AMOR Y MORTADELA Capítulo 5

Último capítulo

La Pensión Bertolini

 

Con un cabreo simiesco Francesco se resignó a estacionar su apreciado descapotable en un vulgar descampado a las afueras del pueblo. Después de haber dado unas cincuenta vueltas por estrechas callejuelas concluyó que no había parkings públicos, como mucho unas cuantas cocheras particulares, algunas con puerta y todo… Le había costado lo suyo dar con el puñetero pueblecito. En cuanto abandonó el frescorcito del interior del biplaza, sintió el guantazo de cuarenta grados al sol. Alcanzó la plaza principal de Ojete de Abajo luciendo dos buenos rodales de sudor bajo las axilas.

¡Ma que calore! Putto pueblo…

La plazuela estaba muy concurrida, un sofocante olor a chorizos y a carne asada casi lo tira de culo; el zagal era vegetariano. Los pueblerinos se apelotonaban en un punto en concreto. Modesto colocaba otra tanda de tocino y de hermosos chorizos sobre las parrillas, tenía la cara encendida como un guiri en Benidorm, y los brazos, expuestos al fulgor de las brasas, escaldados como tomates en conserva. Eso sí, más contento que un indio con espejo: ¡había hecho el amor con Clara! La había besado una y otra vez y ella había respondido a su pasión con igual goce y entrega.

—¡Papá, que estás en las nubes! ¡Se queman los chorizos! —gritó Marco, mientras ofrecía bandejas repletas de apetitosa y humeante carne asada a sus vecinos, que se daban de tortas para ver quién pillaba el tajo más gordo.

El Liendres y sus compinches eran los peores, se ponían ciegos de embutidos y chuletas de cordero hasta el coma digestivo. Marco se retiró el sudor que le perlaba la frente con el dorso de la mano y miró su reloj, era más de medio día, hacía un calor del infierno, y Greta no tardaría en aparecer: se moría de ganas por verla.

Scusi…—Francesco abordó a un paisano que pasó de su jeta descaradamente al ver que El Salchicha sacaba una nueva fuente repleta de tocino churruscadito. Por el rabillo del ojo Marco vio la cabeza rubia, que no le era familiar, tratando de abrirse paso entre la turba. Se preguntó de quién sería pariente el forastero.

¡Per favore! —el italiano elevó la voz— ¿Alguien podría indicarme cómo llegar a la finca Los Laureles? ¡Busco la mia ragazza! ¡La mia novia, Gretta!

El de Ojete clavó los ojos en el figurín y a punto estuvo de perder el temple, pero nada, excepto la fuerza con que estampó el tocino sobre el plato del Liendres, denotó la tensión y el arranque de celos que lo embargaron. El Liendres engulló el bocado trasladando su atención al recién llegado, después se giró y dirigió unas palabritas a Marco:

—¡Tronco! Me parece que te has quedao sin la novia, JAjaJAja –rió con ganas mientras se llevaba a la boca una costilla de palo, masticando a dos carrillos, con la boca abierta, y disparando perdigones cárnicos directamente a la jeta del italiano.

¡Eh, pelucas! Ma que asssco, me estás salpicando la comida de la tua bocca. 

—Oye, oye…—le advirtió El Liendres, repelando el hueso —¿A quién estás llamando pelucas? ¿Eh, señoritingo?

—Catetto…—escupió el otro por lo bajini, dándole la espalda.

—Joioioioi —se cachondeó El Liendres. Yo no seré un gomoso como tú, pero por lo menos a mí no me han levantao la novia ¿Verdad, Salchichas? –soltó otra carcajada señalando al carnicero sin el menor disimulo.

Francesco estudió a Marco con atención: era más alto que él, más ancho, le jorobó reconocer que mucho más fuerte, sus bíceps resaltaban sin esfuerzo y la vulgar camiseta de algodón se le pegaba al cuerpo adivinando un vientre plano y una marcada chocolatina…Empezaba a echar humo. Ambos se medían en silencio cuando un señor panzón, algo achispado, se plantó en el medio empinando un porrón.

