WILD WILD LOVE Capítulo 6 Final

Wild Wild Love—¿Te encuentras bien? —preguntó una delicada voz femenina.

—Angeline… ¿Qué…?

Tony Bill permaneció de pie en el umbral de la puerta mientras su hermana entraba en la enfermería, saludó a Ricky inclinando la cabeza con rictus serio. En el instante en el que Fe se volvió, la frialdad que desprendían los ojos verdes de Tony la paralizó.

—Tú debes ser Fe —exclamó Angeline, adelantándose para darle un beso en la mejilla con familiaridad—. Tony me ha hablado mucho de ti.

Tony permanecía rígido como una estatua con la vista clavada en el suelo. Angeline se aproximó a la camilla con paso decidido para inspeccionar de cerca al herido, y Fe aprovechó para escabullirse hasta el rincón más opuesto del cuarto.

—Estás magullado —observó la hermana de Tony, con esa boquita que a Ricky le pareció celestial—. Lo has hecho muy bien, vaquero —musitó con dulzura.

Ricky se sonrojó, ahora sí que empezaba a marearse. Angeline, ¡su Angeline!, estaba allí, sentada a sus pies, con esa cara preciosa…

—¿Has venido para ver el rodeo? —balbuceó, atribulado como un chaval.

—He venido a verte a ti.

En la enfermería se instaló un embarazoso silencio. Fe no sabía hacia dónde mirar, quería salir de allí pitando, pero Tony …, Tony ya no estaba.

—No hemos podido venir hasta pasados unos días desde el entierro —declaró Angeline, y sus ojos se humedecieron.

—¿Entierro?

La hermana del cowboy pareció desconcertada.

—¿No lo sabías? Ricky, mi padre ha muerto.

La noticia cayó  sobre los presentes como un jarro de agua helada. El primo miró de reojo a Fe, que trataba de procesar en su mente la información que acababa de escuchar.

—Papá estaba muy enfermo —continuó Angeline—, me lo dijo aquel día en el aeropuerto. No quería que Tony lo supiese, el orgullo lo acompañó casi hasta el final. Había sufrido dos infartos en los últimos meses, pero testarudo como era, creyó que nada podría con él. Esta última vez debió adivinar que no lo superaría y lo mandó llamar.

—Lo siento, Angeline —expresó Ricky respetuosamente; era lo propio en momentos así.

Después del rodeo Fe regresó al bar abrumada, atormentada y sintiéndose egoísta, a raíz de las últimas revelaciones. Ricky ya estaba en la cabaña, con el pie como un botijo, pero con una sonrisa bobalicona congelada en la cara.

—¿Cómo se encuentra tu primo, querida? —se interesó Susy.

—Tirado en el sofá, con la pierna en alto. Perfectamente, créeme.

—Tony ha estado aquí… Me contó que el caballo había lanzado a Ricky  a más de diez metros.—Fe guardó silencio—. ¿No quieres saber qué más me dijo?

—Su padre ha muerto, lo sé.

—Lo que no sabes es que Tony, ante lo urgente y repentino de la situación, le pidió a Bob Tucson que, por favor, llamase al bar y nos explicase lo ocurrido. Incluso le facilitó el número de su casa en Dallas para que pudiésemos localizarle, si embargo el muy calzonazos debió dejarse convencer por la arpía de Paty Sue y nunca realizó esa llamada.

Fe no podía olvidar la dureza que había visto en sus ojos claros en la enfermería. Y no era para menos, ni siquiera había recibido por su parte una llamada de pésame. « ¡No lo sabía!»

Amaneció al día siguiente con dolor de cabeza pero resuelta a coger al toro por los cuernos. Tony salía de las cuadras cuando se encontró con Fe, a un par de metros de distancia. Se esfumaron todos sus argumentos en cuanto ella lo vio. Se sintió hipnotizada por una gota de sudor que resbalaba por su cuello nervudo. Estaba tan guapo… Sus miradas se encontraron.

—Tony, yo…

—Si me disculpas un momento, quiero lavarme.

<¿Iba a dejarla con la palabra en la boca?>. A lo mejor lo merecía.

Tony se acercó al grifo exterior, hizo un ovillo con la camisa y la lanzó a un lado, después metió la cabeza bajo el chorro de agua fría, frotándose el cuello y el pelo enérgicamente con ambas manos. El agua resbalaba por su nariz, se colaba en su boca y descendía por el cuello, bañando su torso fibroso. Se sacudió varias veces para antes de secarse con una toalla. Acabado el seductor ritual caminó hacia ella con deliberada lentitud; la tierra crujió bajo la suela de sus botas de cuero.

—Siento lo de tu padre Tony, de verdad. No lo…

—Lo sé.

—Quería disculparme también por lo que te dije la noche antes de que te marchases. Luego fue todo tan extraño, supe que os habíais ido juntos, y bueno …

—Podías haber confiado un poco más en mí, ¿no crees?

Fe bajó la mirada, avergonzada.

—Era evidente que vosotros dos … La pelirroja y tú…  Reconozco que me dejé llevar por los celos.

—Paty no significa nada para mí. Nos conocemos desde hace años. No es mala chica, aunque esta vez se ha pasado de la raya.

Hubo un momento de incierto silencio en el que Tony se dedicó a estudiarla detenidamente.

—No quiero que terminemos así –Fe tragó saliva y lo miró a los ojos sin titubear, buscando una reacción por su parte —, quiero decir, enfadados.

La tensión regresó al rostro de Tony.

—Por supuesto.

—¡Tony, tienes una llamada! —informó uno de los muchachos, asomando la cabeza por una ventana de la casa grande.

—No quiero robarte más tiempo, debes tener mucho trabajo pendiente. Te deseo mucha suerte, Tony –declaró Fe, mientras acortaba la distancia que los separaba para despedirse, como dos buenos amigos, con un beso formal.

Se aproximó y lo besó en la mejilla, estaba húmeda y fresca. Cuando iba a retirarse notó la presión de su mano en la cintura, reteniéndola. Con un roce liviano Tony frotó su mejilla contra la de Fe. Poco a poco, sin prisas, sin ganas, se fueron separando y ella comprendió que había llegado el momento de la verdad: O todo o nada.

—Adiós, Tony.– Fe echó a andar, apretó los puños con el corazón a punto de saltar por la boca. Cada latido marcaba la cuenta atrás.

—¡¿Esto termina así?! ¿Sin más? –estalló Tony— Fe se detuvo pero no se volvió—. Joder, Fe… ¡Me siento como un puto hombre objeto!

Fe se contuvo para no darse la vuelta. Le entraron una ganas incontenibles de reír y de llorar, todo al mismo tiempo; y también de comérselo a besos, pero no se iría de allí sin lo que había venido a buscar: certeza.

—Por favor, mírame… —rogó con un hilo de voz—.  Dime que esto es lo que quieres, porque yo no lo creo y tampoco es lo que quiero. ¿De qué tienes miedo, Fe?

Ella cerró los ojos y soltó el aire que la había estado asfixiando, al oírlo sintió un alivio indescriptible: él tampoco quería un final. Se dio la vuelta y lo miró a los ojos, tratando controlar la emoción que la embargaba, preparándose para hacer frente a su propia debilidad.

—Tenía miedo de que no sintieras lo mismo que yo siento por ti.

—Fe…

Tony salvó la distancia que los separaba y la abrazó apasionadamente. La alzó del suelo y, entre fieros besos, se confesó mientras la llevaba  a los establos.

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—¡Ay!  La paja pincha —exclamó apenas una hora después. Tony se rió con ganas. ¿Nunca habías hecho el amor en un pajar?

—Pues mira, no, pero estoy segura de que tú sí.

—Te equivocas, puede que haya echado algún polvo que otro entre la paja, pero si no recuerdo mal creo que es la primera vez que hago el amor. ¿Te queda suficientemente claro o tengo que demostrártelo otra vez? —Por supuesto, ella se derritió—. Fe, no quiero malentendidos entre nosotros. No me he acostado con Paty ni con ninguna otra desde que te conocí.

—Siento haber desconfiado de ti. Me duele no haber podido acompañarte en los malos momentos.

—¿Sabes?, después de todo fue duro despedirme de mi padre. Al principio no tenía ganas de hablar con nadie, luego esperé durante días tu llamada, necesitaba escuchar tu voz y te echaba de menos, pero tú no llamaste y no quería dar mi brazo a torcer. Deseaba pedirte que vinieras—susurró, besándola detrás de la oreja —pero no sabía si todavía estarías enfadada y no quería arriesgarme, menudo genio te gastas…

—Lo hubiese hecho, Tony —admitió Fe—. Te confieso que estaba cabreada en un primer momento, y decepcionada después. Como habíamos discutido pensé todo había acabado…

—Tú querías discutir, Fe —matizó Tony, pausando sus caricias—. No me diste la oportunidad de explicarme. Después, cuando llegué al rancho, mi hermana ya había llamado dos veces. Mi padre había sufrido un nuevo infarto y los médicos decían que era cuestión de horas. Había pedido verme.

—Hiciste lo correcto… Te ves cansado.

—Han sido días complicados para todos. El entierro, la familia, el papeleo. Todavía quedan muchos asuntos por resolver, debo regresar mañana por la mañana.

—¿Tan pronto?

—Sí —afirmó, dejando caer un beso suave en la barbilla—. Las cosas han cambiado. En estos momentos  no puedo dejar solas a mi madre y a Angeline, alguien debe ponerse al frente de las empresas y tendré que mudarme a Dallas.

—Desde luego, lo entiendo .— En verdad fue como recibir un puñetazo en el estómago.

—Quiero que vengas conmigo, Fe, te pido que lo intentemos. Empezaríamos una nueva vida, juntos. ¿Lo harás? Te necesito a mi lado…

Mirándolo a los ojos, Fe supo, en ese instante, que lo seguiría al fin del mundo si él se lo pidiese.

—Lo has cambiado todo, vaquero —confesó antes de besarlo.

—¿Eso es un sí?

Fe asintió y, pese a la tristeza y al cansancio, una chispa de felicidad e ilusión afloró a los ojos del hombre al que amaba tanto.

—Tienes que saber que serás una mujer observada .—La besó—. Envidiada. —ella le devolvió el beso—.  Asquerosamente rica .—Se besaron los dos.

—Esto último, creo que podré soportarlo… —Bromeó Fe, dando rienda suelta a la pasión y, por segunda vez en la mañana: ¡revolcón en la paja!

TRES MESES DESPUÉS …

—Ellen, por favor, no quiero copas vacías. ¡Ah! y que nunca falten canapés. Que sirvan  vinos y champán continuamente.

—Sí señorita Fe, como usted disponga.

En la mansión todo estaba preparado para la fiesta. Bajo la sombra de dos grandes carpas blancas, mesas y sillas con elegantes mantelerías y lazadas de organza, formaban un cuadro bucólico enmarcado por docenas de plantas exóticas. Tony había pedido que instalasen un equipo de sonido en el escenario, montado sobre el césped junto a la piscina y la cascada natural.

—Señorita, ¡han llegado¡ ¡Ya están aquí! —chilló Ellen— ¡Sus amigas!

Fe atravesó las puertas del jardín tan deprisa como el largo del vestido le permitía. Lo había recibido envuelto en una preciosa caja esa misma mañana; era otro regalo de los regalos de Tony, un caro y divino Dior de seda plisada. Le hubiese gustado acompañarlo al aeropuerto para recibir a sus amigas y  familiares, pero Tony la había convencido para que se tomase un respiro mientras él recogía al grupo en el aeropuerto, que llegaban desde España en vuelo privado. Las limusinas estacionaron en la entrada principal. Se armó un gran revuelo de besos y abrazos, risas, lágrimas de júbilo y felicitaciones. Fe no tenía muchas amigas íntimas, pero allí estaban las que de verdad le importaban y con las que había mantenido el contacto a través de los años.

—Señoritas —interrumpió Tony—, os dejo para habléis de vuestras cosas. Por favor, sentíos como en vuestra casa, sois nuestras invitadas de honor. —Antes de marcharse, el cowboy  agarró a Fe por la cintura y le plantó un sonoro beso que casi la hizo tambalear.

—Pásalo bien, princesa. Voy con el tiempo justo para recoger a tu primo, no quiero ni pensar en lo que nos espera…

Fe no tenía ni idea de lo les habían preparado a Tony y a Ricky  en su fiesta de despedida de solteros, pero siendo Revés el encargado de organizarla, sospechaba que debía tratarse de algo muy sucio.

—Disfruta tú también .—Metió la mano en la trabilla del pantalón y tiró de él para devolverle el beso.—Pero ni se te ocurra dejarte sobar por ninguna guarra… —murmuró entornando los ojos.

Las chicas observaban la escena boquiabiertas. Cuando Tony se marchó la rodearon.

—¡Esto parece sacado de una novela de Mcnaught!  —dijo una.

—Todavía no nos hemos recuperado del impacto de ver a Tony en el aeropuerto. ¡Caray, Fe! Estábamos apostando sobre si el chico sería modelo o actor de cine, y de repente empieza a caminar hacia nosotras y se presenta.

—¡Qué guapa estás! —opinó otra—. ¡Chicas, mirad qué pedrusco lleva en el dedo!

Fe se sonrojó y mostró el anillo de compromiso que le había regalado Tony, la noche en la que la llevó a Niágara y le pidió matrimonio.

