EL VIAJE 1

 PRIMERA PARTE

paraiso tropical

Un sueño hecho realidad: una semana en un paraíso tropical.  Vacaciones en una exótica isla rodeada de mar cristalino y tierra virgen para explorar. Era su primer viaje en solitario desde hacía muchos años, las navidades con su pareja habían sido desastrosas y, aprovechando que su  jefe le debía unos días, decidió empezar el año lejos de todo y de todos; fuera marido, despacho y teléfono móvil.

El vuelo llegó a su destino con tres horas de retraso. Al poner un pie en tierra, Marieta sintió que las rodillas se le combaban. Después de doce horas metida en ese aparato volador, en clase turista y sin poder estirar las piernas, sentía entumecido hasta el chichi.  Alargó el cuello entre la people y avizó un cartel con su nombre escrito con basto rotulador : Zrta.  MORRIETA

Mal empezaba la cosa …

—¡Ziñorita Morrieeeeta! ¡Bienvenida a la izla!

—Mi nombre es “Marieta”—corrigió—. ¿Es usted mi chofer?

—Oh, no ziñorita Morrieeeeta.  Yo no ze conducid . Una vez me zubí a una máquina de ezas  y acabé en el gallinero de mi compadre Osualdo, toitíco emplumao.

—  8-O

— Zígame zeñorita, el chofe noz ezpera a la zalida para llevarla a zu hotel.

Una costra de mugre tapizaba el techo en el interior del camioncito del transporte. Marieta se tapó la nariz  y rezó para que el trayecto fuese  rápido y sin consecuencias.  Suponía que no habría muchas autopistas, pero no imaginó, ni de lejos, que un culo pudiese pegar tantos botes. Aquello parecía un tour para chiflados circulando por caminos de cabras sin asfaltar, llenos de socavones,  en un vehículo a motor con los colores del arcoiris: puertas azul celeste, techo rojo descolorido, tapicería cebra con pequeños y sospechosos lunares negros, y los cristales de las ventanas con más lamparones que el trasero de una burra.

—¡¡No haga uzte eso, madame!!—le gritó el chofer volviéndose hacia ella desde el destartalado puesto de conducción, su rostro negro como un tizón y unos ojos saltonamente amarillentos la sobresaltaron.

—Sólo intentaba bajar las ventanillas… aquí hace mucho calor .

Pero ya era tarde, lo que quedaba de la manivela  se encontraba en la palma de su mano.

—Lo siento, se ha roto….

—¡Estos turistas! –renegó el moreno- ¡Lo tocan tó!

Al llegar a destino,  dos mozos maleteros que aguardaban a la entrada del hotel tuvieron que acudir en su ayuda, pues las puertas del “mercedes” se bloquearon  y no había manera de abrirlas. La dama ya tenía los ojos en blanco, pero supieron que aún seguía con vida porque con el último aliento intentaba abanicarse con un arrugado tissue.

No recordaba cómo llegó a la habitación pero por fortuna allí estaba, tumbada en una cama queen size y rodeada de mullidos almohadones blancos. Un enorme ventilador de madera pendía del techo y giraba proporcionando una suave brisa perfumada por docenas de flores que adornaban la estancia. Marieta suspiró de puro alivio.

—¿Se encuentra bien, zeñorita ? —La voz parecía proceder del baño, ese acento le era  vagamente familiar.

—¿Cómo he llegado aquí?—preguntó Marieta, aun descompuesta.

La muchacha salió del baño y se acercó hasta la cama.

—El caballero de la suite prezidencial la zacó de la furgoneta de mi hermano ¡arrancando la puerta de cuajo!, y la cogió a uzte antes de que estiraze la pata.

Recordó entonces unos ojos oscuros y penetrantes clavados en los suyos, con las pestañas más maravillosas que había visto en su vida. Vagamente, recordaba haber volado escaleras arriba en los fuertes brazos de un desconocido.

—¿Quién es ese hombre? Discúlpame, ¿tú cómo te llamas?

—Me llamo Dulceflor, y zoy zu camarera durante zu eztancia en el Gran hotel Villaparaíso.

—¿Y el caballero que me rescató ?¿Qué sabes de él?

—No zé mucho, llegó hace unos días, cazi no zale de zu habitación. Dicen que es muy rico…

Marieta sintió la urgente necesidad de agradecer al misterioso caballero su heroicidad, pero antes tomaría un baño y le pediría a Dulceflor que “le planchaze” el vestido rojo, el de la espalda al aire.