—¡Pasa el morapio, Celedonio! —voceó El Liendres, que pescó al vuelo el porrón derramando parte del tintorro sobre la fina camisa de diseño del italiano.

—¡Pero Idiota!¡ Ma che cosa fai! ¡Merda!

—¿Idiota? ¿Quién? ¡¿Yo?! –El Liendres pegó un salto abriéndose al tiempo los botones de la camisa. A su lado, El Llagas se preparó para lanzar la patada voladora.

En ese preciso instante Clarita hizo acto de presencia.

—¡Hola Marco! ¿Cómo va la cosa? Huele de maravilla…—se le apagó la voz al ver a Francesco.

Signora—. Saludó el forastero con rictus serio, avistando una melena castaña que asomaba por detrás de Clara y que le resultaba conocida—. Ciao Grettita…

Al reconocerlo Greta se sintió desconcertada, acto seguido buscó a Marco, le bastó un vistazo para detectar el fastidio en el rostro del carnicero, que cruzó con ella una mirada dura y penetrante, luego les dio la espalda y fue donde su padre.

—Sirve tú ahora, papá. Yo me ocupo, anda ve y refréscate un poco… acaba de llegar Clara.

—Francesco, qué grata sorpresa…—fingió Greta— ¿Has cambiado el número de teléfono? Te estuve llamando unas cuantas veces…

—Gretitta… He tenido algunos problemitas —se excusó—, deja que io te explique.

—Déjalo tú, Francesco. Ahora no es momento.

—Ya veo…—admitió con recelo echando una ojeada a Marco, que atizaba las brasas enérgicamente. No es que tengas mal gusto —apuntó—, ma poco stile … ¿Come si dice los paletos questo pueblo? ¿Ojetosos?

—Estás siendo un poco grosero ¿No crees, Francesco?

Ma no te enfades, Gretitta… Sono venuto a buscarte por il nostro viaje, ¿tu recordi, cara?

 ¡Pero qué cara más dura! —pensó ella con fastidio—. Se dio cuenta de que nada le apetecía menos que pasar unos días en compañía de Francesco, ya no. Lo invitó a seguirla hasta un lugar más apartado para poder hablar a solas.

Terminada la barbacoa, Marco se marchó a su casa con la excusa de darse una ducha pero ya no regresó. Greta tardó un poco más de lo esperado en quitarse a Francesco de encima. Él trató de camelársela con dolci paroles, se permitió el lujo de confesarle un desliz y hasta de perdonarle el suyo…, pero Greta lo tuvo claro y en cuanto pudo lo despachó. Francesco, sediento y malhumorado, cruzó hasta el bar de la plaza, se sentó frente a la barra ante el atento escrutinio de los cotillas, y se hizo unos cuantos pelotazos. Al cabo de un buen rato abandonaba el bar con una cogorza de impresión; las llaves del coche se le cayeron al suelo, y El Justo, un guardia civil retirado que iba camino de su casa, las recogió al ver la castaña que llevaba el forastero. Amablemente, lo condujo hasta un banco cercano sentándose un momento con él.

—¡Pero cómo va uste a conducir en ese estado, hombre…! Tie que dormir la mona y luego se bebe uste un huevo crudo del corral, hágame caso.

Justo convenció a Francesco para que lo siguiese hasta la pensión de La Úrsula, en el número uno de la calle Larga, y a ella se lo encomendó. El italiano, bastante perjudicado y mareado por la chispera y el intenso olor procedente de un jazminero, siguió a la mujer pasillo adentro a trompicones, y sin ser muy consciente de dónde se encontraba. Un gato rallado le salió al paso y se colgó de su pernera haciéndole un siete en el pantalón. La Úrsula lo acomodó en una de las dos sencillas habitaciones para huéspedes.

