AMOR Y MORTADELA Capítulo Halloween


OJETE OSCURO

En Ojete de Abajo, como en cualquier otro pueblo de la geografía española, se celebraba la festividad de Todos los Santos el primero de noviembre. La víspera y faltando un cuarto para la media noche, El Llagas y El Josete lanzaban un par de chinas contra un cristal a modo de contraseña.

—¡Pssssshhhh! ¡Liendres! ¿Bajas ya? —El Liendres asomó la jeta por la ventana.
—Habíamos quedado a y media —gruñó.
—Ha sido El Josete —protestó El Llagas— que justo antes de venir le han entrado ganas de cagar.
—Joder, Josete, siempre haces lo mismo tío —el aludido se encogió de hombros.
—Entonces, vamos a la vieja casa abandonada ¿no?
—A mí meee da un poooco de can can canguelo… —tartamudeó El Josete.
—Pues entonces al cementerio —propuso El Llagas.
—Nnnno, tío…Ufff preeffffiero la casa.

Estaba muy oscuro, no se veían la luna ni las estrellas y caían cuatro gotas. Llegaron a la vieja casa deshabitada, los muros de piedra se caían a pedazos, el portón de entrada no tenía cerradura y se sujetaba al marco por una única bisagra enrobinada que chirrió como un gorrino.

—¿Habéis traído las velas?
—Sí, aquí están.
—Joder, Llagas… Esas rojas son las que se le ponen a los muertos.
—Mi madre no tenía otras, haberlas traído tú.
—Bueno, calla y enciende una.

La vela iluminó tenuemente el interior, estaba en ruinas: las baldosas del suelo rotas y levantadas, fantasmagóricas manchas de humedad asomaban por las paredes resquebrajadas, el respaldo de una silla tirado por ahí, un aparador sin puertas en una esquina , cagadas de rata, papeles y polvo a capazos. Usaron la silla y todo lo que ardiese para prender una fogata en el suelo y los tres se sentaron alrededor. El Liendres prendió el resto de las velas, hizo un sitio para el radiocasete y pulsó el botón PLAY, la música comenzó a sonar.

You’re not good, can’t you see ♫
Brother Louie,Louie, Louie

—¡Ehhh, tío! ¿Otra vez Modern Talking? Se supone que esta noche se hacen otras cosas, otro tipo de música. No sé…de esas de misterio como en las películas o contar historias de miedo.
—Siiiii, eeesso
—Siiii…—se burló El Liendres— Sabrás tú de las películas, Josete. Si en tu casa tenéis todavía la Telefunken en blanco y negro. ¿Has traído la calabaza?
—Noooo la he podido con con conseguir, pero me he pasado toda la tarde vaciando un meeelón.
—¡No me jodas! ¡Tío, no te enteras! Venga, métele por el ojete un par de velas y la pones encima de ese aparador.
—Llagas, ¿tú qué has podido pillar?
—Dos botellas de crianza.
—Yo he pillado una de orujo y el Anís del Mono de mi abuela. Venga, vamos a ponernos hasta el culo ¡Josete! ¿qué haces ahí?
—¡Tíos, aaaquí hay libros! —voceó El Josete desde la otra punta, orientando los ejemplares mohosos y polvorientos hacia la luz de la calabaza melonera: “An…annnnntifaz”, “Ceeeerámica popular españnnnñññola”… ¡Eh! Mirad este, la portada aaacojona… Panfi… Canfi… ¡Candi! “¡Cándida de Todos Los Santos!”

El radiocasete enmudeció.

—¡Mierda¡ Las pilas. Me cago en tó… Venga, haced lo que os dé la gana que mañana es fiesta —accedió El Liendres empinándose la botella — pero que lea El Llagas que tiene la E.G.B.

