AMOR Y MORTADELA Capítulo 3

 CAPÍTULO 3

Un trabajo de verano

—¡Puñetas con la niña!

—Madre, ya no es una niña…

De vuelta a los Laureles y una vez sosegados los ánimos, Greta tuvo que relatar con pelos y señales lo acaecido durante su visita al centro de Ojete.

—¡Macaria! —exclamó doña Leonarda llevándose  las manos a la cabeza teatralmente, para después afirmar entornando los ojos—: maaala como  la carne de pescuezo.

—A su lado había otra anciana que debía estar sorda como una tapia —explicó Greta.

—¡La Perpetua! Como si la viera,  toda la vida ha sido marrana.Esa está sorda pero de la mierda que lleva en las orejas, las dos arpías andan siempre juntas como uña y mugre…

Clarita trataba de quitar hierro al asunto ignorando las acotaciones de su anciana madre.

—¿Y dices que en la tienda te atendieron con amabilidad? —preguntó a su hija.

—Enemesia… la tendera: ¡esa es una falsa! —doña Leonarda bufó soltando una bocanada de aire que hizo vibrar sus flácidos labios.

—¡Abuela! —rió Greta– ¡No deja usted títere con cabeza! En la tienda  había dos mujeres bien raritas, hermanas supongo por el gran parecido,  la tendera las llamó Pacas.

— Las Pacas… ¡un par de envidiosas!

—¡Madre! —la reprendió Clarita —deje usted hablar.

—Los filetes  los compré en una carnicería justo enfrente. El carnicero, que es como un Hércules, y su hijo, no parecen tan pueblerinos.

—¿Hércules? —preguntó extrañada Clarita.

—Ese debe ser Modesto —adivinó doña Leonarda— el hijo de  don Justo. Fue muy amigo de tu abuelo, Greta. Tú no lo ves desde que eras moza, Clarita.

—Pues deberías verlo ahora mamá —sugirió Greta con picardía— no cabe por esa puerta. Además,  se nota que el hombre se cuida, su hijo debe tener mi edad ¿no, abuela?

—Pobre chico…—se lamentó doña Leonarda—  la madre era muy guapa, Dorita, la hija del anterior Alcalde; murió joven…dicen que de un mal aire, no era mala chica, un poco tímida  pero no era mala…, el chico  ha salido a ella. Sabes Greta, Modesto fue pretendiente de mi Clarita, que bien lo despachó… que porque estaba esmirriado —la anciana arrugó el morro y  chasqueó la lengua—. A la puñetera no le gustaba ninguno del pueblo.

—Bueno madre, ya está bien de chismes por hoy que tengo la olla en el fuego.

Como tenía previsto, Greta regresó a la Universidad para realizar  los exámenes finales.  Para su sorpresa, no encontró a Francesco entre los pupitres. Lo llamó varias veces al  móvil, pero saltaba un mensaje en el contestador:

  “In questo momento non posso rispondere, ti prego di chiamare più tardi”.

En los Laureles estaba prácticamente incomunicada y sin cobertura,  por lo que una tarde después de la siesta  decidió bajar a Ojete y probar suerte por última vez: 

“In questo momento non posso rispondere…”

Eran las seis de la tarde  y el calor no daba un respiro. Greta salió de  la cabina telefónica buscando la sombra, una intensa fragancia la llevó hasta un florido balcón, colmado de rizados claveles reventones; las  cortinas que cubrían las ventanas enrejadas eran de color atrevido,  la puerta de la entrada estaba pintada de rojo y una plaquita dorada relucía al sol:  Pensión Úrsula  “Habitaciones”. Custodiaba el portal un astuto  minino rayado.

Desde la plaza llegaron voces procedentes de la terraza del bar.

—¡¡Aaaarrastro!! —sentenció un paisano con la  boina puesta,   arrojando el As de bastos sobre la mesa con tal ímpetu que la levantó del suelo haciendo saltar los carajillos.

—¡Recoño Abundio! ¿Otra vez llevas el bastón? —bramó el más grueso— ¡Pero si no pueee ser!  ¡Eres un marañoso y un tramposo!

—¿Marañoso yo? —Exclamó el Abundio levantándose y escupiendo lo que le quedaba del puro —¡Y tú eres un mal perdeor! Si no sabes jugar pos no líes ¡Liante! ¡Que eres un Liaaante! 

