AMOR Y MORTADELA Capítulo 2

 

CAPÍTULO 2

¿ Y tú de quién eres? 

 

Ojete era un pueblo pequeño y por lo que le habían contado, un pueblo de catetos con mala sombra que vivían anclados al pasado y a los que les importaba un rábano la moderna sociedad. Greta pensaba en Francesco, no se había tomado muy bien el súbito cambio de planes que daba al traste con las románticas vacaciones en Sicilia. Francesco era un compañero de universidad y amigo “especial” desde hacía unos meses. Al principio su relación era puramente intelectual pero, como suele ocurrir en estos casos, pasaron de hacer trabajos en la biblioteca, a hacer manitas en el baño. Además de aprender italiano, practicaban el griego, el árabe, el francés… Se despertó al amanecer sobresaltada por el kikiriki de un gallo. El olor a café recién hecho la atrajo hasta la cocina. Allí se encontraba su madre preparando la bandeja con el zumo y las pastillas para la abuela.

—Buenos días Greta, ¿has dormido bien?

—Como un tronco hasta que el gallo ha empezado a tocar diana. Por cierto, el teléfono no funciona —se sirvió café con leche, dos galletas y una breva madura; tampoco había mucho más en la despensa.

—Se habrá estropeado la línea, otra vez.

—Mamá, creo que necesitamos hacer la compra… en el pueblo —lo dejó caer, mientras se llevaba una galleta blanduja a la boca.

—Sí…ya va haciendo falta. Durante estos días no he querido dejar sola a tu abuela y nos hemos ido apañando. Siempre podemos echar mano del gallo.

—Le perdonaré la vida, de momento —murmuró Greta, mientras una idea le rondaba por la cabeza—. ¡Iré yo a comprar!

—No, no —se apresuró a contestar doña Clara—. Mejor te quedas esta tarde con tu abuela mientras yo hago las compras.

—Pero mamá, no voy a pasarme todo el verano encerrada en Los Laureles. ¡En algún momento tendré que pisar el pueblo!

—¡Claritaaaaaaaa! ¡Mis pastillas! —interrumpió doña Leonarda desde el piso de arriba.

—¡Ya voy madre! Tengo que llevarle la bandeja a tu abuela, está imposible esta mujer.

Minutos después, Greta subió a su cuarto. Apresuradamente se enfundó unos vaqueros desgastados y una blusa fucsia de tirantes, se recogió la larga melena en una cola alta colgándose la bandolera al hombro y desde la puerta preguntó:

—¡Mamá! ¿Me necesitas?

—¡No, ya puedo yo! ¡No te preocupes!

—¡Estaré en la arboleda, hace un día estupendo! ¡Pasaré la mañana estudiando!

—¡Muy bien, cariño!

—¿Dónde ha dicho que va la chica? —preguntó rauda doña Leonarda.

—Madre, haga el favor de no moverse tanto mientras la visto si no quiere pasar el día con el culo al aire.

—Qué descreída eres ¡puñetas! Clavaíca a tu padre —murmuró la anciana por lo bajini.

 

Amor y Mortadela

Greta encontró una vieja bicicleta roja en el pajar, llevaba un cestito cursi del año catapún en la parte delantera. Se disponía a abandonar la finca montada en el velocípedo cuando un gallo le salió al paso en trasversal, arreó tras ella levantando el vuelo cosiéndole los tobillos a picotazos. Greta pedaleó como alma que lleva el diablo haciendo un par de virajes hasta que consiguió dejarlo atrás y hacerse con el control del aparato, las ruedas parecían estar en buen estado. Guiándose por la visión de la torre-campanario de la Iglesia fue a parar a una de las calles empedradas que desembocaban en la plaza principal de Ojete, la típica plazuela de pueblo con el suelo adoquinado rodeada por casas bajas. Abundaban fachadas de piedra, puertas de ajada madera y antiguos picaportes de hierro colado. Refrescaba el ambiente una modesta fuente hexagonal con dos chorros, acicalada con geranios plantados en coloridos tiestos de barro. Un olor irresistible a pan recién hecho la llevó hasta la puerta de un horno, donde Greta compró un enorme pan casero que crujía con sólo mirarlo. El panadero era un señor panzón con el rostro rechoncho y las manos anchas y regordetas, que la atendió rodillo en mano con la cara salpicada de harina. A Greta le pareció que tenía la intención de preguntarle alguna cosa, pero éste salió disparado como un cohete al olor del pan tostado.
Sentadas en un banco, bajo la sombra de una morera, encontró a una pareja de ancianas vestidas de luto riguroso, llevaban medias tupidas y alpargatas; de camino a lo que parecía una tienda de comestibles, Greta sintió dos pares de ojos pegados en el cogote. “Ultramarinos”, rezaba la pizarra desgastada y apenas legible, situada junto a unos portones de vieja madera con enormes cuarterones de cristal. Una ventana en la fachada hacía las veces de escaparate donde se exponían todo tipo de mercaderías: pastillas de jabón Lagarto, vino, conservas, gaseosa de marca desconocida, tiritas, garrafas de aceite, cubitos de Avecrem, papel higiénico…Cuando Greta entró en el establecimiento, la actividad se congeló en el interior como en una peli de Matrix. La paisana que llenaba la cesta con patatas se quedó con la patata en la mano. La que olisqueaba un bote de colonia, de esos de litro, con la nariz pegada a la botella. La que pagaba, con el billete en la mano.

