AMOR Y MORTADELA Capítulo 5

Último capítulo

La Pensión Bertolini

 

Con un cabreo simiesco Francesco se resignó a estacionar su apreciado descapotable en un vulgar descampado a las afueras del pueblo. Después de haber dado unas cincuenta vueltas por estrechas callejuelas concluyó que no había parkings públicos, como mucho unas cuantas cocheras particulares, algunas con puerta y todo… Le había costado lo suyo dar con el puñetero pueblecito. En cuanto abandonó el frescorcito del interior del biplaza, sintió el guantazo de cuarenta grados al sol. Alcanzó la plaza principal de Ojete de Abajo luciendo dos buenos rodales de sudor bajo las axilas.

¡Ma que calore! Putto pueblo…

La plazuela estaba muy concurrida, un sofocante olor a chorizos y a carne asada casi lo tira de culo; el zagal era vegetariano. Los pueblerinos se apelotonaban en un punto en concreto. Modesto colocaba otra tanda de tocino y de hermosos chorizos sobre las parrillas, tenía la cara encendida como un guiri en Benidorm, y los brazos, expuestos al fulgor de las brasas, escaldados como tomates en conserva. Eso sí, más contento que un indio con espejo: ¡había hecho el amor con Clara! La había besado una y otra vez y ella había respondido a su pasión con igual goce y entrega.

—¡Papá, que estás en las nubes! ¡Se queman los chorizos! —gritó Marco, mientras ofrecía bandejas repletas de apetitosa y humeante carne asada a sus vecinos, que se daban de tortas para ver quién pillaba el tajo más gordo.

El Liendres y sus compinches eran los peores, se ponían ciegos de embutidos y chuletas de cordero hasta el coma digestivo. Marco se retiró el sudor que le perlaba la frente con el dorso de la mano y miró su reloj, era más de medio día, hacía un calor del infierno, y Greta no tardaría en aparecer: se moría de ganas por verla.

Scusi…—Francesco abordó a un paisano que pasó de su jeta descaradamente al ver que El Salchicha sacaba una nueva fuente repleta de tocino churruscadito. Por el rabillo del ojo Marco vio la cabeza rubia, que no le era familiar, tratando de abrirse paso entre la turba. Se preguntó de quién sería pariente el forastero.

¡Per favore! —el italiano elevó la voz— ¿Alguien podría indicarme cómo llegar a la finca Los Laureles? ¡Busco la mia ragazza! ¡La mia novia, Gretta!

El de Ojete clavó los ojos en el figurín y a punto estuvo de perder el temple, pero nada, excepto la fuerza con que estampó el tocino sobre el plato del Liendres, denotó la tensión y el arranque de celos que lo embargaron. El Liendres engulló el bocado trasladando su atención al recién llegado, después se giró y dirigió unas palabritas a Marco:

—¡Tronco! Me parece que te has quedao sin la novia, JAjaJAja –rió con ganas mientras se llevaba a la boca una costilla de palo, masticando a dos carrillos, con la boca abierta, y disparando perdigones cárnicos directamente a la jeta del italiano.

¡Eh, pelucas! Ma que asssco, me estás salpicando la comida de la tua bocca. 

—Oye, oye…—le advirtió El Liendres, repelando el hueso —¿A quién estás llamando pelucas? ¿Eh, señoritingo?

—Catetto…—escupió el otro por lo bajini, dándole la espalda.

—Joioioioi —se cachondeó El Liendres. Yo no seré un gomoso como tú, pero por lo menos a mí no me han levantao la novia ¿Verdad, Salchichas? –soltó otra carcajada señalando al carnicero sin el menor disimulo.

Francesco estudió a Marco con atención: era más alto que él, más ancho, le jorobó reconocer que mucho más fuerte, sus bíceps resaltaban sin esfuerzo y la vulgar camiseta de algodón se le pegaba al cuerpo adivinando un vientre plano y una marcada chocolatina…Empezaba a echar humo. Ambos se medían en silencio cuando un señor panzón, algo achispado, se plantó en el medio empinando un porrón.

—¡Pasa el morapio, Celedonio! —voceó El Liendres, que pescó al vuelo el porrón derramando parte del tintorro sobre la fina camisa de diseño del italiano.

—¡Pero Idiota!¡ Ma che cosa fai! ¡Merda!

—¿Idiota? ¿Quién? ¡¿Yo?! –El Liendres pegó un salto abriéndose al tiempo los botones de la camisa. A su lado, El Llagas se preparó para lanzar la patada voladora.

En ese preciso instante Clarita hizo acto de presencia.

—¡Hola Marco! ¿Cómo va la cosa? Huele de maravilla…—se le apagó la voz al ver a Francesco.

Signora—. Saludó el forastero con rictus serio, avistando una melena castaña que asomaba por detrás de Clara y que le resultaba conocida—. Ciao Grettita…

Al reconocerlo Greta se sintió desconcertada, acto seguido buscó a Marco, le bastó un vistazo para detectar el fastidio en el rostro del carnicero, que cruzó con ella una mirada dura y penetrante, luego les dio la espalda y fue donde su padre.

—Sirve tú ahora, papá. Yo me ocupo, anda ve y refréscate un poco… acaba de llegar Clara.

—Francesco, qué grata sorpresa…—fingió Greta— ¿Has cambiado el número de teléfono? Te estuve llamando unas cuantas veces…

—Gretitta… He tenido algunos problemitas —se excusó—, deja que io te explique.

—Déjalo tú, Francesco. Ahora no es momento.

—Ya veo…—admitió con recelo echando una ojeada a Marco, que atizaba las brasas enérgicamente. No es que tengas mal gusto —apuntó—, ma poco stile … ¿Come si dice los paletos questo pueblo? ¿Ojetosos?

—Estás siendo un poco grosero ¿No crees, Francesco?

Ma no te enfades, Gretitta… Sono venuto a buscarte por il nostro viaje, ¿tu recordi, cara?

 ¡Pero qué cara más dura! —pensó ella con fastidio—. Se dio cuenta de que nada le apetecía menos que pasar unos días en compañía de Francesco, ya no. Lo invitó a seguirla hasta un lugar más apartado para poder hablar a solas.

Terminada la barbacoa, Marco se marchó a su casa con la excusa de darse una ducha pero ya no regresó. Greta tardó un poco más de lo esperado en quitarse a Francesco de encima. Él trató de camelársela con dolci paroles, se permitió el lujo de confesarle un desliz y hasta de perdonarle el suyo…, pero Greta lo tuvo claro y en cuanto pudo lo despachó. Francesco, sediento y malhumorado, cruzó hasta el bar de la plaza, se sentó frente a la barra ante el atento escrutinio de los cotillas, y se hizo unos cuantos pelotazos. Al cabo de un buen rato abandonaba el bar con una cogorza de impresión; las llaves del coche se le cayeron al suelo, y El Justo, un guardia civil retirado que iba camino de su casa, las recogió al ver la castaña que llevaba el forastero. Amablemente, lo condujo hasta un banco cercano sentándose un momento con él.

—¡Pero cómo va uste a conducir en ese estado, hombre…! Tie que dormir la mona y luego se bebe uste un huevo crudo del corral, hágame caso.

Justo convenció a Francesco para que lo siguiese hasta la pensión de La Úrsula, en el número uno de la calle Larga, y a ella se lo encomendó. El italiano, bastante perjudicado y mareado por la chispera y el intenso olor procedente de un jazminero, siguió a la mujer pasillo adentro a trompicones, y sin ser muy consciente de dónde se encontraba. Un gato rallado le salió al paso y se colgó de su pernera haciéndole un siete en el pantalón. La Úrsula lo acomodó en una de las dos sencillas habitaciones para huéspedes.

“Prohibido dar voces a la hora de la siesta”, rezaba el cartel sujeto a un poste con un alambre ¿Estaría Marco echando la siesta? Modesto y Clarita habían desaparecido juntos hacía rato, en unos minutos comenzaría el desfile de la banda de música. Greta se decidió y fue hasta la casa de Marco a buscarlo; por más que llamó a la puerta nadie abrió.

A eso de las ocho de la tarde, Francesco se echó mano a la minga, que le explotaba de tantas ganas como tenía de orinar. Abrió un ojo y vio que Sarita Montiel que le giñaba el suyo desde un poster en la pared.


sarita montiel

Se encontraba en una habitación desconocida echado en una cama de cuerpo y medio, medio en pelotas, pues solo llevaba puestos los calzoncillos y los calcetines. Había estado soñando con Greta, un sueño muy caliente en el que los dos echaban un polvo increíble en una playa desierta; a un empuje para llegar al momento álgido, un paisano con boina se la arrancaba de los brazos y juntos desaparecían a lomos de una burra. Haciendo memoria recordó los acontecimientos de la mañana y retazos de su conversación con Greta antes de que entrase en ese bar de mala muerte y se pusiese hasta las patas. Se sentía muy mareado, las paredes de la habitación se movían, hasta le pareció que salía humo del puro de la Montiel … La puerta se abrió y una mujer madura y pechugona, que vestía una bata roja con volantes se aproximaba a la cama; llevaba los labios pintados de rojo fuerte y los rulos puestos. En una mano portaba un tazón humeante.

—¿Ya se ha despertao uste de la cogorza? Le traigo un caldito reparador…

Francesco sentía la lengua basta como un zapato y el gaznate áspero como papel de lija, tenía tanta sed que aceptó el tazón de calducho y le pegó unos tragos: sabía a huevo crudo. Se incorporó y preguntó con un hilo de voz.

—¿Dónde está la mia ropa?

—Ah, su ropa. No se preocupe uste que enseguida se la traigo. Le he lavao la camisa, que la traía perdidica, y he intentao coserle el pantalón…Tendrá uste que disculpar a Misifú… Ha quedao bastante decente, si uno no se fija no se nota.

—Necesito ir al baño…

—¡Uy! ¡Pues ni más faltaba!: sale uste al pasillo, to recto al fondo y pallá —señaló—. Voy a buscar su ropa que con este chicharrero ya debe haberse secao.

Francesco se desahogó en el baño y regresó al cuarto. Se le había puesto tiesa; siempre le ocurría al despertarse, además estaba lo del sueño erótico… La Úrsula le tenía el ato preparado y cuando lo vio entrar con aquello como una tienda de campaña canadiense, por primera vez desde la muerte de su Casio, se le pusieron los pezones como balas. Hacía tanto tiempo que no lo cataba… y eso, en su caso, habiendo sido puta y muy mujer, era polvo fijo. Dejó la ropa cuidadosamente doblada sobre una silla y comenzó a desabrocharse la bata. ¡Aquello no eran tetas sino ubres! pensó Francesco, alarmado. Debía seguir borracho perdido porque el miembro se le había puesto como un garrote.

—Ven pacá espagueti… —la escuchó decir— que La Úrsula te va a dar lo tuyo.

*****

Pasadas las fiestas, la mayoría de los comercios, incluida la carnicería, cerraban unos días por vacaciones. El jueves por la tarde Marco ultimaba los preparativos para su viaje al país de la mozzarella, trataba de convencerse de que todos los italianos no tenían por qué ser gilipollas.

—Tienes que estar en el aeropuerto como muy tarde a las diez de la mañana, hijo.

—No te preocupes, papá, saldremos con tiempo. ¿Has llenado el depósito de la furgoneta?

—De la gasolinera vengo. Bueno, emm… he pasado un rato a ver a Clara. Greta ha preguntado por ti, se siente muy apenada por lo de su amigo, pues no era más que eso: un amigo… Clara dice que ese mismo día su hija lo despachó.

Marco estaba dolido, ella nunca le había hablado del italiano, y fuera su novio o no, ¡se sintió traicionado! En el fondo era mejor así, se había pasado los últimos días sin salir de casa, hosco y desabrido. Se estaba enganchando demasiado a esa chica y al final ella acabaría marchándose del pueblo. Ahora solo quería pensar en su viaje y vivir la experiencia.

—No me debe ninguna explicación, entre nosotros no hay nada —aseguró Marco a su padre.