“Prohibido dar voces a la hora de la siesta”, rezaba el cartel sujeto a un poste con un alambre ¿Estaría Marco echando la siesta? Modesto y Clarita habían desaparecido juntos hacía rato, en unos minutos comenzaría el desfile de la banda de música. Greta se decidió y fue hasta la casa de Marco a buscarlo; por más que llamó a la puerta nadie abrió.

A eso de las ocho de la tarde, Francesco se echó mano a la minga, que le explotaba de tantas ganas como tenía de orinar. Abrió un ojo y vio que Sarita Montiel que le giñaba el suyo desde un poster en la pared.


sarita montiel

Se encontraba en una habitación desconocida echado en una cama de cuerpo y medio, medio en pelotas, pues solo llevaba puestos los calzoncillos y los calcetines. Había estado soñando con Greta, un sueño muy caliente en el que los dos echaban un polvo increíble en una playa desierta; a un empuje para llegar al momento álgido, un paisano con boina se la arrancaba de los brazos y juntos desaparecían a lomos de una burra. Haciendo memoria recordó los acontecimientos de la mañana y retazos de su conversación con Greta antes de que entrase en ese bar de mala muerte y se pusiese hasta las patas. Se sentía muy mareado, las paredes de la habitación se movían, hasta le pareció que salía humo del puro de la Montiel … La puerta se abrió y una mujer madura y pechugona, que vestía una bata roja con volantes se aproximaba a la cama; llevaba los labios pintados de rojo fuerte y los rulos puestos. En una mano portaba un tazón humeante.

—¿Ya se ha despertao uste de la cogorza? Le traigo un caldito reparador…

Francesco sentía la lengua basta como un zapato y el gaznate áspero como papel de lija, tenía tanta sed que aceptó el tazón de calducho y le pegó unos tragos: sabía a huevo crudo. Se incorporó y preguntó con un hilo de voz.

—¿Dónde está la mia ropa?

—Ah, su ropa. No se preocupe uste que enseguida se la traigo. Le he lavao la camisa, que la traía perdidica, y he intentao coserle el pantalón…Tendrá uste que disculpar a Misifú… Ha quedao bastante decente, si uno no se fija no se nota.

—Necesito ir al baño…

—¡Uy! ¡Pues ni más faltaba!: sale uste al pasillo, to recto al fondo y pallá —señaló—. Voy a buscar su ropa que con este chicharrero ya debe haberse secao.

Francesco se desahogó en el baño y regresó al cuarto. Se le había puesto tiesa; siempre le ocurría al despertarse, además estaba lo del sueño erótico… La Úrsula le tenía el ato preparado y cuando lo vio entrar con aquello como una tienda de campaña canadiense, por primera vez desde la muerte de su Casio, se le pusieron los pezones como balas. Hacía tanto tiempo que no lo cataba… y eso, en su caso, habiendo sido puta y muy mujer, era polvo fijo. Dejó la ropa cuidadosamente doblada sobre una silla y comenzó a desabrocharse la bata. ¡Aquello no eran tetas sino ubres! pensó Francesco, alarmado. Debía seguir borracho perdido porque el miembro se le había puesto como un garrote.

—Ven pacá espagueti… —la escuchó decir— que La Úrsula te va a dar lo tuyo.

*****

Pasadas las fiestas, la mayoría de los comercios, incluida la carnicería, cerraban unos días por vacaciones. El jueves por la tarde Marco ultimaba los preparativos para su viaje al país de la mozzarella, trataba de convencerse de que todos los italianos no tenían por qué ser gilipollas.

—Tienes que estar en el aeropuerto como muy tarde a las diez de la mañana, hijo.

—No te preocupes, papá, saldremos con tiempo. ¿Has llenado el depósito de la furgoneta?

—De la gasolinera vengo. Bueno, emm… he pasado un rato a ver a Clara. Greta ha preguntado por ti, se siente muy apenada por lo de su amigo, pues no era más que eso: un amigo… Clara dice que ese mismo día su hija lo despachó.

