El APAGÓN 2

SEGUNDA PARTE

 

Sentados a mi derecha Manolo y Rosi,  un educado matrimonio de unos cincuenta. Ella era portadora de una verruga del tamaño de una uva pasa, de esas por las que asoma un pelo más tieso que un alambre. A mi izquierda, un tipo alto pelirrubio y rarito, que eso se ve enseguida, de unos treinta y tantos vistiendo un traje que debía ser de su abuelo,  que también lo acompañaba esa noche a la mesa. El rarito tenía el pelo largo y crespo y lo llevaba recogido en una coleta baja, totalmente repelente. Justo frente a mí, un tal Nicolae  se presentó haciendo gala de  un castellano a cañonazos. El caso es que su amigo Vladimir, que a primera vista no estaba mal, con su pelo bien engominado más negro  que una noche sin esperanza, dejó de ser una promesa cuando al sonreir me cegó el destello de un diente de oro. Madre mía qué glamour… Ocurre en estos casos que la vergüenza, al contrario que  la conversación, es inversamente proporcional a la cantidad de vino ingerido; antes de que sirviesen el primer plato ya me había soplado media botella de Riesling.

Los primeros intercambios verbales destaparon un feo problema, que pese a no ser grave,  tampoco era un mal menor; de entre los presentes sentados a la mesa, a uno le olía el aliento a ajo puerro. De vez en cuando me venía una badá que me hacía contener la respiración  poniendo en riesgo  mi caja torácica, ya oprimida en exceso por el push up. Era evidente que la nuestra, era una mesa de “restos”. Comenzaron a servir la cena, el coctel de marisco lo componía un único lasgostino  sobre cama de brotes verdes. El rarito se emparanolló con el langostino, debían estar teniendo una conversación muy interesante en la otra dimensión, ya que el tipo, al que  su abuelo  había sacado del loquero para que lo acompañase en fin de año previa dosis doble de alplazolam, de vez en cuando asentía con la cabeza como dándole la razón al crustáceo. Además de eso, cada vez que levantaba la cabeza del plato me encontraba con el diente de oro, o con la aguda mirada del amigo Nicolae, que o tenía un tic o es que no paraba de guiñarme un ojo. Degustando el primer plato, bacalao con crema de pimientos escalibados, sentí el roce de un pie descalzo sobre mi tobillo y del susto escupí el bocado fingiendo atragantarme con una espina. ¿Habría sido el loqueras? ¿El marido de doña verruga, que no le quitaba ojo a mi falso escote Victoria Secret?  Pensé en levantarme con la excusa de ir al baño y no regresar, pero comenzaron a servir la carne y la verdad es que tenía muy buena pinta. El  solomillo en costra de parmesano estaba muy rico, y pude repetir sorbete de hierba buena, que después de soportar durante toda la cena el tufillo a ajo puerro resultó un oasis de frescor. Después de los postres y los cafés, se pusieron en pie para brindar con cava y desearnos suerte mutuamente para el nuevo año. No me iba yo a quedar esclafada en la silla, pues hice lo propio, y Vladimir, que a esas alturas de la noche ya se había declarado mi ferviente admirador, me sonrió con su diente de oro centelleante lanzándome una mirada penetrante cargada de intenciones, pero de las guarras.

Veinte minutos antes de la  media noche, nos repartieron los paquetitos de uvas invitándonos a pasar a la sala de fiestas donde nos esperaban las campanadas, la orquesta, y la bolsita de cotillón. La gente se estaba levantando de sus asientos cuando nos sorprendió el apagón. Las luces de emergencia no se activaron, qué podía esperarse  del hotel La Castaña…  Durante los primeros instantes de oscuridad y desconcierto, entre gritos de angustia y risas nerviosas el caos se apoderó del comedor.  Yo estaba a punto de volver a tientas a la mesa y fue entonces cuando ocurrió: alguien me rodeó con firmeza por la cintura y, antes de que pudiese reaccionar, sentí como me besaban apasionadamente, con decisión y alevosía, sin escatimar en nada ya me entendéis…, sin rastro de decoro ni contención. El beso, fiero, húmedo y misterioso, duró lo  poco que duró el apagón, pero lo suficiente para dejarme temblando de pies a cabeza.

Por supuesto, al volver la luz  quienquiera que hubiese sido el ladrón de aliento ya no estaba. Un retortijón que empezó en el estómago se propagó por todo mi cuerpo.