—¿Le has leído ya la cartilla? ¿Le has dicho que tendrá que hacer la cama, recoger el baño y lavarse los gayumbos? —el grupito estalló en risas.

—Por suerte no voy a tener que pelear con él por esas cosas —afirmó Fe—, ¡tenemos servicio!—Fanfarroneó.

La pareja había planeado una ceremonia íntima, dadas las circunstancias.  Iba a ser una boda doble, ya que Ricky y Angeline decidieron casarse también el mismo día. Aunque la familia todavía atravesaba el periodo de duelo, Tony insistió en que, al menos, celebrasen sus respectivas fiestas de adiós a la soltería. Kristen, su futura suegra (que resultó ser un encanto), su madre y la tía Cordelia, se unieron a la celebración de chicas en el jardín. Brindaron por la novia y la música comenzó a sonar al tiempo que una hilera de camareros despechugados, eso sí,  con pajarita cortesía de Angeline, desfilaron portando chispeantes copas de  champán. En esos momentos su cuñada estaba ocupada celebrando su propia despedida en la ciudad de Houston.

Cuando ya no se esperaban más sorpresas, se presentó un invitado muy especial. Garth Brooks en persona, amigo íntimo de la familia, subió al escenario entre atónitas  miradas y lluvia de aplausos.

—Esta primera canción —comenzó— se la dedica Tony a su futura esposa Fe, con todo el amor de su salvaje corazón.

Y así fue como Fe echó el lazo al buenorro de Tony Wild Bill. Sí, sí..  que también estaba forrado.

FIN

 

Betty Lve

WILD WILD LOVE Capítulo 5

 

betty oest

El tiempo pasa tan rápido cuando una es feliz…

Las gentes, calles y rincones del pintoresco pueblo de Cowboys eran testigos del idilio entre el Wild Bill y la camarera. El martes era el día libre de Fe y Tony  iba a llevarla a cenar a la ciudad. Había reservado mesa en uno de los mejores restaurantes de Amarillo, La Rosa de Texas. La recogió en un impresionante Buick negro, sorprendiéndola al presentarse vestido con un elegante traje gris confeccionado a medida. Su toque personal se lo daba la impecable camisa clara, abierta por el cuello. Nada de corbatas, la chaqueta le quedaba perfecta. Cómo olía de bien su Tony… Porque eso es lo que era: su Tony.

Para la ocasión, Fe estrenó un vestido  que había comprado a los pocos días de su llegada a Cowboys y que, sinceramente, pensó que no tendría oportunidad de poder lucir en aquellas tierras agrestes; una prenda color azul noche que resaltaba su estrecha cintura con un vertiginoso escote en forma de V en la espalda.

—Estás preciosa. —Tony la admiró de pies a cabeza, con ojos de hombre  enamorado.

—Olvidaste contarme que hacías de modelo en tus ratos libres —dijo Fe.

—¿Eso es un cumplido?

—Por supuesto.

Cenaron en un íntimo reservado. Cocina moderna, buen vino, y un pianista tocando románticas melodías al piano. Durante toda la cena los tortolitos no dejaron de cruzar interminables miradas, cargadas de chispa y complicidad. Fe caía en absorta fascinación ante la natural masculinidad de ese hombre. Podía ver la llama de las velas reflejada en las claridad de sus pupilas, que no escondían el deseo que sentía por ella.

—Dentro de un par de  semanas se celebrará el primer rodeo de la temporada –explicó Tony, mientras le acariciaba la mano por encima de la mesa.

—Tengo entendido que Ricky se está preparando para actuar.

—Sí .—Sonrió él—. Ha estado practicando, parece que no se le da mal …

—No me lo perdería por nada del mundo –rió Fe–, va camino de convertirse  en todo un vaquero.

Tony le masajeaba la mano y entrecruzaba sus dedos con los de ella mientras se la comía con los ojos.

—Yo también lo creo.— Se acercó más, dándole un beso corto pero cargado de erotismo.

Tony le habló de los rodeos y de su intención de participar en el próximo, aunque esta vez, únicamente como invitado. Eran varios los certámenes de ese tipo que se organizaban en Cowboys al cabo del año, sin embargo en esta ocasión, expresó, prefería disfrutar del espectáculo desde las gradas, y en su compañía.

—He reservado una habitación en el Worldwide –disparó, sin rodeos–. Quiero que pasemos la noche juntos.

Lanzó la pelota al otro campo y Fe respondió a la invitación con una pregunta:

—¿Nos vamos?

La suite del hotel, en el piso veinte, tenía una vista privilegiada de la ciudad. Fe dejó el abrigo en el hall y se  acercó a la ventana para admirar la fascinante vista nocturna a través del cristal.  Él se interpuso bloqueando la visión, no podía esperar más. La abrazó recorriendo su espalda  mientras lentamente le bajaba la cremallera del vestido. Cuando la prenda cayó al suelo, y ella quedó desnuda a excepción de las braguitas  y las medias, se limitó a contemplarla sin decir nada; con la boca entreabierta y los ojos clavados en los gloriosos pechos de su chica made in Spain.

—Cierra la boca vaquero –bromeó Fe, dándole un golpecito con el dedo bajo la barbilla.

—No es cerrar la boca, precisamente, lo que tengo en mente.

Y la atrajo y la pegó contra su pelvis,  su cuerpo estaba más que duro bajo el fino y caro tejido del  traje. La levantó en brazos sin dejar de besarla y, en plan película, la llevó a la cama.

Ropa tirada sobre la alfombra,  sábanas revueltas y la habitación caldeada por horas de sexo y ardor. Tony estaba de nuevo encima de ella, apoyado sobre los codos jugueteando con su pelo y atormentando sus pechos con lenta deliberación. Tony montaba como lo hacía todo: como el puto amo. La noche fue larga y ambos lo hicieron hasta caer rendidos.  De madrugada asaltaron el minibar, bebiéndose el champán y comiendo bombones para reponer fuerzas. Arropados por suaves sábanas de satén y unidos en un tierno abrazo, piel con piel, entrelazados, dieron la bienvenida al amanecer. Después, durmieron hasta el medio día.

Fe apareció por el Bufalos con el cuerpo molido, como si acabase de bajar del caballo de John Wayne; eso sí, pletórica y con la tez reluciente.

—No pienso contarte los detalles .—Advirtió a Susy, con una sonrisa pícara en los labios, anticipándose al interrogatorio.

—Egoísta –gruñó la rubia.

La camarera pasó el resto de la semana subida a una nube mullida con forma de corazón. Al cerrar el bar Tony la recogía para llevarla a la cabaña y pasaban la noche juntos. Él prefería marcharse al rancho antes de que los chicos se levantasen y así respetar su intimidad. La pareja buscaba cualquier momento del día para pasar tiempo juntos. Mientras le quedase un mínimo de energía en el cuerpo no renunciaría a pasar ni un solo minuto en brazos de Fe. En una ocasión Tony se había presentado en la cabaña a media mañana y, aprovechando que estaban solos,  le había hecho el amor concienzudamente  sobre la mesa de la cocina, rodeados de nabos, judías y mondas de patata.

Pasadas las diez del viernes por la noche Tony no había aparecido todavía por el Bufalos. <Qué extraño>, pensó. Quizás algo lo hubiese entretenido en el rancho. Fe llevaba unos días inquieta, la asaltaban ideas tontas desde que había llamado a su casa y le había hablado a su madre de él:

“Pero hija, apenas le conoces… No te precipites… Los hombres son muy atentos cuando quieren sacar algo de una mujer”.

<Si ella supiera lo que había sacado… Y metido>.

Era lógico que su madre se preocupase en la distancia. No conocía a Tony, pero conocía bien a su hija y sabía que no era dada a insensatos amoríos. Fe no tenía pensado hablarle tan pronto de él, pero sentía una necesidad casi abrumadora de proclamar su estado de euforia amorosa a los cuatro vientos. Podía entender que la noticia, cuanto menos, la sorprendiese, pues hasta ella misma se asombraba de cómo Tony se había ganado su corazón en tan solo unas semanas. Feliz en su nube de amor y sexo a diario, no quería pensar en que aquello pudiese acabar.

¿Dónde se habría metido? Un vaquero estaba montando el espectáculo subido en el toro mecánico, cada vez que el robótico animal lo lanzaba al suelo, la masa explotaba en risas y silbidos. La puerta del Bufalos se abrió, una mano masculina la sostuvo galantemente cediendo el paso a una mujer. Era alta, con curvas y melena leonina color zanahoria; llevaba un vestido descaradamente provocativo. Demasiado corto. Detrás de ella entró un sesentón fumando un puro. Lucía una de esas horteras corbatas de aguja y una panza prominente, que sobresalía de su americana marrón; el pelo blanco lo llevaba recogido en una coleta pegada a la nuca, y unas pobladas patillas encanecidas enmarcaban su rostro rechoncho. El hombre que sujetaba la puerta era Tony, que los siguió al interior. En cuanto estuvieron los tres dentro del local la pelirroja se agarró del brazo de Tony Bill, pegándose a él como una sanguijuela y diciéndole a saber qué porquerías al oído. Tony lanzó una mirada fugaz hacia la barra intentando localizar a Fe, pero en ese momento una troupe de turistas se cruzó en su campo de visión.

<¡Mierda!>, lo había perdido de vista.

—Es para hoy guapa ¡Tenemos sed! —exigió un borrachuzo impaciente.

—¡Ya voy amigo!  ¡Que no se acaba la cerveza!

¿Quién era esa? Tony había pasado de largo sin siquiera acercarse a saludarla.

—Ha llegado el gran jefe. –Escuchó la voz de Susy a sus espaldas–. Pon a enfriar el champán bueno.
El gran jefe se dirigía hacia ellas en ese preciso momento.

—¿Cómo va todo por aquí, Susy? —preguntó, tomando asiento en uno de los taburetes mientras daba profundas caladas al apestoso habano.

—De maravilla Bob, puedes verlo tú mismo. Hacía tiempo que no te dejabas caer por aquí.

—He estado ocupado. ¿Ha habido algún problema?

—Todo bien jefe. ¿Lo de siempre? –consultó la rubia,  sacando pecho al inclinarse sobre la cubitera.

Bob clavó los ojos en la  pechuga generosa y rosada, pero luego desvió su atención hacia Fe.

—Así que tú eres la nueva… —Levantó la voz para asegurarse de que Fe lo escuchase.

—Sí señor, soy Fe.

Bob le hizo el repaso correspondiente, evaluándola a través del humo del puro con los ojos entornados.

—¿Qué tal la chica? —interrogó a su encargada, cuando Fe ya no podía escucharles.

—Mejor de lo que esperaba, se desenvuelve muy bien y esto le gusta. Tony y yo nos alegramos de que esté aquí. —Tucson torció el gesto al escuchar que hablaba también por voz del vaquero.

La cosa se fue despejando. Fe enfocó su mirada de halcón  hacia la mesa que Tony compartía con la pelirroja, cerca del  escenario. Él escuchaba muy atento a la pelo mocho, o al menos,  eso le parecía a ella,  que cotorreaba y gesticulaba con ese cuerpo de arpía enviando señales del tipo “¿Me llevas a la cama, cariño? “

Esa noche tocaba en el Bufalos Cora Yija y su banda. Medio Cowboys estaba empapelado con el poster de la explosiva cantante de country, anunciando la estelar actuación. La golfa insistía tirando del brazo de Tony para sacarlo a bailar, aunque a él no se le veía tan entusiasmado, al final consiguió arrastrarlo hasta la pista. ¡Era el colmo! Tony nunca había bailado con ella. La sangre le hervía. Empezaron a aflorar sus instintos más primitivos, pero lo último que  quería era montar una escenita en presencia de su jefe, ningún hombre merecía que ella se pusiese en evidencia, menos todavía, que agarrase a una tipa por los pelos y la arrastrase por todo el local, en plan mujer de las cavernas.

Susy lo leyó en su semblante, se acercó a Fe y, con disimulo, le susurró al oído:

—Es la sobrina de Tucson, Paty Sue. Viene por aquí con su tío de vez en cuando y siempre por el mismo motivo …

—Ya veo el motivo –comentó Fe, secamente.

—Paty es el ojito derecho del tío Bob y, bueno…, salta a la vista que le gustaría cazar a Tony.

—Y a él parece no molestarle…

—Hasta donde yo sé, lo único que ha conseguido es llevárselo a la cama  en una única ocasión. Una noche de borrachera la tiene cualquiera. —Lo justificó—. Pero por aquel entonces Tony era libre como un pajarito… Ya sabes, en el fondo todos se dejan querer.

—¿Y quién dice que ahora no lo es? —atacó Fe, consumida por los celos.

La bruja había conseguido que Tony  bailase con ella, y que se acostase con ella… Volvían a estar sentados, Susy les sirvió más champán. A Fe no la tranquilizó en absoluto la confidencia de su encargada, confirmaba sus sospechas de que esos dos habían compartido más que palabras. Después de que Tony, el gran jefe y la sobrinísima se zumbasen la tercera botella, la pelirroja se volvió peligrosamente plasta manoseando a Tony mientras los dos hombres hablaban de negocios.

Tony había bebido un par de copas, desde hacía rato buscaba una excusa para poder escabullirse y acercarse a la barra, pero hacía meses que el  jefe no venía por Cowboys y parecía no tener intención de concederle un respiro. A ninguno de los dos le convenía que la estúpida de Paty Sue se percatase de su relación con la camarera, había conocido a muchas mujeres y las despechadas eran las más peligrosas.