Se acomodaron los tres frente a la hoguera bebiendo vino y fumando Ducados. Los tablones prendieron rápidamente, se retorcían y despedían chispas como tracas a la puerta de una iglesia. El Llagas abrió el libro y comenzó a leer.

relato halloween

“Cándida llegó a este mundo una fría y lúgubre noche de difuntos. Nació fea, fruto tal vez de un pecado igual de horripilante. Aún no le habían crecido las tetas cuando su madre la vendió a un posadero por dos quesos y un barril de cerveza. Fregó baldes y cacharros hasta que se le torcieron los dedos. Con su apostura y fealdad no tardaron en echarla a la calle refiriendo que le espantaba al personal. Sucia y harapienta vagó por tierras inhóspitas, rodó por arroyos y caminos sufriendo hambruna y mendicidad; recibió limosnas, pedradas y escupitajos hasta que un fraile se apiadó de su alma y le dio que hacer entre los fogones de un austero monasterio. Pronto, la necesidad del torcido religioso pudo más que la fe y el buen gusto, convirtiendo a la muchacha en su manceba a cambio del cobijo y unos chuscos de pan. Eran tales los abusos y perversiones a los que el gordo y grasiento cenobita la sometía que, a la primera ocasión, Cándida abandonó el monasterio oculta bajo la lona de la carreta de un ambulante mercader”.

—¡Joder con el fraile! —exclamó El Liendres— la ponía mirando pa Cuenca…Y todavía me reprochan que no quise ser monaguillo…
—Venga, que sigo.

“Durmiendo se hallaba tras unos matorrales, todo lo plácidamente que su perra vida le podía permitir, cuando la despertaron el crujir de las ramas y el firme pisar de una botas; un chorrillo caliente le bañó el rostro.
—¡Pero qué hacéis so…! —Cándida detuvo su lengua al vislumbrar, aturdida por el sueño como estaba, la fornida y amenazante figura de un pudiente—. Grande es el campo y tenéis que derramar vuestro orín sobre mí… —gruñó, tragándose una maldición”

—¡Coño! El tío la meó encima, puaggg. Sigue Llagas, sigue que esto se pone interesante.

“El Caballero dio un paso atrás sobresaltado al escuchar la voz y desenvainó su espada al ver emerger una maraña de pelo cobrizo de entre los arbustos. Cándida enfocó la vista y quedó pasmada ante la imponente figura que se cernía sobre su cabeza: un individuo corpulento con el pelo largo y oscuro, por lo menos le llegaba por media espalda le clavaba la mirada con el rostro alerta y rígido ante tal soponcio visual; era tosco, mas no carente de belleza y su… su miembro ¡por todos los santos! ¡tenía el miembro fuera y aún goteaba! El atuendo y las ropas bien cosidas le indicaron de inmediato que se trataba de un poderoso señor. Instintivamente, la muchacha se protegió la cabeza con ambos brazos y se echó a los pies del caballero asiéndose a las botas de cuero y balbuceando perdón.
—Disculpe mi señor, no quise ofenderos.
¡Qué fealdad! Se dijo a sí mismo mientras trataba de zafarse. Cándida, temerosa, pudo ver por el rabillo del ojo cómo la gruesa y larga sombra del falo masculino volvía al interior de los calzones con el diestro movimiento de una mano. Después de esto el caballero envainó la espada.
—Está bien, levantaos —su voz sonó profunda y resonante—. ¡Y no volváis a esconderos así entre la maleza o la próxima vez será mi caballo y no mi verga el que se os eche encima!
—Piedad, señor —rogó—. No tengo techo que me cobije ni pan que echarme a la boca, llevadme con vos, señor, y os juro que os serviré y atenderé como os merecéis.
En verdad parece desvalida —consideró el apuesto caballero—. Observó que tenía profundas ojeras de hambre en el rostro, rostro desagradable en extremo y no mucho mejor figura: canija y desgarbada sin proporción ni arreglo. La brisa llevaba hasta sus fosas nasales un denso olor a mugre y el aliento de la muchacha olía como el ano de una cabra.
—Por favor, señor… no tengo a donde ir ”

—Queeeé se la lleeevee, pobrecilla
—¡Pero si es más fea que una mierda de perro!— exclamó El Llagas— ¿Para qué la va a querer?

