EL VIAJE 2

SEGUNDA PARTE (FINAL)

 

—Debió dejarme en la camioneta, se habría ahorrado el espectáculo de esta noche. Sea una caballero y permítame invitarle a una copa.

—Puede sentarse, si lo desea.

El misterioso caballero alzó el brazo y con un discreto gesto le indicó al camarero que se acercase.

—Por favor,  sírvanos la cena. Traiga la carne para la Señorita.

—Prefiero el Bogavante —expresó  Marieta—. ¡Lo quiero muerto!

A ella le pareció ver en aquellas oscuras pupilas una chispa de sonrisa, sin poder evitarlo sus ojos volaron hasta los labios del hombre, firmes y perfectamente dibujados; sensuales, aunque carentes de humor.

—¿Ocurre algo, señorita… ?

—Líos, Marieta Líos. Nada, está usted muy bien… Perdón, quería decir, que está todo bien.

—Yo soy Rashid —se presentó—. Con pulso firme le llenaba la  copa mientras la intimidaba escrutándola  con su aguda  mirada.

—De verdad, me gustaría darle las gracias —balbuceó ella.

—No tiene por qué, cualquiera la hubiese ayudado esta tarde. Eso no me convierte en un héroe.

—¿Es usted árabe? —indagó.

—En parte. Mi mi padre era egipcio y mi madre es americana, ¿he satisfecho su curiosidad?

:oops:

Los platos llegaron a la mesa. Primero, sirvieron la carne para la dama, jugosa y especiada. Luego, el difunto para el caballero, con una salsa rosada que ocultaba las magulladuras fruto de la trifulca.

—¿Le apetece algún vino en particular? –preguntó Rashid, con voz cautivadora.

—Por favor, elija usted por mí.

La comida era deliciosa; la compañía, hechizante, inquietante. Cada sorbo afianzaba y desinhibía a Marieta.

—¡Oh! Lo siento, se me ha caído servilleta.

Mientras Rashid hacía gala de sus buenos modales y se agachaba para recoger el paño, Marieta dejó caer unas gotas de Chunga – Chunga en la copa de su acompañante. Rápidamente, recuperó la compostura solo para volverla a perder cuando reparó en los sutiles movimientos de Rashid,  en la atlética complexión de aquel cuerpo fibrado. Bajo el elegante traje ajustado y la camisa abrochada hasta el cuello, los músculos, contenidos, clamaban por la liberación.

—¿Un brindis? —propuso ella.

Una hora después, el último botón de la camisa del hombre había saltado del ojal.

—¿Se retiran los señores? Les recomiendo tomar un Virgin Cocktail en el Sunrise Paraíso, son la especialidad del barman.

<Madre mía qué mareo, por favor que no se me note…> , se decía Marieta <Estoy yo peor que él, y sin  ¡chinga chinga!>

Al Sunrise se accedía caminando por otro estrecho sendero, que se abría paso entre un majestuoso edén tropical iluminado por antorchas.

—¡Ohh !¡Ayyyy!

Una pérdida de equilibrio. Una mano clavada en las costillas. Un zapato sin tacón… Unos brazos fuertes que la sujetaron. Unos ojos clavados en los suyos. Un aliento muy cerca. Un corazón desbocado. Una vez en la vida… ¡Qué narices! ¡Su marido se había tirado a su secretaria!

—Ya puede soltarme, Rashid. Gracias, le ruego me disculpe el tropiezo, debe ser este calor asfixiante que me vuelve torpe.

—Deme sus zapatos.

—¿Cómo?

Con olímpico lanzamiento las sandalias volaron por los aires. A juzgar por el alarido en la noche, debieron ir a parar al lomo de alguna alimaña. La música se sentía cada vez más cerca.

¡Maaaambo!

El Virgin, en efecto, era la estrella del Sunrise. Descalza y con el pelo alborotado, Marieta dejó la copa en la barra y prácticamente arrastró a Rashid hasta la pista de baile. Sus caderas se contoneaban  y la espalda al aire se frotaba contra el pecho varonil de Rashid,  abriendo con sutil sensualidad su chaqueta. En un primer momento el hombre permanecía algo rígido, hasta que de repente, como por impulso, sus ojos chispearon y  su mano envolvió la de ella haciéndola girar en la pista de baile. Ambos quedaron frente a frente. Un tema lento anunció lo avanzado de la noche y Rashid la pegó a su cuerpo recio. Un abultado deseo evidenciaba los efectos del chunga- chunga, pero de pronto se apartó.

—Creo que es hora de retirarme —anunció—, mañana temprano tengo asuntos que atender.

—Entiendo :-( Creo que yo también debería marcharme.

—Permítame acompañarla—ofreció Rashid educadamente.

El trayecto de vuelta transcurrió sin incidentes vergonzantes. Marieta sentía los pies de corcho, él se daba cuenta y aminoraba la marcha, incluso llegó a levantarla de nuevo en brazos para salvar un charquito de lodo en el camino. Ese hombre le daba corriente cada vez que la rozaba. < Sin duda es un hombre con clase> pensó Marieta , mientras la idea de arrebatarlo contra una palmera y hacerlo un “desgraciao” tomaba fuerza en su mente.