—Iré a buscar más champán —sugirió Tony, levantándose de la silla.

—Te acompaño, cariño.

—Gracias Paty, no te molestes. ¿No queremos dejar a tu tío solo, verdad?, vuelvo en un minuto.

Fue directo hacia ella. Lo que no  esperaba era el frío recibimiento con que lo obsequió.

—Perdona preciosa, no he podido venir antes…—se excusó, apurado —. Supongo que Susy ya te ha dicho quienes son.

—Sí, el gran jefe y tu amiguita.

—Su sobrina.—La corrigió.

Susy se acercó a la pareja y depositó una nueva botella helada en las manos de Tony.

—Tu amiguita viene hacia aquí –anunció, alzando una ceja.

—Toooonyyy

<Mierda>, pensó él.

—Hablaremos más tarde, Fe.

—En realidad no me importa quién sea, puedes volver con ella y seguir divirtiéndote. —Su voz sonó cortante y cargada de cinismo—. No hace falta que me esperes, Susy me llevará a casa.

—No te comportes como una adolescente celosa Fe, no te va nada.— Tony buscaba su mirada insistentemente, no entendía su reacción, pero Fe se dio la vuelta y se distanció de él—. Muy bien. Como quieras… —masculló entre dientes, tenso como un alambre.

¡Encima se daba el lujo de ofenderse!, protestó Fe. Se pasaron el resto de la noche cruzando miradas atravesadas. Si Fe era una mujer con ovarios, Tony los tenía bien puestos; al final de la noche, cada uno por su lado.

Al día siguiente, Susy  informó a Fe de que Tony, Bob y la pelirroja,  habían tomado juntos el primer vuelo a Dallas.

Se sentía realmente mal. Con cada paso que habían avanzado en la relación, el temor de Fe a que algo estropease su idilio con Tony había ido creciendo en su interior. Tal vez, inconscientemente ella misma había propiciado el desencuentro para probarlo. Se ahogó en sus primeras lágrimas derramadas al otro lado del océano. Él  ni siquiera se había despedido.  Si era sincera consigo misma, tenía que admitir que  se había acobardado ante la primera señal de peligro, poniéndose a la defensiva en cuanto lo vio entrar del brazo de la estúpida esa. Fe sintió que el corazón se le hundía como una piedra en el río, al imaginar que otra mujer pudiese reemplazarla en el corazón de Tony, y en su cama. Había actuado impulsivamente. Celosa, sí. Real o no, la hipotética posibilidad de una infidelidad por parte de Tony la había impulsado a imponer  el castigo antes que el delito. Mejor prevenir y lamentar, que lamentar no haber previsto, se repitió, tristemente.

Fueron días monótonos. Noches tristes y solitarias, con horas de reflexiones, dudas y el peso del arrepentimiento sobre su conciencia. Una de esas noches, alrededor de las tres de la madrugada, Fe se levantó para buscar una aspirina, la cabeza le iba a estallar. La cabaña estaba oscura y en silencio, unos cuantos rayitos de luna se filtraban a través de los flotantes visillos de la ventana de la cocina. A tientas y descalza, le pareció que una sombra atravesaba el comedor.

—¡¿Quién anda ahí?!

La sombra paró en seco para luego emprender una huida a toda prisa.

—¡Ehhh! ¡Un momento!

Con la mano palpó la pared y accionó el interruptor de la luz del  salón, la estancia se iluminó con un cegador fogonazo. ¡Menudo cuadro! Revés se echó mano a las pelotas tratando de cubrirse las vergüenzas, que apenas le cabían en la palma de la mano.

—¿Qué narices haces deambulando en bolas por la casa a estas horas? ¡Me has dado un susto de muerte! Un momento…, ¿de dónde viene esa voz?

Revés salió disparado hacia el teléfono, que había dejado tirado en el sofá al escuchar un ruido en la cocina, lo malo es que eso de correr y sujetarse la polla al mismo tiempo, ralentiza. Ella lo interceptó primero.

La voz al otro lado del aparato seguía a lo suyo:

“Ummmmmm, ahhhhhhhhh. Hombretón… esto es todo para tiiiiiiii. Voy a quitarme las braguitas, y seguiré imaginando que tus manos fuertootas me tocan…”

—¡Oye guarra, se acabó la fiesta! —Fe lanzó el teléfono como si le quemase en los dedos, y Revés corrió a esconderse detrás del sofá —¡Salido! —añadió.

—¿Y eso qué significa? —protestó.

—Ni una palabra —advirtió—. ¡Todos los tíos sois iguales!

A la mañana siguiente, Revés, avergonzado, rehuía a Fe como una rata de alcantarillado. Desde la repentina marcha de Tony, la prima estaba de un humor de perros. Los chicos procuraban no irritarla cumpliendo a rajatabla con las tareas del hogar y, siempre que podían, trataban de sacarle una sonrisa con alguna de sus gracias, incluso en su noche libre se encargaron de preparar la cena. En el rancho se rumoreaba que Tony se había largado con la sobrina del jefazo, pero nadie hacía preguntas. A Ricky le extrañaba la forma en que Tony se había esfumado, sin avisar ni dejar razón alguna. Debía ser cosa de familia eso de darse el piro y, si te he visto no me acuerdo.

A solo unos días para la celebración del Rodeo, Jaco, el empleado al mando de Palo Duro en ausencia del capataz, había recibido una llamada de Tony  en la que le daba instrucciones precisas sobre el rancho. No había dejado ningún otro mensaje.

Por fin llegó el gran fin de semana en Cowboys. El pueblo se había engalanado para la ocasión con festones de colores, banderas del estado de Texas y adornos florales y farolillos de papel. Los comercios y restaurantes obsequiaban  a los visitantes con aperitivos típicos y tapones de whisky. La ciudad hervía de gente garbeando por las calles entre llamativos sombreros rancher y ascendentes columnas de humo con olor a maíz frito y  a costillas asadas.

Vaqueros llegados de todas partes, con las botas bien lustrosas y los culos prietos, llenaban el estómago y el gaznate antes de participar en el rodeo. Una pequeña feria con casetas y puestos de comida rápida se había instalado junto al recinto; música country a todo volumen y barriles de cerveza prometían diversión  durante todo el fin de semana, al más puro estilo living Texas. Cowboys estaba precioso, tan animado y bullicioso que resultaba difícil no contagiarse un poco del espíritu festivo. El pueblo, que tan bien la había acogido, no merecía su apatía, pero cada rincón de Cowboys le recordaba al él. Habían transcurrido dos semanas y la ausencia de noticias solo le confirmaba que no estaba equivocada: había sido una más en la lista del Wild Bill. No sabía si Tony acudiría al festival, temía el momento del reencuentro, si es que llegaba a producirse. Había meditado mucho sobre eso en los últimos días y lo tenía decidido: buscaría otro empleo en alguna parte. Susy había contratado a un par de camareras macizas como refuerzo para esos días de lleno total. Mejor, con tanto trabajo no tendría tiempo de pensar en Tony, en dónde estaría, en qué haría en esos momentos. O con quién. Ricky iba a participar en el rodeo y ella estaría allí la primera para animar.

wild-wild-love

El pueblo quedaba casi desierto durante la celebración del espectáculo, Cowboys al completo se hallaba en el recinto. El público vería competir a los valientes vaqueros en suertes que iban desde montar un potro salvaje o lazar un becerro, hasta jinetear un toro bravo. Ricky llevaba el número 20 a la espalda; Fe le había preparado un litro de tila caliente en un termo, en lugar de la típica bebida espirituosa. Lo vio subirse a la vaya a punto de saltar al lomo de un caballo bronco con cara de bestia salvaje.

—¿No crees que está demasiado tranquilo? —preguntó Revés a su amigo, con los ojos como platos observando de cerca al animal.
—Espero que esta prueba se me dé mejor que la de derribar al novillo…

La bocina sonó anunciando la salida al ruedo del siguiente participante, Ricky “El Veloz”. En el preciso instante en el que levantaron la tranca de la puerta entablada, Revés hizo un rápido mete-saca por el orto del animal con el palito de la bandera de Texas que llevaba en la mano.

—¡Revés! ¡Hijo de putaaaaaaaaa! –chilló Ricky, a lomos del fiero caballo que había salido disparado, doblemente enfurecido ante semejante vejación.

El rocín brincaba con las cuatro patas a la vez, dando al primo tales meneos, que no se distinguían brazos ni piernas en un caos de extremidades sacudiéndose arriba y abajo. A los ocho segundos la fiera arrojó al suelo al jinete, y la multitud abroncaba y silbaba entusiasmada. El espectáculo era vibrante y emocionante a pesar de los sustos que se llevaban los vaqueros. Llegó uno de los momentos más esperados; el toro salvaje. Bestias peludas como moles de seiscientos kilos de peso coceaban y respingaban para deshacerse de sus ataduras y de paso, de los cowboys que llevaban a cuestas; no todos aguantaban los ocho segundos necesarios para la clasificación.

Ricky salió a pista montando un toro rojizo, se agarraba al pretal tan fuerte como podía para permanecer encima del animal, que saltaba violentamente dando vueltas sobre sí mismo. Cuando ya no pudo mantener el equilibrio por más tiempo cayó al suelo, enredándose con la cuerda y recibiendo una coz descomunal. Se levantó por su propio pie, retirándose con el aplauso de la concurrencia. Fe se abría paso entre la turba para ir en busca de su primo cuando por los altavoces anunciaron al siguiente participante:

—Y ahora, con todos ustedes, el tres veces campeón estatal de Rodeo ¡Tony Wild Bill! —Se quedó paralizada.

El corazón comenzó a latirle en el pecho descontroladamente. Allí estaba, metro ochenta de pura fibra y músculo sobre un enorme toro bravo, negro como el panorama. Apenas podía verle la cara por la fuerza de las embestidas y el sombrero de ala ancha calado hasta las cejas. Consiguió llegar hasta la sala de primeros auxilios, con los vítores del público retumbando en sus oídos. Ricky estaba recostado en una camilla mientras un enfermera, joven y bonita, le vendaba el pie derecho.

—Ahora, permanezca unos minutos recostado y no trate de levantarse, podría sentir nauseas o mareos.

—Yo lo vigilo enfermera .–Se ofreció Revés—. Ricky le lanzó una mirada capaz de taladrar un muro de hormigón.

—A ver Revés…, vuelve a explicarme qué coño le hiciste al caballo —exigió saber, echando chispas por los ojos.

—No podía permitir que hicieses el ridículo… El bicho parecía un poco apalancao.

—¡Ricky! –Fe corrió a su lado.

—Estoy bien primita, no es grave.

—Joder Ricky, qué sobresalto, podía haberte matado.

—Ha sido una pasada, ¿verdad?

<Hombres>, masculló, viendo cómo su primo sonreía satisfecho a pesar del esguince y del tremendo revolcón.

Fe, que se encontraba de espaldas a la puerta, supo que alguien acababa de llegar a la enfermería porque a Ricky le cambió la cara. Repentinamente, palideció.

Continuará…

Betty Lve

WILD WILD LOVE Capítulo 3

Wild Wild Love

Hicieron una paradita en Vernon para repostar, estirar las piernas, y llenar el estómago. Fe estaba un poco inquieta  y expectante ante el destino que la aguardaba. Le resultaba increíble estar tan lejos de su casa. Todo era nuevo a sus ojos, nada había salido como imaginó en un principio, pero estaba resuelta a disfrutar de la aventura de un nuevo comienzo a miles de kilómetros de la seguridad de su hogar.

Revés resultó un compañero de viaje muy divertido. Iba comentando el itinerario en el mapa mientras hacía aportaciones de su propia cosecha, la mayoría inventadas, sobre la famosa ruta 66.  Lo malo era que de vez en cuando, gustaba de echarse algún pedo. El paisaje era luminoso aunque excesivamente plano. En una de las gasolineras donde Fe bajó para ir al baño, había un cartel que advertía sobre el peligro de encontrar serpientes de cascabel.  A primera hora de la tarde llegaron a Cowboys Land.

 

Una vez pasaron el cartel de “Welcome to Cowboys”, la tierra polvorienta sustituyó al asfalto por un ancho camino que llevaba hasta el corazón de la villa. Una rústica señal colocada sobre un tronco de madera indicaba con una flecha la zona de aparcamiento a cielo raso. Hacía un poco de fresco. Dejaron el  Mustang aparcado y preguntaron cómo llegar hasta punto de encuentro. Recorrieron el centro observando a su paso los bonitos edificios construidos con ladrillo rojo y madera, a ambos lados de la calle principal. Las casas tenían porches con balaustradas  torneadas y cornisas de madera; las fachadas, listones pintados en tonos blanco y pastel; las ventanas, colocadas  simétricamente, cuarterones y guillotina. Pasaron un coqueto Hotel y varias tiendas de souvenirs y ropa tradicional, con rótulos pintados a brocha luciendo en las fachadas. Los escaparates lucían camisas a cuadros y pilas de tejanos sobre lechos de paja, además de las típicas botas con grabados y gruesos pespuntes, sombreros de ala ancha, espuelas, cinturones o abrigos de piel vuelta. Olía a carne asada, a especias, y boñigas de caballo. Una casita de madera como la de Laura Ingalls, con tejado a dos aguas albergaba la oficina de información al visitante. Disponían de folletos sobre rutas y actividades a realizar en plena naturaleza: pesca en arroyo, rutas a caballo, avistamiento de aves y animales salvajes, o excursiones al cañón de Palo Duro con la posibilidad de alojarse por uno o varios días en un típico rancho texano.