“Y fue así que Cándida, lanzada como un fardo a un carromato, atravesó las puertas del regio e imponente Castillo de Hodorror. El ama de llaves, flaca y huesuda envuelta en lana negra la recibió con desagrado encargándole desde ese día las tareas más tediosas y desagradables. Las sirvientas formaban corrillos, murmuraban y se mofaban a su paso. 

— ¿Habéis visto esa horrenda la nariz? —comentó la una.

—Si tiene el bigote más negro que el amo— añadió la otra.

—¡JA! –interrumpió El Liendres— como la Pepi, que tiene más bigote que tu padre, Llagas ¡Y te la llevaste a la era en fiestas! JAJAJAJA
—Tío, me había soplado una botella de aguardiente, ya te lo dije…
—Aaaa lo meejor el biiigote te dio gustirriiinnnin— no había terminado la frase cuando se le vino encima una sonora colleja.
—¡Tú calla, Josete! que todavía eres virgen y eso es mucho peor.
—Bueno, amos Llagas, sigue leyendo a ver qué pasa.

“En el castillo la evitaban como a un pájaro de mal agüero. Pero todas las burlas y comentarios se hacían soportables para Cándida si a cambio podía verlo a él, a su señor. Lo acechaba por los rincones, siempre pendiente, vigilante, no le estaba permitido acercarse al amo pero en algunas ocasiones, bien entrada la noche, se colaba en sus aposentos y le velaba el sueño. Lo observaba con deleite en el lecho durante horas, completamente desnudo, fascinada por su pecho ancho y robusto bañado por rayos de luz de luna. Ansiaba sentir entre sus dedos el tacto de ese cabello que le caía por la espalda fuerte y musculosa. Nada que ver con el gordo y decrépito religioso que solo despertó en ella un asco infinito. Ahora, sin embargo, al observar a su señor se le hacía la boca agua y cerraba los puños presa de un deseo insoportable hasta que se clavaba las uñas.
En una ocasión la señora del castillo se hallaba en su alcoba desvistiéndose con la ayuda de una doncella. La dama poseía noble y voluptuosa figura y su larga trenza rubia casi rozaba la alfombra. Cándida tocó a la puerta y entró sofocada cargando dos baldes de agua hirviendo.
—Da usted su permiso, mi señora. Le traigo el agua para el baño…
Unos ojos de sapo, de un vivo azul claro, se clavaron en su persona frunciendo el ceño con repulsión.
—Pero… ¡Qué espanto! ¿Quién es esta? — inquirió a su doncella— ¿De dónde ha salido? –chilló poniéndose en pie.
—¡Que salga de inmediato de mis aposentos! ¡Me daña la vista!
Pérfida mujer, sapo perverso y altanero… En la oscuridad de su camastro Cándida farfullaba todos los insultos que le venían a la mente ¡Odiaba a esa cerda! Esa arpía con ojos de lechuza no podía hacer feliz a su señor…
Un día, al caer la tarde, Cándida escuchó cómo una de las criadas, una de las más pechugonas y bien parecidas, contaba en confidencia a otra sirvienta que había vuelto a recibir recado del amo. Debía esperarlo a su llegada en el salón de la caza. Anticipándose, Cándida se introdujo en la sala ocultándose detrás del pesado cortinaje. La intimidó la cabeza de un fiero jabalí con los ojos huecos. Docenas de trofeos y cornamentas colgaban inertes de las paredes mudos testigos que un día habitaron los bosques de Hodorror. La tarde se marchitaba, el fuego ya estaba encendido en el hogar. No tardó en llegar el señor, se quitó la camisola, se sirvió una copa de vino y esperó a la criada acomodado y despatarrado en uno de los sillones frente al fuego que chisporroteaba e iluminaba ténuemente la estancia. La criada entró, dejó la vela en el suelo y sin mediar palabra se arrodilló a los pies de su señor. Comenzó por desatarle las calzas y el cinto, luego introdujo la mano en el interior del calzón. Cándida observaba la escena oculta entre las sombras con los ojos muy abiertos y el alma envenenada, pero inmóvil como una estatua. La joven tomó con una mano el miembro viril y excitado entre sus dedos, ancho y largo, se apoyó en el brazo del sillón obstaculizando así el campo de visión de Cándida, que ahora solo podía ver el rostro de su señor”.

