos amigos de Pamela y  aproveché para escabullirme y acercarme a saludar al grupo de conocidas.  Conociendo a Pamela, y hostigada por la promesa de que volvería con Yago de la mano, me tomé otro vozka casi de trago. La fiesta estaba en su punto, recuerdo una tercera copa. La música genial, lo estaba pasando bien cuando Pam me cogió del brazo y me puso un chupito de color verde en la mano.

—¡Brindemos! ¡Feliz San Valentín! —Chocó su pequeño vaso de chupito contra el mío, dedicándome una mirada traviesa. Después de eso, lo último que recuerdo es sueño, sentarme en uno de los sofás y despertarme en una especie de zulo. A oscuras.  En compañía de Yago.

—Yo tampoco recuerdo cómo he llegado aquí —admitió él—. Me tomé un par de cervezas,  alguna copa y… un chupito. Recuerdo que fui al baño y me caía de sueño.

—¿Un chupito verde que te ofreció Pamela? —Quise saber.

—Sí. Es lo último que recuerdo de la fiesta. ¿Crees que había algo en ese chupito?—indagó—.  Esto debe ser una broma. Yago metió la mano en los bolsillos de su vaqueros  buscando el móvil, escuché cómo  tanteaba en el suelo—. Por supuesto, no nos han dejado ni el móvil.

—No —confirmé—. Yo también he buscado mi bolso y no lo encuentro.

Pamela. No se me ocurría otro culpable  ¿Habría sido capaz de…? En verdad, no la conocía tanto y aunque nos sentábamos juntas en clase y habíamos salido unas cuantas veces de fiesta, no podía asegurar que ella no fuese capaz de hacer algo como aquello,  y pretender que fuese divertido.

—¿Cuándo nos dejarán salir? Estoy agobiada—confesé—, me falta el aire.

—Venga, no te agobies… —percibí un nuevo matiz en su voz, sonó  más serena, trataba de tranquilizarme—. Seguro que se trata de una broma de mal gusto y pronto nos sacarán de aquí.

Lo escuché moverse y me  sobresalté cuando se colocó más cerca.

—Perdona, no hay mucho espacio aquí. —Se acomodó a mi lado. Su pierna rozaba la mía.  El olor de su perfume viajó hasta mi nariz—. Han a debido echar algo en las bebidas para que hayamos llegado a este lugar casi de forma inconsciente. No hay forma de saber el tiempo que llevamos aquí, ni siquiera si todavía es de noche. ¿Crees que ha  sido cosa de Pam?

—No lo sé… Tengo la sensación de haber dormido dos días enteros . —Confirmarle mis sospechas implicaría tener que dar otro tipo de explicaciones.

—¿Te duele la cabeza?

—Un poco —admití.

—A mí también.

—Bueno, no sé si nos conocemos, no me suena tu voz. Supongo que eres amiga de Pamela.

—Sí.

—Yo soy Yago.

—Me llamo Ana, me parece que estamos en la misma clase de química —disimulé.

—Espera —dijo— ¿Química?

—Yago no es un nombre muy común…

—Entonces tengo que saber quién eres —afirmó, con renovado interés.

—No creo, no recuerdo que hayamos hablado antes de hoy.

—¿Te sientas con Pam?

—Sí

Permaneció callado unos segundos.

—Ya sé quién eres —afirmó, y mi pulso se disparó—. Castaña, pelo por los hombros, y la funda de tu MacBook es de color rojo vivo. No eres muy habladora.

Intuí su sonrisa en la oscuridad. Es curioso cómo al prescindir de uno de nuestros sentidos el resto se agudiza. Yo también sonreí. Y me ruboricé, pero no me importó porque en ese momento no podía verme. Se había fijado en mí…

—¿Tienes alguna idea de por qué estamos aquí, Ana?

—No —mentí—. ¿Dónde crees que estamos?

—Supongo que en el chalet. No sé…, puede que en un cuarto trastero o algo así.

—Antes no he encontrado la puerta, a lo mejor no está en la pared, sino en el techo. Voy a tratar de localizarla. No te muevas, Ana —enfatizó al pronunciar mi nombre. Supe que se había puesto casi en pie porque me revolvió el pelo con la mano —. Aquí estás, Ana— repitió—.Y creo que esto que hay en el techo es una trampilla.

—¿Estamos bajo la casa?

—Es posible, por el tamaño y la forma  parece una especie de escondite que debe haber en el sótano.

Sentí claustrofobia, me agobió pensar en el peso de la casa sobre nuestras cabezas. Un sudor frío me recorrió la frente. Debí exteriorizarlo de alguna manera, porque Yago se dio cuenta y volvió a tientas a mi lado, buscó mis manos y trató de infundirme calma.

—Tranquila, Ana —me susurró, mientras acariciaba el dorso de mi mano. Su voz grave en medio de aquel silencio me resultaba reconfortante. Sensual hasta el punto de hacerme estremecer—. Pamela y ese D.J estarán durmiendo la mona y vendrán a sacarnos cuando despierten los muy cabrones.