Cowboys era un lugar  preparado para auténticos vaqueros. El acceso de vehículos a motor estaba restringido en todo el centro. Un par de jinetes a caballo con llamativas botas y ropas de cuero les adelantaron al trote. Doblaron una esquina y se dieron de bruces con una hilera de carretas.

saEl “Bufalos Bar” era el punto de encuentro acordado. Desde fuera se podía escuchar la animada musiquilla. La figura de un gran búfalo de color teja daba la bienvenida al visitante. Ricky empujó las macizas puertas dobles y los tres pasaron al interior. Sonaba una canción country. El bar tenía una sala gigantesca, a la izquierda estaba la barra, de caoba tallada de unos ocho metros de largo con docenas de botellas detrás del mostrador panelando la pared. Había candiles sobre las mesas, colocadas frente a un escenario de tarima con un par de micrófonos, y focos en las vigas del techo preparados para actuaciones en directo. Decoración al más puro estilo country, cuadros con escenas de rodeos colgando de las paredes, y muchas fotografías autografiadas por míticos grupos de música y celebrities que pasaban por el local. Curiosamente, toda la clientela se concentraba en un punto del salón. La rubia de detrás de la barra, una mujer entrada en años que llevaba la camiseta demasiado ajustada, y la tripa marcada por unos jeans efecto longaniza, tiraba cervezas hasta ver la espuma rebosar. Ricky, Revés, y Fe, tomaron asiento en una de las mesas.

La gente empezó a vitorear, silbando y animando mientras agitaban los brazos. La música subió decibelios, la rubia se subió a un taburete para no perder ripio. Ricky y compañía decidieron acercarse al grupo para curiosear abriéndose paso hasta la primera fila. Alguien ofrecía una cerveza XXL a un hombre subido a un gigantesco toro mecánico situado sobre en centro de un enorme colchón hinchable. Era un tipo alto, vestía una camisa roja con ribetes blancos arremangada hasta los codos, jeans ajustados y botas puntiagudas. El vaquero apretó la mandíbula y se caló el sombrero cowboy hasta las cejas, asiéndose a aquella cosa tan firme como le permitía la mano que le quedó libre. Se llevo la jarra a los labios y bebió, comenzaba el movimiento. El público animaba y el bicho se dislocaba mientras el vaquero tragaba y tragaba intentando no derramar el líquido ambarino. La velocidad y las embestidas, arriba y abajo, adelante y atrás, se volvieron frenéticas y la multitud empezó a corear y aclamar al tipo:

— ¡Wild! 
— ¡Wild!
— ¡Wild! 
— ¡Wild!

No había terminado una ronda, cuando algún voluntario ya le ponía otra en la mano. El vaquero montaba y bebía como el puto amo, controlando en todo momento la situación. Era un tipo delgado, pero fuerte y fibroso. Puro nervio y sin duda, experimentado en la monta y doma de bestias. Los vaivenes de vértigo y el ala ancha de su sombrero no dejaban ver su rostro con claridad. Con cada brinco que pegaba el mecánico animal, los muslos del hombre se tensaban bajo la tela desgastada de los tejanos. Parecía que los brazos pudiesen reventar de un momento a otro las mangas de la camisa. Las venas de sus manos y antebrazos se dilataban con cada tirón de las riendas mientras la cerveza las corría como combustible por ellas.

— ¡Ese tío es la hostia! —exclamó Revés, alzando la voz.

— Ya lo creo –respondió Ricky, haciéndose escuchar entre el tremendo jaleo .

— ¿Demasiada cerveza, tal vez? –Ironizó Fe.

La gente coreaba ese nombre una y otra vez:

— ¡Wild!
— ¡Wild!
— ¡Wild!

Con la cuarta giga cerveza el toro dio un giro brusco, elevó los cuartos traseros hasta el cielo, y el sombrero de Wild ,Wild, Wild  salió disparado y fue a estrellarse en toda la cara de Fe. La multitud se volvió para mirar, silbando y riendo como borregos. El bicho paró. El vaquero bajó de un salto y abandonó el círculo con la firme intención de recuperar su sombrero. A Fe le escocía la cara. Sostuvo en sombrero entre las manos, molesta por el golpe y avergonzada por ser el foco de atención. El vaquero se le acercó tanto que un intenso rubor le encendió  las mejillas al sentir el calor que desprendía el hombre después de semejante hazaña. El peso de su llameante mirada, cristalina,  cayó sobre ella. Llevaba la camisa abierta  hasta el ombligo, empapada de cerveza y pegada a la piel; el cabello revuelto, rebelde casi rozándole los hombros  y de un brillante color castaño. Sus ojos eran del verde más claro que Fe hubiera visto nunca. Ojos de cuarzo. Atrevidos. Incendiarios. El hombre tenía la piel curtida.

—Creo que esto me pertenece –afirmó con una voz capaz de doblar cucharillas.

En cuestión de segundos, agarró el sombrero con una mano y con la otra cogió a Fe por la cintura y la estrujó contra su pecho propinándole un contundente y furtivo beso con la boca abierta. La gente estalló en aplausos y silbidos. Alguien dirigió las luces de los focos hacia la pareja y subió aun más el volumen de la música. Ricky y Revés, se quedaron boquiabiertos como dos pasmarotes. Fe consiguió deshacerse de la brida de su abrazo y lo empujó tan fuerte que casi se cae de culo al hacerlo: ¡Había intentado morderle la lengua! Temblaba como un flan, no sabía si de ira o de bochorno. Ricky se adelantó para sujetar a su prima pero ella se deshizo de su abrazo fulminándolo con la mirada,  lo apartó con la clara intención de cantarle las cuarenta a ese sujeto.

¡El muy sinvergüenza había conseguido dejarla sin palabras! ¡A ella! Respiró hondamente… Ellos eran tres forasteros en un bar rodeados de vaqueros borrachos. Tal vez montar el pollo no era lo más prudente. Ricky le habló al vaquero, conteniendo la risa.

— Vaya Tony… ¿Es así como tratáis por aquí a las damas?

Tony miró más allá de la cara de seta de Fe, todavía jadeante.

— ¡Ricky! ¡Grandísimo …!  —Le ofreció la mano y ambos se dieron un fuerte apretón–. Veo que no has tenido problemas para encontrar esto, no te esperaba tan pronto.

Tony se fijó en cómo Ricky rodeó con su mano, de forma afectuosa, el hombro de la damisela y su cordial bienvenida se transformó en puro sarcasmo.

— Al parecer no has tardado mucho en reemplazar a mi hermanita.

A Ricky eso le jodió y el ambiente se volvió un poco espeso. A pesar de las ganas, Fe se abstuvo de intervenir; todavía le escocían los labios y la mano le picaba de las ganas que tenía de soltarle una bofetada.

—Te recuerdo, por si lo has olvidado, Tony, que fue ella la que me dejó. Y por cierto, te presento a mi prima Fe, viene con nosotros.

La suspicacia abandonó el rostro del vaquero y fue reemplazada por una sonrisa traviesa y perfecta que le iluminó la cara.

—Mis disculpas a la dama —declaró, clavando sus claros ojos en los de Fe. Acto seguido  agitó el sombrero con una teatral reverencia. No parecía  muy arrepentido, mas bien todo lo contrario, estaba encantado de conocerse a si mismo.

—Puede meterse sus disculpas por el … —Revés salió al quite.

—Hooola Tony, soy Revés. Trabajé para tu padre durante un par de semanas.

—¿Qué hay Revés? Me alegro de que hayáis venido —afirmó, sin quitarle a ella los ojos de encima. No pensaba escurrir el bulto—. De verdad, no ha sido mi intención ofenderla.

De nuevo todas las miradas se centraron en Fe. Su primo parecía apurado y… en fin, tampoco había sido para tanto, si ese tipo podía proporcionarles un empleo …

—Bueno, ¿hablamos de negocios, Tony? –intervino el primo Ricardo dando por zanjado en asunto.

— ¡Susy! —Tony alzó una mano llamando la atención de la camarera–. Sírvenos algo de beber.

Sentados en la mesa la tensión se fue relajando con un poco de conversación y unos tapones de Bourbon. Tony no volvió a poner los ojos en Fe. Ella le echaba algún vistazo de reojo, con disimulo, de forma inconsciente la vista saltaba hasta los labios del vaquero mientras este hablaba. Ni finos ni excesivamente gruesos: firmes, con el perfil bien marcado. Tony era el capataz en Wild Palo Duro, un ancho de unas 1000 hectáreas situado a las afueras de Cowboys. El Rancho llevaba el nombre del famoso cañón y era propiedad de Bob Tucson, un vaquero retirado y forrado, en la actualidad, que además era el propietario del Hotel y del Bufalos. Tony también era una estrella del Rodeo y el hermano de Angeline. A diferencia de la hermana, Tony no soportaba vivir bajo el yugo autoritario de su padre, el gran magnate del petróleo. Prefirió ganarse la vida por su cuenta, con lo puesto, pero libre. Por supuesto, Tom Bill había renegado de su hijo hacía tiempo, pero él seguía manteniendo contacto con su madre y también con Angeline. Ricky lo había conocido en una de las ocasiones en las que el vaquero fue a verlas a Dallas. Era un tipo duro pero legal.

—En el rancho hacen falta manos, Tucson acaba de comprar otro lote de reses y pronto llegarán oleadas de turistas.

— ¿Hay trabajo para todos? —indagó Ricky.

— A la chica no la quiero en el rancho —afirmó de forma contundente. Y Fe se ofendió.

—Tengo dos manos para trabajar igual que vosotros —aseguró repentinamente sulfurada, captando nuevamente la atención de Tony.

—No lo dudo preciosa, pero tengo algo mejor para ti si te interesa. A Susy le vendría muy bien una ayudante, aquí, en el Bufalos propuso reparando en “sus dos manos”.

Tony era la mano derecha de Tucson en Cowboys, además del rancho, supervisaba y se encargaba de sus otros negocios cuando el viejo estaba fuera. Pensó que Fe sería perfecta para el Bufalos; una cara mona, un melena estupenda y un par de razones que atraerían a la clientela como las moscas a la miel. Además tenía carácter, de eso estaba seguro. Después de comerse unas hamburguesas  y con el estómago lleno, se instalaron en una de las cabañas del complejo para turistas adosado al rancho. La cabaña era muy cuca, hecha con troncos de madera y piedra con vistas a las colinas. La cocina era  pequeña pero suficientemente equipada, un solo baño con ducha y dos dormitorios.

—Tendremos que compartir alojamiento hasta que nos establezcamos.

—No me importa compartir la cabaña con vosotros, de veras –afirmó Fe.

—Fe … Si no quieres trabajar en el bar lo entenderé. Le diré a Tony que busque algo para ti en el hotel.

—Poner copas no es tan malo. Pensándolo bien, creo que prefiero servir Bourbon a unos cuantos tipejos que hacerles la cama y limpiar su mierda. Por algún sitio habrá que empezar, mientras paguen.

—Si alguno se propasa… —intervino Revés —,¡le cortamos los huevos!

Ricky carraspeó al recordar el numerito de la tarde al tiempo que su prima se ponía como un tomate.

—Muchas matarían por haber estado en tu pellejo, primita… —soltó Ricky.

—¡Los tíos sois todos unos cerdos! ¿Te parece divertido? ¡A mí no! Y si no lo puse en su sitio fue para evitar que nos partiesen la jeta —concluyó–. Me voy a la cama. Los muy cabrones todavía  se reían cuando Fe calló en las garras de Morfeo.

Su primer día en el Bufalos transcurría sin incidentes. Susy era una mujer muy agradable, coquetona y de carácter dulce, recibió a Fe con agrado y buena disposición. El punto débil de Susy, según pudo observar Fe, eran los caballeros. Su voz se volvía muy melosa y su actitud y expresión corporal eran las de una gatita mimosa en cuanto se le acercaba una bragueta.

—Las botellas abiertas aquí –le explicaba–. Las vacías en ese cubo. En esta cámara están los refrescos y en esa leja de arriba están las incendiarias.

— ¿Incendiarias?

—Así llamamos aquí a las bebidas fuertes, ya sabes … solo para vaqueros.

—Para vaqueros ¿como Tony? Seguro que alguna botella lleva su nombre —ironizó.

— Tony es un vaquero de los pies a la cabeza, no lo dudes, pero es más de cerveza y algo de Bourbon. Debió dejarte seca el otro día —rió la rubia por lo bajini.

—Se comportó como un gallito de corral y un patán. Por lo visto pasar el día entre vacas lo vuelve todavía más bruto.

Susy sonrió picarona mientras sacaba brillo a las copas; introducía el paño y lo hacía girar en una rotación firme y profesional de dedos y uñas infinitas pintadas de rojo putón

—Si yo tuviese veinte años menos …, un ejemplar así no se me escapaba. ¡Ya puedes jurarlo!