Marco estaba dolido, ella nunca le había hablado del italiano, y fuera su novio o no, ¡se sintió traicionado! En el fondo era mejor así, se había pasado los últimos días sin salir de casa, hosco y desabrido. Se estaba enganchando demasiado a esa chica y al final ella acabaría marchándose del pueblo. Ahora solo quería pensar en su viaje y vivir la experiencia.

—No me debe ninguna explicación, entre nosotros no hay nada —aseguró Marco a su padre.

Llegaron con tiempo suficiente al aeropuerto. Marco facturó la trolley, en la que viajó sin problemas una hermosa tripa de mortadela en un envase especial para mantener la temperatura. A su llegada al aeropuerto Amerigo Vespucci, un chófer enviado por la organización le estaría esperando para llevarlos a él y a su mortadela hasta un hotel. Según detallaba el programa, al día siguiente volvería a recogerlo para el traslado a la Villa en las afueras donde tendría lugar el evento. Modesto se mostraba bastante inquieto, miraba el reloj cada cinco minutos.

—Papá, relájate que ya estamos aquí, tengo mi tarjeta de embarque y ya he facturado el equipaje, solo me queda subir a ese avión, es hora de marcharme.

Modesto se despidió de su hijo antes de que entrase en la zona de embarque. El avión iba casi completo, disponían de más espacio sus pollos en el corral… Un azafato muy simpático le indicó un asiento libre entre una señora gruesa y un amable jubilado. A punto del cierre de puertas, un último pasajero rezagado se presentó. Cuando pasan estas cosas todo el mundo se vuelve para mirar al tardón… en este caso, tardona. La reconoció de inmediato, con la cara arrebolada y el pelo alborotado Greta entró en la nave, traía una pequeña bolsa de viaje en una mano. Marco veía cómo la muchacha intercambiaba unas palabras con una azafata, esta sonrió y caminó hasta el asiento ocupado por el jubilado, junto al de Marco, que trataba de mantener a raya su sofoco.

—¿Buenos días señor, le importaría dejar su plaza a la señorita y ocupar aquel asiento libre?—. La atractiva azafata señaló una plaza dos filas más atrás y susurró algo al oído del jubilado, le guiñó un ojo y prometió servirle zumo gratis durante todo el vuelo.

No dejaron de mirarse a los ojos mientras Greta se acomodaba en el asiento. Marco, que sentía cómo el corazón le saltaba dentro del pecho, se dejó llevar por un impulso y la tomó de la mano estrechando sus dedos con fuerza , con sus uñitas tan monas pintadas de rosa, y se las besó. Una radiante sonrisa iluminaba sus oscuros ojos color chocolate, la sonrisa se trasladó a los labios, y todo lo incierto quedó atrás. Greta se quedó dormida apoyada en el hombro de Marco; estaba agotada. Había pasado la noche en vela, nerviosa e indecisa por el plan urdido por Modesto, para que ella sorprendiese a Marco acompañándolo en su viaje. Afortunadamente, quedaban plazas libres en el mismo vuelo. Greta se presentaría en el último momento para que Marco no tuviese tiempo para objetar. Y así había sido, aunque Greta y su madre se habían perdido de camino al aeropuerto y a punto había estado de no llegar a tiempo. Marco la despabiló con delicadeza cuando se disponían ººa aterrizar.

—Despierta dormilona, estamos llegando.

—Umm… ¿He dormido mucho tiempo? Marco sonrió, la miraba con una mezcla de ternura y deseo.

—Una hora y cuarenta minutos, para ser exactos.

En el área de llegadas, un hombre bajito con coleta, vistiendo camisa blanca y pantalón oscuro, blandía un cartelito: Sr. Marco Guerrero.

Buongiorno, sono Marco Guerrero —se presentó.

Buongiorno signore, sono Antonino para servire—. El chófer tenía la tez morena y era fuerte como Popeye el marinero—. Io capisco lespañol, no preoccupare —Antonino echó un vistazo a Greta con aprobación y cargó con los equipajes.

