El APAGÓN

PRIMERA PARTE

 

El primer domingo de diciembre Cata y yo habíamos quedado en mi piso para romper las huchas. Cata trajo la suya, un  rechoncho cerdito de loza de color  rosa,  y yo agarré la mía, una rana de barro de los chinos con ranura anti expolios, bien estrecha, para evitar tentaciones. Les dimos unos buenos manporros.

—Doscientos catorce,  doscientos  quince… ¡y este billete de diez hacen doscientos veinticinco euros! —concluyó Cata, finalizando así su recuento. ¡Qué jodía! <pensé>,  si hasta billetes de diez mete…  —.Venga Bea, a ver cuánto has ahorrado tú.

La ranita saltó por los aires haciendo blanco en el portarretratos con la foto de mi primera comunión, partiendo el cristal en dos. ¡Bien! <me dije>,  así la hago desaparecer por un tiempo, al menos hasta que mi madre, que me la regaló cuando me vine a estudiar a Madrid, se percate  y me obligue a volverla a exponer. Exponer al ridículo, por supuesto, que es para lo que sirven las fotos de la comunión en la edad adulta.  Recogí el reguero de monedas menores esparcidas por el suelo y, a falta de alguna oculta en algún rincón pelusillero, el montante ascendía a la mísera, aunque no despreciable cantidad de ciento sesenta euros, ahorrados a fuerza de voluntad desde el siete de enero del corriente, día de Reyes en el que Cata y yo cumplimos con la tradición de regalarnos una hucha mutuamente, para poder costearnos la siguiente fiesta de fin de año. En este, otro año más padeciendo la crisis como todo españolito que se precie de serlo, y que no sea político, alcalde o concejal, la cosa no estaba muy boyante y apenas daba para juntar unos eurillos de mierda. En mi caso, monedas de cincuenta que escatimo cuando llevo el coche a lavar a las pistolas,  echando lo justo para que salten las cagadas de paloma, o el suelto que se te queda en algún bolsillo,  la morralla cobriza que te devuelven en el super … En fin, lo que se puede.  Cata es de Madrid y todavía vive con sus padres, y eso, a la hora de engordar el cerdo, pues oye, se nota. Con semejante fortunón nos decantamos por despedir el año en un modesto tres estrellas rural: “Hotel La Castaña”, que por un módico precio ofrecía alojamiento y cena de gala, cotillón, barra libre, churros y hasta resopón.

El treinta y uno me pilló el toro, como suele decirse. Siempre quedan compras de última hora: un par de medias de repuesto, laca de uñas, tiritas y,  por supuesto, ropa interior de estreno, roja y sexy siguiendo la tradición  por si suena la flauta y hay ligoteo. El centro de la capital estaba tomado por hordas de gente invadiendo los comercios atropelladamente. Salí de la peluquería, que ese día suele estar más atestada que una conejera, casi a las dos de la tarde con el tiempo justo de tomar un sándwich, había que reservarse para la noche,  recoger el vestido rojo de la tintorería, y subirme al Mini Couper de Cata rumbo al hotel rural La Castaña. Solo con el nombre ya es para echarse a temblar, pero el bolsillo manda; con esto  pasa como con el anuncio de Mediamarkt, si yo no soy tonto oiga… ¡Soy pobre! Cata  me recogió frente al portal de casa y al verla  me pareció que tenía mal color de cara, no obstante, ¡no hay nada que una ampolla flash con vitamina C no solucione!

—Cata, ¿estás bien? —le pregunté.

—Me he levantado con un poco de flojera y me está empezando a doler la cabeza, pero tranquila, tomé  un paracetamol antes de salir.

Lo achaqué a las prisas findeañeras  y me abroché el cinturón de seguridad dispuesta a disfrutar a tope de nuestra pequeña escapada. Había preparado un CD con música molona  para el camino, por aquello de hacer ánimo, pero viendo el semblante blanquecino que llevaba la pobre de Cata, sintonicé en la radio una emisora lánguida, que hacía un repaso de los acontecimientos más relevantes del año que en unas horas dejaríamos  atrás. Otro para el bote <pensé> y aquí sigo: sin dinero, sin pareja… Eso sí, con trabajo (aunque  vilmente explotada por cuatro duros), ¡pero con salud! Al menos yo, no podía hablar por mi amiga, que cada vez tenía peor aspecto y le daba más caña a la calefacción; decía que  tenía frío y a mí me empezaba a sudar el canalillo. Afuera comenzaba a lloviznar a medida que ascendíamos por una pista forestal en la que Cata se estaba dejando la suspensión del coche.


Llegamos al hotel  La Castaña, situado en las inmediaciones de  una zona boscosa  plagada de Robles y Castaños,  el sitio ideal para  perderse y respirar aire puro.  Al bajar del coche la temperatura había descendido por lo menos ocho grados. Un chiguagua diminuto, al que habían encasquetado un mini abrigo a cuadritos con cuello de felpa, saltó desde la terraza ladrando como un poseso y llegó hasta nosotras batiendo la marca de El Correcaminos. La miniatura de Miguel de Cervantes, que es lo que parecía el perrito con ese pedazo de cuello blanco, levantó una pata trasera y echó una meada sobre las ruedas de mi maleta. Acto seguido y, sin el menor remordimiento,  regresó junto a su dueña, que tomaba una cerveza, tan pancha, en el interior de la terraza acristalada.