Llegaron con tiempo suficiente al aeropuerto. Marco facturó la trolley, en la que viajó sin problemas una hermosa tripa de mortadela en un envase especial para mantener la temperatura. A su llegada al aeropuerto Amerigo Vespucci, un chófer enviado por la organización le estaría esperando para llevarlos a él y a su mortadela hasta un hotel. Según detallaba el programa, al día siguiente volvería a recogerlo para el traslado a la Villa en las afueras donde tendría lugar el evento. Modesto se mostraba bastante inquieto, miraba el reloj cada cinco minutos.

—Papá, relájate que ya estamos aquí, tengo mi tarjeta de embarque y ya he facturado el equipaje, solo me queda subir a ese avión, es hora de marcharme.

Modesto se despidió de su hijo antes de que entrase en la zona de embarque. El avión iba casi completo, disponían de más espacio sus pollos en el corral… Un azafato muy simpático le indicó un asiento libre entre una señora gruesa y un amable jubilado. A punto del cierre de puertas, un último pasajero rezagado se presentó. Cuando pasan estas cosas todo el mundo se vuelve para mirar al tardón… en este caso, tardona. La reconoció de inmediato, con la cara arrebolada y el pelo alborotado Greta entró en la nave, traía una pequeña bolsa de viaje en una mano. Marco veía cómo la muchacha intercambiaba unas palabras con una azafata, esta sonrió y caminó hasta el asiento ocupado por el jubilado, junto al de Marco, que trataba de mantener a raya su sofoco.

—¿Buenos días señor, le importaría dejar su plaza a la señorita y ocupar aquel asiento libre?—. La atractiva azafata señaló una plaza dos filas más atrás y susurró algo al oído del jubilado, le guiñó un ojo y prometió servirle zumo gratis durante todo el vuelo.

No dejaron de mirarse a los ojos mientras Greta se acomodaba en el asiento. Marco, que sentía cómo el corazón le saltaba dentro del pecho, se dejó llevar por un impulso y la tomó de la mano estrechando sus dedos con fuerza , con sus uñitas tan monas pintadas de rosa, y se las besó. Una radiante sonrisa iluminaba sus oscuros ojos color chocolate, la sonrisa se trasladó a los labios, y todo lo incierto quedó atrás. Greta se quedó dormida apoyada en el hombro de Marco; estaba agotada. Había pasado la noche en vela, nerviosa e indecisa por el plan urdido por Modesto, para que ella sorprendiese a Marco acompañándolo en su viaje. Afortunadamente, quedaban plazas libres en el mismo vuelo. Greta se presentaría en el último momento para que Marco no tuviese tiempo para objetar. Y así había sido, aunque Greta y su madre se habían perdido de camino al aeropuerto y a punto había estado de no llegar a tiempo. Marco la despabiló con delicadeza cuando se disponían ººa aterrizar.

—Despierta dormilona, estamos llegando.

—Umm… ¿He dormido mucho tiempo? Marco sonrió, la miraba con una mezcla de ternura y deseo.

—Una hora y cuarenta minutos, para ser exactos.

En el área de llegadas, un hombre bajito con coleta, vistiendo camisa blanca y pantalón oscuro, blandía un cartelito: Sr. Marco Guerrero.

Buongiorno, sono Marco Guerrero —se presentó.

Buongiorno signore, sono Antonino para servire—. El chófer tenía la tez morena y era fuerte como Popeye el marinero—. Io capisco lespañol, no preoccupare —Antonino echó un vistazo a Greta con aprobación y cargó con los equipajes.

—La señorita es mi acompañante —informó Marco—. Si hay algún inconveniente…

No problema, no preoccupare. Le belle signorinas sono sempre bienvenute.

Había un buen trayecto en coche hasta el pequeño pueblo de Montepulciano. Entre besos y arrumacos la pareja trataba de seguir la conversación mientras contemplaban el bello y ondulante paisaje toscano. Antonino les hacía de guía, y parlaba y parlaba sin parar con un marcado acento florentino.

Ustedes sono de lespaña…¿De qué parte de lespaña?

—De la zona centro — aclaró Marco—, de un pueblecito llamado Ojete de Abajo.

¡Ma che cosa! Antonino soltó una carcajada —feo nombre…, ma belle ragazze. Greta vio cómo le guiñaba un ojo a través del espejo retrovisor.

—Estoy pasando el verano en Ojete con mi familia —aclaró ella.

Una lucecita de alarma se encendió en el cerebro de Marco al escuchar la aclaración, pero trató de ignorarla, firme en su propósito de disfrutar al máximo de esos días en compañía de Greta. Fue entrar en el pueblo y en varias ocasiones Antonino tuvo que detener el vehículo y bajar la ventanilla para saludar a sus amiguitas…, que lo vitoreaban y aclamaban al pasar.

—¡Eh, Antoninoooooo!

—¡Ciao, Bello!

—¡Antonino! ¡Ti amooo!

A su llegada al hotel, la cosa se torció.

Scusi, signore. La cama e sencilla, no bien para dos personas… siamo completi.

No preoccupare, no problema —terció Antonino— io llevo in un altro albergo, no problema.

En varios hoteles se encontraron con el mismo panorama: completi.

Io conozco un albergo bene —sugirió Antonino— del mio primo, no preoccupare, no problema.

La subida a la Pensión Bertolini, en el barrio antiguo, era mortal, unos treinta escalones sin descansillo y a pleno sol. La fachada era antigua, algo descuidada sin llegar a ser ruinosa; el portón de entrada a la pensión, asoleado y agrietado, resultaba poco halagüeño. En el interior olía ligeramente a humedad, aunque no llegaba a ser del todo desagradable. Al pasar al pequeño vestíbulo fue como si el tiempo hubiese quedado suspendido, aquel lugar tuvo que haber sido un hotelito bonito y acogedor. Las paredes conservaban los paneles de madera laqueada y el entelado de damasco. Sobre el mostrador de recepción motas de polvo revoloteaban suspendidas en un rayo de sol, que se colaba a través de las pesadas cortinas y acariciaba a una pareja de esculturas de bronce y porcelana que se hacían arrumacos. Los recibió el anciano Bertolini, que se ajustó las gafas de cerca para comprobar su libro de registros. Les ofreció una copita de Nobile y les entregó las llaves del cuarto. En un rincón Antonino coqueteaba con la muchacha que hacía los pisos. La habitación les sorprendió gratamente: no podía decirse que estuviese reformada. Antigua pero bien cuidada, debía de ser una de las mejores habitaciones de la pensión. Presidía la estancia una gran cama con dosel entelado enmarcado por una talla dorada, la colcha de seda roja bordada era espectacular. Antes de marcharse, la chica de servicio depositó sobre la cama dos juegos de toallas limpias, descorrió las cortinas y abrió el ventanal, con preciosas vistas de los tejados y de la torre del Palazzo Comunale. Se dirigió a la cocina llevándose con ella la mortadela para ponerla a buen recaudo. Greta cotilleó la estancia encantada mientras Marco permanecía de pie en el umbral de la puerta. Se dejó caer sobre la enorme cama y soltó una exclamación al descubrir el mural pintado en el techo.

 

—Marco, ¡ven a ver esto! —pero Marco se había puesto repentinamente serio, la seguía con la mirada observándola con intensidad.

—¿No te gusta la habitación? —preguntó Greta con cautela.

—En este momento solo puedo pensar en ti y en mí… y en esa cama.

Pasado el tórrido momento ambos yacían abrazados mirando el techo; satisfechos, empapados en sudor, con la piel enrojecida por besos ardientes y ardientes declaraciones. Contemplaban relajados la escena pintada, una reproducción de la Alegoría de Venus y Cupido de Bronzino.

bronzino

—Ese debe ser Cupido —comentó Greta, señalando la figura desnuda que besaba a Venus.

—No veo el arco ni las flechas.

—A veces no hacen falta flechas, basta con un cuchillo carnicero para enamorar…

—Marco se movió para estrecharla aún más, la acurrucó acariciándole la espalda y la atrajo para darle otro beso: suave, profundo y lento.

—Con que un cuchillo carnicero, ¿eh? Ummm, vamos a hacerlo de nuevo —susurró al oído— pero esta vez completamente desnudos, quiero verte bien.

Terminaron de desvestirse mutuamente, con las prisas y el subidón pasional del primer encuentro se habían deshecho de lo imprescindible. Ahora, dedicarían más tiempo a mirarse, estudiarse, tocarse, y acariciarse a placer. Marco era verdaderamente un adonis; definido, fuerte pero no exagerado, unos rasgos, en general, muy masculinos y viriles. Contemplar la mortadela en todo su esplendor era exuberantemente sexual y excitante. Greta se avergonzó al recordar las veces que en la carnicería, atraída por su volumen y empaque, había desviado la mirada hasta el paquete de Marquitos, que la atraía como un imán. La realidad no decepcionaba en absoluto, debía ser cosa de familia.

—Me alegro de que hayas venido. Me encantas Greta…—suspiró Marco mientras lamía con deleite el vientre femenino— sabes a vainilla y un poco… a mí. No quiero que te vayas —confesó.

—No pienso abandonar esta cama por nada del mundo.

—Sabes a lo que me refiero — murmuró— y su lengua se perdió entre gemidos.

Las campanadas de la torre daban las siete. Decidieron salir a comer algo y recuperar fuerzas, hacía mucho calor a pesar del ventilador. Abandonaron la maraña de sábanas revueltas, tomaron una ducha rápida y salieron cogidos de mano a conocer Montepulciano. Pasearon por sus estrechas y enredadas callejuelas, compartieron un panzanella, bebieron mucho Nobile y pudieron saborear el mejor helado de la toscana, sin dejar de besarse, dedicarse miradas tórridas y buscar el contacto en cualquier ocasión. Esa noche, al volver a la pensión Bertolini hicieron el amor hasta el amanecer, durmiendo a intervalos y disfrutando el uno del otro sin reservas. Antonino pasó a recogerlos a las nueve en punto de la mañana, sonrió con picardía al verlos bostezar, tras las gafas de sol ocultaban las ojeras de una larga noche de buen sexo. El evento gastronómico se celebraba en una magnífica villa, propiedad de uno de los organizadores, originaria del siglo XV y magníficamente restaurada y rodeada por un extenso olivar. Los jardines eran exuberantes, presididos por una bellísima fuente renacentista y decorados con pequeñas cascadas y juegos de agua. Bajo el sol de la Toscana el cielo era más azul y las nubes más mullidas. Maestros queseros, charcuteros, reconocidos enólogos, artesanos y los mejores en el arte de elaborar masas y pastas frescas se daban cita en un evento anual en el que los protagonistas eran exquisitos delicatesen con denominación de origen. Una azafata mona los recibió ofreciéndoles un típico aperitivo, recogió sus invitaciones y las entregó al secretario de la organización. El secretario anotaba los datos principales de los participantes: nombre, producto y procedencia. A cada producto se le asignaba un número, y eran presentados en diferentes mesas agrupadas por categorías: la mesa de las pastas, la de los quesos, embutidos y chacinas acompañados por los mejores vinos y licores de la región, que concursaban en categoría aparte. Los jueces y expertos probaban cada una de las elaboraciones que eran previamente anunciadas por megafonía:

Il numero diciotto: Mortadela del Oje… del … culo.

Un señor sesentón con bigote de mosquetero que estaba a punto de llevarse el trozo de mortadela a la boca dio un respingo y la sala se echó a reir. Marco se puso rojo de vergüenza e irritación, se acercó al secretario para aclararle que la Mortadela no era “del ojete”, si no de un pueblo llamado Ojete, podía llamarla simplemente mortadela de España, o tal vez, mortadela Guerrero. Otro de los jueces se adelantó a la mesa y tomó una porción de mortadela, haciendo una graciosa reverencia se la llevó a la boca, cerró los ojos, saboreó y sonrió con deleite.

Ohhh, questa mortadela del culo é sublime —declaró, tras lo cual, el resto la probó también.