—Lo sé… pero estoy un poco agobiada, y tengo sed.

—Sí, yo también.

Me soltó la mano y volvió a sentarse a mi lado apoyando la espalda contra la pared. Noté cómo estiraba las piernas sobre el suelo, inevitablemente volvían a rozar las mías en el reducido espacio, a tientas por ausencia de luz.

—¿Quieres dormir un poco? Yo estaré pendiente por si alguien viene.

—No, gracias. No podría dormir.

—Bueno, pues entonces cuéntame algo para que el tiempo pase más rápido.

Sonreía de nuevo. Lo intuía, me lo transmitía su cuerpo y la suave corriente eléctrica que se estaba creando entre los dos. Estuvimos hablando. Hablamos de las clases, los créditos, las materias… Él me contó de sus cosas, yo de las mías. No le gustaba el fútbol, tampoco a mí. El creía en la ciencia, también yo. Una conversación a oscuras en la que lo verdaderamente importante era el contenido, sin poses, gestos, ni disimulos. Relajados. Comencé a sentirme más cómoda. Solos. Encerrados en la más absoluta oscuridad mientras la corriente invisible nos envolvía, conseguí olvidar por un rato donde nos encontrábamos.  La proximidad y el encierro actuaban como un afrodisíaco suero de la verdad, pero no me atreví a confesar mis sospechas: que Pamela nos había encerrado juntos porque yo estaba un poco colgada por él. Lo intimidante se volvió excitante. El estado de alarma, relajación.   El miedo, atracción.   La ansiedad, deseo.  El agobio, química.

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—Ahora no salgo con nadie —soltó.

No dije nada. Me sentí culpable por lo que Pamela había hecho. Tal vez sincerarme lo estropearía todo.

—Necesito cambiar de postura —confesé—. Me dolían la espalda y  los riñones.

—Espera, te ayudo a incorporarte —ofreció Yago.

Yago se arrodilló, buscó mis hombros y  tiró un poco de mí para ayudarme. Me sostuvo frente a él cogiéndome por la cintura, pero no me soltó. Silencio. Un silencio cargado de pensamientos, de indecisiones. Su contacto provocaba en mi una cascada de sensaciones. Pequeñas descargas de electricidad  en la telaraña de nudos y filamentos donde todo es impulso químico. Nervios a flor de piel. Adrenalina.

Me sintió temblar.

—Tienes frío…

Se quitó la chaqueta de cuero y me arropó, acercándome a su propio calor corporal. Yo había dejado el abrigo  al llegar en un guardarropa improvisado. Por suerte, en el lugar donde nos habían encerrado no hacía  frío;  los tubos de la calefacción de la casa debían pasar cerca del zulo  y eso  había impedido que nos hubiésemos congelado allí abajo, en la fría madrugada de un catorce de febrero. San Valentín. Mi vestido era fino, pero yo no temblaba de frío. Adivinaba su cara en la oscuridad. No me hacía falta luz para verlo, conocía el rostro de Yago. De alguna forma lo había idealizado. Ese momento era potentemente real.

Yago buscó mi pelo y jugueteó con sus dedos acariciándome el hombro, tanteando por mi clavícula; luego subió por el cuello hasta la barbilla siguiendo el perfil, descubriendo los ángulos de mi cara. La cara es la parte más sensible del cuerpo.

—Eres guapa… —susurró.

Cerré los ojos y me dejé llevar, deseaba sucumbir a la química de nuestros cuerpos. Al estímulo que provocaba la presión de sus dedos sobre mi piel. La sensación de su contacto era electrizante, la resonancia de su voz  avivaba el deseo subyacente que amenazaba con tomar el control. Feromonas. Ciento treinta pulsaciones. Pegué un bote al escuchar el ruido de una puerta en la parte de arriba, sobre nuestras cabezas.  Los dos miramos hacia el techo y la luz comenzó a filtrarse por las rendijas de la trampilla. Después, se escucharon unos pasos y el correr de un pestillo.

¡Buenos días, chicos! —La cara de Pamela, insolentemente despreocupada y sin un ápice de culpabilidad asomó por el hueco de la trampilla—.Yago le dedicó una gélida mirada.

—Te has pasado de la raya, Pam —le recriminó secamente. ¿Qué narices pusiste en los chupitos?

—Oh, inofensivo totalmente. No os preocupéis por…

Con un gesto, Yago cortó de forma tajante cualquier explicación y me ofreció su mano para que subiese por la escalerilla que se había desplegado. Pamela se percató de que el horno no estaba para bollos. Respiré  aliviada. Aliviada por salir de aquel agujero, aunque…  Subí sin decir palabra, no sin antes dedicarle una mirada de reproche a Pamela.

—Chicos…—balbuceó Pam

—Hablaremos mañana, Pamela. —Fueron mis últimas palabras. Y  juntos, los dos abandonamos el Chalet a plena luz del día.