—Osstrasss tíííos, esto es por pooor…¡porno!
—¡Calla! Sigue Llagas, ¡sigue! Qué suerte tienen algunos… ¿Veis? Por eso no me corto yo el pelo.

“El amo inclinó ligeramente la cabeza hacia atrás, exhaló un aliento y comenzó un lento y cadente jadear. El fulgor de la llamas caldeaba cada vez más la habitación. Involuntariamente, Cándida abrió la boca ebria y turbada por el deseo. Con cada jadeo de su amado Cándida se estremecía y sentía las piernas flaquear. El uno frente al fuego, la otra tras una fría cortina ardiendo igualmente pero sumida en un túnel de amor y deseo inalcanzables. Se moría por tocarlo, por ser ella la que ocupase el lugar de aquella y darle más placer que ninguna otra mujer le hubiese otorgado jamás. Y lo haría. Pronto. Muy pronto. Lo amaba y sería suyo aunque fuese una sola vez, le había tocado vivir una vida perra y mísera, pero al menos se daría esa satisfacción antes de irse a la tumba.
La Noche de Todos los Santos se desencadenó una terrible tormenta. La lluvia y el viento azotaban las ventanas y postigos del castillo, eléctricos rayos en punta descargaban su ira sobre las almenas de Hodorror. Como todos los años en esa fecha se celebraba en el castillo una cena para honrar a los difuntos, se preparaban viandas especiales, aves y carnes, dulces, arropes, buen vino y licor. La servidumbre andaba con prisa de un lado para otro, esa noche había más faena y la cena tenía que llegar caliente a la mesa.
—Apartad del fuego ese caldo— ordenó la cocinera— Tú, adefesio, ¿qué haces en ese rincón? Lleva esas viandas al gran salón, ¡date aire fea del demonio!
Cándida apenas podía creer en su buena suerte, asió la jarra del vino y tomó las viandas dirigiéndose al salón donde aguardaban los señores y varios comensales.
—Permitidme que le sirva vino, mi señor— la turbó su proximidad.
El señor de Hodorror, que departía animadamente alzó su copa sin mirarla siquiera, pero algo en el rostro pasmado de su invitado le hizo alzar la vista hacia la muchacha. Un destello brillante en sus negros ojos denotó reconocimiento.
—¡Demonios! ¿Todavía sigues aquí, muchacha? ¡Qué aparición! —rió descaradamente—. Muy apropiado en una noche como esta.
—¡Sin duda!— exclamó el invitado— Os hacía con mejor gusto, señor mío. ¿No iréis a enviármela esta noche a mis aposentos? — apostilló con sorna —. A oscuras se puede llevar uno un susto de muerte ¡qué duda cabe! JAJAJAJAJAJA.
La sapo acompañaba a su esposo sentada a la mesa y rió de buena gana. Cándida agachó la cabeza, la ira hacía latir frenéticamente su corazón y la sangre se le agolpaba en las sienes. Abandonó el salón con aparente calma y se escabulló por las escaleras hacia el armario de los remedios, tomó un frasquito y regresó a la cocina. Cerciorándose de no ser vista sacó el frasquito del bolsillo y vertió unas gotas de láudano en el vino.
—El señor ha pedido que se le sirva más de este vino— comunicó, de regreso a la cocina. Una criada tomó la jarra de manos de Cándida con una mueca de asco y salió briosa hacia el salón.
—Dame eso, espantajo”

El Llagas hizo una parada para mojarse el gallete con un trago de vino, la hoguera se estaba apagando y apenas había luz. Avivaron el fuego con un chorro de Anís del Mono. La lluvia caía con más intensidad y el agua comenzaba a filtrarse a través del raído tejado.