El de Ojete se llevó uno de los tres cuchillos de oro a casa, además de un contrato firmado por un año como proveedor de mortadela a las mejores tiendas especializadas, delicatesen y restaurantes de la región. Se despidieron de Antonino y de la pensión Bertolini con pesar, la intensidad con la que habían vivido esos días, las confidencias, los sentimientos y el placer que habían experimentado, habían hecho de ese fin de semana el mejor de sus vidas; Marco y Greta regresaban a Ojete perdidamente enamorados.

A su llegada a los Laureles, a Greta la esperaba una última emoción. Clara esperó a que su hija, radiante como estaba, le contase sobre el viaje y su romance con Marco.

—¡Me alegro tanto de que lo hayáis pasado tan bien!

—¡Vamos, Clarita! dale ya la carta a la niña, ¡puñetas! –prorrumpió doña Leonarda, aplastando un par de moscas que copulaban desvergonzadas sobre el reposabrazos de su sillón favorito.

—¿Qué carta, mamá? Clara metió la mano en el bolsillo del delantal y una emoción que Greta no supo definir se apoderó de su rostro, temerosa y expectante le entregó el sobre a su hija. Estaba fechada y sellada en París (France).

Querida hermana,

No sé si sabrás de nuestra existencia, mi nombre es Armand, y soy tu hermano. Tienes dos hermanos, hermanos de padre, como imaginarás. Nuestro padre Eugene falleció hace dos años, ahora que faltó también nuestra madre hemos querido escribirte, tal y como él nos pidió. Nuestro padre, a pesar de que nunca tuvo el valor de buscarte, siempre te tuvo en su pensamiento y no te olvidó. Fue su deseo, y es el nuestro, que su apartamento de soltero en Montmatre fuese para ti, para que puedas venir a Paris siempre que quieras, tratarnos y conocernos. Te entregaremos las escrituras de la propiedad y realizaremos los trámites legales cuando tú lo desees. Te esperamos.

Un abrazo,
Armand y Emile

 

Cuando Greta relató a Marcos lo sucedido, este sonrió pensativo y comentó:

—¿Les gustará la mortadela a los parisinos?

—Marcos Guerrero, ¿estás pensando en llevar tu mortadela “del ojete” a París? —rió.

—Bueno, el alojamiento nos va a salir gratis, y ahora que tengo a una guapa abogada como socia…

—No te rías de mí…— murmuró Greta refugiándose en su abrazo ¿Crees que debo aceptarlo?

—¿Lo dices en serio? ¿Un appartement, en París? No, no. Qué va…

—Eres un tonto — le recriminó ella— pero te quiero.

—Y yo te quiero más.

¿FIN?

Para vosotros, queridos lectores, es el fin. Pero no para Greta y Marco, para ellos es el comienzo. El comienzo de su relación: conocerse, compartir, hacer planes juntos como toda pareja que empieza, con ilusión y en este caso… con mucho AMOR Y MORTADELA.

 risitas enamorado grande

 

Betty L♥ve

AMOR Y MORTADELA Capítulo 4

 

Capítulo 4

Amores Fiesteros

 

—¡Perpetuaaa! ¡Perpetua espabilaaaa!

Perpetua echaba un sueñecito en el banco de siempre; el cuello le iba cediendo y, cuando  pareciera que la cabeza se iba a estrellar contra el suelo, la empuñadura de su bastón frenaba el guarrazo. Mientras, a la vista de doña Macaria no escapaban ni las moscas.

—¡La hija de la Leonarda ha entrao en lo del salchicha! —Doña Perpetua dio un respingo  sacudiéndose la modorra del cuerpo.

Pdzch pdzchaa ¿Lo queeee? —chilló la anciana, batallando con la dentadura  para que no se le saliese de la boca.

—¡La Clarita, la hija de la Leonarda!

—¿La que se fue a putear a la Francia?

—¡La mesma! Con estos ojos que la acabo de ver. —La anciana levantó un dedo torcido por la artrosis hundiéndolo en la ojera derecha.

Detrás del mostrador de la carnicería seguía Modesto… Ahí, rígido como una estatua marmórea.

—Buenas tardes Modesto —saludó Clara—. Han pasado muchos años… pero creo que aún se me reconoce.

Después del soponcio inicial,  y alentado por la visión de unos huevos de toro que lucían viriles en la cámara expositora, el hombre reaccionó.

— Clari… engrmm, Clara.— La voz trémula no le salió con mucho fuelle.

Definitivamente, de cuello para abajo no era el mismo hombre que Clara recordaba… “¡Qué de músculo!”

—Estás… distinto—observó ella—. La vida te ha tratado bien.

La sangre bullía en el escote de machote del carnicero, que percibía como un brote de calor se extendía por los hombros y le subía por el cuello.  En parte por el cumplido, en parte porque era la primera vez, que él recordase, que Clarita le hubiese echado un piropo, si es que estar “distinto” significaba estar menos esmirriado.

—Bueno…—sonrió aturullado— procuro llevar una vida sana. Tú te ves…—tragó saliva— muy bien, como siempre—. Le pareció reconocer la coquetería de la muchacha de ayer en el rostro de la mujer de hoy que  tenía en frente, ese rostro con el que había soñado tantas veces en su juventud y que había sido el causante de más de un disgusto.

—Tenía que hacer unos recados y he pensado que podría saludar a mi hija.

—Sí, claro, por supuesto ¡Enseguida la aviso! Bueno, mejor pasamos adentro… pasa, pasa, no te quedes ahí, mujer.

Clara rodeó el mostrador y Modesto le facilitó el paso haciendo a un lado la cortina tintinera. Se sintió minúscula con semejante pretoriano a sus espaldas. Cuando pasó a los corrales su Greta, con toda su carrera y educación urbanita,  arremangada y escoba en mano barría el forraje y las briznas de paja sobre el tosco suelo de cemento. Allí dentro olía que era un primor…

—¿Mamá? —levantó la vista sorprendida.

— Hola cariño, tenía que hacer unos encargos y he pensado que podía pasar a un verte un momento.

—¡Claro! seguro que a Modesto no le importa que hayas venido…

Modesto corroboró con un gesto, elevando en lo posible las comisuras de sus finos labios, ansioso por complacer. La visita fue breve, ya se marchaba cuando se cruzaron con Marco, que  salía de la cámara frigorífica.

—Clara —habló Modesto—, este es mi hijo Marco.

Marco se adelantó para saludar y le tendió la mano educadamente.

 

* * * *

—Lo mato, lo mato… ¡Lo maaaato!

Greta metió la cabeza bajo la almohada mientras se imaginaba a sí misma sumergiendo al gallo en un caldero con agua hirviendo. El muy desgraciado no respetaba ni los domingos. Tratando sin éxito de dormir otro poquito,   permaneció en la cama holgazaneando; le pareció escuchar el motor de un vehículo afuera, seguidamente, algunos porrazos. Se  asomó por la ventana  y se quedó con la boca abierta: Modesto descargaba de su furgoneta unos sacos mientras Marco, cuerpazo  en shorts y camiseta de tirantes, raspaba el muro de la entrada con un apero de albañil. Vio que su madre salía de la casa llevando una bata fina, Modesto le explicaba y hacía gestos con las manos señalando, probablemente, las grietas y desconchones que pretendían arreglar.

—Oh…pero esto es mucha molestia —objetó Clara, apurada.

—¡Molestia ninguna! En un par de horitas apañamos este muro.

—Pero es que os vais a…

—Sin peros, mujer, que  es poca cosa y así ejercitamos. ¿Verdad, hijo?

 Clarita miraba atónita cómo Modesto se echaba un saco de arena a las  espaldas  como si fuese una bolsa de plumas. Marco escondió una sonrisa asestando un golpe seco al muro con una piqueta.

—En fin…se agradece, os prepararé un buen almuerzo.

Greta se apañó el pelo y se aplicó unos toques discretos de barra de labios antes de salir a saludar. Agradeció el gesto, y como los obreros declinaron su oferta de ayuda, se colocó las gafas de sol, se subió a una tapia y se dedicó a recrear la vista. ¡Mamma mía! (como solía decir Francesco). Carga y descarga de  músculo y material, sudor del bueno y  testosterona flotando sexualmente en el ambiente… El gallo matón se acercó sigiloso atacando a Marco por la espalda y a traición, asestándole un señor picotazo en el cuello. <¡Gallo cabrón! > Con la arteria aorta a punto de explotarle agarró al bicho por el pescuezo  y lo zarandeó alzándolo a la espera de instrucciones.

— ¡Todo tuyo! —gritó Greta desde lo alto. Entonces, Marco  lo lanzó con fuerza al otro lado de la tapia; el muy teatrero armó un plumoso alboroto cagándose  mientras volaba por los aires.

 

 —¡Tiempo sin verla, doña Leonarda! —exclamó Modesto al ver que la anciana salía al patio acompañada por Clarita.

La mesa estaba dispuesta para el almuerzo bajo la sombra que ofrecía el techado de caña y fresca hiedra.

—Los  achaques hijo…A mi edad todo son puñetas.

—Madre —intervino Clara—. ¿Se acuerda usted de Modesto?

—¡¿Pues no me voy a acordar, puñetas?! Que me hacéis chocha!

—He sabido que estaba delicada —manifestó Modesto—pero yo la encuentro de lo más saludable, ¡está usted hecha una jovenzuela!

—Aduladorrr—la anciana arrugó el morro—. Si hubieses gastado esa labia en otros tiempos…Óyeme —añadió—pues no sé si será de esos pollos tuyos que te comes, pero hay que ver hermoso te has puesto.

Clara se sonrojó profundamente y comenzó a servir la comida sin levantar la vista de los platos. Llegó Greta seguida por Marco, se habían quedado atrás mientras ella le curaba el picotazo entreteniéndose un poco más de la cuenta: un momento a solas, palpando la solidez  del cuello moreno de Marco mientras lo desinfectaba con una gasa…

—Este debe ser tu Marquitos —adivinó doña Leonarda.

Después de la cura, Marco estaba tenso como una cuerda de violín, necesitaba beber algo con urgencia, algo frío. Muy frío.

—Sí, este es mi chico, ya está hecho todo un hombre. —La anciana echó una ojeada al bigardo muchacho y luego clavó la vista en su nieta.

— Parece que el negocio familiar  os va  muy bien —comentó Clarita, una vez sentados a la mesa. 

— Sí, no podemos quejarnos. Aunque hubiese preferido que Marco no hubiese abandonado  la universidad.

—Los hijos…—suspiró Clara—. Les quitas el pañal, les salen cuatro granos, y ya son adultos y toman sus propias decisiones, aunque nos cueste asumirlo.

Marco cruzó una mirada con Greta, no podía quitarle los ojos de encima, la observaba todo el tiempo, pero con disimulo. Ella  le dedicó una sonrisa juguetona.

—Aunque me alegra tener a mi hijo a mi lado, me gustaría que un día tuviese su propio negocio, tiene muy buenas ideas. En estos momentos  está preparando un viaje a Italia para participar en un concurso.

—¡Vaya! —exclamó Clarita.

— ¿Ah, sí? –inquirió Greta, clavando sus ojos verdes en el más que atractivo hijo del carnicero.

—Sí…, algo así —respondió Marco, mientras el rubor comenzaba a calentarle el rostro.

—¿Y qué tipo de concurso es? —indagó Greta.

—Es un concurso gastronómico,  se premia al producto  artesanal.

—Y tú vas a llevarles un poco de mortadela.

—Así es —confirmó Marco satisfecho, aunque por dentro se preguntaba qué pensaría ella de él.

—Hace unos días llegó una carta con la invitación —explicó Modesto, henchido de orgullo paterno como un pavo real.

—Enhorabuena —lo felicitó Greta— así que para eso quieres el diccionario… Yo puedo ayudarte —le ofreció espontáneamente—. No es que domine el idioma, no — aclaró— pero creo que lo suficiente como para echarte una mano, si lo necesitas…

—Marco sintió el peso de  tres pares de ojos sobre su persona, unos, especialmente bonitos —. Está bien, te lo agradezco.