Fe prefirió hacerse la loca; que era guapo no se podía negar. Probó a servir cerveza con el serpentín, creyó que aquello estaba estropeado y que en realidad no había otra cosa sino espuma en barril, pero a las quinta o sexta tirada la cerveza caía limpia y ambarina, con la espuma  justa en el interior de la jarra. En el Bufalos se servía comida rápida: hamburguesas con patatas, sándwiches, chili con carne y huevos a la ranchera, que eran la especialidad de la casa. Eso se le daba mucho mejor, en cuanto ojeó los escuetos menús le vinieron a la mente unas cuantas mejoras. Recordó entonces sus clases en el centro social, su pueblo y a su madre. Pondría todo de su parte para adaptarse a su nueva vida. A media mañana el chaval de los recados pasó a recoger el pedido para la tienda, en Bufalos la carne que se servía era fresca y del día. Entró por la puerta con la sonrisa mellada y la nariz llena de pecas, llevando en la mano un paquete envuelto con papel azul del tamaño de una caja de zapatos.

—Esto es para la señorita —informó el muchacho, tendiendo la caja a Susy  pero señalando a Fe.

<¿Un paquete para mí?>

Susy entregó la misteriosa caja a Fe y esperó a que la abriese con suma curiosidad. Sin tener ni pajolera idea de qué podía ser lo desenvolvió con precaución, como si pudiese explotar de un momento a otro. Estudió la caja y levantó la tapa, en el interior había una prenda tipo top, en verdad era un reducido corpiño con los colores de la bandera de Texas. Junto con la prenda venía una nota escrita a mano:

” Espero que sea de su talla. Y de su agrado ” 

Tony

A Fe se le subió mucho, pero mucho, la ceja izquierda. Tomó la prenda con el pulgar y el dedo índice de la mano, como si se tratase de una rata muerta.

— Es mono …  —apuntó Susy, con enérgico aleteo de pestañas .

La cara de Fe lo decía todo.  La rubia le dio la espalda, tomó la balleta y se afanó en frotar la barra en todas direcciones. Fe localizó un bolígrafo, le quitó la capucha de un mordisco y garabateó unas letras sobre la nota.

“Resulta que no es de mi talla.  Ni de mi agrado “

—Muchacho, devuelve esto a quien te lo dio. —El chaval se puso colorado.

—Sí señorita.

—Tal vez la prenda sea un poco atrevida —opinó Susy  mientras sacaba brillo a los cubiertos –pero estoy segura de que puedes sacarle mucho más partido a esa figura, te quedaría ideal algo un poco más sexy.

Ricky y Revés pasaron por el Bufalos a media tarde, la jornada en el rancho comenzaba bien temprano y terminaba al caer el sol.

— ¿Qué tal tu primer día, primita?

Había servido unas cuantas dignas cervezas, preparado unos tantos combinados y, aunque había estado bombardeando a Susy con sus preguntas, la rubia había demostrado que la paciencia era otra de sus virtudes. Se encontraba animada y, a excepción del incidente del regalito, todo parecía ir sobre ruedas. Prefirió ocultó aquel detalle a su querido primo, si Tony no les había hablado del obsequio, ella, voluntariamente, no se prestaría a ser el blanco de las guasas.

—Bastante bien Ricky. ¿Y vosotros?

—En mi vida había visto mierdas tan grandes —exclamó Revés llevándose la mano a la frente—. Anda, sé buena y pon algo de picar a este pobre cuerpo y unas cervezas.

— A Revés lo ha embestido una res y le ha dejado el cuerpo baldado —explicó Ricardo —. Se puso un poco nervioso y cuando quiso echar correr ya era demasiado tarde. Después de un par de revolcones salió pitando, dejando abierta la cerca de par en par… Los bichos han estado correteando por el rancho a sus anchas durante horas.

—Me ha destrozado el rabillo la muy puta.

El Bar empezó a llenarse pasadas las seis de la tarde. Susy le había explicado que en los meses de verano el Bufalos se ponía hasta la bandera y tenían que  contratar más camareras. Acordaron que la jornada de Fe empezase a medio día, así Susy podría descansar unas horas y regresar por la tarde y quedarse hasta el cierre. Era noche cerrada cuando Tony apareció por el local, apenas quedaban clientes. Fe salía de la cocina y vio que Tony venía directo hacia ella, el vaquero traía algo en la mano. Con un golpe seco dejó el objeto sobre la barra.

—Creo que esto será más de su agrado. —Sentenció. A continuación, sin esperar respuesta,  se dirigió al otro extremo de la barra, feudo de Susy.

<¡Un tiesto de barro con un enorme y pinchoso cactus!>

—Susy, preciosa ¿me pones una cerveza y algo de comer?—pidió Tony—. Llevo todo el puto día detrás de cuatro vacas tercas.

Un cactus … Pinchoso. Gordo. Verde. Asqueroso. Tony agarró su cerveza y se sentó con su primo y con Revés en una de las mesas. La rubia encargada entró entonces en la cocina y salió con un par platos con grasienta comida, e hizo un señal a Fe para que los sirviera.

Mierda!>

Fe miró la bandeja como si fuese el enemigo, la cargó y la llevó hasta la mesa que el trío ocupaba, bien sujeta con ambas manos. Fue dejando los platos cuidadosamente, con la vista fija en el tablero evitando acercarse a la silla de Tony, no le fuese a dar rampa, sin embargo, destellos verdes siguieron cada unos de sus movimientos. Ricky y Revés esperaron a que Fe terminase su jornada para regresar juntos a la cabaña. Mientras las chicas llenaban las cámaras y dejaban limpia la cocina y lista para los desayunos de la mañana, Ricky y Revés pegaban unas cuantas cabezadas. Y algún que otro ronquido. Tony ya se había marchado. Entre un trapazo y el siguiente, Fe lo había estado espiando a hurtadillas. Para su sufrimiento,  el vaquero se reclinaba sobre el respaldo de la silla y estiraba la musculatura resentida por las horas de trabajo, de forma notablemente sensual. Después había recogido su sombrero y se había despedido saliendo por la puerta con un “buenas noches señoras”, ignorándola por completo.

Esa noche a Fe le costó coger el sueño. Si se relajaba, escuchaba los ronquidos del par de osos que dormían en la habitación de al lado. Si cerraba los ojos y contaba ovejitas, un vaquero con sombrero y  la camisa abierta hasta el esternón, iba montado encima de ellas …

Continuará…

Betty L♥ve

QUÍMICA

 

cuore

Una punzada de dolor me atravesó la cabeza. Abrí los ojos lentamente. Oscuridad. Todo estaba oscuro y en silencio. Y yo estaba desorientada,  tenía la boca seca y la cabeza embotada. Me encontraba tendida sobre una dura superficie, tan dura como el suelo. Me invadió un estado de alarma y me incorporé apoyándome sobre los codos. Mi corazón bombeaba sangre aceleradamente, latía con fuerza mientras mis pulmones trataban de insuflar más caudal de aire a causa de la ansiedad. Extendí los brazos primero hacia delante,  luego en forma de cruz. Palpé con las manos buscando un interruptor,  algún mueble, un puerta…  Una pista que me indicase dónde me encontraba. Me pareció que estaba en un espacio cerrado con escasa ventilación.  Me arrastré con cautela  hacia la izquierda y las puntas de mis dedos chocaron con los límites de un reducido habitáculo. Quise ponerme de pie inmediatamente, pero me golpeé la cabeza contra el bajo techo. Fue entonces cuando escuché el gemido de otra persona y me di cuenta de que no estaba sola. El sonido provenía del suelo, a mi derecha, un quejido seco exhalado desde  lo más profundo de la garganta de un hombre. Supuse que debía estar a muy poca distancia. Me estremecí. El pulso se desbordó en mi garganta, ahogándome, no podía ni tragar mi propia saliva. Contuve el aliento unos segundos,  ahora los latidos de mi corazón ensordecían mis oídos. Volví a sentarme sobre el suelo y, armándome  de valor,  estiré la mano en esa dirección  rezando para que no hubiese nadie allí, para que todo fuese fruto de mi imaginación, de la borrachera, de la trama ficticia de un sueño. Mis dedos temblaban. Alcancé a rozar  lo que me parecieron los dedos de otra mano, una mano real. Súbitamente, la mano se cerró sobre la mía atrapando la punta de mis dedos con fuerza y sentí que la histeria se apoderaba de mí. Grité. Traté de alejarme todo lo que el limitado espacio y la oscuridad me permitían; repté buscando refugio en el otro extremo de la habitación, donde quiera que estuviese.

—¡¿Quién hay ahí!? —preguntó mi acompañante. Percibí en su voz el mismo desconcierto que había sentido yo al despertar. La voz me resultaba vagamente familiar —Mi cabeza …—se quejó— Qué alguien encienda la puta luz de una vez…

Yo no confiaba en poder articular palabra, cuando hablé,  las palabras sonaron agónicas casi al borde del llanto.

—No lo sé… Acabo de despertar —respondí—. No tengo ni idea de dónde estamos.

Me pareció que la otra persona trataba levantarse y le advertí.

—Cuidado con el techo, está muy bajo y no vas a poder ponerte en pie.

Oí su respiración, como mucho a un metro de distancia.  Agitada, brusca, irritada.  A continuación lo escuché moverse, golpear el techo y arrastrarse por el suelo recorriendo el perímetro para cerciorarse de que lo que le decía era verdad.

Silencio.

—Joder…—gruñó tras unos segundos que se me hicieron minutos—.  Creo que no  hay nadie más aquí. Estamos solos y al parecer, encerrados –concluyó, soltando el aire contenido bruscamente. ¿Recuerdas cómo has llegado aquí?

—No —contesté, algo más calmada. Había algo en su voz que me transmitía confianza.

—¿Estabas en la fiesta? —Quiso saber.

—¿En la fiesta de San Valentín?

—Sí, en la fiesta de Pamela.

—Sí —confirmé.

—¿Nos conocemos? —preguntó—. Qué estúpido… no puedes verme. ¿Qué es lo último que recuerdas?

Un latido quedó suspendido en mi caja torácica al reconocer la voz. No me había dado cuenta antes a causa del aturdimiento, pero ahora estaba segura de que se trababa de él. La fiesta de Pamela … Comencé a recordar los acontecimientos de esa noche. Me costaba pensar con claridad, demasiado como para que las copas fuesen las únicas causantes de esa repentina confusión mental.

Era San Valentín. Pamela, una de mis nuevas amigas de la Facultad, había organizado  una fiesta en el chalet de sus padres aprovechando que estarían fuera de la ciudad. Invitó a casi toda la clase, ella es así. Es la típica tía súper sociable y extrovertida que conoce a todo el mundo y que está metida en todos los saraos de la Universidad. Es divertida, guapa, cae bien… Recuerdo haber llegado en taxi al chalet sobre las diez, llevé una botella de vodka. Era la primera vez que iba a su casa. La entrada estaba llena de coches,  el chalet era grande y moderno. Las luces del jardín estaban encendidas,  y  velitas con forma de corazón sugerían el camino esparcidas por el suelo hasta una pequeña construcción separada de la casa principal. La fiesta ya había empezado. La música sonaba. La casita permitía el acceso directo a la piscina a través de unas puertas acristaladas; a pesar del frío la gente salía afuera para fumar. En el interior habían instalado una larga barra para las copas con botellas, refrescos, hielo y diversos aperitivos. En un extremo pinchaba el DJ, el chico actual de Pamela, al que había conocido mientras pinchaba en una discoteca en la costa  y con el que salía desde Agosto. Se movía al ritmo de la música detrás de su mesa de mezclas con los cascos puestos. A Pamela no hay tío que se le resista si se lo propone. A Ana, que soy yo… le cuesta un poco más, lo confieso. Básicamente porque si un chico me gusta hago todo lo posible porque no se me note, me muero de  vergüenza y siempre espero a que él de el primer paso.  Pamela había invitado también a Yago. Al saber que él estaría en la fiesta esa noche  se me había cerrado el estómago. Decidir qué ponerme me costó un par de horas, pero me prometí a mí misma antes de salir de casa, que me presentaría y hablaría con él al menos dos palabras:< hola, me llamo Ana y estoy en tu clase de química>. Nada original ni atrevido, ya lo sé, pero no confiaba en poder siquiera acercarme a él, estaría solicitado como de costumbre, no era de extrañar,  es uno de “los guapos”.

Me gustó Yago desde que lo vi el primer día de clase. No solo me gustaba por lo evidente, lo había estado observando; me atraía su físico, su corte de pelo, sus ojos claros, su sonrisa, su forma de separar las piernas al sentarse… Pero también me gustaba porque era un tío centrado, hacía preguntas serias, inteligentes; no soltaba chorradas y tampoco parecía babear por un par de tetas gordas, como las de Carla Reyes, que ya no sabía cómo ponérselas para que él le prestase un poco de atención.

—¡Eh, Ana!

Pamela me saludó nada más verme haciéndome cruzar la sala llena de gente para presentarme a su chico, DJ Francis.

—¿Te has puesto una copa, Ana?

—No me ha dado tiempo, acabo de llegar.

—Pues venga, ¿qué bebes?

—Vodka con naranja.

Pamela me acompañó a la barra y me sirvió  una copa en un vaso de tubo de plástico. “Fade Out Lines” sonaba a todo dar.

—Yago está afuera…

Estábamos muy cerca de uno de los altavoces y no escuchaba bien lo que me decía.

— ¡Que YA-GO ha venido! —enfatizó, casi gritando.

Puse cara de NO-LO-NOMBRES- EN- VOZ-ALTA, pero ella se descojonó y se sirvió un gin tonic.

—¿Y qué si me oye? Mucho mejor— afirmó divertida—. A ver si se fija en ti de una vez,  que siempre te las arreglas para ponerte en la otra punta de clase. Estás impresionante con ese vestido Ana, esta es tu noche, ¡lo presiento!