Ya en la puerta de su cuarto…

—Ha sido una velada muy agradable —susurró él, tomando y besando suavemente la mano de Marieta.

— Sí, lo he pasado muy bien.  ¿Se aloja usted en una suite, no es cierto?

—La mirada de Rashid fue fulminante.

—¿Le gustaría verla?

— Bueno … es muy tarde y no quisiera abusar más de su amabilidad.

—¿Le gusta el champan? –Ella asintió.

—Al final del pasillo. Usted primero.

La puerta hizo un pequeño “clock” al cerrarse tras ellos. Despacio, pero seguro,  Rashid  se volvió hacia Marieta mientras lentamente se  desabrochaba el cinturón del pantalón. En sus ojos había puro Chunga –Chunga.

Al cinturón le siguió la chaqueta color crema, que él dobló cuidadosamente antes de dejarla caer sobre el sillón de cuero. Su camisa negra,  amoldada a la perfección a su cuerpo parecía una segunda piel.  Torso firme, brazos fuertes y definidos para el deleite de cualquier mujer. El cinturón y el pantalón desabrochados no dejaban lugar a dudas sobre el propósito del egipcio.

—Nunca he hecho esto antes… —murmuró ella en un susurro apenas audible.

Rashid le dirigió una mirada de desconcierto y su mano se detuvo justo cuando iba a quitarse la camisa.

—Bueno sí, eh… quiero decir que nunca … con otro.

Él no permitió que continuase con las explicaciones y la hizo callar sellando sus labios con el dedo índice de una mano.

—Shhhh…  No es necesario que hables. No pienses, solo siente . —Y deslizando su dedo  desde sus labios carnosos hasta el centro del  escote consiguió que Marieta se olvidase hasta de respirar.

Sin dejar de recorrerla con  la mirada terminó de quitarse la camisa, sin prisa pero  atento a su reacción. Marieta se estremeció.

—No te asustes, no es una cicatriz.

En la base del cuello nacía la cola, bajaba por el pecho aumentando su grosor  enroscándose  a la cintura y descendiendo hasta perderse por la abertura del pantalón. Era de color ocre y verdoso, tatuada sobre su cuerpo con precisión y maestría se alzaba una auténtica cobra. Rashid  tomó de la mano a Marieta y cruzando la habitación salieron a la terraza.  La brisa mecía las altas palmeras en el jardín haciendo sisear la llama de las velas, que rodeaban el jacuzzi exterior creando un ambiente íntimo y relajante. Una botella de champan francés se enfriaba en la champanera de cristal repleta de hielo.

—¿Esperabas compañía? —preguntó Marieta, algo suspicaz.

—No esta noche. ¿Lo dices por el champan?, me gusta tomar una copa y un baño antes de meterme en la cama.

Sacó la botella del pequeño iceberg. Un rápido “chop” rompió el silencio y el líquido burbujeante chispeó en la copa al igual que lo hacían  sus negros ojos.

—No tengo traje de baño, puedo ir a mi habitación…—Le estaban entrando sudores.

Él enarcó una ceja interrogante,  estaba clara la respuesta. Se llevó la copa a los labios y bebió un trago  del espumoso con sumo placer, lo saboreó pausadamente.  Se quitó ambos zapatos, primero uno, luego el otro. Después, el pantalón cayó al suelo. Marieta se dio la vuelta y apuró su copa de un solo trago, la sorprendió el sonido de su propia respiración acelerada, lo tenía tan solo a unos centímetros de su espalda. Sintió sus firmes manos sobre los hombros presionando ligeramente  al tiempo que una dura protuberancia se clavaba en el trasero.  Era reconfortante, excitante y prometedor. Tanto, que la hizo bizquear.

Rashid siguió avanzando con las manos hasta llegar a los pechos, donde se detuvo acariciándolos a través de  la tela del vestido abriéndose paso hasta la blanda carne. Bajó uno a uno los tirantes del vestido rojo, que cayó al suelo permitiendo el contacto piel con piel.

Marieta se sentía sofocada, mermadas sus fuerzas y su voluntad.

—Tienes una piel muy suave, y unos labios …

Y acto seguido, el tanga siguió al vestido y a ambos, el slip.

Marieta, todavía de espaldas, sintió a la bestia liberarse. Agarró la botella de champan y directamente se amorró  a ella y bebió hasta que no quedó una gota. Decidida y caliente como el asfalto en agosto se dio la vuelta, y entonces la vio.

—Ohhhhh ¡Madre del amor hermoso!

En el bajo vientre, justo donde debería haber pelufa, se alzaba la cabeza de la cobra con la boca bien abierta y la mirada desafiante. En lugar de bífida lengua se erguía un mástil de altura y grosor desconocidos hasta ahora.