< NO NO NO… ¡El del diente de oro NO!> ¿Habría sido un ramalazo de locura del rarito? ¿El Manolo tal vez? ¿El del tic en el ojo? De todas las posibilidades que me venían a la mente, no sé cual se me antojó la peor.  El caso es que el beso me había dejado las rodillas flojas y aún tenía que dar gracias de que  “ajo puerro” no hubiese tenido el valor. Me quedé la última en el salón, faltaban diez minutos para la media noche y había que dar la bienvenida al nuevo año. Me apresuré a subir a la habitación con un saquito de uvas para Cata, pero la encontré en estado comatoso, pobre mía, se le caía hasta la baba, y sin haber bebido una gota de alcohol. Me dio pena despertarla, le dejé un gorrito plateado y un matasuegras junto a la almohada y regresé a la fiesta.

relato-nochevieja

¡¡FELIZ AÑO NUEVO!! Gritaba la gente portando antifaces y escupiendo pepitas de  uva moscatel. Yo había enchufado los rayos X para examinar a todo el que se me acercaba. ¿Volvería a aparecer el besador despiadado? Me daba vergüenza propia, ajena, y de todo tipo; con diente de oro o sin él, hacía años que no me besaban así y aguardaba ansiosa a que el misterioso caballero confesase y me diese otros doce besos como doce campanadas. Eso, para empezar. Intenté ponerme el gorrito de los cojones, pensado y confeccionado para liliputienses, y el elástico se rompió obsequiándome con tremendo gomazo.< ¡Qué tonta del culo!>. ¿ Estaría él observándome? El caso es que empezado el bailoteo y la barra libre me rondaron unos cuantos tipos, aunque ninguno me dio la impresión de ser el besador. Me cagué por las patas abajo cuando se acercó Vladimir con una copa de cava en cada mano.

¡Uno brindis, presziosza!—Me soltó con toda la melosidad de que es capaz una voz del este.

Yo me dije:  < Bea, de perdidos al río>.  Pero me resistía a enrollarme con un tío que tuviese un diente de oro. Por lo que había contado sobre su vida durante la cena no parecía ser un mafioso, pero con la suerte de culo, si tenemos en cuenta como se habían dado las cosas esa noche, ¡vaya usted a saber! El caso es que cuando pusieron una de reguetón  “gold tooth”  me agarró  por la cintura y no, esas manazas no eran las del besador, y desde luego no estaba dispuesta a hacer el test de lengua. Menos mal que la providencia me salvó y un camarero pidió paso para recoger unas copas vacías en el momento en el que Vladimir quiso meter la nariz en mi escote. La noche discurría con el jolgorio propio de una Nochevieja, las burbujas cumplían con su cometido elevándome a un estado de dichosa embriaguez; también los zapatos… que me mataban los pies. Conocí algunos chicos, charlamos, bailamos, e incluso recibí  alguna que otra proposición, pero no. Ninguno era el misterioso besador. Me esperé a los churros, porque necesitaba desesperadamente terminar la noche con un toque dulce. Seguí bailando un rato más, pero a eso de las cinco y media se me agotaron las pilas y me marché a la habitación.

Al salir del ascensor, por fortuna ahora sí funcionaba, me dirigí a mi habitación atravesando el pasillo de la primera planta. Como estaba enmoquetado  me quité los zapatos y caminé descalza por el corredor iluminado ténuemente. Me detuve frente a la puerta nº 13,  metí la mano en el clutch y saqué  la llave y una pinza con la que  me recogí el pelo en un rodete,  tomándome  un momento para estirar la musculatura.  Inspiré hondo y me froté las cervicales, entonces noté un ligero  y suave soplo de aire caliente sobre mi piel y me quedé petrificada. Percibí su sólida presencia a mis espaldas.  Me daba miedo volverme. Lo siguiente que sentí fueron sus labios cálidos sobre mi cuello tenso. La llave cayó al suelo, cerré los ojos con la piel erizada,  embargada por la sensual sensación, y él siguió recorriendo mi hombro con sus labios. Quería darme la vuelta y no quería a la vez, antes de que me decidiese sentí su aliento cuando me susurró al oído:

—Eres preciosa, te he estado observando toda la noche…

¡Casi me desintegro! Su voz. Su olor. Sus manos. Sin prisa,  pero con resolución me instó a volverme  y cuando lo tuve frente a frente lo reconocí. Sí, era él. El camarero que me había recibido en el comedor, el mismo que me había servido el vino en la mesa y me había salvado del certero mordisco de Vladimir:  El besador. Y era alto, y guapo, y era mío esa noche. Esa noche y todas las que le siguieron porque desde aquella mañana no nos hemos separado.

Hoy vuelve a ser fin de año y esta vez Fran no trabaja, hemos quedado con Cata, que se está recuperando de un virus intestinal, para acudir a una fiesta. ¡Esperemos que este año la pobre pueda celebrar la Nochevieja en condiciones!

¡FELIZ FIN DE AÑO!

FIN

Betty L♥ve