AMOR Y MORTADELA Capítulo 1

 

CAPITULO 1 

Regreso a Ojete de Abajo

–Señoras, por favor, tomen asiento. Veamos –el doctor carraspeó con la vista fija en los informes que tenía entre las manos–. Como sospechaba, padece usted una insuficiencia cardíaca congestiva, aegrrrjjj –carraspeó nuevamente–. Tiene las cañerías atascadas, por decírselo de una manera que usted me entienda.

Doña Leonarda lo miraba fijamente, sin pestañear. Se disponía a soltar uno de sus  comentarios punzantes, pero su lengua se frenó al darse cuenta de la palidez en el rostro de su única hija.

–Afortunadamente, estamos a tiempo -añadió el doctor, carraspeando de nuevo-. Haremos un tratamiento previo, en unos días quiero volver a verla y concretaremos la intervención- se despidió ofreciéndoles un enérgico apretón de manos.

Durante el trayecto de vuelta a casa, madre e hija iban más calladas que la “h”. En el autocar viajaba un matrimonio con dos pequeños monstruos que se encargaron de eternizar con sus gritos y contorsiones, las dos horas de viaje que había desde la capital al pueblo de Ojete de Abajo.

–Madre, no tenía usted que haber esperado a ponerse azul para contarme que se encontraba mal.

–Este asiento criminal me está matando la espalda –protestó la mujer.

–Tal vez, madre, si se reclinase un poco y no fuese tan rígida, estaría un poco más cómoda.

–¿Apoyarme dices? ¿Quieres que me quede pegada como un velcro a esta cosa llena de mugre? Aghhhrrr….

–¿Qué ocurre ahora?

–Yo huelo a pies…, menos mal que siempre llevo en el bolso un pañuelo perfumado. ¡Puñetas!

–Madre, por favor, recuerde que el médico ha dicho que no deber alterarse.

–Que no me altere, dice… –masculló entre dientes, torciendo el gesto y poniendo los ojos en blanco.

Clara observó a su madre y suspiró, a pesar de los años, el genio no la abandonaba.

–Tendremos que decírselo a tu nieta…

En el hospital, cuando la paciente dormía y se agotaba el crédito del televisor, Clara cerraba los ojos y se daba una vuelta por el pasado. Recordó el día en el que cumplió 25 años y sin preámbulos, le dijo a su madre que quería estudiar moda en París. Su padre estaba empeñado en buscarle un pretendiente que le asegurase el porvenir, pero viendo frustrados todos sus intentos, intercedió por ella hasta que Leonarda permitió tamaña locura. Don Facundo buscó una buena casa de costura, no la más cara, pues los ingresos de un modesto veterinario de pueblo no se lo permitían, pero sí una pequeña escuela taller de corte y confección, regentada por Madame Petibon, hija de un emigrante español, situada a pocos pasos de la Place Vendôme. Con lo que costaban las clases y el alojamiento, bien podía haber comprado la finca colindante a Los Laureles, pero como él le decía en ocasiones: “es mi deseo gastar mi amor en ti porque eres mi hija y yo tu padre”. A pesar de la dificultad del idioma y del gran cambio para una chica de provincia, Clarita se habituó pronto a su nueva vida con la inestimable ayuda de Madame Petibon. Por las mañanas cosía y por las tardes tomaba clases de francés en una academia para extranjeros. Fue allí, en la academia Vive La France, donde conoció a Eugène, el profesor Eugène. Clara se enamoró perdidamente de Eugène casi desde la primera pronunciación y él…, bueno, él también se enamoró de ella. Luego vino lo que vino, pero le gustaba pensar que así había sido. De la mano de Eugène, Clarita había conocido la magia y el encanto del París romántico; los paseos estivales por las orillas del Sena, las lecciones al aire libre bajo la Tour Eiffel, el amour y la pasión en el pisito que él poseía en el pintoresco barrio de Montmatre. La vida diurna y nocturna de la gran urbe la fascinaron. Le encantaba callejear, sentarse en la terraza de cualquier café coqueto diccionario en mano. La dicha duró lo que duró el verano parisino. Con el fin de las vacaciones llegaron las verdades y las lágrimas, la decepción, y el regreso desde la costa de la mujer y los dos hijos de Eugène. Le había jurado que la amaba, le rogó que no se marchase, prometió que la cuidaría siempre, pero él ya tenía una familia a la que amar y ella decidió regresar junto a la suya, volver al pueblo y… afrontar las consecuencias de su “tamaña locura”.
Meses después, vino al mundo su pequeña. Nada de Abundias ni Orencias, Greta, como La Garbo. Tuvo claro desde su nacimiento, que no la expondría a las habladurías y los chismes de la gente de un pueblo pequeño y conservador. Una tarde de otoño, la visita de Eugène sorprendió a todos. No hicieron falta presentaciones, la pequeña Greta tenía los mismos enormes ojos verdes que su progenitor. No fue bien recibido, no podía ser de otra forma, regresó a París “escopetao”, como suele decirse, con la promesa, arrancada a punta de doble cañón, de no volver jamás. Cuando Greta tuvo edad para ir a la escuela, madre e hija se trasladaron a la capital. Clara tenía apalabrado un trabajo como ayudante de modista en unos grandes almacenes, al principio, haciendo arreglos y cosiendo dobladillos. Don Facundo y doña Leonarda las visitaban como mínimo una vez al mes, ayudando con un dinero para los gastos y el alquiler. Ellas volvían a Los Laureles en las fiestas y vacaciones, donde colmaban a Greta de amor y caprichos intentando suplir la ausencia de un padre.

