AMOR Y MORTADELA Capítulo Navidad

luces navidad
Sucedió en Ojete

 

Casio el solterón circulaba por la comarcal dirección Boñiga-Ojete, al pasar la vieja fábrica de harinas puso el intermitente, giró a la derecha, y apagó el motor junto a la mujer que lo esperaba. Como todos los viernes, La Úrsula, con las viejas botas de tacón de aguja y el uniforme de guerra, se ciñó  el chaquetón de falso leopardo al cuerpo y subió a la furgoneta luciendo muslamen  y carreras en las medias. Él no era un simple cliente, era su amigo. Casio llevaba parando en ese punto desde hacía ya cinco años, la convidaba a café y puro los primeros meses, a comida y copa los siguientes. Cincuenta y tantos ella, setenta y uno él. Además de  una entrañable  amistad,  echaban algún casquete si la cosa se ponía a tiro y  funcionaba lo que tenía que funcionar, en el fondo ambos huían de  un  lugar llamado soledad. Ella, cascada por la mala vida y las miserias. Él, sentía cerca su hora y le entristecía la idea de que la parroquia, como se esperaba de un anciano solterón y sin familia, heredase la casa y sus cuatro gatos.

—Úrsula, quiero hacerte una propuesta, ties que dejar la pensión.

—Pero hombre, si dejo la pensión ¿adónde quies tú que me meta?  Yo ya no estoy pa cambiar de vida, Casio.

—Nos vamos a casar.

Bien se le vieron las cuatro muelas que le quedaban  de tanto que Úrsula abrió la boca pintarrajeada de rojo.

—¿Pero tú qué es lo que has bebío?

— Ni una gota, Úrsula. ¡Ni una! Ya me he informao, me ties que preparar unos papeles y echamos la firmita.

—Casio, tú eres un buen hombre y sabes que te aprecio, pero ¿cómo te vas a casar con una como yo? ¡Que he sio puta Nicasio! Bien que ahora de uvas a peras me para algún cliente, pero yo no soy mujer pa llevar del brazo.

—Eres la mejor persona que conozco, Úrsula —Casio le tomó la mano, la miró a los ojos y la convenció con un tierno apretón—. No tenemos que dormir juntos si no quieres— le sonrió—, tengo una casa grande en el pueblo con muchas habitaciones…Y no creas que quiero que me cuiden, quiero cuidarte yo el tiempo que me quede. Y no se hable más.

Y así sucedió, se casaron en Ojete por lo civil, y Úrsula se mudó a casa de Nicasio en el número uno de la calle larga. La noticia de que Casio el solterón, natural y residente en Ojete de Abajo se había casado a los setenta y, a todas luces con una lagartona, fue el chisme del momento. Las beatas se rasgaban las vestiduras y las vecinas criticonas daban rienda suelta a la imaginación teorizando sobre la vida íntima de la pareja. En un primer momento a Casio le hubiese gustado casarse por la Iglesia, pero convino en esperar un tiempo respetando los deseos de su futura.  Con la llegada de Úrsula la casa cobró vida: brotaron las plantas, que  florecieron con más brío y color luciendo como nunca antes en el patio y los balcones, y los gatos, en contra de todo pronóstico, se acostumbraron a  la nueva señora de la casa en un tiempo récord. La vida del matrimonio transcurría en cotidiana armonía y maduro entendimiento. Y así, día a día, semana a semana  inmersos en su nueva vida, la pareja se disponía a disfrutar de su primera Nochebuena como esposos dando un paseo del brazo por la plaza de su pueblo.

—¡Nievaaaa!

Hacía más de diez años que la nieve no visitaba Ojete de Abajo.

—Hace un frío que pela, ¡se me están helando las pelotas! —Exclamó El Llagas desde su lugar de privilegio en el Belén viviente—. Menos mal que  bajo el sayo llevo dos jerséis y la barba ésta calienta un huevo, aunque huele un poco a choto…

—A mí me pican los leotardos —se quejó la Virgen María con voz lastimera.

—A ver si lo que te pica es otra cosa Pepi… —contestó El Llagas, que no quería ni levantar la vista por miedo a toparse de nuevo con esa pelusilla morena que como un toldo sombreaba el labio superior de la muchacha—. No me pongas ojitos que estás lista si piensas  voy a caer otra vez.

La Pepi, azorada, agachó  la  cabeza  y  estiró de  un  hilo  que  se escapaba de su túnica.

—A ver muchachos, volvamos otra vez a la posición original —ordenó el párroco—. La Virgen María a la izquierda, y tú Llagas, deja de moverte que parece que tienes azogue ¡Y colócate bien la barba!

—Padre…

—Deja de quejarte y pon cara de piadoso.

—Es que  la mula está orinando en el pesebre…donde Manolito.

—¡Ay, pobrecito mío! Cagoen…—gruñó el cura.

—¡Andá! —exclamó El Llagas— ¡Por ahí van La Úrsula y el vejestorio!