El tercero a la partida, un bulto que  se retorcía en la silla, se reía como una hiena

—¿Y tú  e qué te estás riendo, Chepas?  Chepao agqueroso… Eres igual de tramposo que él ¡Irse los dos a tomar por culo! ¡Ya no me pilláis más! —sentenció el de la boina haciendo saltar la baraja española por los aires.

El tres de copas cayó justo a los pies de Greta, fue entonces cuando se percataron de  su presencia. Abrieron  mucho los ojos y las bocas, comiéndosela con sus  miradas.

Greta los  rodeó  y echó a andar  consciente de que los tres le taladraban el trasero,  en eso, seguro se habían puesto de acuerdo <pensó>.

— Fiuuuuuuuu—silvó uno— ¡Cómo está la moza!

—¿Esa es La Franchuta? Pues le hacía yo un traje saliva…—Y salivó.

Greta  apretó el paso sin volver la vista atrás y, al pasar por delante de la carnicería, un cartelito pegado al cristal de la puerta  le llamó la atención:

“Se precisa ayudante”

Obedeciendo a un impulso y sin pensarlo dos veces, entró en el establecimiento. La carnicería estaba vacía, pero al instante Hércules atravesó la cortina con su peculiar tintineo. Llevaba puesto el delantal y  se secaba las manos con un trapo de algodón, a Greta le llegó de inmediato un olorcillo a colonia varonil que se mezcló con el característico olor a chicha.

—Hola, guapa. Veo que sigues por aquí, me alegro de volver a verte ¿Qué ponemos?

—Buenas tardes, acabo de leer que necesitan personal.

—Así es, nos vendrían bien un par de manos.

—¿Qué le parecen estas? —Greta extendió ambas manos, de aspecto suave y delicado con las uñas pintadas de rosa chicle.

—Son muy bonitas, desde luego…—Hércules intentó disimular la sorpresa con su mejor sonrisa— pero…

—¿No contratan mujeres? —preguntó ella.

—No se trata de eso…—respondió él— no sé si el trabajo esté a la altura de tus expectativas.

—Por el momento no tengo expectativas, se lo aseguro.  Póngame a prueba.

Modesto estudió a la joven con detenimiento y caviló rápido la situación.

—¿Quieres hacer una prueba, eh? Bien, te espero mañana temprano a las siete en punto.

Después de la cena, tortilla de patatas y unos dulces caseros, Greta esperó a que se acostase la abuela para dejar caer  el bombazo.

—He encontrado trabajo.

—¿Cómo dices? —Clara se atragantó con un rosco de anís.

—Pues que mañana empiezo a trabajar en la carnicería de tu amigo Hércules.

—Pero Greta, ¿tú estás loca, hija?. Trabajar en una carnicería, aquí en Ojete… ¿Y  qué sabes tú de ese oficio?

—Tampoco pedían experiencia. Necesitan un ayudante y nosotras necesitamos una ayudita; será un trabajo de verano, yo no veo tanto problema. Además, aquí encerrada sin hacer nada me va dar una psicosis.

— Pero hija…

—¡Me aburro mamá! —se quejó— no quiero pasarme todo el verano sentada en el patio aferrada al matamoscas…

—Bueno, es que ahora que  has terminado tus estudios… te mereces un descanso, la que tendría que buscar un nuevo trabajo soy yo —se lamentó Clara.

—Tú ya tienes bastante con la casa y con la abuela —una mosca  mosqueaba alrededor—. Quiero hacer algo útil, de verdad… Y necesitamos el dinero— convino Greta, dando por zanjado el tema y atizando un golpe certero al díptero insecto.

—Ya veremos cuando se entere tu abuela… —Clarita puso los ojos en blanco y se encomendó al cielo pidiendo ración doble de divina paciencia.

Amaneciendo  y con la fresca, Greta se montó en la bicicleta dispuesta para afrontar su primer día de trabajo. Durante la noche había estado dándole vueltas al asunto; a lo mejor se había precipitado. Mejor no saber nada,  tal vez si  hubiese conocido  más  a cerca de sus futuras tareas se habría echado atrás. Como en otras ocasiones, el gallo porculero, que por lo visto tenía muy desarrollado el instinto territorial, le salió al paso intentando picarle, esta vez, envalentonado, consiguió volar casi  hasta el cestillo.