—Te llevo a casa . —Me ofreció Yago, mirándome a los ojos fijamente. No dejaba de mirarme, no podía evitarlo, al igual que yo. Después de haber pasado juntos las últimas horas con el único conocimiento de nuestras voces, descubrirnos mutuamente a la luz del día resultaba casi mágico.

—Te lo agradezco, la verdad es que no me apetece nada esperar un taxi. — Todo el cansancio y la tensión acumulada me cayó encima.

Atravesamos la ciudad en silencio durante el trayecto hasta mi apartamento. Los rayos de sol entraban a raudales a través del cristal de la luna delantera. Era medio día y la actividad hervía en las calles de la ciudad. Yo observaba la escena con la cabeza apoyada en el cristal, acuciada por el cansancio todo pasaba ante mis ojos como a cámara lenta, con un punto de irrealidad, como en un sueño. Pensé en el aspecto desaliñado que debía tener en ese momento, el maquillaje se habría esfumado, y la sombra de ojos debía ser un borrón sobre mis párpados. Disimuladamente lo miré mientras conducía,  manejaba  absorto concentrado en el tráfico, su rostro no evidenciaba especialmente el cansancio, pero me pareció vulnerable; su piel parecía más fina, tenía los ojos ligeramente enrojecidos y barba incipiente.

—La próxima a la derecha, el edificio azul —le indiqué.

—¿Estarán preocupados por la hora?

—No. No me espera nadie. Comparto piso con otra compañera, pero  se ha marchado de weekend con su novio para celebrar San Valentín.

Yago paró el coche en el vado de la floristería, junto a la portería del edificio, giró la llave y apagó el motor. Mi pulso volvió a dispararse. No sabía qué esperar ahora. Ni qué hacer o decir… Me había dado un repentino ataque de timidez, era como si la complicidad que habíamos compartido un rato antes se hubiese esfumado y volviésemos a ser dos desconocidos.

—Gracias por traerme  —dije por fin. Yago se volvió y me miró con una expresión en sus ojos que no supe interpretar. Me quedé bloqueada, la boca se me secó por completo.

—A pesar de todo no puedo decir que lo haya pasado mal…—confesó—. Solo espero que lo que nos pusieron en los chupitos no sea ninguna mierda, aclararé el tema con Pamela en cuanto duerma unas horas —sonrió. Le devolví una tímida sonrisa. Me parecía mucho más guapo de cerca. Me escrutaba con sus ojos verdes, la intensidad de su mirada desprendía una fuerza que me hacía temblar por dentro. Caí en la cuenta de que llevaba puesta su chaqueta,  olía a su perfume y a él.

—Me alegro de que hayas sido tú mi compañero de encierro.

El claxon de una furgoneta estropeó el momento. Yago puso en marcha el motor y desplazó el vehículo unos metros.

—Será mejor que me vaya y te deje para que descanses —sugirió.

Confieso que ese cambio repentino de actitud me desconcertó.

—Claro, debes estar cansado, yo estoy muerta. —Mi verdadero yo, el que se acojona tomó el control, le devolví la chaqueta, abrí la puerta y me bajé del coche. Esa noche había dado un gran paso y no quería arriesgarme… Me dedicó una tierna sonrisa a modo de despedida. Después se marchó.

Entré en el apartamento, me quité los zapatos y los dejé tirados en el pasillo. La casa estaba helada y mi cuerpo destemplado. Dejé correr el agua caliente en la ducha y me introduje bajo el chorro, necesitaba relajarme y dormir un poco. Me acurruqué entré las sábanas y cerré los ojos. No podía conciliar el sueño. No podía pensar en otra cosa. No dejaba de pensar en él; en su voz, sus manos, el su olor impregnado en la chaqueta de cuero. Sus ojos verdes a la luz del día… Su voz en la oscuridad. Su tacto. Mi deseo. Volví a sentir la corriente de nuevo. Mi mente inquieta se negaba a pensar en otra cosa que no fuera Yago. Volvía una y otra vez a esa habitación a oscuras y me hacía revivir cada segundo casi con la misma intensidad. Ciento veinte pulsaciones. Sabía que en aquel reducido espacio se había producido un estallido de pura química. Una especial conexión entre los dos. No podía quitármelo de la cabeza, no podía dejar de sentir, de pensar en él  con la misma certeza que sabía que a él le estaba sucediendo lo mismo. En otra parte, en otro lugar… pero conmigo. Invadía mi mente, mi espacio. Yo el suyo. Sin lógica ni razonamiento. Lo sabía.

<¿Piensas en mí, Yago?>, susurré junto a la almohada <¿Lo haces? ¿Estarás despierto pensando en mí?>. El timbre sonó y mi corazón se detuvo.  Salté de la cama, abrí descalza. Yago estaba al otro lado de la puerta con la respiración entrecortada. Ciento cuarenta pulsaciones. Una incontrolable y placentera descarga de emociones me invadió por completo.

—No puedo dejar de pensar en ti…

Cerré la puerta de una patada mientras nos besábamos. Me ardían los labios. Le ardía la piel.

No podía dejar de pensar en mí.

FIN

Betty L♥ve