—La señorita es mi acompañante —informó Marco—. Si hay algún inconveniente…

No problema, no preoccupare. Le belle signorinas sono sempre bienvenute.

Había un buen trayecto en coche hasta el pequeño pueblo de Montepulciano. Entre besos y arrumacos la pareja trataba de seguir la conversación mientras contemplaban el bello y ondulante paisaje toscano. Antonino les hacía de guía, y parlaba y parlaba sin parar con un marcado acento florentino.

Ustedes sono de lespaña…¿De qué parte de lespaña?

—De la zona centro — aclaró Marco—, de un pueblecito llamado Ojete de Abajo.

¡Ma che cosa! Antonino soltó una carcajada —feo nombre…, ma belle ragazze. Greta vio cómo le guiñaba un ojo a través del espejo retrovisor.

—Estoy pasando el verano en Ojete con mi familia —aclaró ella.

Una lucecita de alarma se encendió en el cerebro de Marco al escuchar la aclaración, pero trató de ignorarla, firme en su propósito de disfrutar al máximo de esos días en compañía de Greta. Fue entrar en el pueblo y en varias ocasiones Antonino tuvo que detener el vehículo y bajar la ventanilla para saludar a sus amiguitas…, que lo vitoreaban y aclamaban al pasar.

—¡Eh, Antoninoooooo!

—¡Ciao, Bello!

—¡Antonino! ¡Ti amooo!

A su llegada al hotel, la cosa se torció.

Scusi, signore. La cama e sencilla, no bien para dos personas… siamo completi.

No preoccupare, no problema —terció Antonino— io llevo in un altro albergo, no problema.

En varios hoteles se encontraron con el mismo panorama: completi.

Io conozco un albergo bene —sugirió Antonino— del mio primo, no preoccupare, no problema.

La subida a la Pensión Bertolini, en el barrio antiguo, era mortal, unos treinta escalones sin descansillo y a pleno sol. La fachada era antigua, algo descuidada sin llegar a ser ruinosa; el portón de entrada a la pensión, asoleado y agrietado, resultaba poco halagüeño. En el interior olía ligeramente a humedad, aunque no llegaba a ser del todo desagradable. Al pasar al pequeño vestíbulo fue como si el tiempo hubiese quedado suspendido, aquel lugar tuvo que haber sido un hotelito bonito y acogedor. Las paredes conservaban los paneles de madera laqueada y el entelado de damasco. Sobre el mostrador de recepción motas de polvo revoloteaban suspendidas en un rayo de sol, que se colaba a través de las pesadas cortinas y acariciaba a una pareja de esculturas de bronce y porcelana que se hacían arrumacos. Los recibió el anciano Bertolini, que se ajustó las gafas de cerca para comprobar su libro de registros. Les ofreció una copita de Nobile y les entregó las llaves del cuarto. En un rincón Antonino coqueteaba con la muchacha que hacía los pisos. La habitación les sorprendió gratamente: no podía decirse que estuviese reformada. Antigua pero bien cuidada, debía de ser una de las mejores habitaciones de la pensión. Presidía la estancia una gran cama con dosel entelado enmarcado por una talla dorada, la colcha de seda roja bordada era espectacular. Antes de marcharse, la chica de servicio depositó sobre la cama dos juegos de toallas limpias, descorrió las cortinas y abrió el ventanal, con preciosas vistas de los tejados y de la torre del Palazzo Comunale. Se dirigió a la cocina llevándose con ella la mortadela para ponerla a buen recaudo. Greta cotilleó la estancia encantada mientras Marco permanecía de pie en el umbral de la puerta. Se dejó caer sobre la enorme cama y soltó una exclamación al descubrir el mural pintado en el techo.

 

—Marco, ¡ven a ver esto! —pero Marco se había puesto repentinamente serio, la seguía con la mirada observándola con intensidad.