Pamela era así de efusiva y… optimista.

—Espera que voy y te lo traigo.

La cara me cambió y me invadió el pánico.

—No, no… espera Pamela.

—¿A qué quieres que espere? ¿A que se te adelanten?

—Espera a que me termine la copa por lo menos…

Miré hacia la piscina y en efecto, allí estaba Yago en un corrillo de gente y parecía divertirse; había algunas petardas a su alrededor dándose golpes de melena y riendo todo el tiempo. Llegaron unos amigos de Pamela y  aproveché para escabullirme y acercarme a saludar al grupo de conocidas.  Conociendo a Pamela, y hostigada por la promesa de que volvería con Yago de la mano, me tomé otro vozka casi de trago. La fiesta estaba en su punto, recuerdo una tercera copa. La música genial, lo estaba pasando bien cuando Pam me cogió del brazo y me puso un chupito de color verde en la mano.

—¡Brindemos! ¡Feliz San Valentín! —Chocó su pequeño vaso de chupito contra el mío, dedicándome una mirada traviesa. Después de eso, lo último que recuerdo es sueño, sentarme en uno de los sofás y despertarme en una especie de zulo. A oscuras.  En compañía de Yago.

—Yo tampoco recuerdo cómo he llegado aquí —admitió él—. Me tomé un par de cervezas,  alguna copa y… un chupito. Recuerdo que fui al baño y me caía de sueño.

—¿Un chupito verde que te ofreció Pamela? —Quise saber.

—Sí. Es lo último que recuerdo de la fiesta. ¿Crees que había algo en ese chupito?—indagó—.  Esto debe ser una broma. Yago metió la mano en los bolsillos de su vaqueros  buscando el móvil, escuché cómo  tanteaba en el suelo—. Por supuesto, no nos han dejado ni el móvil.

—No —confirmé—. Yo también he buscado mi bolso y no lo encuentro.

Pamela. No se me ocurría otro culpable  ¿Habría sido capaz de…? En verdad, no la conocía tanto y aunque nos sentábamos juntas en clase y habíamos salido unas cuantas veces de fiesta, no podía asegurar que ella no fuese capaz de hacer algo como aquello,  y pretender que fuese divertido.

—¿Cuándo nos dejarán salir? Estoy agobiada—confesé—, me falta el aire.

—Venga, no te agobies… —percibí un nuevo matiz en su voz, sonó  más serena, trataba de tranquilizarme—. Seguro que se trata de una broma de mal gusto y pronto nos sacarán de aquí.

Lo escuché moverse y me  sobresalté cuando se colocó más cerca.

—Perdona, no hay mucho espacio aquí. —Se acomodó a mi lado. Su pierna rozaba la mía.  El olor de su perfume viajó hasta mi nariz—. Han a debido echar algo en las bebidas para que hayamos llegado a este lugar casi de forma inconsciente. No hay forma de saber el tiempo que llevamos aquí, ni siquiera si todavía es de noche. ¿Crees que ha  sido cosa de Pam?

—No lo sé… Tengo la sensación de haber dormido dos días enteros . —Confirmarle mis sospechas implicaría tener que dar otro tipo de explicaciones.

—¿Te duele la cabeza?

—Un poco —admití.

—A mí también.

—Bueno, no sé si nos conocemos, no me suena tu voz. Supongo que eres amiga de Pamela.

—Sí.

—Yo soy Yago.

—Me llamo Ana, me parece que estamos en la misma clase de química —disimulé.

—Espera —dijo— ¿Química?

—Yago no es un nombre muy común…

—Entonces tengo que saber quién eres —afirmó, con renovado interés.

—No creo, no recuerdo que hayamos hablado antes de hoy.

—¿Te sientas con Pam?

—Sí

Permaneció callado unos segundos.

—Ya sé quién eres —afirmó, y mi pulso se disparó—. Castaña, pelo por los hombros, y la funda de tu MacBook es de color rojo vivo. No eres muy habladora.

Intuí su sonrisa en la oscuridad. Es curioso cómo al prescindir de uno de nuestros sentidos el resto se agudiza. Yo también sonreí. Y me ruboricé, pero no me importó porque en ese momento no podía verme. Se había fijado en mí…

—¿Tienes alguna idea de por qué estamos aquí, Ana?

—No —mentí—. ¿Dónde crees que estamos?

—Supongo que en el chalet. No sé…, puede que en un cuarto trastero o algo así.

—Antes no he encontrado la puerta, a lo mejor no está en la pared, sino en el techo. Voy a tratar de localizarla. No te muevas, Ana —enfatizó al pronunciar mi nombre. Supe que se había puesto casi en pie porque me revolvió el pelo con la mano —. Aquí estás, Ana— repitió—.Y creo que esto que hay en el techo es una trampilla.

—¿Estamos bajo la casa?

—Es posible, por el tamaño y la forma  parece una especie de escondite que debe haber en el sótano.

Sentí claustrofobia, me agobió pensar en el peso de la casa sobre nuestras cabezas. Un sudor frío me recorrió la frente. Debí exteriorizarlo de alguna manera, porque Yago se dio cuenta y volvió a tientas a mi lado, buscó mis manos y trató de infundirme calma.

—Tranquila, Ana —me susurró, mientras acariciaba el dorso de mi mano. Su voz grave en medio de aquel silencio me resultaba reconfortante. Sensual hasta el punto de hacerme estremecer—. Pamela y ese D.J estarán durmiendo la mona y vendrán a sacarnos cuando despierten los muy cabrones.

—Lo sé… pero estoy un poco agobiada, y tengo sed.

—Sí, yo también.

Me soltó la mano y volvió a sentarse a mi lado apoyando la espalda contra la pared. Noté cómo estiraba las piernas sobre el suelo, inevitablemente volvían a rozar las mías en el reducido espacio, a tientas por ausencia de luz.

—¿Quieres dormir un poco? Yo estaré pendiente por si alguien viene.

—No, gracias. No podría dormir.

—Bueno, pues entonces cuéntame algo para que el tiempo pase más rápido.

Sonreía de nuevo. Lo intuía, me lo transmitía su cuerpo y la suave corriente eléctrica que se estaba creando entre los dos. Estuvimos hablando. Hablamos de las clases, los créditos, las materias… Él me contó de sus cosas, yo de las mías. No le gustaba el fútbol, tampoco a mí. El creía en la ciencia, también yo. Una conversación a oscuras en la que lo verdaderamente importante era el contenido, sin poses, gestos, ni disimulos. Relajados. Comencé a sentirme más cómoda. Solos. Encerrados en la más absoluta oscuridad mientras la corriente invisible nos envolvía, conseguí olvidar por un rato donde nos encontrábamos.  La proximidad y el encierro actuaban como un afrodisíaco suero de la verdad, pero no me atreví a confesar mis sospechas: que Pamela nos había encerrado juntos porque yo estaba un poco colgada por él. Lo intimidante se volvió excitante. El estado de alarma, relajación.   El miedo, atracción.   La ansiedad, deseo.  El agobio, química.

quimica-love

—Ahora no salgo con nadie —soltó.

No dije nada. Me sentí culpable por lo que Pamela había hecho. Tal vez sincerarme lo estropearía todo.

—Necesito cambiar de postura —confesé—. Me dolían la espalda y  los riñones.

—Espera, te ayudo a incorporarte —ofreció Yago.

Yago se arrodilló, buscó mis hombros y  tiró un poco de mí para ayudarme. Me sostuvo frente a él cogiéndome por la cintura, pero no me soltó. Silencio. Un silencio cargado de pensamientos, de indecisiones. Su contacto provocaba en mi una cascada de sensaciones. Pequeñas descargas de electricidad  en la telaraña de nudos y filamentos donde todo es impulso químico. Nervios a flor de piel. Adrenalina.

Me sintió temblar.

—Tienes frío…

Se quitó la chaqueta de cuero y me arropó, acercándome a su propio calor corporal. Yo había dejado el abrigo  al llegar en un guardarropa improvisado. Por suerte, en el lugar donde nos habían encerrado no hacía  frío;  los tubos de la calefacción de la casa debían pasar cerca del zulo  y eso  había impedido que nos hubiésemos congelado allí abajo, en la fría madrugada de un catorce de febrero. San Valentín. Mi vestido era fino, pero yo no temblaba de frío. Adivinaba su cara en la oscuridad. No me hacía falta luz para verlo, conocía el rostro de Yago. De alguna forma lo había idealizado. Ese momento era potentemente real.

Yago buscó mi pelo y jugueteó con sus dedos acariciándome el hombro, tanteando por mi clavícula; luego subió por el cuello hasta la barbilla siguiendo el perfil, descubriendo los ángulos de mi cara. La cara es la parte más sensible del cuerpo.

—Eres guapa… —susurró.

Cerré los ojos y me dejé llevar, deseaba sucumbir a la química de nuestros cuerpos. Al estímulo que provocaba la presión de sus dedos sobre mi piel. La sensación de su contacto era electrizante, la resonancia de su voz  avivaba el deseo subyacente que amenazaba con tomar el control. Feromonas. Ciento treinta pulsaciones. Pegué un bote al escuchar el ruido de una puerta en la parte de arriba, sobre nuestras cabezas.  Los dos miramos hacia el techo y la luz comenzó a filtrarse por las rendijas de la trampilla. Después, se escucharon unos pasos y el correr de un pestillo.

¡Buenos días, chicos! —La cara de Pamela, insolentemente despreocupada y sin un ápice de culpabilidad asomó por el hueco de la trampilla—.Yago le dedicó una gélida mirada.

—Te has pasado de la raya, Pam —le recriminó secamente. ¿Qué narices pusiste en los chupitos?

—Oh, inofensivo totalmente. No os preocupéis por…

Con un gesto, Yago cortó de forma tajante cualquier explicación y me ofreció su mano para que subiese por la escalerilla que se había desplegado. Pamela se percató de que el horno no estaba para bollos. Respiré  aliviada. Aliviada por salir de aquel agujero, aunque…  Subí sin decir palabra, no sin antes dedicarle una mirada de reproche a Pamela.

—Chicos…—balbuceó Pam

—Hablaremos mañana, Pamela. —Fueron mis últimas palabras. Y  juntos, los dos abandonamos el Chalet a plena luz del día.

—Te llevo a casa . —Me ofreció Yago, mirándome a los ojos fijamente. No dejaba de mirarme, no podía evitarlo, al igual que yo. Después de haber pasado juntos las últimas horas con el único conocimiento de nuestras voces, descubrirnos mutuamente a la luz del día resultaba casi mágico.

—Te lo agradezco, la verdad es que no me apetece nada esperar un taxi. — Todo el cansancio y la tensión acumulada me cayó encima.

Atravesamos la ciudad en silencio durante el trayecto hasta mi apartamento. Los rayos de sol entraban a raudales a través del cristal de la luna delantera. Era medio día y la actividad hervía en las calles de la ciudad. Yo observaba la escena con la cabeza apoyada en el cristal, acuciada por el cansancio todo pasaba ante mis ojos como a cámara lenta, con un punto de irrealidad, como en un sueño. Pensé en el aspecto desaliñado que debía tener en ese momento, el maquillaje se habría esfumado, y la sombra de ojos debía ser un borrón sobre mis párpados. Disimuladamente lo miré mientras conducía,  manejaba  absorto concentrado en el tráfico, su rostro no evidenciaba especialmente el cansancio, pero me pareció vulnerable; su piel parecía más fina, tenía los ojos ligeramente enrojecidos y barba incipiente.

—La próxima a la derecha, el edificio azul —le indiqué.

—¿Estarán preocupados por la hora?

—No. No me espera nadie. Comparto piso con otra compañera, pero  se ha marchado de weekend con su novio para celebrar San Valentín.

Yago paró el coche en el vado de la floristería, junto a la portería del edificio, giró la llave y apagó el motor. Mi pulso volvió a dispararse. No sabía qué esperar ahora. Ni qué hacer o decir… Me había dado un repentino ataque de timidez, era como si la complicidad que habíamos compartido un rato antes se hubiese esfumado y volviésemos a ser dos desconocidos.

—Gracias por traerme  —dije por fin. Yago se volvió y me miró con una expresión en sus ojos que no supe interpretar. Me quedé bloqueada, la boca se me secó por completo.

—A pesar de todo no puedo decir que lo haya pasado mal…—confesó—. Solo espero que lo que nos pusieron en los chupitos no sea ninguna mierda, aclararé el tema con Pamela en cuanto duerma unas horas —sonrió. Le devolví una tímida sonrisa. Me parecía mucho más guapo de cerca. Me escrutaba con sus ojos verdes, la intensidad de su mirada desprendía una fuerza que me hacía temblar por dentro. Caí en la cuenta de que llevaba puesta su chaqueta,  olía a su perfume y a él.

—Me alegro de que hayas sido tú mi compañero de encierro.

El claxon de una furgoneta estropeó el momento. Yago puso en marcha el motor y desplazó el vehículo unos metros.

—Será mejor que me vaya y te deje para que descanses —sugirió.

Confieso que ese cambio repentino de actitud me desconcertó.

—Claro, debes estar cansado, yo estoy muerta. —Mi verdadero yo, el que se acojona tomó el control, le devolví la chaqueta, abrí la puerta y me bajé del coche. Esa noche había dado un gran paso y no quería arriesgarme… Me dedicó una tierna sonrisa a modo de despedida. Después se marchó.