La plaza de Ojete estaba fresquita y desierta a esa hora temprana,  los primeros rayos de sol alcanzaban la fuente y los pájaros  piaban despabilados entre las ramas de los arbolitos. El dueño del bar barría la terraza y del interior del local se escapó el sonido de una tragaperras. Hércules la esperaba puntual en la puerta de la carnicería, afeitado, repeinado.

—Buenos días, Greta.

—Buenos días, eh…

—Modesto, disculpa, no me he presentado debidamente. Mi nombre es  Modesto Guerrero.

Labios finos, brazos fuertes “pensó”. A primera vista Modesto ofrecía un rostro agradable, con  ligeras bolsas bajo los ojos todavía hinchados por las horas de sueño, pero fresco como una rosa y oliendo a loción de afeitar.

—Sígueme, por favor,  entraremos por la parte de atrás y podrás dejar la bicicleta.

Atravesaron un patio grande y el pestamen en el ambiente no era muy esperanzador.  Greta siguió a Modesto hasta el interior de una pequeña nave,  ocupada por jaulas y  corrales para pollos, presos como convictos en sus celdas cacareando y armando gresca.

—Bueno Greta, tu trabajo será atender a las aves: darles de comer y beber, sacarlas afuera, barrer las instalaciones…Por las mañanas cuando llegues tendrás que comprobar las luces, las jaulas, y supervisar que todo esté en condiciones. Marco estará en esa otra sala con la peladora. Durante estos meses hemos tenido muchos pedidos,  estamos creciendo ¿sabes?. Nuestros productos, en especial los pollos de corral, son  cada día más demandados. Además, mientras tú nos ayudas  Marco podrá ocuparse de los pedidos y nuevos clientes y, también dedicarle más tiempo a la fabricación de su mortadela, que esperamos sea uno de nuestros productos estrella.

En su primer día como granjera Greta sacó a los avechuchos al exterior como a infantes de guardería para que se ejercitasen y picoteasen el maíz que previamente se esparcía sobre la hierba, y  así crecer gordos y hermosos a la espera de su trágico e inevitable destino. A media mañana Marco se dejó ver,  algo serio y distante  la saludó educadamente. La noche anterior, cuando su padre le comunicó que ya tenían un ayudante y de quién se trataba, su primera reacción fue de enojo y protesta, “ ¿tenía que ser ella precisamente…? ”.  Después de meditarlo, admitió que  la chica no tenía la culpa de incomodarlo, quizás fuese preferible a soportar la presencia de cualquier otro bruto paleto de entre el ramillete de holgazanes  oriundos de Ojete  candidatos al puesto. Tratando de vencer su  timidez   y sus reservas hacia la muchacha, se acercó a ella.

—Estos pollitos aún no tienen la edad para salir al exterior —le indicó— dentro de unos días podrás sacarlos,  pero solo por un corto tiempo, debes  evitar las horas más calurosas…son muy sensibles a los cambios bruscos de temperatura.

Se lo dijo muy serio, visiblemente tenso. Marco centraba su atención en los pollos, las plumas, la paja, las paredes…Evitaba mirar a Greta a la cara.

—Perdona…—se atrevió a preguntar—Te noto algo incómodo ¿No te parece bien que tu padre me haya contratado?

La pregunta lo pilló por sorpresa y alzó la vista,  se percató del desafío en la mirada de la chica, que esperaba una contestación. Sin poder evitarlo Marco se quedó enganchado al  verde de esos ojos tan poco corrientes.

—No—. Su respuesta sonó rotunda y sincera.

—Siento escuchar eso… ¿Es porque soy una chica o porque soy “ La Franchuta”? — Greta le sostuvo la mirada y Marco intentó no ruborizarse mientras sopesaba una respuesta.

—No se trata de ninguna de las dos cosas, perdona si te he parecido algo… borde. Desde un principio no estuve de acuerdo con que mi padre contratase a alguien, eso es todo. Yo puedo quedarme más tiempo si es necesario, pero si se le mete algo en la cabeza…Tampoco esperaba que… que fueses tú, de todas formas no tienes la culpa.