—¡Estupendo!— festejó Modesto—. Podrías dedicar la última media hora de la jornada para enseñar a mi chico to-do lo que quieras…

Marco lanzó a su padre una mirada asesina. El almuerzo resultó agradable y distendido a pesar de las ocurrencias de doña Leonarda, que a los Guerrero les resultaban muy graciosas. Se miró el reloj, su padre asintió y se puso en pie.

—Señoras…, estamos disfrutando mucho  del placer de su compañía, pero  Juan cochinos se ha tomado el domingo libre y aún tenemos que pasar por la granja para echar de comer a los cerdos. Clara, el almuerzo estaba delicioso— expresó Modesto— tienes muy buena mano para la cocina.

—Nada especial— contestó Clarita, llanamente —son platillos fáciles.

Modesto se inclinó levemente aproximando su boca al oído de Clara.

 —Todo lo tuyo es especial.

 

****

Carne de cerdo de primera, tocino, pimentón, un surtido de  secretas especias y las manos de un soberbio charcutero, eran algunos de los ingredientes con los que Marco embutía su mejor Mortadela. Dejó a un lado la mezcla, se lavó y secó en el delantal pues era la hora de su clase y ella lo estaría esperando en la salita.

—He preparado una lista de frases usuales para que vayamos traduciendo —le mostró Greta— como por ejemplo:

“Tengo una reserva en su hotel”  “¿Puede indicarme cómo llegar a esta dirección?” “¿Cuánto cuesta?”  “Necesito un médico”  “Me han robado la cartera”   “Llamen a los carabinieri”

—Me lo estás pintando un poco negro…—Greta soltó una carcajada y se disculpó—. Lo siento, no era mi intención, pero hay que estar preparados para cualquier eventualidad.

—Espero que no me secuestre la Camorra.

 Cuando Marco se relajaba y la miraba sin parpadear…Tenía unos ojazos chocolate noir capaces de taladrar un corazón.

—No, por favor— contestó Greta— sería una pena… ahora que empezamos a entendernos.

Esa era una de las cosas que más le gustaban de ella, no tenía miedo a expresar en voz alta lo que pensaba en cada momento. Un par de mechones ondulados de su pelo castaño descansaban  en el escote,  contrastando con el cálido tono de su piel y el brillo sensual de sus ojos verdes. La guinda del pastel la ponían los labios; preciosos con forma de cereza. Naturalmente atrayentes… Respiró hondo y se removió en su asiento tratando de concentrarse.

—Lo que llevo fatal es la pronunciación —confesó Marco, que se despistaba con cada gesto femenino.

—Es cuestión de práctica –Greta abrió el diccionario—, al lado de la traducción está la pronunciación, ¿ves? aunque esté escrita como el culo, es lo más parecido  a cómo debería sonar.

Marco tomó el diccionario, escogió una palabra y pronunció:

 —Bel-léz-za

 

A finales de semana Greta sorprendió a sus jefes con un presente: un par de  delantales  cortados y cosidos por su madre, con sus respectivos nombres bordados a mano. A Modesto se le iluminó el rostro como bombilla en feria. Ese viernes,  el ambiente festivo y el estallar de los petardos alborotaban cada rincón del pueblo de Ojete. Oficialmente y hasta el martes siguiente se celebraban las fiestas de agosto. A medio  día los tableros ya estaban dispuestos para la degustación de  gachas populares y tintorro. Los vecinos y visitantes (si eran de pueblos cercanos solían acabar a palos)  se concentraban en la plaza del ayuntamiento engalanada con banderitas para ponerse tibios de comida y bebida por cuenta del consistorio. Las vecinas más participativas elaboraban postres,  dulces, tartas y bizcochos, que acompañaban con copitas de mistela. Por la tarde, después del concurso de rebuznos, el bar del pueblo, que triplicaba las mesas en la terraza y sacaba a la calle una barra con serpentín, despachaba tapas y platos de oreja a tutiplén. Ofrecía sangría suavecita, para que pudiesen beber todas las viejas sin que las fulminase un golpe de tensión, y se ponía a enfriar en grandes barreños con hielo. Con la excusa de las fiestas, Modesto había mandado recado  invitando a Clarita a tomar un refresco y disfrutar de la actuación en la plaza de la Orquesta Pasodoble. Al contrario que Greta, que no se  había hecho de rogar y había quedado con Marco a la primera insinuación, Clarita lo meditó algo más, pero finalmente aceptó la propuesta porque secretamente sentía deseos de volver a encontrarse con el carnicero.

—Madre, en media hora llegará Modesto a recogernos, ¿está segura de que no le apetece acompañarnos?

—A mí no se me ha perdido nada en el pueblo. ¿No vas muy fresca hija ?—Clarita se había puesto un bonito vestido de gasa por encima de la rodilla.

—Madre, estamos a treinta y cinco grados… Le he dejado la cena preparada y las pastillas en su bandeja con un vaso de leche. No volveremos tarde, usted acuéstese y quédese tranquila.

—¡Adiós abuela! —exclamó Greta.

 

La terraza del bar estaba a reventar. Modesto y Clarita, acompañados por sus hijos, ocuparon una de las mesas al aire libre. Justo al lado estaban sentadas Las Pacas con sus maridos, que rebañaban los platos mientras sus respectivas hacían trajes a medida.

— Vaya cuajo…—comentó María Francisca— si su mujer levantase la cabeza, pobretica que en gloria esté.

—Esa Clara siempre ha sio una fresca—contestó Francisca María—. Se presenta aquí después de tantos años y ¡miála! a por el Modesto, que tiene buenos cuartos.

—Dicen que la hija está engatusando a Marquitos…¿Cómo es que se llama?

Cocreta o algo así.

 

Anclado a la barra del bar, El Liendres se hacía el interesante  con su pelo cardado y postura estudiada de seductor barato. A juzgar por el  rastro oloroso que dejaba a su paso debía haberse capuzado todo el frasco de  la colonia Jacks de su padre. El Josete, que era sobrino del dueño de la taberna, no podía disfrutar de las fiestas con sus amigos ya que esos días  se veía obligado a echar una mano a su tío en el bar.

—Qué suerte tienen algunos —comentó El Liendres contemplando a Greta con la boca abierta.

—¿Te refieres al hijo del salchicha? Bahhh—exhaló El Llagas—ese siempre se liga a la más guapa…, debe ser porque está cachas.

—Ya veréis el día que yo me deje los bocadillos de panceta —aseguró El Liendres, reventado de la envidia —. Esta sangría es agua colorá,vamos, una mierda Josete ¿La has hecho tú, no?

—Pues sí que está floja… Tu tío es un miserias —convino El Llagas.

Nnn  nooo tengo la cuuul culpa, yo le pongo lo que me meee dice mi tío —se justificó El Josete.

—Eh, Llagas ¿has visto a La Pepi? Mírala, mírala…ya la tienes ahí,  te va a desgastar de tanto mirarte. La jodía no se afeita el bozo ¡ni en fiestas! ¿También tiene el felpudo así de negro? —Al Llagas le entraron los calores de la muerte, apuró el vaso y se limpió las chorreras de sudor que le caían por la frente.

—No jodas tío, ¿cómo voy a acordarme si estaba borracho? No pienso enrollarme con esa fea otra vez.

—Esto es un muermo —se quejó El Liendres— se me está ocurriendo algo. Josete ven para acá…

Dos litros de vodka y un paquete de azúcar por cada cubeta de sangría, medio de Ponche Caballero, una chorrá de ginebra y todo lo que tengas a la mano, le habían dicho. Pedir una tapa daba derecho a barra libre de sangría.

 Debía de estar buena, porque el personal acudía una y otra vez al barreño para rellenar el vaso. Modesto estaba que no cabía de gozo al lado de Clarita, se sabía observado, pero a él los chismes y cotilleos de sus paisanos le traían al pairo.

—Más sangría para las damas —ofreció eufórico, dejando otra ronda sobre la mesa.

—Yo no quiero beber mucho, Modesto —declaró Clarita.

— Pero si está muy suave, mujer. Está rica y fresquita, ¿verdad chicos?

Marco asintió,  estaba hecho un flan. Greta se veía preciosa esa tarde, como estaba muy cortado delante de la madre,  bebía sangría. El Josete no daba abasto preparando más bebida; la mezcla altamente explosiva comenzaba a dar sus frutos, efectos que se hacían visibles en los coloretes y risas desinhibidas del populacho.

—¡Pschhhh, Josete! —llamó El Liendres— ¡Tío ezto ezzz un éxzito! No zé qué le habrázs ezchado a la zangría pero llevo un peeedo.

Y yyyoo oioioioi —secundó El Llagas—. La Pepi, siempre al acecho del objeto de su amor, espiaba a tan solo unos pasos de los muchachos.

—¡Os he oído! ¿Qué  habéis echao a la sangría, que están tos más tontos que una calabaza?

—Hostias, Pepi… no jodas la diversión —se quejó El Llagas—. La muchacha se ofendió y amenazó con irse de la lengua.

Pedo Pepi —intervino El Liendres—zi estamos en fiezstaz…¡Venga, tómate una copita con nozotrozz que te invitamoz! ¿Verdad Llagaz?. Eh, tío— le susurró al oído— vaz a tener que zer cariñozo con ella  para que no ze chive…

Al Llagas se le encogió la almorrana ¡Maldita su suerte! Comprendió resignado que la situación requería… un poco de tacto.

fiestas de Ojete de Abajo Al caer la tarde, Clarita, su hija y sus respectivos acompañantes, se encontraban más que achispados; al escuchar las pruebas de sonido que indicaban que  empezaba la verbena siguieron jubilosamente a la multitud que se trasladaba al otro extremo de la plaza. Las viejas y los viejos, como era costumbre, se traían las sillas de casa y se colocaban en primera fila dejando la zona central libre para los bailongos. La cantante, con la melena leonina y pintada como una puerta,  salió al escenario, saludó a su público y seguidamente se arrancó con el tema “La morena de mi copla”. Pepe el pedorro y Jacinto el practicante, ambos sesentones,  invitaron a sus mujeres a sacudir la polilla sacándolas a la pista para bailar agarrados. Modesto sacó  a Clarita, que contenta y desinhibida como estaba, se arrimó bien al cuerpo del hercúleo ex-pretendiente, que olía a gloria bendita. Para cuando tocaron los pajaritos ya estaban todos bolingas perdidos: moños sueltos, pies descalzos y más de un descamisado en medio del griterío y el contento general. Las señoras ya se habían olvidado de la faja meneando culo y tetas sin el menor pudor. Las Pacas tuvieron que separar a sus maridos cuando uno de ellos quiso pegarle un puñetazo al otro.

—¡Le has tocado el culo a mi mujer!

—¡Te digo que ha sio un error! Que me he confundío y pensé que era mi Paca ¡Pos no ves tú que son iguales, bestia?

Marco y Greta, huyendo del jaleo, de pisotones y de cuescos silenciosos, se apartaron del bullicio para tomar un poco de aire fresco.

 Llegó el turno del Bimbó de Georgie Dann. Modesto movía el esqueleto con gracia y desenvoltura, el pobre estaba más caliente que el queso de un San Jacobo. Cuando tocaron una lenta tomó a Clara por la cintura resbalando la mano hasta la cadera, ella no se incomodó. Los años habían pasado para ambos, la cintura de avispa de jovencita se había ensanchado, las caderas eran más generosas, pero seguía siendo una mujer guapa. Doña Macaria y La Perpetua, enlutadas como de costumbre, observaban el espectáculo desde sus sillas de cuerda.

— Mialá cómo provoca, y qué  vestío me lleva —rezongó doña Macaria— si va más apretá que peo en visita…

Pasadas las doce de la noche las ancianas abrían la boca sin parar y decidieron recoger los bártulos.

Miá qué horas…Ámonos pa casa Perpetua, que estas joventudes no tien jartura. Perpetua echó una última mirada reprobatoria a sus vecinos, pero algo vio que la descompuso repentinamente. Intentaba hablar, pero sufrió un ataque de tos repentino. Macaria, con toda su mala baba,  le dio unas palmaditas en la espalda hasta que la dentadura salió disparada por los aires aterrizando en el bolsillo del panadero.

—¡Virgen Santa! —chilló doña Perpetua—¡Si es la Leonarda!