—Buenos días —saludó Greta.

—Buenas —contestó, al cabo de unos segundos, la señora que despachaba detrás del alto mostrador.

La tendera llevaba el pelo recogido en un moño bajo muy prieto y vestía una ridícula bata a cuadros un tanto descolorida. La tienda tenía forma de tubo con techos muy altos y estantes en las paredes. Sobre los desgastados baldosines del suelo descansaban enormes sacos con legumbres y hortalizas dispuestos frente a un mostrador, encima del cual, lucía una antigua báscula de metal, de esas que se ven de vez en cuando en los mercadillos de segunda mano. Dos de las clientas allí presentes eran como gotas de agua, vestían las mismas batas de tela fresca con estampado romboidal, y el mismo corte y color de pelo, peinado sin gracia ni miramientos, todo sea dicho, melena estilo sota de bastos con flequillo a lo rulé.
— ¿Ya está todo, Pacas? —voceó la tendera. A todas luces eran hermanas gemelas.

— Todo —respondió una de ellas. —No nos cargues con más cosas, Ene —recriminó la otra hermana— que luego tenemos que rendir cuentas a los “maríos”que no piensan más que en el fornicio y en las perras que una gasta.

Al salir pasaron por delante de Greta pegándole un repaso visual de los pies a la cabeza, primero la una, luego la otra. 

—Adiós, buenos días —se despidieron al unísono.

—Dime hermosa, ¿te pongo algo? —preguntó la tendera. Greta echó otro rápido vistazo al caótico batiburrillo de comestibles.

—Sí, por favor. Mmm… Quería leche, unas magdalenas, un kilo de manzanas, arroz, patatas y una tableta de chocolate, una de esas que tiene en ese estante.

—Pues claro, guapa ¡Y sin favor! ¿Ties dineros o de fíar?

—Al contado, por favor. Imagino que no admitirá pago con tarjeta…

—¡Quiá! ¿Traes cesto?

—Pues no.

La mujer le tendió dos bolsas con la compra y palpó a conciencia el dinero que Greta le entregó. El “clin” de la caja registradora, modernita también, resonó en el establecimiento. Antes de marcharse la joven preguntó:

—¿Sabe dónde puedo comprar algo de carne?

La tendera apuntó con un dedo hacia el otro lado de la plaza.

—Justo enfrente ties al Salchicha. Oye guapa, tú no eres de por aquí…

—No, bueno…—titubeó —. Sí, vivo en Los Laureles, soy la hija de Clara.

La tendera abrió mucho los ojos, estudió con atención el rostro de Greta y soltó:

—¿Eres la chica de La Clarita? ¿La Franchuta?  

—Me llamo Greta, gracias .

Con la sonrisa torcida salió a la calle y continuó con el rústico tour. Decidió que no iba a molestarse por el comentario, su abuela y su madre ya la habían advertido sobre la gente del pueblo. Sabía que su padre era francés, que conoció a su madre cuando ella estuvo en París y que murió antes de saber que estaba embarazada, al menos era lo que le habían contado siempre. De nuevo en el centro de la plaza se dirigió hacia la carnicería, volvió a pasar por delante de las dos abuelas, que seguían sentadas en idéntica postura.