El cura se volvió a mirar y saludó a la pareja con un gesto de cabeza.

—A  ver si tenemos más respeto por los mayores, muchacho —lo reprendió.

El Llagas se disponía a replicar cuando  El Liendres, montado en su Rieju con el pelo al viento  y disfrazado de Papá Noel,  apareció en la plaza derrapando sobre el suelo helado. Detrás, de paquete, llevaba al Josete que se  agarraba al sillín con las dos manos como una garrapata. Un humareda  gris salía del tubo de escape atufando al personal.

—¡Eh, Padre Cipote! ¡Le presto la moto pa dar  una vuelta! —se cachondeó El Liendres, haciendo cabriolas alrededor del Belén.

—¡Gamberro! —gritó el párroco— ¡Y disfrazado de mamarracho! ¡Ya hablaré yo con tu abuela! ¡Gamberro!

—Phsss… Pepiiii —susurró El Llagas—. Seguro que sabes por qué al cura le llaman “El Padre Cipote”

—Mmmm, mi madre dice que es porque de joven tocaba el tambor…

—¡JA! Conmigo no te hagas la inocente. ¿No me digas que no te has fijado lo que sobresale de la sotana?  Ya sabes lo que dicen: quien tuvo, retuvo…

—Venga, vosotros dos dejaos de cháchara —protestó el cura más cabreao que una mona—. No hagáis caso de ese hereje,  ¡a lo nuestro! que está empezando a llegar la gente.

—¡Eh Llagas! —gritó El Liendres en tono burlón—¡Si pareces un santurrón ! ¿Vas a dejar que La Pepi te toque la zambomba? JAJAJAJA

Al caer la tarde más de un palmo de nieve cubría el suelo de la plaza, los copos caían ligeros como plumas y Ojete se iluminaba con el modesto alumbrado dispuesto para las fiestas navideñas. La cruz del campanario destelló de rojo y amarillo y  las bombillas colgantes, con forma de angelitos panzones, se encendieron todas de una vez. A los pies del Belén un puñado de pequeños pillos abrigados hasta la asfixia cantaban villancicos y tocaban la pandereta a cambio del aguinaldo. Los vecinos se fueron dispersando y  los miembros del Belén  abandonaron al fin sus posiciones, volviendo a sus casas para celebrar la Nochebuena cenando en familia. Las chimeneas rendían a todo trapo colmando el aire de un aroma a leña, a carne asada,  y a hogareño calor.

A las doce en punto, las campanas de la iglesia doblaron llamando a Misa de Gallo. Esa noche, el pueblo de Ojete al completo, con la muda limpia y la ropa nueva, acudía a la Iglesia de Nuestra Señora de la Angustias para recibir la Navidad. Empezada la misa, Casio el solterón y su flamante esposa se abrieron paso entre los feligreses  buscando asiento en los primeros bancos. Algunas mujeres, que presumían de ser las más cristianas se persinaron.
— Realmente esta es una noche buena, noche gloriosa y valiosa por un nacimiento en Belén. Una noche en la que se junta el cielo con la tierra y…

El murmullo interrumpía el sermón. El día anterior el cura había oficiado en privado el casamiento religioso de Nicasio y María Luisa, otorgando su bendición a la pareja.

—Le acompañaban los doce y algunas mujeres que habían sido curadas de enfermedades y espíritus malignos: María, llamada “Magdalena”…—enfatizó el sacerdote improvisando en su discurso para acallar los cuchicheos.

Al término de la oratoria exclamó:

—¡Que la navidad sea el pan nuestro de cada día! Podéis ir en paz.

El Liendres escurrió el bulto y fue de los primeros en abandonar  la iglesia.

—Vámonos tíos, que no me caiga encima El Cipote que me la tiene jurá.

—Es que le has tocao la moral con el trajecito del barbas… —rió El Llagas— ¿De dónde lo has sacao?

—Lo pedí por el Venca, el catálogo ese donde mi madre se compra los camisones transparentes para fin de año,  que se cree que soy tonto y  no me cosco… ¡Ayyyyy!

—Ven aquí hereje —El padre Cipote lo agarró de una oreja y estiró y estiró hasta casi ponerlo de rodillas —¡Mañana bien temprano a confesar!

 

La noche continuó como en cualquier otra parte y lugar: unos a acostarse, otros de juerga,  frente al fuego, bajo la mesa de camilla, partiendo nueces, asando castañas, jugando al bingo, con los niños, con los amigos, con la parienta…

Los más afortunados coronaban la festividad con un alegre polvete; improvisando sobre la cama, desde el armario, milagrosamente, furtivamente, por primera vez… 

Casio y Úrsula se acostaron tan pronto como  llegaron a su casa,  calentaron la cama con un par de bolsas de agua caliente y durmieron abrazados  con un nuevo y pequeño gatito a los  pies de la cama.

 

 

Betty L♥ve

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