“Pasada la media noche Cándida aún fregaba y raspaba los cacharros mientras se escuchaba el sonido de cantos y chanzas procedentes del salón.
—El amo está indispuesto —anunció el ama de llaves —. Menos mal que pronto se irán todos a acostar— suspiró desplegando las faldas como alas de cuervo dejándose caer sobre un taburete. Dice que se siente marear, debe andar borracho como una cuba. Ha ordenado que le preparen la cama.
Ya de madrugada la lluvia seguía cayendo afuera y todos dormían, la sombra alargada de Cándida la precedía por el corredor, el viento que se colaba por los fríos y lúgubres pasillos hacía sisear la llama de la vela. Se detuvo ante una puerta, asió con sigilo el tirador y se coló en la habitación como tantas otras noches envuelta en una capa. El aposento estaba a oscuras, se distinguía un bulto boca arriba sobre la cama, mechones de pelo revueltos le ocultaban el rostro. La tormenta descargó un rayo que alumbró su figura encapuchada, desgarbada y siniestra junto al lecho. Cándida dejó el candelabro y se sentó en la cama junto al amo, deleitándose al escuchar su pesada respiración. Se aproximó más a él, sus dedos torcidos apartaron unas hebras de largo cabello despejándole el rostro, le recorrió la mandíbula, acariciándolo y recreándose en el contorno carnoso de sus labios, ligeramente entreabiertos. Tomó su rostro con ambas manos… lo besó, sintió la carne contra la carne, respiró la calidez y la fuerza de su aliento; él seguía sumido en un sueño inducido. Deslizó las ásperas y callosas palmas de sus manos abarcando el pecho fornido y voluminoso del hombre que ascendía y descendía pesadamente. Continuó ávida su escrutinio hacia el ombligo”

—¡¡Tíos se lo va a hacer!! —soltó El Liendres. El Llagas continuó con la lectura.

“Llevaba puesto el calzón, Cándida masajeó la parte prominente por encima del tejido de lino, ansiosa pero sin prisa, comenzó a desatar la prenda hasta que su miembro quedó al descubierto. Palpó el asunto deleitándose en su suavidad y disfrutando la sensación de poder que experimentaba, probablemente, por primera vez en su vida. El miembro manso y a su merced iba cobrando vida hasta que se torno fuerte, firme, sólido y maravilloso a sus ojos. Asió, masajeó y jugueteó; a continuación se irguió y dejó caer la capa descubriendo su desnudez. Concentró toda su atención a esa parte de su cuerpo que sí le respondía y a la que no le importaba su fealdad, se colocó de rodillas entre ambas piernas, la mimó y animó tratando de darle todo el placer que a ella le gustaría sentir y, lo montó. Al soniquete de la lluvia al caer se le fueron sumando unos leves quejidos, sintió que él se tensaba inquieto, comenzó a sacudir agónico la cabeza de un lado al otro de la cama, con la frente perlada por gotas de sudor. La tormenta descargaba con más fuerza empapando los muros en el exterior, estalló un trueno, aumentó el resuello de su señor y Cándida incrementó la fuerza y velocidad de sus embistes. De pronto, el hombre pareció despertar impulsándose hacia delante y agarrando por los pelos a Cándida en el preciso momento en el que un rayo poderoso iluminó la habitación, haciendo que el puro placer se tornase en violento desconcierto. Gritó horrorizado y empujó a la muchacha como si de una bruja se tratase. Gritó tanto y tan fuerte que pronto se escucharon pisadas y voces en los corredores. Cándida se arrastró por el suelo astillado y echó a correr tan rápido como pudo, completamente desnuda como iba cayó rodando por las escaleras. Logró salir al exterior por las cocinas y huyó hacia el bosque.
—¡Qué no escape! —gritaba furibundo el señor de Hodorror— ¡Soltad a los perros!
Corrió y corrió en la noche fría y oscura, empapada, golpeada y arañada por ramas y matorrales, sin aliento, con lamentos, como un ánima que pena en la noche de difuntos, pero no tardó en escuchar los fieros ladridos de los perros a sus espaldas. Le dieron caza sin más dilación, clavaron sus dientes en su carne enjuta, cerraron sus mandíbulas en torno a su cuello raquítico causándole heridas mortales. La dejaron allí mismo en un charco de sangre, su cuerpo tirado enlodado en el fango, su alma…”

—Joooder… era un poco fea pe pe pero…
—¡Ssschhhhh! A ver cómo termina.