—¿No te gusta la habitación? —preguntó Greta con cautela.

—En este momento solo puedo pensar en ti y en mí… y en esa cama.

Pasado el tórrido momento ambos yacían abrazados mirando el techo; satisfechos, empapados en sudor, con la piel enrojecida por besos ardientes y ardientes declaraciones. Contemplaban relajados la escena pintada, una reproducción de la Alegoría de Venus y Cupido de Bronzino.

bronzino

—Ese debe ser Cupido —comentó Greta, señalando la figura desnuda que besaba a Venus.

—No veo el arco ni las flechas.

—A veces no hacen falta flechas, basta con un cuchillo carnicero para enamorar…

—Marco se movió para estrecharla aún más, la acurrucó acariciándole la espalda y la atrajo para darle otro beso: suave, profundo y lento.

—Con que un cuchillo carnicero, ¿eh? Ummm, vamos a hacerlo de nuevo —susurró al oído— pero esta vez completamente desnudos, quiero verte bien.

Terminaron de desvestirse mutuamente, con las prisas y el subidón pasional del primer encuentro se habían deshecho de lo imprescindible. Ahora, dedicarían más tiempo a mirarse, estudiarse, tocarse, y acariciarse a placer. Marco era verdaderamente un adonis; definido, fuerte pero no exagerado, unos rasgos, en general, muy masculinos y viriles. Contemplar la mortadela en todo su esplendor era exuberantemente sexual y excitante. Greta se avergonzó al recordar las veces que en la carnicería, atraída por su volumen y empaque, había desviado la mirada hasta el paquete de Marquitos, que la atraía como un imán. La realidad no decepcionaba en absoluto, debía ser cosa de familia.

—Me alegro de que hayas venido. Me encantas Greta…—suspiró Marco mientras lamía con deleite el vientre femenino— sabes a vainilla y un poco… a mí. No quiero que te vayas —confesó.

—No pienso abandonar esta cama por nada del mundo.

—Sabes a lo que me refiero — murmuró— y su lengua se perdió entre gemidos.

Las campanadas de la torre daban las siete. Decidieron salir a comer algo y recuperar fuerzas, hacía mucho calor a pesar del ventilador. Abandonaron la maraña de sábanas revueltas, tomaron una ducha rápida y salieron cogidos de mano a conocer Montepulciano. Pasearon por sus estrechas y enredadas callejuelas, compartieron un panzanella, bebieron mucho Nobile y pudieron saborear el mejor helado de la toscana, sin dejar de besarse, dedicarse miradas tórridas y buscar el contacto en cualquier ocasión. Esa noche, al volver a la pensión Bertolini hicieron el amor hasta el amanecer, durmiendo a intervalos y disfrutando el uno del otro sin reservas. Antonino pasó a recogerlos a las nueve en punto de la mañana, sonrió con picardía al verlos bostezar, tras las gafas de sol ocultaban las ojeras de una larga noche de buen sexo. El evento gastronómico se celebraba en una magnífica villa, propiedad de uno de los organizadores, originaria del siglo XV y magníficamente restaurada y rodeada por un extenso olivar. Los jardines eran exuberantes, presididos por una bellísima fuente renacentista y decorados con pequeñas cascadas y juegos de agua. Bajo el sol de la Toscana el cielo era más azul y las nubes más mullidas. Maestros queseros, charcuteros, reconocidos enólogos, artesanos y los mejores en el arte de elaborar masas y pastas frescas se daban cita en un evento anual en el que los protagonistas eran exquisitos delicatesen con denominación de origen. Una azafata mona los recibió ofreciéndoles un típico aperitivo, recogió sus invitaciones y las entregó al secretario de la organización. El secretario anotaba los datos principales de los participantes: nombre, producto y procedencia. A cada producto se le asignaba un número, y eran presentados en diferentes mesas agrupadas por categorías: la mesa de las pastas, la de los quesos, embutidos y chacinas acompañados por los mejores vinos y licores de la región, que concursaban en categoría aparte. Los jueces y expertos probaban cada una de las elaboraciones que eran previamente anunciadas por megafonía:

Il numero diciotto: Mortadela del Oje… del … culo.