 

*******

<De bien nacido es ser agradecido>

Toc toc toc
Toc toc toc

—Debe haber salido .

Justo cuando Marieta se disponía a marcharse, oyó el ruido de algún objeto caer al otro lado de la puerta.  Entornó los ojos, arrugó la nariz y, frunciendo el ceño, estrelló el pequeño bolso de mano contra la puerta.

—Será grosero. ¡Sólo quería darle las gracias! –rugió.

—A lo mejor el caballero ha bajado al comedor, zeñorita —excusó Dulceflor, que había acompañado a Marieta hasta la puerta de la suite—. Ya ez tiempo pa cenar.

Y lo era. Con tantas emociones y sobresaltos no había prestado atención al clamor de su estómago. Dulceflor la guió hasta el comedor, atravesaron un sendero, flanqueado por palmeras y techado con cañas de bambú, que conducía hasta una gran carpa sustentada por recios troncos de exóticas maderas.  Aromas fuertes y especiados procedentes del showcooking llegaban de todas partes, esparcidos por  gigantescos ventiladores de madera pendiendo del techo mezclándose con el humear de las velas, que brillaban como estrellitas en cada una de las mesas.

—Simplemente perfecto —pensó Marieta, pero la mayoría eran parejitas. Nadie iba a ese lugar para tomar una decisión así < se dijo>, y en ese instante se deprimió.
Dulceflor se la quedó mirando de arriba abajo, parecía estar sopesando algo, se metió la mano en el delantal y sacó un pequeño frasco del bolsillo.

—Tenga zeñorita, ponga unas gotitas de ezto en la copa de algún caballero. ¡Mano de santo!

—¡Oh!, no. No he venido a buscar…, ejem. Tampoco necesito brebajes para atraer a ningún hombre—refunfuñó.

—No es ningún brebaje, zeñorita.  No ze preocupe, es inofenzivo , mi madre ziempre llevaba un frazquito en el bolsillo , y la madre de mi madre, una tradición. Y depositando el tubito misterioso en la mano de Marieta,  Dulceflor dió media vuelta perdiéndose en la espesura de la noche.

Un camarero la acompañó hasta una mesa, le sirvió una copa bien fría de un licor fuerte y le indicó que se acercase hasta el grill y eligiese entre los muchos manjares frescos que a continuación cocinarían para ella.  Localizó un chuletón especialmente magro, de aproximadamente 800 gramos, con el que darse un primer homenaje.

—Este, por favor.

—Disculpe señorita—explicó el cocinero, tomando la pieza—, precisamente iba a prepararlo para  el caballero que ha elegido ese mismo.

Marieta se dio la vuelta como un rayo  y se encontró frente a frente  con aquellos impactantes ojos oscuros.  Acto seguido, el caballero le dio la espalda, se adelantó para dar una instrucción al cocinero y se encaminó hacia a su mesa.

—Oiga, disculpe… ¡Oiga!

Parece ser que no oía.

—¿Habla mi idioma?—prácticamente le estaba gritando.

—Perfectamente.

Una voz grave y sensual hizo que a Marieta se le aflojasen las rodillas hasta el punto de apoyarse sobre la fuente de los crustáceos.

—¡Ayyyyyy!

Con la cara desencajada, Marieta chilló alzando la mano mientras un enorme bogavante  le hacía un trabajito …

bogavante

—Socorrooo ¡Que alguien me ayude!

Varios camareros acudieron  para reducir a “don pinzas”,  mientras el caballero misterioso asistía anonadado al espectáculo.
De vuelta a su mesa, Marieta todavía conservaba en el rostro la evidencia del bochorno. El servicio le llenaba  una y otra vez la copa de la vergüenza con ese licor tan exquisito, que ahora le parecía hasta suave.

El caballero cenaba solo en una mesa al  fondo;  traje sastre color crema, camisa negra abrochada hasta el cuello, y espesa cabellera oscura recogida en una coleta peinado con fijador. El tono de su piel era exquisitamente dorado, sus ojazos almendrados sugerían orígenes árabes.
Indignada, despechada y, ligeramente achispada, Marieta sacó del bolsillo el frasquito a la luz de las velas y leyó: CHUNGA-CHUNGA

—Por favor —pidió a un camarero—, lleve al caballero del fondo otra botella de lo que esté bebiendo, y dos copas…

 

 Continuará…

Betty L♥ve

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