relatos betty love colores

Semanas más tarde…

La vuelta al pueblo coincidió con la inminente llegada de las vacaciones. En los últimos cinco años, desde que empezase a estudiar leyes, Greta apenas había estado en Los Laureles. Durante esas visitas no se había atrevido a bajar a Ojete de Abajo porque en el fondo sabía que a su madre la incomodaba y a su abuela la disgustaba. Sentía curiosidad por ese “nido de víboras”, como ellas lo llamaban. La pequeña finca quedaba a las afueras del pueblo, a una media hora en bicicleta hasta el centro de la plaza. Conduciendo la vieja ranchera del abuelo, su madre fue a recogerla a la gasolinera, donde tenía la parada el autobús de línea. A su llegada a Los Laureles, lo primero que se esfumó fue la cobertura del teléfono móvil ―perfecto― pensó en Francesco, que estaría esperando su llamada. Al bajar de la camioneta se dio cuenta de que la propiedad se encontraba bastante deteriorada, las malas hierbas crecían rebeldes a lo largo del camino de entrada y poco quedaba de la verde y frondosa arboleda que fue su jardín de infancia. Los muros de la entrada, que recordaba de un blanco inmaculado, estaban desconchados por las lluvias y agrietados por el sol castigador. Lo que no había cambiado era el hermoso y colorido patio que daba acceso a la casa, cubierto por un techado de cañas y verde hiedra, y un sinfín de plantas y flores de vivos colores. Seguían en el mismo lugar los sillones de mimbre, la mesita auxiliar, y el tapete de ganchillo sobre el que descansaba el botijo de beber “a gallo”. Greta abrió las fosas nasales y aspiró el inconfundible olor a tierra húmeda y a jazmín. Aunque se consideraba una chica de ciudad, sentía Los Laureles como su hogar. La abuela Leonarda casi saltó de la cama para abrazar a su nieta.

–¡Qué guapísima está mi nieta! Un poco más delgada… ¿Es que no comes, niña? ¿Y tus exámenes?

–No te preocupes, abuela, hablé con el director, sólo quedan unas semanas de clase y los exámenes finales. Lo he arreglado todo para que me envíen los apuntes y no faltaré a las pruebas. En el hospital estuve estudiando por las tardes, mientras te cuidaba, ¿no lo recuerdas?

–¡Claro que me acuerdo! Que me tomáis por chocha…–Greta veía signos de debilidad alrededor de los acuosos ojos de su abuela–. Estoy muy orgullosa de mi nieta, pero no tenías que haber venido hasta terminar el curso. ¡Puñetas!

–¡Abuela! Tú no te preocupes absolutamente por nada. Ahora estoy aquí para cuidar de ti, además –mintió– no tenía planes para este verano y pasarlo con vosotras me parece un magnífico plan para estas vacaciones –afirmó Greta, mientras aplastaba de un manotazo una hormiga negra y cabezona que escalaba por su pantorrilla buscando el punto idóneo para hincar el diente. Las flores le gustaban, los bichos…

Su cuarto no había cambiado: las paredes pintadas de color canela, la cama con el dosel de madera y el cubrecama de patchwork, igualito al que tenía en su dormitorio en la ciudad, ambos confeccionados por su madre. La brisa fresca y perfumada de media tarde se colaba por la ventana agitando los visillos bordados de tulipanes rojos, la madera de las puertas y contraventanas necesitaban una buena mano de pintura. Se sintió acongojada, probablemente no habían podido gastar nada en el mantenimiento de la casa para poder seguir costeando sus estudios. Cuando el abuelo Facundo vivía, se encargaba de todo estuviese como nuevo, era un manitas. En ese momento lo echó tremendamente de menos, su abuelo ya no estaba, y era evidente que poco o nada quedaba del dinero que dejó al morir. Su madre había tenido que dejar el trabajo y mudarse definitivamente a Los Laureles para cuidar de la abuela, la incertidumbre que se cernía en torno a su futuro y la falta de ingresos, no ofrecían un panorama muy esperanzador. Puñetas…

risitas triste

Continuará…

Betty L♥ve  

Amor y Mortadela relato de amor y humor

Deja un comentario