Entré en el apartamento, me quité los zapatos y los dejé tirados en el pasillo. La casa estaba helada y mi cuerpo destemplado. Dejé correr el agua caliente en la ducha y me introduje bajo el chorro, necesitaba relajarme y dormir un poco. Me acurruqué entré las sábanas y cerré los ojos. No podía conciliar el sueño. No podía pensar en otra cosa. No dejaba de pensar en él; en su voz, sus manos, el su olor impregnado en la chaqueta de cuero. Sus ojos verdes a la luz del día… Su voz en la oscuridad. Su tacto. Mi deseo. Volví a sentir la corriente de nuevo. Mi mente inquieta se negaba a pensar en otra cosa que no fuera Yago. Volvía una y otra vez a esa habitación a oscuras y me hacía revivir cada segundo casi con la misma intensidad. Ciento veinte pulsaciones. Sabía que en aquel reducido espacio se había producido un estallido de pura química. Una especial conexión entre los dos. No podía quitármelo de la cabeza, no podía dejar de sentir, de pensar en él  con la misma certeza que sabía que a él le estaba sucediendo lo mismo. En otra parte, en otro lugar… pero conmigo. Invadía mi mente, mi espacio. Yo el suyo. Sin lógica ni razonamiento. Lo sabía.

<¿Piensas en mí, Yago?>, susurré junto a la almohada <¿Lo haces? ¿Estarás despierto pensando en mí?>. El timbre sonó y mi corazón se detuvo.  Salté de la cama, abrí descalza. Yago estaba al otro lado de la puerta con la respiración entrecortada. Ciento cuarenta pulsaciones. Una incontrolable y placentera descarga de emociones me invadió por completo.

—No puedo dejar de pensar en ti…

Cerré la puerta de una patada mientras nos besábamos. Me ardían los labios. Le ardía la piel.

No podía dejar de pensar en mí.

FIN

Betty L♥ve

WILD WILD LOVE Capítulo 2

Wild Wild LoveCuriosamente, lo más difícil había sido decidir qué ropa meter en la maleta. Cuando Fe se decidió a hablarle a su madre de la posibilidad de visitar al primo Ricardo, y de paso quedarse una temporada, fue ella la sorprendida por las palabras de aprobación y apoyo de su progenitora. La tía Cordelia se emocionó tanto con la idea de que su hijo tuviese cerca a un familiar, que se ofreció a trasladarse a casa de su hermana tan pronto como Fe partiese a las Américas. Arreglado el papeleo y las tarjetas de crédito, se acordó que la llegada de la prima fuese una sorpresa para Ricardito.

Fe subió al avión con la ilusión de una niña. El asiento reclinable resultó cómodo y espacioso. Disponía de una pantalla de televisión y menú con películas de estreno a la carta en varios idiomas. La plaza a su derecha seguía libre y eran pocos los pasajeros que quedaban por subir al aparato. Se fijó en el último grupo que entraba, cuando todos hubieron tomado asiento, quedó en el pasillo un sujeto de aspecto acojonante; por lo menos, paquistaní.

< A que va a ser este su asiento…>

Lo era.

El sujeto llevaba un viejo traje de chaqueta marrón y  portaba un maletín de cuero negro al que solo le faltaba el letrero: CONTIENE BOMBA . <Pero ¿ cómo puedo tener tan mala suerte?> Para una vez que salía de su pueblo ¡la tenían que  inmolar! ¿Habría pasado este tipo todos los controles de seguridad? Fe metió la mano en su bolso y agarró un pequeño perfumador. Al menor movimiento sospechoso lo pulverizaría hasta cegarlo, y a gritar como una posesa.

—Va ugzte a Tejagz.

Casi se caga viva en el asiento de piel sintética.

—A-a Dallas.

—Dallaz … Petrogleo. Un hegmano de mi egzposa vive en Dallaz. Bueno, ahogra egz mi ex.

Dos horas después del despegue…

—Yo la agmaba. La agmaba taanto. Se acogzto con todog mi prigmoz

—No se ponga así Josel, ella no merece sus lágrimas.

—Me dejo zin nada. Ze lo quegdó todo: la cagsa, eg coche, log niño. Todo.

— Azafata por favor, sírvanos un par de whiskies.

—¡Og! No, yo no bebo alchojol.

—No se preocupe, Josel, en sus circunstancias no es pecado. Créame si le digo que ya no quedan hombres como usted.

Para descanso de Fe,  Josel se quedó roque después del combinado. La falta de costumbre.

A las 14:00 hora local, el aparato tomaba tierra en el aeropuerto Dallas Forworth. A su llegada a la terminal Fe se dirigió a la zona de  control de seguridad con sus bolsas y documentos en la mano; pasó por los escaners y al funcionario se le puso cara de estreñido. Un bufalote con la cintura como una rueda de camión la tomó del brazo y, casi en volandas, la llevó al cuarto de policía.

—¿Qué ocurre, agente ? ¿What happens? ¡Soy Española y decente!

—Su bolso —gruñó el agente, en un perfecto español, aunque con fuerte acento tejón.

A Fe se le pegaron las tripas solo de pensar que el moruno hubiese metido algo en su equipaje de mano. El corazón se le disparó y rebotó contra las costillas cuando el agente bisonte metió la manaza en el interior de una de las bolsas y sacó <¡¿ Una lata de fabada?!> ¡Madre del amor hermoso! Tía Cordelia … Ella debió ponerla ahí de estranjis, a Ricardito le encantaba la fabada. La abuela del anuncio parecía burlarse de ella desde la etiqueta ¿Acaso estaría la vieja en la lista de sujetos peligrosos del F.B I ? ¿Cómo narices no habían detectado el dichoso bote en España? Lo cierto es que en Madrid andaban de cabeza con la huelga de controladores. En menos de dos minutos los de explosivos estaban en la habitación sometiendo al bote en cuestión a cuidadoso examen.fabada Dieron unas indicaciones al bufalote y este abrió el cajón de una de las mesas, sacó una cuchara, y procedió a la cata con precaución. En cuestión de segundos se zampó todo el contenido de la lata, relamiéndose hasta las comisuras. Así, sin calentar y a pelo. <Requisada>, había dicho. Por supuesto, disculpas las justas.

Había llegado el momento de informar a su primo de que tenía visita. Quizá Ricardo pudiese enviar a alguien para que la recogiese en el aeropuerto, o tal vez iría él mismo. Marcó el número que la tía Cordelia le había apuntado en un trozo de papel y, una vocecita al otro lado del aparato le indicó que ese número no se encontraba operativo, o algo así. Decidió que lo mejor sería no perder más tiempo y subir a uno de los autobuses regulares que llevaban a la ciudad. Una vez allí tomo un taxi facilitando al conductor la última dirección conocida de Ricardito.

dallas El taxista era de origen hispano y bastante enrollado. El trayecto resultó impresionante, atravesaron el puente Margaret Hunt Hill sobre el río Trinity, que conectaba la zona oeste con el centro de la ciudad. Dallas era moderna y sofisticada, plagada de altos edificios de puro espejo y cristal,  y a esa hora la actividad bullía en las calles. La gente salía de las oficinas y subían a los taxis, entraban y salían de los comercios, de los restaurantes; había cientos de tiendas, luminosos publicitarios y coches, muchos coches. El taxista le iba indicando la sede de algunas de las más importantes empresas del mundo de telecomunicaciones. El hombre subió el volumen de la radio cuando comentaban una noticia sobre los Cowboys Dallas y un aplastante resultado. El primo Ricardo debía estar pasándolo de miedo en aquella alucinante ciudad, viviría a lo grande. La sofisticación y majestuosidad fue quedando atrás a medida que se desplazaban hacia el sur. Anochecía cuando el taxi se detuvo en la puerta de una edificio de tres plantas, digamos… popular. La fachada estaba sucia y llena de grafitis.

—Hemos llegado, señorita. Son …$$$ —Un crujido, como era de esperar.

—Pero, ¿es aquí? Debe haber un error … Por favor, ¿ sería tan amable de comprobar la dirección de nuevo?

—Sí sí señorita, esta es la dirección que trae usted.

Desconcertada, Fe volvió a llamar al  numero de teléfono de su primo, pero seguía fuera de servicio. Encontró el timbre del piso, chumascado con un cigarro, donde se suponía vivía su primo Ricardo  y pulsó varias. Una mujer de unos sesenta años con cara de pocos amigos, el pelo amarillo con tres dedos de raya gris, y una espumadera en la mano, se asomó por la ventana del primer piso hecha un basilisco.

—Emm …I ´m looking for my…¿Español? ¿Habla usted mi idioma?

—¡¿Qué quiere?! —vociferó la mujer, que también tenía acento tejón.

—Acabo de llegar de España y estoy buscando a mi primo, Ricardo. Esta es la última dirección que dejó a la familia.

—Ya no está aquí. Se marchó hace una semana.

—¿Se ha mudado? ¿ Sabe dónde puedo encontrarlo?

—Lo único que puedo decirle es dónde trabajaba. Mi sobrino está empleado allí, fue él quien le habló del apartamento, aunque no creo que pueda encontrar a nadie a estas horas, seguramente hayan terminado el turno.

Fe hizo un rápido análisis mental de la situación concluyendo que lo mejor sería, dadas las circunstancias, buscar un lugar dónde pasar la noche.

—¿Sabe de algún hotel que quede cerca de aquí?

—Por 20 pavos puede dormir en el apartamento. Hay sábanas limpias y agua caliente.

El “ apartamento” era en realidad un cuchitril de quince metros cuadrados con una única habitación que hacía de salón comedor, cocina y dormitorio; el baño estaba el interior de lo que a primera vista parecía un armario. ¿Habría estado viviendo realmente allí Ricardo? Fe no daba crédito. Nunca en ninguna de sus cartas había mencionado que viviese en un sitio semejante, más bien todo lo contrario: “Moderno y estiloso”. Era cutre, antiguo, feo y deprimente, y estaba en una zona de la ciudad a todas luces poco recomendable. Una bombilla colgaba del techo y la única ventana que había era demasiado pequeña y estaba atascada. Se encontraba tan cansada… La primera parte de su viaje, amenizada por Josel el paquistaní, el episodio policial, el jet lag. No tenía ni hambre. Antes de apagar la luz volvió a marcar el número de su primo. Nada. Empezaba a estar verdaderamente preocupada .

A primera hora de la mañana Fe tomó un taxi y se personó en la empresa donde esperaba le facilitasen alguna pista sobre el paradero de Ricardo. De nuevo, el chasco fue monumental. Había esperado encontrarse ante uno de esos edificios infinitos y resplandecientes en el corazón financiero de la Dallas. En verdad, estaba a las afueras de la ciudad plantada frente a una vieja nave de muros mugrosos de la que salía un olor nauseabundo. Parpadeó varias veces al leer el rótulo amarillento que colgaba de la fachada principal:

Piensos J.R 

La puerta de hierro estaba abierta. Entró, subió por una estrecha escalera, y se encontró con un anciano sentado frente a una mesa oxidada, tenía la vista fija en una revista de tías en bolas.

<Viejo verde>

—Por favor, busco a Ricardo López ¿Podría decirme si trabajó aquí? ¿ Me entiende usted?

El viejo levantó los ojos de la revista, enrojecidos por el alcohol, y miró  a Fe con cara de pocos amigos. Abrió la boca llena de saliva y refunfuñó:—No conozco a ningún Ricardo López…—Su mirada voló hasta los voluptuosos pechos de Fe—. Bueno, tenemos un López…Ricky. Ricky López —afirmó el vejete con la mirada clavada en la delantera de la prima.

—Es español, me han dicho que ha trabajado aquí.

—Sígueme, guapa. Creo que se trata del mismo tipo.

Fe siguió al viejo escaleras abajo y luego a través de un pasillo que desembocó en una gran nave con maquinaria y docenas de palés. La pestuza y el ruido eran insoportables. Pasaron por delante de varios operarios, el viejo hizo un alto en el camino.

—¡Ricky! ¡Aquí hay una maciza que pregunta por ti! ¿Qué has hecho?, ¿ la has dejado preñada?—voceó el hombre, tras lo cual emitió una sonora y gargajosa carcajada .

Ricardo, Ricky, salió de entre un montón de desperdicios y se quedó rígido como un cartón.

—¿Fe?

—¿Ricky?

En un primer momento la vergüenza pudo más que la sorpresa. Ricardo abrió tanto la boca y se puso tan colorado, que Fe se sintió violenta y hasta culpable por no haber avisado. Él Llevaba puesto un mono azul de trabajado sucio y raído. Estaba más delgado de lo que ella recordaba, aunque seguía teniendo buena planta .

—Fe… —balbuceó—. ¿Ha-a pasado algo malo? ¿Le ha ocurrido algo a mi madre?

—¡Oh, no!, todo está bien.

—¿Qué cojo …? ¿Qué estás haciendo aquí?  ¿Cómo me has encontrado?

—Fui a tu antiguo apartamento y allí me dieron esta dirección. Llegué ayer y te estuve llamando al móvil casi todo el día .

—He cambiado de número.

Fe miró a su primo de arriba abajo, luego, paseó la vista por el almacén con el alma en los pies.

—Ricardo, ¿por qué estás trabajando aquí? Yo creí … Todos creíamos que… —por vergüenza  calló lo que verdaderamente tenía ganas de preguntar.