Doña Leonarda se apareció entre la multitud,  abanicándose enérgicamente.

—¡Madre! —exclamó Clarita, atónita repasándola de pies a cabeza. La mujer llevaba puesto un vestido de domingo, la toquilla  de ganchillo y  las zapatillas de estar por casa.

—¡¡¿Pero qué hace usted aquí?!! ¿Quién la ha traído?

—He cogido la ranchera.

—¿Ha conducido usted? ¿De noche? ¡Virgen Santísima!  

—A ver si  te crees que no puedo, que me hacéis chocha ¡Puñetas! ¿Sabes qué hora es? ¿Has bebido, Clarita? —indagó doña Leonarda clavando sus ojos de halcón en el rostro acalorado de su hija.

Aquello era surrealista, Modesto, que trataba de mostrar seriedad delante de doña Leonarda se ofreció de inmediato a llevar a las dos mujeres de vuelta a la finca.

—Le pido disculpas doña Leonarda, la culpa ha sido toda mía por no darme cuenta de la hora que es. Tiene usted tooda la razón del mundo, ahora mismo nos vamos a acostar.

—¿Y mi nieta?

— Emm, no se preocupe por su nieta que mi hijo la llevará a su casa…

 

Greta y Marco paseaban por callejuelas. Charlando sin rumbo fijo fueron a parar a un pequeño mirador, se sentaron en un banco de piedra con vistas a la sierra  iluminado ténuemente por la luz de una farola cercana. Greta le gustaba muchísimo, tanto que no se conformaría con el rollo pasajero de verano que probablemente obtuviese de esa relación. No era la primera vez que una chica de fuera le interesaba…, y  el romance veraniego no pasaba  del otoño. No quería que esta vez ocurriese lo mismo, por eso rehuía sus propios sentimientos tratando de  contener sus impulsos cuando estaba con ella. Sin embargo,  la  intimidad de la noche y los vasos de sangría debilitaban la voluntad…

—¿Qué estudiabas en la Universidad? ¿Por qué lo dejaste? – preguntó Greta al percibir que Marco se sentía algo tenso.

—Ingeniería alimentaria. Mi madre falleció de repente y…bueno, no quise dejar solo a mi padre, insistió en que podía arreglárselas  pero yo quería volver para estar a su lado.

—Es una pena que alguien muera tan joven —Greta posó una mano sobre la pierna de Marco y le dio un suave apretón —esta vida hay que aprovecharla al máximo…—terminó la frase en un susurro y la mano ya se había trasladado al pecho atlético del joven. Bajo su suave caricia percibió el  latido enérgico del corazón masculino, sintiendo el deseo irrefrenable de tocar la piel que ardía pulsante bajo sus dedos. Marco le acarició la mano y ella se dejó caer suavemente contra su pecho. Desde que lo vio por primera vez sintió deseos de besarle el cuello; la descarga que provocó en Marco  la suave lengua femenina cuando comenzó a lamerle el cuello  le erizó hasta el último vello del cuerpo. La intensa sensación, la agitación en su entrepierna y el calor de la pasión, borraron por completo hasta la última de sus reticencias. Él abrió la palma de su mano enredando el pelo de Greta entre sus dedos, envolvió su cabeza  ejerciendo una ligera presión.  Por un instante ella  creyó que la detendría, pero su sorpresa fue comprobar que no solo no la detuvo, sino que la alzó  sin titubear  colocándola a horcajadas sobre sus poderosos muslos enfundados en los vaqueros; le retiró unos mechones de cabello de la cara para poder besarla profundamente. A Greta todo le daba vueltas: la lengua de Marco no daba tregua; sus manos la oprimían, la acariciaban y la provocaban a un mismo tiempo: la estaba volviendo loca. Un clásico: chico, chica, unas copas, una noche de verano y pegarse el lote como posesos hasta que el algún desgraciado te aguaba la fiesta.

—¡Pepi! Pepi… vamos, que pesas un huevo…¡No puedes llegar con este pedo a tu casa!

El Llagas, ya sobrio el pobrecillo,  salió de un callejón con la Pepi  a rastras aferrada al cuello de su camisa.  Consiguió que lo soltara, la zarandeó un poco y la apoyó en poste de la farola.

Daaammme otro beezoo.

—No puedo Pepi, que ya sabes que me salen llagas.

—Pero yo tegquieroooooooo. Muuuchooooooo

— No sabes lo que dices, estás borracha.

—De ammmmorrrrrrrrr.

—¿De amor? ¡De sangría! Pero no lloriquees… ¿Qué te pasa ahora? —La muchacha le estiraba de la pechera acercándolo peligrosamente al mostacho mientras balbuceaba palabras  inteligibles…

— Qué dices Pepi, no te entiendo ¿Qué quieres?

Aaa caa

—¿Qué?

— Me haago ca-ca.

 

Aquello cortaba el rollo hasta al más fogoso. Marco y Greta observaban la escena desde el anonimato que ofrecían las sombras. Greta se refugió en brazos  de Marco convulsionándose violentamente a causa de la risa.

—Será mejor que los dejemos solos…—sugirió él.

 

 

Modesto esperaba en el patio sentado en uno de los sillones de mimbre, calmaba la sed y el regusto dulzón que le subía por la garganta echándose unos tragos de agua fresquita del botijo mientras una docena de grillos, sabiamente camuflados, restregaban sus alas en  cansino cantar. Sentía pesada la cabeza y  una sed infinita. Clara había entrado en la casa para cerciorarse de que  doña Leonarda se metía en la cama.

—Ya está, se ha tomado  una pastilla para dormir y ha dejado de hacer la puñeta. Todavía no puedo creer que haya tenido las santas narices de bajar  al pueblo a buscarnos.

—Bueno, afortunadamente no ha pasado nada.

—Mi madre está ya muy mayor. Ahhh —se lamentó— hay que tener una paciencia…¿Dónde se habrán metido los chicos? Dimos un par de vueltas antes de marcharnos pero no los vimos por ninguna parte.

—Son jóvenes y se recogerán tarde, dejémosles que disfruten de las fiestas— Se produjo un embarazoso silencio —Clara…—continuó— no quisiera morirme sin saber cómo es un beso tuyo.

Aquella declaración la dejó patidifusa. Clara era consciente de que la vida pasaba por delante de sus narices a la velocidad del ave. No se había vuelto a plantear en serio volver a tener una relación con ningún hombre desde que un francés hizo añicos su corazón. Trabajando y criando a una hija los años habían pasado volando, no había tenido una vida desgraciada después de todo, su Greta era lo más valioso y hermoso que ese embustero le había dejado pero…¿y ella? Todavía era joven. Modesto estaba ahí, mirándola con ojos anhelantes y esos labios finos…, tensos a la espera de una reacción, una palabra. Estaba inquieto pero seguro de lo que quería, de que la quería; porque ella lo presentía y ahora lo sabía ciertamente.

—A lo mejor te llevas una decepción…—respondió Clara mientras le entraba flojera.

—Me arriesgaré —Modesto le tendió una mano.

Clara aceptó la mano que Modesto le ofrecía. Él tuvo la intención de levantarse pero ella lo detuvo y con delicadeza se sentó a su lado sobre el ancho brazo del sillón de mimbre. No tuvo que inclinarse mucho ya que él era bastante más alto. Su olor varonil la embriagaba, su piel cuidada la seducía. Ni en sus mejores sueños hubiese imaginado un beso así, lleno de sentimiento, de vida y de esperanza.

— ¿Querrías hacerme el amor, Modesto? –le propuso ella sin rodeos.

Modesto sintió la sangre alborotársele en el cuerpo, no podía creer que estuviese ocurriendo de verdad.

—¿Y… tu madre? – vaciló, sintiéndose torpe y excitado.

—Mi madre ronca como una fiera, si pones atención lo puedes comprobarlo tú mismo.

Los muelles del colchón de la cama chirriaban escandalosamente por la falta de costumbre. Entre risas y tropiezos agarraron una colcha mullidita, una botella de vino y, como furtivos colegiales, corrieron en pelotas hasta la pinada para hacerlo bajo el cielo estrellado. Resultó que Modesto era fuerte en todo su esplendor, no como muchos de esos musculitos de anchas espaldas que tanto presumen y, a la hora de la verdad, dentro del pantalón tienen un Grefusito. Para una mujer como Clara, que había padecido de hambruna sexual, el tamaño no era lo primordial,  pero si el pretendiente estaba bien dotado, y además, sabía utilizarla… pues miel sobre hojuelas.

 Marco conducía en silencio, los faros de la furgoneta alumbraban en la oscuridad de la noche el terroso camino de acceso a Los Laureles. Después del arrebato pasional en el mirador no había intentado volver a besarla. Greta observaba su perfil en la penumbra del interior del vehículo mientras él manejaba absorto en quién sabe qué pensamientos. Llegaron a la finca y Marco apagó el motor.

—¿Te arrepientes? —quiso saber Greta.

—No…—contestó dubitativo— Es solo que… No importa—se interrumpió. Negó con la cabeza y la miró fijamente —no me hagas caso ¿Vendréis mañana a la barbacoa?

Por tradición, el segundo día de las fiestas, el carnicero se encargaba de suministrar el género y preparaba la  gran barbacoa al mediodía en la plaza del pueblo.

—¿No has oído una risita? —preguntó Greta mirando por la ventanilla en dirección a la pinada. No se oyó nada, salvo el cri cri de los grillos.—Allí estaremos—confirmó ella melosamente.

Marco se aproximó al asiento del copiloto y le plantó  un maravilloso beso húmedo a modo de despedida. Cuando Greta hubo entrado en la casa,  Marco puso en motor en marcha y encendió las luces encarando la furgoneta hacia el camino cuando uno hombre, con los pelos revueltos y la camisa abierta hasta la cintura, le salió al paso haciéndole el alto. Marco frenó sobresaltado.

—¡Papá, qué susto me has dado! —Modesto subió a la furgoneta— ¿Pero se puede saber qué haces aquí? Y con esas pintas…—no se molestó en terminar la frase, la sonrisa de gilipollas que llevaba su padre estampada en la cara lo decía todo.

—Estoy muerto, hijo…—Modesto se estiró en el asiento cerrando los ojos—.Volvamos a casa…mejor hablamos por la mañana.

A la mañana siguiente, otro hombre (italiano para más señas), en otro lugar,  tecleaba en el navegador de su Fiat cabrio:

 DESTINO: Ojete de Abajo        

 

Continuará…

 

Betty L♥ve

Amor y Mortadela

AMOR Y MORTADELA Capítulo 3

 CAPÍTULO 3

Un trabajo de verano

—¡Puñetas con la niña!

—Madre, ya no es una niña…

De vuelta a los Laureles y una vez sosegados los ánimos, Greta tuvo que relatar con pelos y señales lo acaecido durante su visita al centro de Ojete.

—¡Macaria! —exclamó doña Leonarda llevándose  las manos a la cabeza teatralmente, para después afirmar entornando los ojos—: maaala como  la carne de pescuezo.

—A su lado había otra anciana que debía estar sorda como una tapia —explicó Greta.

—¡La Perpetua! Como si la viera,  toda la vida ha sido marrana.Esa está sorda pero de la mierda que lleva en las orejas, las dos arpías andan siempre juntas como uña y mugre…

Clarita trataba de quitar hierro al asunto ignorando las acotaciones de su anciana madre.

—¿Y dices que en la tienda te atendieron con amabilidad? —preguntó a su hija.

—Enemesia… la tendera: ¡esa es una falsa! —doña Leonarda bufó soltando una bocanada de aire que hizo vibrar sus flácidos labios.

—¡Abuela! —rió Greta– ¡No deja usted títere con cabeza! En la tienda  había dos mujeres bien raritas, hermanas supongo por el gran parecido,  la tendera las llamó Pacas.

— Las Pacas… ¡un par de envidiosas!

—¡Madre! —la reprendió Clarita —deje usted hablar.

—Los filetes  los compré en una carnicería justo enfrente. El carnicero, que es como un Hércules, y su hijo, no parecen tan pueblerinos.