—Pschhhhhhhh

Greta escuchó el sonido procedente del banco y se volvió para mirar.

—¿Tú de quién eres, hermosa? —preguntó la más delgada de las ancianas con el dedo índice en alto, apretaba la boca como si se le fuese a escapar la dentadura postiza. Greta inspiró con fuerza.

risitas flipado

—Buenos días. Me llamo Greta y vivo en los Laureles, llegué ayer, para más datos.

De pronto, la anciana sufrió una especie de conmoción, un tic en el ojo derecho al tiempo que la ceja izquierda se le subía hasta el nacimiento del pelo como estirada por un resorte, se volvió hacia su comadre y le dijo a viva voz:

—PERPETUAAAAAAAA, LA MOZA ES LA NIETA DE LA LEONARDAAA—. A lo que la otra contestó:

— ¿Lo queeé?

— QUE LA MOZA ES LA NIETA DE LA LEONARDAAAAAA.

—¡¿La Franchuta?!

Greta les dedicó una sonrisa falsa, lanzó un bufido y apretó el paso. Empiezo a estar hasta el ojete… <se dijo >

La pared del bajo de la carnicería estaba encalada de un blanco inmaculado, a medio metro de la puerta se podía leer: CARNECERÍA, rotulado y pintado de color burdeos. En el interior, alicatado casi hasta el techo con azulejos en blanco brillo, se estaba fresquito y olía un poco fuerte, como un matadero. Nada más entrar te encontrabas frente a una vitrina frigorífica dividida en dos zonas. A la derecha la carne; pollos, conejos, patas de cerdo, algo de cordero y surtido de vísceras. A la izquierda, los quesos y embutidos. Colgaban del techo ristras de chorizos, morcillas, salchichas y unos cuantos jamones. Un hombre salió de detrás de una cortina de cuentas llevando en la mano un pollazo enorme, probablemente, para la señora que esperaba con el bolso arrepretao contra el pecho. El carnicero era madurito y de proporciones descomunales: como metro ochenta de estatura, de hombros anchísimos y cinturita bien estrecha. Vestía una camisa clara arremangada a la altura de los bíceps y tenía los brazos como un martillo hidráulico. Por las marcadas arrugas de expresión y el color del cabello, probablemente teñido, debía ser ya cincuentón. Iba peinado hacia atrás con litros de gel fijador y lucía una barba bien recortada. Sus labios, delgados, llamaban especialmente la atención, demasiado finos para un Hércules Farnesio como aquel.

—¿Le parece bien éste, doña Angustias?– La voz del hombre era grave, Greta casi temió escuchar “Sayonara Baby” como el Terminator.

Efectivamente, doña Angustias estaba a otra cosa. Estudiaba a Greta con gran interés por encima de las gafas de pasta color miel rancia y cristal turbio, se disponía a lanzar la pregunta cuando el carnicero reclamó de nuevo su atención.

—¿Doña Angustias?—insistió el carnicero.

—Ehmm… Sí, ese es bueno pal puchero.

—¡Buenos días! —saludó Hércules, centrando ahora su atención en Greta, guiño de ojo incluido—. Enseguida te atendemos… ¡Marco! –gritó.

Un joven de pelo oscuro y enormes ojos negros apareció tras el tintinear de la cortina. Al percatarse de la presencia de Greta empezó a ponerse colorado.

—Marco —le dijo su padre—, atiende a esta belleza como se merece.

Al joven no le salía el habla del cuerpo, la sorpresa de encontrar a una chica forastera, alta y guapa, y con ese par de ojos verdes fijos en él, lo dejó momentáneamente fuera de juego. Agachó la cabeza, descolgó un delantal blanco de la pared y se lo ató a la cintura con dos movimientos rápidos. Sus brazos también eran fuertes —se percató Greta, aunque no tanto como los del Terminator. Tenía el cuello firme, bronceado.

—Dígame —consiguió articular palabra—. ¿Que-é necesita?

—Quisiera comprar unos filetes de ternera, por favor. Y un kilo de pechugas de pollo.

Marco se desplazó hasta la zona de la carne, tomó una pieza y se la mostró.