COBRA< ¡Este no eyacula! ¡Envenenaaaaa!>

Con un rápido movimiento Rashid la alzó en brazos, al igual que horas antes, y juntos se sumergieron en el jacuzzi.
Atrapada entre sus brazos y, antes de que pudiese pronunciar palabra, una lengua abrasadora y exigente entró hasta el fondo de su garganta.
La pasión se desató, el agua se convirtió en puro oleaje, un mar embravecido y desbordante. Ella sentía sus manos voraces por todo su cuerpo, recorriendo cada centímetro, lamiendo su piel mojada. Quería tocarlo, él era perfecto:  fuerte, dorado, esculpido como una estatua,  y la cobra… ¡La cobra!

Olas gigantes, humedad, pieles resbaladizas, serpientes entrelazadas y una tranca de miedo y perdición.

—¡Ohhhh ¡Ahhhh! ¡Oh Cobrettiiiii! ¡Hazme tuya!

—¿Has soñado alguna vez con ser inmortal?—Su voz sensual , profunda—. Bienvenida al eterno placer.

Dicho y hecho. La lengua de la bicha se abrió paso entre los muslos y a Marieta se le pusieron los ojos en blanco. Se sintió empalada, a punto de estallar.  Sin aliento, su pierna se estiró en un calambre orgasmal y el dedo gordo del pie fue a incrustarse en el agujero de uno de los chorros del jacuzzi .

El besaba sus pechos con desenfreno al tiempo que la cobra escupía el veneno de la inmortalidad. En la mente de Marieta empezaron a desfilar imágenes de esfinges milenarias, antiguos dioses faraónicos y hermosos templos . Chunga , chunga, chunga un canto resonaba insistente en su cabeza. Se vio a sí misma sentada en un trono de oro y brillantes, aclamada por sus súbditos, y frente a ella, el vasto desierto.
A su lado estaba él, sentado en un trono de oro y piedras preciosas cuyo respaldo coronaba la cabeza de una gran serpiente. Una cobra.

—Mi reina… ¡Te he esperado siempre!

Unidos sus cuerpos y sus lenguas, ambos eran arrastrados hacia una civilización ya perdida.

—¡Noooo! —gritó Marieta, con el corazón desbocado –. ¡No puedo acompañarte!

—¿No me deseas? ¿No quieres la vida eterna? Te ofrezco riqueza y poder, placeres que nunca has conocido. ¡Serás mi reina!, el privilegio de unos pocos.

—Sí quiero, ¡pero no puedo soltarme!  —Vaya si quería, con esa cobra lo acompañaría hasta el infinito.

—¡No hay tiempo!

Ella estiraba con todas sus fuerzas pero el dedo no salía del agujero, que succionaba cada vez más.

—¡Ha llegado la hora! ¡Ven conmigo! –gritó Rashid,  agonizante, mientras la abrazaba. Y su rostro comenzó a desintegrarse y su cuerpo desaparecía bajo el agua.

Había perdido la eternidad por el dedo gordo del pie…

 

A la mañana siguiente, una voz familiar martilleaba en su cabeza.

—Zeñorita , zeñorita

Aturdida  y con una fuerte jaqueca Marieta  se incorporó  y recorrió con los ojos toda  la estancia. Se hallaba en su habitación en el hotel, el ventilador daba vueltas y allí de pie estaba Dulceflor con la bandeja del desayuno.

—¿Cómo le fue anoche zeñorita Morrieta ? No tiene muy buen color —una sonrisilla maliciosa escapó de sus labios.

—No recuerdo cómo he llegado a mi habitación.

— Menuda novedad… ¿Desea tomar algo?

— ¿Qué había en el frasquito que me diste, Dulceflor?

— Confianza zeñorita, y un poquito de agua de mar…

No supo si lo acontecido la pasada noche había sido un sueño o pura realidad. Su cuerpo y la hinchazón en el dedo gordo del pie se inclinaban más por lo segundo, pero de cualquier manera,  decidió que lo mejor sería salir de allí pitando antes de que echasen en falta al egipcio y la acusasen de quién sabe qué cosa.

<Un faraón…> <Su reina …>

—Dulceflor, ayúdame a preparar el equipaje, me marcho hoy mismo .

—¿Tan pronto nos abandona, zeñorita ?

—Créeme, he disfrutado intensamente de mis vacaciones.

—Bueno, en ese caso avisaré a mi hermano para que venga a recogerla con la camioneta.

Le dolía demasiado la cabeza para protestar.

—Pídele, por favor, que baje las ventanillas previamente y, si no es mucho pedir, que retire las plumas de pollo del asiento de atrás.

Marieta descolgó el teléfono, siguió las instrucciones del recepcionista y cuando la voz sonó al otro lado del océano estas fueron sus palabras:

—Cariño, soy una tonta… Regreso a casa. ¿Quieres que hagamos un viaje juntos y lo intentamos otra vez ?

—  …… …. …

¡¡¿ Que quieres que vayamos a Egipto ?!!

 

FIN

Betty L♥ve