—¿Hércules? —preguntó extrañada Clarita.

—Ese debe ser Modesto —adivinó doña Leonarda— el hijo de  don Justo. Fue muy amigo de tu abuelo, Greta. Tú no lo ves desde que eras moza, Clarita.

—Pues deberías verlo ahora mamá —sugirió Greta con picardía— no cabe por esa puerta. Además,  se nota que el hombre se cuida, su hijo debe tener mi edad ¿no, abuela?

—Pobre chico…—se lamentó doña Leonarda—  la madre era muy guapa, Dorita, la hija del anterior Alcalde; murió joven…dicen que de un mal aire, no era mala chica, un poco tímida  pero no era mala…, el chico  ha salido a ella. Sabes Greta, Modesto fue pretendiente de mi Clarita, que bien lo despachó… que porque estaba esmirriado —la anciana arrugó el morro y  chasqueó la lengua—. A la puñetera no le gustaba ninguno del pueblo.

—Bueno madre, ya está bien de chismes por hoy que tengo la olla en el fuego.

Como tenía previsto, Greta regresó a la Universidad para realizar  los exámenes finales.  Para su sorpresa, no encontró a Francesco entre los pupitres. Lo llamó varias veces al  móvil, pero saltaba un mensaje en el contestador:

  “In questo momento non posso rispondere, ti prego di chiamare più tardi”.

En los Laureles estaba prácticamente incomunicada y sin cobertura,  por lo que una tarde después de la siesta  decidió bajar a Ojete y probar suerte por última vez: 

“In questo momento non posso rispondere…”

Eran las seis de la tarde  y el calor no daba un respiro. Greta salió de  la cabina telefónica buscando la sombra, una intensa fragancia la llevó hasta un florido balcón, colmado de rizados claveles reventones; las  cortinas que cubrían las ventanas enrejadas eran de color atrevido,  la puerta de la entrada estaba pintada de rojo y una plaquita dorada relucía al sol:  Pensión Úrsula  “Habitaciones”. Custodiaba el portal un astuto  minino rayado.

Desde la plaza llegaron voces procedentes de la terraza del bar.

—¡¡Aaaarrastro!! —sentenció un paisano con la  boina puesta,   arrojando el As de bastos sobre la mesa con tal ímpetu que la levantó del suelo haciendo saltar los carajillos.

—¡Recoño Abundio! ¿Otra vez llevas el bastón? —bramó el más grueso— ¡Pero si no pueee ser!  ¡Eres un marañoso y un tramposo!

—¿Marañoso yo? —Exclamó el Abundio levantándose y escupiendo lo que le quedaba del puro —¡Y tú eres un mal perdeor! Si no sabes jugar pos no líes ¡Liante! ¡Que eres un Liaaante! 

El tercero a la partida, un bulto que  se retorcía en la silla, se reía como una hiena

—¿Y tú  e qué te estás riendo, Chepas?  Chepao agqueroso… Eres igual de tramposo que él ¡Irse los dos a tomar por culo! ¡Ya no me pilláis más! —sentenció el de la boina haciendo saltar la baraja española por los aires.

El tres de copas cayó justo a los pies de Greta, fue entonces cuando se percataron de  su presencia. Abrieron  mucho los ojos y las bocas, comiéndosela con sus  miradas.

Greta los  rodeó  y echó a andar  consciente de que los tres le taladraban el trasero,  en eso, seguro se habían puesto de acuerdo <pensó>.

— Fiuuuuuuuu—silvó uno— ¡Cómo está la moza!

—¿Esa es La Franchuta? Pues le hacía yo un traje saliva…—Y salivó.

Greta  apretó el paso sin volver la vista atrás y, al pasar por delante de la carnicería, un cartelito pegado al cristal de la puerta  le llamó la atención:

“Se precisa ayudante”

Obedeciendo a un impulso y sin pensarlo dos veces, entró en el establecimiento. La carnicería estaba vacía, pero al instante Hércules atravesó la cortina con su peculiar tintineo. Llevaba puesto el delantal y  se secaba las manos con un trapo de algodón, a Greta le llegó de inmediato un olorcillo a colonia varonil que se mezcló con el característico olor a chicha.

—Hola, guapa. Veo que sigues por aquí, me alegro de volver a verte ¿Qué ponemos?

—Buenas tardes, acabo de leer que necesitan personal.

—Así es, nos vendrían bien un par de manos.

—¿Qué le parecen estas? —Greta extendió ambas manos, de aspecto suave y delicado con las uñas pintadas de rosa chicle.

—Son muy bonitas, desde luego…—Hércules intentó disimular la sorpresa con su mejor sonrisa— pero…

—¿No contratan mujeres? —preguntó ella.

—No se trata de eso…—respondió él— no sé si el trabajo esté a la altura de tus expectativas.

—Por el momento no tengo expectativas, se lo aseguro.  Póngame a prueba.

Modesto estudió a la joven con detenimiento y caviló rápido la situación.

—¿Quieres hacer una prueba, eh? Bien, te espero mañana temprano a las siete en punto.

Después de la cena, tortilla de patatas y unos dulces caseros, Greta esperó a que se acostase la abuela para dejar caer  el bombazo.

—He encontrado trabajo.

—¿Cómo dices? —Clara se atragantó con un rosco de anís.

—Pues que mañana empiezo a trabajar en la carnicería de tu amigo Hércules.

—Pero Greta, ¿tú estás loca, hija?. Trabajar en una carnicería, aquí en Ojete… ¿Y  qué sabes tú de ese oficio?

—Tampoco pedían experiencia. Necesitan un ayudante y nosotras necesitamos una ayudita; será un trabajo de verano, yo no veo tanto problema. Además, aquí encerrada sin hacer nada me va dar una psicosis.

— Pero hija…

—¡Me aburro mamá! —se quejó— no quiero pasarme todo el verano sentada en el patio aferrada al matamoscas…

—Bueno, es que ahora que  has terminado tus estudios… te mereces un descanso, la que tendría que buscar un nuevo trabajo soy yo —se lamentó Clara.

—Tú ya tienes bastante con la casa y con la abuela —una mosca  mosqueaba alrededor—. Quiero hacer algo útil, de verdad… Y necesitamos el dinero— convino Greta, dando por zanjado el tema y atizando un golpe certero al díptero insecto.

—Ya veremos cuando se entere tu abuela… —Clarita puso los ojos en blanco y se encomendó al cielo pidiendo ración doble de divina paciencia.

Amaneciendo  y con la fresca, Greta se montó en la bicicleta dispuesta para afrontar su primer día de trabajo. Durante la noche había estado dándole vueltas al asunto; a lo mejor se había precipitado. Mejor no saber nada,  tal vez si  hubiese conocido  más  a cerca de sus futuras tareas se habría echado atrás. Como en otras ocasiones, el gallo porculero, que por lo visto tenía muy desarrollado el instinto territorial, le salió al paso intentando picarle, esta vez, envalentonado, consiguió volar casi  hasta el cestillo.

La plaza de Ojete estaba fresquita y desierta a esa hora temprana,  los primeros rayos de sol alcanzaban la fuente y los pájaros  piaban despabilados entre las ramas de los arbolitos. El dueño del bar barría la terraza y del interior del local se escapó el sonido de una tragaperras. Hércules la esperaba puntual en la puerta de la carnicería, afeitado, repeinado.

—Buenos días, Greta.

—Buenos días, eh…

—Modesto, disculpa, no me he presentado debidamente. Mi nombre es  Modesto Guerrero.

Labios finos, brazos fuertes “pensó”. A primera vista Modesto ofrecía un rostro agradable, con  ligeras bolsas bajo los ojos todavía hinchados por las horas de sueño, pero fresco como una rosa y oliendo a loción de afeitar.

—Sígueme, por favor,  entraremos por la parte de atrás y podrás dejar la bicicleta.

Atravesaron un patio grande y el pestamen en el ambiente no era muy esperanzador.  Greta siguió a Modesto hasta el interior de una pequeña nave,  ocupada por jaulas y  corrales para pollos, presos como convictos en sus celdas cacareando y armando gresca.

—Bueno Greta, tu trabajo será atender a las aves: darles de comer y beber, sacarlas afuera, barrer las instalaciones…Por las mañanas cuando llegues tendrás que comprobar las luces, las jaulas, y supervisar que todo esté en condiciones. Marco estará en esa otra sala con la peladora. Durante estos meses hemos tenido muchos pedidos,  estamos creciendo ¿sabes?. Nuestros productos, en especial los pollos de corral, son  cada día más demandados. Además, mientras tú nos ayudas  Marco podrá ocuparse de los pedidos y nuevos clientes y, también dedicarle más tiempo a la fabricación de su mortadela, que esperamos sea uno de nuestros productos estrella.

En su primer día como granjera Greta sacó a los avechuchos al exterior como a infantes de guardería para que se ejercitasen y picoteasen el maíz que previamente se esparcía sobre la hierba, y  así crecer gordos y hermosos a la espera de su trágico e inevitable destino. A media mañana Marco se dejó ver,  algo serio y distante  la saludó educadamente. La noche anterior, cuando su padre le comunicó que ya tenían un ayudante y de quién se trataba, su primera reacción fue de enojo y protesta, “ ¿tenía que ser ella precisamente…? ”.  Después de meditarlo, admitió que  la chica no tenía la culpa de incomodarlo, quizás fuese preferible a soportar la presencia de cualquier otro bruto paleto de entre el ramillete de holgazanes  oriundos de Ojete  candidatos al puesto. Tratando de vencer su  timidez   y sus reservas hacia la muchacha, se acercó a ella.

—Estos pollitos aún no tienen la edad para salir al exterior —le indicó— dentro de unos días podrás sacarlos,  pero solo por un corto tiempo, debes  evitar las horas más calurosas…son muy sensibles a los cambios bruscos de temperatura.

Se lo dijo muy serio, visiblemente tenso. Marco centraba su atención en los pollos, las plumas, la paja, las paredes…Evitaba mirar a Greta a la cara.

—Perdona…—se atrevió a preguntar—Te noto algo incómodo ¿No te parece bien que tu padre me haya contratado?

La pregunta lo pilló por sorpresa y alzó la vista,  se percató del desafío en la mirada de la chica, que esperaba una contestación. Sin poder evitarlo Marco se quedó enganchado al  verde de esos ojos tan poco corrientes.

—No—. Su respuesta sonó rotunda y sincera.

—Siento escuchar eso… ¿Es porque soy una chica o porque soy “ La Franchuta”? — Greta le sostuvo la mirada y Marco intentó no ruborizarse mientras sopesaba una respuesta.

—No se trata de ninguna de las dos cosas, perdona si te he parecido algo… borde. Desde un principio no estuve de acuerdo con que mi padre contratase a alguien, eso es todo. Yo puedo quedarme más tiempo si es necesario, pero si se le mete algo en la cabeza…Tampoco esperaba que… que fueses tú, de todas formas no tienes la culpa.

Un  leve movimiento en su garganta atrajo la atención de Greta,  que observó embelesada cómo  la nuez masculina se desplazaba en el breve proceso de tragar saliva, mientras,  pensaba que  el  cuello de ese tío era  firme y robusto como el poste de una farola. Llevaba una camiseta ajustada con algunas salpicaduras, también en el delantal que  le ceñía el cuerpo. El contraste entre el blanco de la prenda y el tono bronceado de la piel de Marco,  tostada por el sol veraniego de Ojete, era realmente favorecedor.

—Este tampoco es el trabajo de mi vida, ¿sabes?—declaró Greta, saliendo de su embelesamiento—.  No sé si podré aguantar esta peste más de un día —murmuró por lo bajini—, pero creo que tu padre  me ha contratado pensando principalmente en ti, para que puedas dedicarle más tiempo  a tu mortadela.

Sin que esta vez pudiese evitarlo, un rubor rosáceo afloró al rostro de Marco al mencionar la mortadela.

—Bueno, ya es un hecho y de nada sirve que le demos más vueltas al asunto…—concedió Marco—.  Agachó la cabeza ligeramente  y esbozó una pequeña y perfecta sonrisa.