Un  leve movimiento en su garganta atrajo la atención de Greta,  que observó embelesada cómo  la nuez masculina se desplazaba en el breve proceso de tragar saliva, mientras,  pensaba que  el  cuello de ese tío era  firme y robusto como el poste de una farola. Llevaba una camiseta ajustada con algunas salpicaduras, también en el delantal que  le ceñía el cuerpo. El contraste entre el blanco de la prenda y el tono bronceado de la piel de Marco,  tostada por el sol veraniego de Ojete, era realmente favorecedor.

—Este tampoco es el trabajo de mi vida, ¿sabes?—declaró Greta, saliendo de su embelesamiento—.  No sé si podré aguantar esta peste más de un día —murmuró por lo bajini—, pero creo que tu padre  me ha contratado pensando principalmente en ti, para que puedas dedicarle más tiempo  a tu mortadela.

Sin que esta vez pudiese evitarlo, un rubor rosáceo afloró al rostro de Marco al mencionar la mortadela.

—Bueno, ya es un hecho y de nada sirve que le demos más vueltas al asunto…—concedió Marco—.  Agachó la cabeza ligeramente  y esbozó una pequeña y perfecta sonrisa.

Una refriega ocurría tras  los barrotes, había varios pollos sacando pecho y plumas flotando por el aire.

—Mira a ver qué sucede ahí, estaré aquí al lado por si me necesitas —. Se dio la vuelta y se largó.

—¿Y qué pensará que haga yo con estos gallitos? —se preguntó Greta— ¿Que me arremangue y me meta dentro de la jaula a poner orden?… ¡Joder, qué peste!

Los días se sucedían como el avanzar del verano: largos y calurosos.  Las chicharras cantaban enérgicas, las tardes parecían no tener fin, y el gallo cada vez madrugaba más. La abuela había recuperado las fuerzas y la vitalidad y,  aunque Clarita se encargaba de la mayor parte de las tareas  de la casa, la anciana andaba siempre pegada a sus talones rezongando. No pudieron ocultar por mucho tiempo el motivo de las salidas matinales de su nieta.

—Tanto estudio y sacrificio para acabar desplumando pollos, ¡habrase visto! ¡Y qué puñetas!

—Madre, ya le hemos dicho que es algo provisional, un trabajo de verano.

—¡Qué verano ni qué puñetas!

Los pollitos crecían lozanos bien atendidos.  A pesar del madrugón y el nulo glamour de su  empleo, a Greta las mañanas se le pasaban rápidamente.  El trabajo le permitía echar la siesta y  disfrutar de la tarde libre leyendo en el patio, paseando, o simplemente holgazaneando y disfrutando  la paz  y la tranquilidad que da el campo y la sensación de sentirse útil. El trabajo no era gran cosa, mas bien lo contrario, era una gran mierda,  pero día a día la cercanía del guapo y esquivo Marco, si bien pasaba la mayor parte del tiempo ocupado en sus asuntos,  se estaba convirtiendo en un intrigante aliciente. Una mañana a eso de las diez  Greta  abrió la trampilla y sacó a los pollitos al recreo, se sentó  sobre una piedra y desenvolvió un sándwich de queso para almorzar. En cuestión de dos minutos, el sol se esfumó, el cielo se puso negro como un tizón y comenzaron a caer  gotas de lluvia como escupitajos. Trató de juntar a la pollería para hacerlos entrar, pero estos se empecinaban en seguir picando en el césped como si tal cosa, calándose  hasta las mollejas.

realto corto Capitulo 3 amor y mortadela

—Pitas, pitas…¡Vamos adentro! ¡Entrad, entrad! Pitas, pitas…

Marco  apareció, alto y enérgico, y la ayudó a resguardar a las aves en un tiempo record.

—Estas tormentas de verano no avisan… ¿Te has mojado?— se interesó.

—Un poco —contestó Greta—.  He intentado hacerlas entrar lo más rápido posible…

—No te preocupes, esto es cuestión de unos minutos, cuando vuelva a salir el sol las sacaremos de nuevo para que se les sequen las plumas.

Greta tenía la blusa empapada, el encaje del  sujetador se transparentaba. Él también lo habría notado. El pelo oscuro de Marco brillaba como recién lavado. Greta se fijó en lo bien afeitado que iba, en lo serio que estaba, en que le miraba… la  boca.

—Acompáñame, por favor —le pidió él—, te daré una toalla.