Un señor sesentón con bigote de mosquetero que estaba a punto de llevarse el trozo de mortadela a la boca dio un respingo y la sala se echó a reir. Marco se puso rojo de vergüenza e irritación, se acercó al secretario para aclararle que la Mortadela no era “del ojete”, si no de un pueblo llamado Ojete, podía llamarla simplemente mortadela de España, o tal vez, mortadela Guerrero. Otro de los jueces se adelantó a la mesa y tomó una porción de mortadela, haciendo una graciosa reverencia se la llevó a la boca, cerró los ojos, saboreó y sonrió con deleite.

Ohhh, questa mortadela del culo é sublime —declaró, tras lo cual, el resto la probó también.

El de Ojete se llevó uno de los tres cuchillos de oro a casa, además de un contrato firmado por un año como proveedor de mortadela a las mejores tiendas especializadas, delicatesen y restaurantes de la región. Se despidieron de Antonino y de la pensión Bertolini con pesar, la intensidad con la que habían vivido esos días, las confidencias, los sentimientos y el placer que habían experimentado, habían hecho de ese fin de semana el mejor de sus vidas; Marco y Greta regresaban a Ojete perdidamente enamorados.

A su llegada a los Laureles, a Greta la esperaba una última emoción. Clara esperó a que su hija, radiante como estaba, le contase sobre el viaje y su romance con Marco.

—¡Me alegro tanto de que lo hayáis pasado tan bien!

—¡Vamos, Clarita! dale ya la carta a la niña, ¡puñetas! –prorrumpió doña Leonarda, aplastando un par de moscas que copulaban desvergonzadas sobre el reposabrazos de su sillón favorito.

—¿Qué carta, mamá? Clara metió la mano en el bolsillo del delantal y una emoción que Greta no supo definir se apoderó de su rostro, temerosa y expectante le entregó el sobre a su hija. Estaba fechada y sellada en París (France).

Querida hermana,

No sé si sabrás de nuestra existencia, mi nombre es Armand, y soy tu hermano. Tienes dos hermanos, hermanos de padre, como imaginarás. Nuestro padre Eugene falleció hace dos años, ahora que faltó también nuestra madre hemos querido escribirte, tal y como él nos pidió. Nuestro padre, a pesar de que nunca tuvo el valor de buscarte, siempre te tuvo en su pensamiento y no te olvidó. Fue su deseo, y es el nuestro, que su apartamento de soltero en Montmatre fuese para ti, para que puedas venir a Paris siempre que quieras, tratarnos y conocernos. Te entregaremos las escrituras de la propiedad y realizaremos los trámites legales cuando tú lo desees. Te esperamos.

Un abrazo,
Armand y Emile

 

Cuando Greta relató a Marcos lo sucedido, este sonrió pensativo y comentó:

—¿Les gustará la mortadela a los parisinos?

—Marcos Guerrero, ¿estás pensando en llevar tu mortadela “del ojete” a París? —rió.

—Bueno, el alojamiento nos va a salir gratis, y ahora que tengo a una guapa abogada como socia…

—No te rías de mí…— murmuró Greta refugiándose en su abrazo ¿Crees que debo aceptarlo?

—¿Lo dices en serio? ¿Un appartement, en París? No, no. Qué va…

—Eres un tonto — le recriminó ella— pero te quiero.

—Y yo te quiero más.

¿FIN?

Para vosotros, queridos lectores, es el fin. Pero no para Greta y Marco, para ellos es el comienzo. El comienzo de su relación: conocerse, compartir, hacer planes juntos como toda pareja que empieza, con ilusión y en este caso… con mucho AMOR Y MORTADELA.

 risitas enamorado grande

 

Betty L♥ve

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