Una refriega ocurría tras  los barrotes, había varios pollos sacando pecho y plumas flotando por el aire.

—Mira a ver qué sucede ahí, estaré aquí al lado por si me necesitas —. Se dio la vuelta y se largó.

—¿Y qué pensará que haga yo con estos gallitos? —se preguntó Greta— ¿Que me arremangue y me meta dentro de la jaula a poner orden?… ¡Joder, qué peste!

Los días se sucedían como el avanzar del verano: largos y calurosos.  Las chicharras cantaban enérgicas, las tardes parecían no tener fin, y el gallo cada vez madrugaba más. La abuela había recuperado las fuerzas y la vitalidad y,  aunque Clarita se encargaba de la mayor parte de las tareas  de la casa, la anciana andaba siempre pegada a sus talones rezongando. No pudieron ocultar por mucho tiempo el motivo de las salidas matinales de su nieta.

—Tanto estudio y sacrificio para acabar desplumando pollos, ¡habrase visto! ¡Y qué puñetas!

—Madre, ya le hemos dicho que es algo provisional, un trabajo de verano.

—¡Qué verano ni qué puñetas!

Los pollitos crecían lozanos bien atendidos.  A pesar del madrugón y el nulo glamour de su  empleo, a Greta las mañanas se le pasaban rápidamente.  El trabajo le permitía echar la siesta y  disfrutar de la tarde libre leyendo en el patio, paseando, o simplemente holgazaneando y disfrutando  la paz  y la tranquilidad que da el campo y la sensación de sentirse útil. El trabajo no era gran cosa, mas bien lo contrario, era una gran mierda,  pero día a día la cercanía del guapo y esquivo Marco, si bien pasaba la mayor parte del tiempo ocupado en sus asuntos,  se estaba convirtiendo en un intrigante aliciente. Una mañana a eso de las diez  Greta  abrió la trampilla y sacó a los pollitos al recreo, se sentó  sobre una piedra y desenvolvió un sándwich de queso para almorzar. En cuestión de dos minutos, el sol se esfumó, el cielo se puso negro como un tizón y comenzaron a caer  gotas de lluvia como escupitajos. Trató de juntar a la pollería para hacerlos entrar, pero estos se empecinaban en seguir picando en el césped como si tal cosa, calándose  hasta las mollejas.

realto corto Capitulo 3 amor y mortadela

—Pitas, pitas…¡Vamos adentro! ¡Entrad, entrad! Pitas, pitas…

Marco  apareció, alto y enérgico, y la ayudó a resguardar a las aves en un tiempo record.

—Estas tormentas de verano no avisan… ¿Te has mojado?— se interesó.

—Un poco —contestó Greta—.  He intentado hacerlas entrar lo más rápido posible…

—No te preocupes, esto es cuestión de unos minutos, cuando vuelva a salir el sol las sacaremos de nuevo para que se les sequen las plumas.

Greta tenía la blusa empapada, el encaje del  sujetador se transparentaba. Él también lo habría notado. El pelo oscuro de Marco brillaba como recién lavado. Greta se fijó en lo bien afeitado que iba, en lo serio que estaba, en que le miraba… la  boca.

—Acompáñame, por favor —le pidió él—, te daré una toalla.

Greta lo siguió hasta su pequeño cuartel, Marco le tendió la toalla y una camiseta limpia. Ella pasó al baño, se cambió y secó y cuando salió la esperaba una taza de  café humeante encima de una mesa.

—Qué bueno, muchas gracias.

—Aquí en esta sala tenemos cafetera, en ese armario hay botellas de agua, galletas, y algunos aperitivos, por si te apetece.

Se sentaron alrededor de la mesa, el uno frente al otro, Marco tomaba su café y desviaba la mirada cuando sus ojos se encontraban con los de Greta, que lo estudiaba por encima de la taza. El sonido de la lluvia al caer sobre el techo de uralita remitía, estaba empezando a parar. Dentro imperaba el silencio. No es muy hablador…< pensaba ella>   pero está como un tren. Es demasiado directa… <se decía él> pero esos ojos…, es tan guapa.

Greta curioseaba. Se encontraba en una especie de despacho improvisado con dos puertas, una daba a los corrales y la otra a la carnicería. Había  estanterías en las paredes, cajas, carpetas,  un perchero del que colgaban unos pantalones, delantales…, entre un montón de papeles había un diccionario Español-Italiano.

—¡Vaya! —exclamó intentando huir del incómodo el silencio— ¿Estudias italiano?

—No exactamente —contestó—  solo necesito un poco de vocabulario.

Greta se lo quedó mirando pensativa, desde luego el premio al más extrovertido no se lo llevaba.

—¿Te sorprende mucho? —le preguntó mordazmente—.Ya sé… piensas que todos en este pueblo somos unos paletos, ¿no es así?

—No, no pienso eso…—Ahora la que se puso colorada fue ella, molesta por el tonito desdeñoso de sus palabras —. Gracias por el café, Marco. Parece que está saliendo el sol, será mejor que vuelva al trabajo.

Cuando Greta atravesó la puerta, Marco cogió el envoltorio del azucarillo que estaba sobre la mesa y lo estrujó con fuerza. Ese día, al acabar la jornada Modesto se ofreció a llevar a Greta a los Laureles.

—Los caminos estarán embarrados, no es ninguna molestia acercarte. Sube la bicicleta a la  camioneta y en marcha.

Efectivamente, a poco que llovía los caminos se convertían en un barrizal. Llegaron a Los Laureles y Modesto se bajó para ayudarla con la bicicleta, el hombre permaneció de pie unos segundos contemplando  ensimismado la propiedad.

—Solía acompañar a mi padre a ver a tu abuelo, siempre me ha gustado esta finca…, es una pena que se esté deteriorando —confesó,  fijándose en  los muros— Bueno, guapa, hasta mañana.

—¡Gracias por traerme!

Al día siguiente Marco estaba enfrascado con la mortadela cuando entró su padre.

—¿Cómo va la cosa, hijo? ¿Has encontrado ya la fórmula perfecta?

—Estoy probando con otra especia —comentó. Busco un sabor… no sé, que sea suave pero a la vez impactante.

—Suave pero impactante, ¿eh?. Como Greta… —sugirió— ¿Tal vez deberías invitarla a salir?

—Ya empezamos… No necesito que me des consejos sobre mujeres, papá,  limítate a la mortadela.

—Pues yo creo que sí… Una preciosidad como esa no se presenta todos los días, no te estoy diciendo que le pidas relaciones, sólo que salgas y te diviertas como corresponde a un chico de tu edad. Además, tienes que vencer esa cortedad con las mujeres, Marco,  desde luego, en eso no te pareces a tu padre.

—Yo no soy corto.

—Mira hijo, con las mujeres hay que ser decidido, hay que tomar la delantera y nunca deben notar que te ponen nervioso…, si se dan cuenta de eso ¡está uno perdido!

La puerta de la carnicería sonó.

—Ha entrado alguien, voy a ver quién es.

Modesto cruzó la cortina tintinera  y se quedó petrificado cuando reconoció a Clara, toda digna frente al  mostrador. Se le cerró la glotis y no fue capaz ni de ofrecerle los buenos días. Le flojearon las rodillas, se le humedecieron las palmas de las  manos y no se atrevía a hablar por miedo a ponerse en ridículo. Comprobó con desaliento que, a pesar de los años, se volvía torpe y azorado en presencia de Clarita.

 risitas esceptico

Continuará…

Betty L♥ve   Amor y Mortadela

AMOR Y MORTADELA Capítulo 2

 

CAPÍTULO 2

¿ Y tú de quién eres? 

 

Ojete era un pueblo pequeño y por lo que le habían contado, un pueblo de catetos con mala sombra que vivían anclados al pasado y a los que les importaba un rábano la moderna sociedad. Greta pensaba en Francesco, no se había tomado muy bien el súbito cambio de planes que daba al traste con las románticas vacaciones en Sicilia. Francesco era un compañero de universidad y amigo “especial” desde hacía unos meses. Al principio su relación era puramente intelectual pero, como suele ocurrir en estos casos, pasaron de hacer trabajos en la biblioteca, a hacer manitas en el baño. Además de aprender italiano, practicaban el griego, el árabe, el francés… Se despertó al amanecer sobresaltada por el kikiriki de un gallo. El olor a café recién hecho la atrajo hasta la cocina. Allí se encontraba su madre preparando la bandeja con el zumo y las pastillas para la abuela.

—Buenos días Greta, ¿has dormido bien?

—Como un tronco hasta que el gallo ha empezado a tocar diana. Por cierto, el teléfono no funciona —se sirvió café con leche, dos galletas y una breva madura; tampoco había mucho más en la despensa.

—Se habrá estropeado la línea, otra vez.

—Mamá, creo que necesitamos hacer la compra… en el pueblo —lo dejó caer, mientras se llevaba una galleta blanduja a la boca.

—Sí…ya va haciendo falta. Durante estos días no he querido dejar sola a tu abuela y nos hemos ido apañando. Siempre podemos echar mano del gallo.

—Le perdonaré la vida, de momento —murmuró Greta, mientras una idea le rondaba por la cabeza—. ¡Iré yo a comprar!

—No, no —se apresuró a contestar doña Clara—. Mejor te quedas esta tarde con tu abuela mientras yo hago las compras.

—Pero mamá, no voy a pasarme todo el verano encerrada en Los Laureles. ¡En algún momento tendré que pisar el pueblo!

—¡Claritaaaaaaaa! ¡Mis pastillas! —interrumpió doña Leonarda desde el piso de arriba.

—¡Ya voy madre! Tengo que llevarle la bandeja a tu abuela, está imposible esta mujer.

Minutos después, Greta subió a su cuarto. Apresuradamente se enfundó unos vaqueros desgastados y una blusa fucsia de tirantes, se recogió la larga melena en una cola alta colgándose la bandolera al hombro y desde la puerta preguntó:

—¡Mamá! ¿Me necesitas?

—¡No, ya puedo yo! ¡No te preocupes!

—¡Estaré en la arboleda, hace un día estupendo! ¡Pasaré la mañana estudiando!

—¡Muy bien, cariño!

—¿Dónde ha dicho que va la chica? —preguntó rauda doña Leonarda.

—Madre, haga el favor de no moverse tanto mientras la visto si no quiere pasar el día con el culo al aire.

—Qué descreída eres ¡puñetas! Clavaíca a tu padre —murmuró la anciana por lo bajini.

 

Amor y Mortadela

Greta encontró una vieja bicicleta roja en el pajar, llevaba un cestito cursi del año catapún en la parte delantera. Se disponía a abandonar la finca montada en el velocípedo cuando un gallo le salió al paso en trasversal, arreó tras ella levantando el vuelo cosiéndole los tobillos a picotazos. Greta pedaleó como alma que lleva el diablo haciendo un par de virajes hasta que consiguió dejarlo atrás y hacerse con el control del aparato, las ruedas parecían estar en buen estado. Guiándose por la visión de la torre-campanario de la Iglesia fue a parar a una de las calles empedradas que desembocaban en la plaza principal de Ojete, la típica plazuela de pueblo con el suelo adoquinado rodeada por casas bajas. Abundaban fachadas de piedra, puertas de ajada madera y antiguos picaportes de hierro colado. Refrescaba el ambiente una modesta fuente hexagonal con dos chorros, acicalada con geranios plantados en coloridos tiestos de barro. Un olor irresistible a pan recién hecho la llevó hasta la puerta de un horno, donde Greta compró un enorme pan casero que crujía con sólo mirarlo. El panadero era un señor panzón con el rostro rechoncho y las manos anchas y regordetas, que la atendió rodillo en mano con la cara salpicada de harina. A Greta le pareció que tenía la intención de preguntarle alguna cosa, pero éste salió disparado como un cohete al olor del pan tostado.
Sentadas en un banco, bajo la sombra de una morera, encontró a una pareja de ancianas vestidas de luto riguroso, llevaban medias tupidas y alpargatas; de camino a lo que parecía una tienda de comestibles, Greta sintió dos pares de ojos pegados en el cogote. “Ultramarinos”, rezaba la pizarra desgastada y apenas legible, situada junto a unos portones de vieja madera con enormes cuarterones de cristal. Una ventana en la fachada hacía las veces de escaparate donde se exponían todo tipo de mercaderías: pastillas de jabón Lagarto, vino, conservas, gaseosa de marca desconocida, tiritas, garrafas de aceite, cubitos de Avecrem, papel higiénico…Cuando Greta entró en el establecimiento, la actividad se congeló en el interior como en una peli de Matrix. La paisana que llenaba la cesta con patatas se quedó con la patata en la mano. La que olisqueaba un bote de colonia, de esos de litro, con la nariz pegada a la botella. La que pagaba, con el billete en la mano.