—¡Vaya Bienvenida! —exclamé—. ¡Será guarrete!

el apagon

Afortunadamente al entrar en el hall la calefacción aportaba un confort  y un calorcito muy agradables. El hotel parecía aceptable, el típico hotel de montaña tradicional con  lamas de madera en los suelos y muros de piedra. Un enorme abeto natural iluminado adornaba el área de recepción con las ramas cargadas de bolas rojas y piñas gordezuelas. En uno de los salones el fuego crepitaba en el interior de una gran chimenea, cuya repisa había sido decorada con guirnaldas y un surtido de velas rojas de distintos tamaños.  Algunos huéspedes leían la prensa sentados en cómodos sofás al calor de las llamas, en general, se respiraba un ambiente festivo y prometedor. Nos asignaron la habitación número 13, en la primera planta. El único ascensor se había estropeado y tuvimos que subir a pata cargadas con las maletas por las estrechas escaleras. Echamos un vistazo rápido a la habitación: pasable. Colgamos los vestidos de fiesta en el armario y, sin perder más  tiempo en deshacer el equipaje, decidimos dar un paseo por los alrededores para conocer la zona o seguir alguna ruta entre la arboleda. El camino de tierra estaba helado, había hojas y restos de nieve en las orillas del sendero y a punto estuvimos de rompernos los cuernos varias veces. El malestar de Cata iba en aumento. Las gotas de lluvia se fueron convirtiendo en agua nieve y hacía más rasca que en Nebraska. Además, como en diciembre a eso de las seis ya empieza a anochecer, decidimos  regresar al hotel.  Bajo la luz de los focos de recepción vi los dos rosetones al estilo “Heidi en las montañas” que Cata lucía en los mofletes. Madre mía <me dije> ésta tiene fiebre… Y, efectivamente, nada más y nada menos, que treinta y nueve y medio y la cosa no había hecho más que empezar.

Cata se tomó otro analgésico con un vaso de leche caliente de la cafetería  y se esclafó en un sillón, mientras yo sacaba las cosas  del neceser y las colocaba sobre la repisa de cristal del baño, por cierto, la cortina de la ducha era igualita a la del hotel de Psicosis.  Tuve que echarle a Cata una manta por encima a pesar de que los radiadores echaban chispas; me senté en el borde de la cama y encendí la televisión laca de uñas en mano.

Sí. Afirmativo. Cata tenía un trancazo gripal de esos que  te dejan el cuerpo blando como el de un gusano, sin fuerzas ni para hacer un pis. Le propuse pedir que nos trajesen la cena a la habitación y tomarnos allí las uvas.

No. Negativo.

—No puedo ni con mi alma Bea, lo siento pero no tengo ganas de nada. Solo pienso en  meterme en la cama calentita y dormir hasta primavera del próximo año. No voy a jorobarte la fiesta haciendo de enfermera, baja a cenar al comedor y diviértete por las dos.

—Pero es que  yo sola Cata… En serio,  prefiero quedarme aquí contigo y ver las campanadas de La Igartiburu  por la tele.

—Vaya un plan —replicó—. Anda, no seas tonta… Seguro que te sentarán en una mesa con más gente y conocerás a alguien interesante. Te lo agradezco de todo corazón, Bea, pero me voy a enfadar si no te pones ese vestido divino y despides el año como se debe —prácticamente me lo exigió, cerrando los ojos vencida por el esfuerzo de un parpadeo.

En ese momento me dio un bajón. Menudo marronazo. Al final lo consulté con el minibar  y la miniatura de vodka me dijo que sí, que bajase a cenar. Y eso hice. Me maquillé lo mejor que pude con extra de rímel infinito.  Para esa noche había escogido   el vestido rojo, escote palabra de honor con falda globo por la rodilla, ya que no me pareció lo más apropiado ir de largo en medio del monte, eso sí,  me subí a los  peeptoes con tacón del doce. Antes de marcharme arropé a Cata, que ya dormía la muy gafe… y le di un besito en la frente. Parecía que el antitérmico le estaba haciendo efecto y la fiebre empezaba a bajar. Me dio lástima despertarla para despedirme.

Entré en el comedor, decorado con ristras de globos dorados, insegura y un poco avergonzada. Un camarero joven con pajarita, bastante atractivo,  me ofreció sonriente una bebida de la bandeja que portaba. Dientes blancos y perfectos. Escogí una copa de vino  y la apuré con dos buenos tragos. Le expliqué mi situación al maitre y amablemente me acomodó en una  de las mesas redondas. La suma de un comensal se hizo notar en el espacio sobrecargado de cubiertos, vajilla, y copitas de cristal. En cada mesa había un centro  hecho con castañas y ramas secas; las servilletas eran doradas, a juego con los globitos. Ofrecí un tímido “buenas noches” a los  presentes, perfectos desconocidos que ocupaban el resto de asientos, y me dejé caer en la silla. ¡Qué corte! Tendría que haberme quedado con Cata <me reproché>, y esa opción tomaba fuerza a medida que iba descubriendo a las personas con las que compartiría esas últimas horas del año.

Continuará…

Betty L♥ve   

risitas esceptico

4 comments

    • Betty Love says:

      Puede ser ;) Muchas gracias por animarte a comentar Cora ¡Mi primer comentario en el Blog! Espero que te haya gustado el relato. La próxima semana tendréis la segunda parte ¡Un saludo!

  1. agillo says:

    Qué pasará ahora ??? Con el titulo de la historia me viene a la cabeza que habrá un asesinato y el culpable es el mayordomo jajaja

    • Betty Love says:

      ¡Hola agillo! Pues no es mala idea lo del asesinato en plan Agatha Christie, pero como estamos en navidad no he querido ser muy mala jejeje. Muchas gracias por leerme y por animarte a comentar. Un saludo

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