Greta lo siguió hasta su pequeño cuartel, Marco le tendió la toalla y una camiseta limpia. Ella pasó al baño, se cambió y secó y cuando salió la esperaba una taza de  café humeante encima de una mesa.

—Qué bueno, muchas gracias.

—Aquí en esta sala tenemos cafetera, en ese armario hay botellas de agua, galletas, y algunos aperitivos, por si te apetece.

Se sentaron alrededor de la mesa, el uno frente al otro, Marco tomaba su café y desviaba la mirada cuando sus ojos se encontraban con los de Greta, que lo estudiaba por encima de la taza. El sonido de la lluvia al caer sobre el techo de uralita remitía, estaba empezando a parar. Dentro imperaba el silencio. No es muy hablador…< pensaba ella>   pero está como un tren. Es demasiado directa… <se decía él> pero esos ojos…, es tan guapa.

Greta curioseaba. Se encontraba en una especie de despacho improvisado con dos puertas, una daba a los corrales y la otra a la carnicería. Había  estanterías en las paredes, cajas, carpetas,  un perchero del que colgaban unos pantalones, delantales…, entre un montón de papeles había un diccionario Español-Italiano.

—¡Vaya! —exclamó intentando huir del incómodo el silencio— ¿Estudias italiano?

—No exactamente —contestó—  solo necesito un poco de vocabulario.

Greta se lo quedó mirando pensativa, desde luego el premio al más extrovertido no se lo llevaba.

—¿Te sorprende mucho? —le preguntó mordazmente—.Ya sé… piensas que todos en este pueblo somos unos paletos, ¿no es así?

—No, no pienso eso…—Ahora la que se puso colorada fue ella, molesta por el tonito desdeñoso de sus palabras —. Gracias por el café, Marco. Parece que está saliendo el sol, será mejor que vuelva al trabajo.

Cuando Greta atravesó la puerta, Marco cogió el envoltorio del azucarillo que estaba sobre la mesa y lo estrujó con fuerza. Ese día, al acabar la jornada Modesto se ofreció a llevar a Greta a los Laureles.

—Los caminos estarán embarrados, no es ninguna molestia acercarte. Sube la bicicleta a la  camioneta y en marcha.

Efectivamente, a poco que llovía los caminos se convertían en un barrizal. Llegaron a Los Laureles y Modesto se bajó para ayudarla con la bicicleta, el hombre permaneció de pie unos segundos contemplando  ensimismado la propiedad.

—Solía acompañar a mi padre a ver a tu abuelo, siempre me ha gustado esta finca…, es una pena que se esté deteriorando —confesó,  fijándose en  los muros— Bueno, guapa, hasta mañana.

—¡Gracias por traerme!

Al día siguiente Marco estaba enfrascado con la mortadela cuando entró su padre.

—¿Cómo va la cosa, hijo? ¿Has encontrado ya la fórmula perfecta?

—Estoy probando con otra especia —comentó. Busco un sabor… no sé, que sea suave pero a la vez impactante.

—Suave pero impactante, ¿eh?. Como Greta… —sugirió— ¿Tal vez deberías invitarla a salir?

—Ya empezamos… No necesito que me des consejos sobre mujeres, papá,  limítate a la mortadela.

—Pues yo creo que sí… Una preciosidad como esa no se presenta todos los días, no te estoy diciendo que le pidas relaciones, sólo que salgas y te diviertas como corresponde a un chico de tu edad. Además, tienes que vencer esa cortedad con las mujeres, Marco,  desde luego, en eso no te pareces a tu padre.

—Yo no soy corto.

—Mira hijo, con las mujeres hay que ser decidido, hay que tomar la delantera y nunca deben notar que te ponen nervioso…, si se dan cuenta de eso ¡está uno perdido!

La puerta de la carnicería sonó.

—Ha entrado alguien, voy a ver quién es.

Modesto cruzó la cortina tintinera  y se quedó petrificado cuando reconoció a Clara, toda digna frente al  mostrador. Se le cerró la glotis y no fue capaz ni de ofrecerle los buenos días. Le flojearon las rodillas, se le humedecieron las palmas de las  manos y no se atrevía a hablar por miedo a ponerse en ridículo. Comprobó con desaliento que, a pesar de los años, se volvía torpe y azorado en presencia de Clarita.

 risitas esceptico

Continuará…

Betty L♥ve   Amor y Mortadela

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