—Buenos días —saludó Greta.

—Buenas —contestó, al cabo de unos segundos, la señora que despachaba detrás del alto mostrador.

La tendera llevaba el pelo recogido en un moño bajo muy prieto y vestía una ridícula bata a cuadros un tanto descolorida. La tienda tenía forma de tubo con techos muy altos y estantes en las paredes. Sobre los desgastados baldosines del suelo descansaban enormes sacos con legumbres y hortalizas dispuestos frente a un mostrador, encima del cual, lucía una antigua báscula de metal, de esas que se ven de vez en cuando en los mercadillos de segunda mano. Dos de las clientas allí presentes eran como gotas de agua, vestían las mismas batas de tela fresca con estampado romboidal, y el mismo corte y color de pelo, peinado sin gracia ni miramientos, todo sea dicho, melena estilo sota de bastos con flequillo a lo rulé.
— ¿Ya está todo, Pacas? —voceó la tendera. A todas luces eran hermanas gemelas.

— Todo —respondió una de ellas. —No nos cargues con más cosas, Ene —recriminó la otra hermana— que luego tenemos que rendir cuentas a los “maríos”que no piensan más que en el fornicio y en las perras que una gasta.

Al salir pasaron por delante de Greta pegándole un repaso visual de los pies a la cabeza, primero la una, luego la otra. 

—Adiós, buenos días —se despidieron al unísono.

—Dime hermosa, ¿te pongo algo? —preguntó la tendera. Greta echó otro rápido vistazo al caótico batiburrillo de comestibles.

—Sí, por favor. Mmm… Quería leche, unas magdalenas, un kilo de manzanas, arroz, patatas y una tableta de chocolate, una de esas que tiene en ese estante.

—Pues claro, guapa ¡Y sin favor! ¿Ties dineros o de fíar?

—Al contado, por favor. Imagino que no admitirá pago con tarjeta…

—¡Quiá! ¿Traes cesto?

—Pues no.

La mujer le tendió dos bolsas con la compra y palpó a conciencia el dinero que Greta le entregó. El “clin” de la caja registradora, modernita también, resonó en el establecimiento. Antes de marcharse la joven preguntó:

—¿Sabe dónde puedo comprar algo de carne?

La tendera apuntó con un dedo hacia el otro lado de la plaza.

—Justo enfrente ties al Salchicha. Oye guapa, tú no eres de por aquí…

—No, bueno…—titubeó —. Sí, vivo en Los Laureles, soy la hija de Clara.

La tendera abrió mucho los ojos, estudió con atención el rostro de Greta y soltó:

—¿Eres la chica de La Clarita? ¿La Franchuta?  

—Me llamo Greta, gracias .

Con la sonrisa torcida salió a la calle y continuó con el rústico tour. Decidió que no iba a molestarse por el comentario, su abuela y su madre ya la habían advertido sobre la gente del pueblo. Sabía que su padre era francés, que conoció a su madre cuando ella estuvo en París y que murió antes de saber que estaba embarazada, al menos era lo que le habían contado siempre. De nuevo en el centro de la plaza se dirigió hacia la carnicería, volvió a pasar por delante de las dos abuelas, que seguían sentadas en idéntica postura.

—Pschhhhhhhh

Greta escuchó el sonido procedente del banco y se volvió para mirar.

—¿Tú de quién eres, hermosa? —preguntó la más delgada de las ancianas con el dedo índice en alto, apretaba la boca como si se le fuese a escapar la dentadura postiza. Greta inspiró con fuerza.

risitas flipado

—Buenos días. Me llamo Greta y vivo en los Laureles, llegué ayer, para más datos.

De pronto, la anciana sufrió una especie de conmoción, un tic en el ojo derecho al tiempo que la ceja izquierda se le subía hasta el nacimiento del pelo como estirada por un resorte, se volvió hacia su comadre y le dijo a viva voz:

—PERPETUAAAAAAAA, LA MOZA ES LA NIETA DE LA LEONARDAAA—. A lo que la otra contestó:

— ¿Lo queeé?

— QUE LA MOZA ES LA NIETA DE LA LEONARDAAAAAA.

—¡¿La Franchuta?!

Greta les dedicó una sonrisa falsa, lanzó un bufido y apretó el paso. Empiezo a estar hasta el ojete… <se dijo >

La pared del bajo de la carnicería estaba encalada de un blanco inmaculado, a medio metro de la puerta se podía leer: CARNECERÍA, rotulado y pintado de color burdeos. En el interior, alicatado casi hasta el techo con azulejos en blanco brillo, se estaba fresquito y olía un poco fuerte, como un matadero. Nada más entrar te encontrabas frente a una vitrina frigorífica dividida en dos zonas. A la derecha la carne; pollos, conejos, patas de cerdo, algo de cordero y surtido de vísceras. A la izquierda, los quesos y embutidos. Colgaban del techo ristras de chorizos, morcillas, salchichas y unos cuantos jamones. Un hombre salió de detrás de una cortina de cuentas llevando en la mano un pollazo enorme, probablemente, para la señora que esperaba con el bolso arrepretao contra el pecho. El carnicero era madurito y de proporciones descomunales: como metro ochenta de estatura, de hombros anchísimos y cinturita bien estrecha. Vestía una camisa clara arremangada a la altura de los bíceps y tenía los brazos como un martillo hidráulico. Por las marcadas arrugas de expresión y el color del cabello, probablemente teñido, debía ser ya cincuentón. Iba peinado hacia atrás con litros de gel fijador y lucía una barba bien recortada. Sus labios, delgados, llamaban especialmente la atención, demasiado finos para un Hércules Farnesio como aquel.

—¿Le parece bien éste, doña Angustias?– La voz del hombre era grave, Greta casi temió escuchar “Sayonara Baby” como el Terminator.

Efectivamente, doña Angustias estaba a otra cosa. Estudiaba a Greta con gran interés por encima de las gafas de pasta color miel rancia y cristal turbio, se disponía a lanzar la pregunta cuando el carnicero reclamó de nuevo su atención.

—¿Doña Angustias?—insistió el carnicero.

—Ehmm… Sí, ese es bueno pal puchero.

—¡Buenos días! —saludó Hércules, centrando ahora su atención en Greta, guiño de ojo incluido—. Enseguida te atendemos… ¡Marco! –gritó.

Un joven de pelo oscuro y enormes ojos negros apareció tras el tintinear de la cortina. Al percatarse de la presencia de Greta empezó a ponerse colorado.

—Marco —le dijo su padre—, atiende a esta belleza como se merece.

Al joven no le salía el habla del cuerpo, la sorpresa de encontrar a una chica forastera, alta y guapa, y con ese par de ojos verdes fijos en él, lo dejó momentáneamente fuera de juego. Agachó la cabeza, descolgó un delantal blanco de la pared y se lo ató a la cintura con dos movimientos rápidos. Sus brazos también eran fuertes —se percató Greta, aunque no tanto como los del Terminator. Tenía el cuello firme, bronceado.

—Dígame —consiguió articular palabra—. ¿Que-é necesita?

—Quisiera comprar unos filetes de ternera, por favor. Y un kilo de pechugas de pollo.

Marco se desplazó hasta la zona de la carne, tomó una pieza y se la mostró.

—¿Le parece bien ésta? Sale muy tierna —le explicó con timidez, sin levantar la vista de carne magra.

—Sí, gracias.

Marco cogió el cuchillo carnicero y dejó caer la pesada pieza en la tabla de partir, sujetaba la carne con la mano izquierda mientras partía, con suma delicadeza, cada unos de los filetes con la diestra. Inconscientemente, Greta seguía cada uno de sus movimientos, el chico tenía unas manos bonitas y las uñas cuidadas. Envolvió los filetes en papel plastificado y los dejó sobre el mostrador.

—¿Le pongo algo más?

—Marco… —apuntó su padre, que en ese momento asestaba un golpe de hacha al muslo del pollazo —Dale a probar a la señorita un poco de tu mortadela.

Aquello fue lo pior. Marco quiso que el suelo de la carnicería se abriese en ese momento bajo sus pies y se lo tragase, bueno no, mejor que se tragase al bocazas de su padre. ¡ Y para siempre! Si antes se había sonrojado, ahora, a todas luces estaba rojo como la grana, lanzó una mirada asesina a su progenitor y a éste le dio la risa, a carcajada limpia que se reía el muy…Tras el impacto inicial de aquella frase, Greta hacía enormes esfuerzos para no reírse, la cosa se estaba poniendo divertida, pero le dio apuro hacer algún comentario por miedo a que el pobre chico se sintiese aún más violento. Cuando Hércules recuperó el habla, se excusó:

—Verás, ¿cómo te llamas, preciosa?

—Greta— y Greta pensó, ahora viene la preguntita de los huevos.

—Verás, Greta. Es que mi hijo prepara una mortadela riquísima, no vas a encontrar otra igual en toda España.

—Greta lanzó al chico una mirada solidaria y sonrió. —Muchas gracias, pero se me ha hecho un poco tarde y tengo un poco de prisa, tal vez otro día ¿Qué le debo?

Salió de la carnicería mirando el reloj, se había entretenido y ya era casi medio día, tenía que volver a Los Laureles, y rapidito. A esa hora la plaza estaba más concurrida, le pareció que algunos se habían reunido allí simplemente para ver a “La Franchuta”, como si se tratase de un tití; tal parecía que el chisme en Ojete viajaba más rápido que la velocidad de la luz. Divisó una cabina de teléfonos en un extremo, debía ser la de origen, llevaba años sin ver una de esas. Se encaminó hacia ella y se detuvo en seco cuando un tipo montado en una Rieju aterrizó a metro y medio de ella rugiendo y pegando acelerones. El tipo bajó de la moto, se echó al hombro el radiocassette y subió el volumen.

“You´re my heart, you´re my soul” 

“I´ll keep it shining everywhere I go”

 

Se situó tan cerca de ella que podía oler su aliento a tintorro.  Llevaba el pelo fosco, largo con mechones  rubios y la melena escalonada a lo  Modern Talking . Y sí, le habló, directamente a las tetas:

—Hooola—le faltó pasarse el pulgar por el labio al más puro estilo Martini, pero sin un ápice de sex appeal rural.

Este debe ser el chulo del pueblo, pensó Greta. Estaba de suerte, porque en ese mismo instante un amigote del pelucas reclamaba su atención a grito pelao:

—¡Eh, Liendres! ¿Vienes o nos vamos sin ti?

El Liendres se giró y Greta aprovechó para escabullirse. Liendres… No le extrañaba nada, en ese pelo se podían cultivar champiñones. En el trayecto de vuelta a la finca, al salir de una curva, tuvo que frenar en seco para no atropellar a un paisano con pinta de guarreras que orinaba en mitad del camino. La rueda trasera de la bici derrapó, pero consiguió mantener el equilibrio.

—¡Yeeepa! —Exclamó el paisano al volverse, subiéndose la cremallera de los pantalones de los que colgaba un cuerda de esparto— ¿Tas bieeen bonica? ¿Ande vaaas con tanta prisa? ¡Gasta cuidao no te caigas en un ribaaazo!

Greta pedaleó fuerte para alejarse de aquella boca seca y desdentada. Llegando a Los Laureles divisó a su madre de pie junto al muro de la entrada protegiéndose la vista del sol con una mano y buscando en todas direcciones.

—¡Puñetas!

Continuará…

 

Betty L♥ve