—¿Le parece bien ésta? Sale muy tierna —le explicó con timidez, sin levantar la vista de carne magra.

—Sí, gracias.

Marco cogió el cuchillo carnicero y dejó caer la pesada pieza en la tabla de partir, sujetaba la carne con la mano izquierda mientras partía, con suma delicadeza, cada unos de los filetes con la diestra. Inconscientemente, Greta seguía cada uno de sus movimientos, el chico tenía unas manos bonitas y las uñas cuidadas. Envolvió los filetes en papel plastificado y los dejó sobre el mostrador.

—¿Le pongo algo más?

—Marco… —apuntó su padre, que en ese momento asestaba un golpe de hacha al muslo del pollazo —Dale a probar a la señorita un poco de tu mortadela.

Aquello fue lo pior. Marco quiso que el suelo de la carnicería se abriese en ese momento bajo sus pies y se lo tragase, bueno no, mejor que se tragase al bocazas de su padre. ¡ Y para siempre! Si antes se había sonrojado, ahora, a todas luces estaba rojo como la grana, lanzó una mirada asesina a su progenitor y a éste le dio la risa, a carcajada limpia que se reía el muy…Tras el impacto inicial de aquella frase, Greta hacía enormes esfuerzos para no reírse, la cosa se estaba poniendo divertida, pero le dio apuro hacer algún comentario por miedo a que el pobre chico se sintiese aún más violento. Cuando Hércules recuperó el habla, se excusó:

—Verás, ¿cómo te llamas, preciosa?

—Greta— y Greta pensó, ahora viene la preguntita de los huevos.

—Verás, Greta. Es que mi hijo prepara una mortadela riquísima, no vas a encontrar otra igual en toda España.

—Greta lanzó al chico una mirada solidaria y sonrió. —Muchas gracias, pero se me ha hecho un poco tarde y tengo un poco de prisa, tal vez otro día ¿Qué le debo?

Salió de la carnicería mirando el reloj, se había entretenido y ya era casi medio día, tenía que volver a Los Laureles, y rapidito. A esa hora la plaza estaba más concurrida, le pareció que algunos se habían reunido allí simplemente para ver a “La Franchuta”, como si se tratase de un tití; tal parecía que el chisme en Ojete viajaba más rápido que la velocidad de la luz. Divisó una cabina de teléfonos en un extremo, debía ser la de origen, llevaba años sin ver una de esas. Se encaminó hacia ella y se detuvo en seco cuando un tipo montado en una Rieju aterrizó a metro y medio de ella rugiendo y pegando acelerones. El tipo bajó de la moto, se echó al hombro el radiocassette y subió el volumen.

“You´re my heart, you´re my soul” 

“I´ll keep it shining everywhere I go”

 

Se situó tan cerca de ella que podía oler su aliento a tintorro.  Llevaba el pelo fosco, largo con mechones  rubios y la melena escalonada a lo  Modern Talking . Y sí, le habló, directamente a las tetas:

—Hooola—le faltó pasarse el pulgar por el labio al más puro estilo Martini, pero sin un ápice de sex appeal rural.

Este debe ser el chulo del pueblo, pensó Greta. Estaba de suerte, porque en ese mismo instante un amigote del pelucas reclamaba su atención a grito pelao:

—¡Eh, Liendres! ¿Vienes o nos vamos sin ti?

El Liendres se giró y Greta aprovechó para escabullirse. Liendres… No le extrañaba nada, en ese pelo se podían cultivar champiñones. En el trayecto de vuelta a la finca, al salir de una curva, tuvo que frenar en seco para no atropellar a un paisano con pinta de guarreras que orinaba en mitad del camino. La rueda trasera de la bici derrapó, pero consiguió mantener el equilibrio.

—¡Yeeepa! —Exclamó el paisano al volverse, subiéndose la cremallera de los pantalones de los que colgaba un cuerda de esparto— ¿Tas bieeen bonica? ¿Ande vaaas con tanta prisa? ¡Gasta cuidao no te caigas en un ribaaazo!

Greta pedaleó fuerte para alejarse de aquella boca seca y desdentada. Llegando a Los Laureles divisó a su madre de pie junto al muro de la entrada protegiéndose la vista del sol con una mano y buscando en todas direcciones.

—¡Puñetas!

Continuará…

 

Betty L♥ve

 

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