“Un año después, y todos y cada uno de los años posteriores, el espíritu de Cándida regresaba en la noche de difuntos atravesando las fronteras que separan el mundo de los vivos y de los muertos. El mismo día, a la misma hora en que pereció alguien moría en trágicas circunstancias. Primero la señora de Hodorror, que desapareció la noche de difuntos y fue hallada semanas después, clavada al muro como una X, encadenada de pies y manos a la fría y tosca pared de una de las torres, putrefacta y abierta en canal”

—Agggrrr –exclamaron al unísono—. Abierta como un bacalao —apuntó El Liendres.

“Al año siguiente, fue el amo y señor del castillo al que encontraron sin vida en el propio lecho, con el rostro retorcido, el cuerpo agarrotado y consumido como si le hubiesen robado el aliento y la vida en su interior. No corrieron con mejor suerte el ama de llaves ni el resto del servicio, pese a que abandonaron el castillo, la muerte los persiguió. Se cuentan entre sus víctimas un posadero y un religioso.
Mucho se ha escrito sobre Cándida y su maldición. Aún hoy es temida, conocida en todo el reino como la maldición de Cándida de Todos los Santos.
FIN”

—UUUHHHHHHH —se choteó El Liendres— ¿No me digáis que os creéis esos cuentos?

De repente, la puerta de la antigua casa se abrió y golpeó la pared con tal fuerza que hizo el suelo temblar. Una ráfaga de aire y lluvia se coló con furia en el interior y acabó con lo que quedaba de la hoguera. El estallido de un trueno resplandeciente rompió el silencio revelando una negra silueta siniestra y desgarbada con la cabeza cubierta y asiendo una estaca en la mano. Los tres salieron disparados gritando y atropellándose buscando refugio. De la oscura figura salió una voz atronadora alzando la estaca.

—¡Sinvergüenzas! ¡Ya sabía yo que estaríais aquí, fumando y bebiendo! ¡Gamberros!
—¡Hostias, Liendres! ¡Tu abuela!

Con dos alpargatazos, doña Macaria recorrió la distancia que los separaba blandiendo la garrota y repartiendo leña a diestro y siniestro.

—¡¿Y esto?! ¿Os estabais bebiendo mi Anís del Mono? ¡Borrachos!
—Liendres, haz algo –suplicaban— ¡que tu abuela nos desloma! ¡AYYYYYYYYYYYYY! ¡AYYYYYYYYYY!
—Si tu abuelo levantase la cabeza ¡gañán! Seguro que mañana no irás al cementerio ¡descastao! ¡Te voy a dar más palos que a una estera vieja! Esta joventud no respeta naica. Si ya se lo decía yo a tu madre: ¡se murió Cervantes y se acabaron los tiempos de antes!
—¡Joder, cómo casca la vieja! Y luego dice usted que está enferma de los huesos…
—¡Calla, deslenguao! Tira pa tu casa ahorica mesmo.

Custodiados por doña Macaria regresaron a casa en fila india, El Liendres, que iba en último lugar exclamó:

—¡Eh! ¡Josete! ¿Te has cagao? Llevas una zurraspa en los pantalones
Jajajajajajaja jajajajaja
—Queeeé graazzz graciossssos, me habré untao en el suelo.
—Chicos, al fin y al cabo no lo hemos pasado mal ¿verdad? –apuntó El Llagas.
—Id pensando adonde podemos ir al año que viene –propuso El Liendres— ¡AYYYY! abuela, ¡no me pegue más! Si quiere puede venir usted también y le llevamos una botella de aguardiente…

¡¡ZAS!!

FIN
Betty Lve

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