<¿Desde cuándo nos has estado mintiendo?>

—Es una larga historia, prima –respondió Ricky, despejándose el pelo de la frente con ambas manos en un gesto nervioso. ¿Cuánto tiempo vas a estar en Dallas?

Un gargajo del vejestorio interrumpió la conversación.

—Bueno, ya está bien de cháchara. ¡Aquí se viene a trabajar! Si quieres hablar con la pechugona, hazlo fuera del horario de trabajo —gruñó, y después lanzó el escupitajo a los pies de Fe.

—Cuidado con lo que dices  viejo repulsivo –advirtió Ricardo, apretando la mandíbula visiblemente tenso.

—No te preocupes Ricardo, podemos hablar más tarde …

—¿Cómo has dicho? —Atacó el abuelo, incrédulo,  salpicándolo todo de babas.

—Digo, viejo asqueroso y negrero, que puedes meterte el empleo por el culo, si es que te quedan ganas después de sacarte la asquerosa polla de goma que guardas en el cajón de tu mesa .

Fe se llevó una mano a la boca, a punto de reír, salir corriendo, y vomitar al mismo tiempo; su primo seguía siendo igual de impulsivo. Frente a la avinagrada cara  de su empleador, que estaba a punto de montar en cólera, Ricardo se quitó las botas y el mono apestoso  y se los arrojó al viejo a la cabeza.

—Vamos Fe. No aguanto esta mierda ni un minuto más.

Vestido únicamente con los gayumbos y una camiseta interior, Ricky abandonó la nave seguido por su prima Fe.

—Bueno, ¿tienes hambre, primita? —preguntó, ya fuera de las instalaciones y con su ropa puesta. Quiero que me cuentes muchas cosas.

Ricardo llevó a Fe en un viejo Mustang, de esos que salen en las pelis americanas y que alguien compra en un solar con banderinesal Ranch cafe, donde pidió unos Texas BBQ sandwiches  y un par de Coca Colas.

—Vaya, vaya, Fe. ¡Menuda sorpresa! Aunque más bien creo que la sorpresa te la he dado yo a ti.

Fe lo miró directamente a los ojos, había llegado el momento de ponerse serios.

—¿Qué ha pasado, Ricardo?

Ricky se pasó de nuevo las manos por el pelo y la sonrisa desapareció de su rostro.

—Verás, primita …

Hablaron durante una hora. Ricardo relató a su prima la causa principal de su actual situación. Como era de esperar, las faldas tuvieron  que ver en el asunto. Hasta hacía pocos meses Ricardo trabajaba para una de las más poderosas Petroleras del estado de Texas. Tenía un puesto ejecutivo, ganaba un muy buen sueldo y vivía , tal y como había explicado a su familia, en un céntrico y lujoso apartamento en una de las mejores zonas de la ciudad. Coche nuevo de empresa, tarjetas de crédito, teléfonos, viajes. Todo iba a las mil maravillas hasta que su primito puso los ojos, y las manos, en la hija del jefe: Angeline .

—Tendrías que verla, prima. –Ricky cerró los ojos mordiéndose ligeramente el labio—. Umm Exquisita –suspiró .

—¿Es que no cambiarás nunca? —señaló Fe—. De verdad que no entiendo a los hombres, ¿eres capaz de perderlo todo por un revolcón? Sigues siendo un picha floja.

—De veras, prima: me volví loco por ella. Y ella por mí. Pero al parecer yo no era lo bastante bueno para el cabrón gordo, engreído, y podrido de dinero de Tom Bill. Cuando su padre lo descubrió …—Ricardo se llevó el dedo índice de un extremo al otro del cuello —se cabreó mucho .

—¿ Y no has podido encontrar un empleo mejor?

—Después de eso, Angeline y yo planeamos fugarnos, pero yo no podía ofrecerle el nivel de vida al que ella estaba acostumbrada y ambos lo sabíamos. El muy cabrón nos interceptó en el aeropuerto y bueno …, ella cambió de opinión .Temía a su padre y supongo que no me amaba lo suficiente. El muy hijo de puta se ha encargado de que no me den ni un puesto de puto telefonista en todo el Estado. Tampoco tenía mucho ahorrado, ya me conoces —confesó con una sonrisa torcida—. Cuando se acabó el dinero … ya lo has visto con tus propios ojos.

—Pero, ¿por qué no nos lo contaste?  ¿Por qué no pediste ayuda? Podías haber regresado a casa.

—No—afirmó rotundamente—. Esto ha sido solo un bache en el camino. No pienso volver con el rabo entre las piernas, al menos eso quisiera conservarlo. –Guiñó un ojo con picardía—. En serio Fe, puedo empezar de nuevo y lo haré.

—Bien, pues entonces seremos dos. He venido para quedarme.

Ricardo entornó los ojos y se recostó sobre el respaldo del asiento asimilando lo que acabada de escuchar, cruzó los brazos sobre el pecho y observó a su prima con atención. Un brillo repentino destelló en el fondo de sus ojos marrones.

—Muy bien primita, pongámonos en marcha.

Ricky se había mudado a un pisito en  uno de los barrios más “animados” de la ciudad. Por el camino llamaron a casa para informar de que el paquete había llegado bien a su destino y  que la sorpresa había sido recibida con gran entusiasmo.

—Ahora vivo en esta parte de la Dallas, comparto piso con un colega que trabajó como recepcionista para la Petrolera. El tipo me cae bien y ahora no tiene trabajo.

—¿También fue despedido?

—No duró ni un mes –añadió Ricky, divertido.

—¡Vaya! Y nos quejamos los españoles de cómo están las cosas allí. ¿También se lió con la hija del jefe?

—No. Durante su primera semana detrás del mostrador se quejaron diez clientes.

Ricky  prefirió no utilizar su propia llave y llamar al timbre anunciando que traía compañía. Su compañero de piso tenía la sana costumbre de andar por la casa ligero de ropa.

—No me interesa —contestó una voz masculina, rápida y cortante, al otro lado del interfono.

—Revés, gilipollas, ¡soy yo! Abre la puerta, traigo compañía…

La recibió un tipo flaco con el pelo rizado cubriéndole parte de la cara, vestido con un pantalón de chándal y una camiseta de American Dad.

—Revés, esta es mi prima Fe, llegó ayer desde España .

—Oh, qué sorpresa. ¿Cómo estás princesa?

—Bien, gracias.

—Fe se va a quedar unos días con nosotros, si no te importa puede dormir en el cuarto libre .

—Por supuesto, por supuesto. Por mí no hay ningún problema. —Más que dispuesto, el nuevo compañero de Fe le echó un ojo a la delantera y agarró las dos maletas para llevarlas al dormitorio que se encontraba al final del pasillo.

—¿Revés?—repitió Fe, lanzando a su primo una mirada interrogante.

—Verás Fe, Revés tiene un pequeño problemita. Y es que … bueno, a veces, si se pone nervioso, no entiende bien las instrucciones. Las entiende justo al contrario, pero no te preocupes, es buena gente.

El apartamento no estaba mal para ser la guarida de un par de leones; disponía de un salón amplio con grandes ventanales y vistas a una animada callejuela, con varios  restaurantes  y locales de ocio. Colocó algunas de sus cosas en el armario del dormitorio de invitada mientras los chicos se echaban una siestecita. Para cenar pidieron pizzas y unas cervezas.

—Voy a darme una ducha —informó Ricky a su prima–. Hay dinero en el primer cajón  de la cocina por si llega la cena, ¿ok, primita? ¿Sabes…? me alegro de que hayas venido.

Fe se permitió relajarse por primer vez desde que había abandonado su pueblo,  dejándose caer en el sofá. Revés salió del bañó recién afeitado, con las greñas rizadas retiradas de la cara peinadas hacia atrás,  y oliendo a loción de afeitar. Se había puesto unos tejanos limpios y  una camisa blanca inmaculada. Revés y el primo Ricky se esforzaban durante la cena por agradar a la nueva invitada contando curiosidades y costumbres de la gente de Texas. Una vez terminaron, Ricky levantó el teléfono para hacer una llamada.

—¡Hola Tony! … Bueno, he estado ocupado. Me preguntaba si sigue en pie la oferta que me hiciste hace unos meses…. ¡Estupendo!, me interesa. Revés, el tipo del que te hablé, ¿recuerdas?, los dos estaríamos interesados… ¿El lunes? ¡Genial! Allí estaremos… Tomo nota. Estoo… Tony, ¿has sabido algo de Angeline?… No importa, simple curiosidad, nos vemos el lunes. ¡Gracias tío!

—¡Tenemos trabajo chicos!—exclamó Ricky satisfecho—. A Revés le resbaló uno de los rizos sobre el ojo derecho.

—¿Tenemos?—cuestionó Fe.

—Bueno, seguro que para ti encontraremos algo, primita. ¡Nos vamos a Cowboys Land!

—¿Que nos vamos adónde?—se quejó Revés.

—A la tierra de los vaqueros, amigo —respondió Ricardo, luego se volvió hacia su prima para guiñarle un ojo.

El lunes, antes del amanecer y con siete horas de camino por delante, Ricky, Fe y Revés, partieron rumbo a Cowboys Land: un pequeño pueblo situado a unos veinte kilómetros al sur de la ciudad de Amarillo, en pleno corazón del lejano oeste.

Continuará…

Betty L♥ve

 

 

WILD WILD LOVE Capítulo 1

Faltaban vWild Wild Loveeinte minutos para las nueve. A Fe le gustaba llegar un poco antes de la hora. Una noche fría y desangelada, el viento bufaba con fuerza haciendo que la falda volase  hasta cotas impúdicas. <El viento debía ser varón> pensó. Apretó con fuerza la tela entre las rodillas, tratando de mantenerla a raya, mientras introducía la llave en la cerradura de la puerta. Una vez en el interior se recompuso apartándose de la frente unas mechas de flequillo enmarañado, y se sentó en una de las tres sillas de plástico que había en la zona de espera para poder arrancarse el puñetero chicle de la suela del zapato. Esa era una de las cosas que más odiaba en el mundo: un chicle pegado a una suela. Sobre todo, si la suela pertenecía a su recién adquirido par de zapatos de rebajas. Había tenido que pelear duro por ellos en su última visita a la ciudad, ella, y una rubia con las morritos de silicona se habían abalanzado sobre la mesa de los chollos al mismo tiempo. En el primer día de rebajas no se permiten remilgos; después de un breve forcejeo, un par de miradas asesinas, y un <suéltalo o te suelto>, los shoes lucían espléndidos y elegantes en los pies de Fe. Se estaba calentito dentro, por lo menos en esta ocasión el tufoso conserje no había olvidado encender la calefacción central un rato antes de que las chicas llegasen, como cada martes, puntuales a su clase semanal de cocina en el Centro Social.

—Buenas noches, señorita Fe. —La sobresaltó la estridente voz de Repu, que  recorría el pasillo de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, conduciendo el palo de la mopa como si fuese un un stick de hockey.

—¿Aun está aquí, Repudia?

—Sí. Hoy he llegado más tarde y todavía tengo que vaciar las papeleras y reponer el papel higiénico. Ustedes no se preocupen, el aula está limpina limpina.

—Gracias, Repu. Eres muy eficiente, procuraremos no ensuciar. Ya conoces nuestro lema: “Nosotras cocinamos, nosotras lo limpiamos”.

En efecto, el aula estaba limpina y ordenada. Los pupitres verdes, reciclados del aula de algún colegio por el ayuntamiento, formaban tres filas perfectas y la encimera de granito rosa porriño relucía como recién pulida. Todo ordenado y preparado para la clase: la cocina de gas con seis fogones, la pequeña fregadera, utensilios de cocina, ollas, sartenes, un set de cuchillos… Y la foto tamaño poster de Carlos Arguiñano y el Excmo. Alcalde  D. Abelino Picaflor, tomada el día de la inauguración. A las nueve en punto su  reloj de pulsera emitió un pequeño Bip, y una maraña de faldas y voces femeninas entraron por la puerta.

—Buenas noches, señoras —saludó Fe—. Por favor, vayan ocupando sus asientos —indicó desde el centro del aula mientras se ataba el delantal a cuadritos a la cintura.

—¡Señorita Fe, treinta Brioches con chocolate han caído este fin de semana!—exclamó una de las mujeres desde la primera fila—. Quedaron riquísimos.

—Me alegro mucho Amelia, espero que su familia se lo haya agradecido como usted merece.

—Oh sí, bueno …”Mamá, me dijeron los chicos, la próxima vez en lugar de pepitas de chocolate podías poner monedas de un euro ”

Fe llevaba dando clases de “cocina” en el Centro Social de su pueblo el tiempo suficiente para darse cuenta de que algunas cosas nunca cambiarían. El ama de casa entregada y sumisa seguía siendo un rol muy arraigado entre la pequeña comunidad. Tampoco ayudaba el hecho de que muchas de esas mujeres no hubiesen salido nunca de su pequeño pueblo. En el norte, como en otras regiones, seguían existiendo lugares en los que los hombres trabajaban, las mujeres  se dedicaban a la casa y al cuidado de los hijos y, madres y abuelas criaban y educaban siguiendo las tradiciones, costumbres y directrices que marcaba el  sexo opuesto. <Atajo de machistas> <Hombres>, murmuró Fe con retranca, toda una vida de esclavitud por unos minutos de gustirrinín … Y eso, si se podía encontrar alguno que se entretuviese el tiempo suficiente como para sacarse del todo los pantalones …

—Bien, empecemos con la clase. Como os comenté la semana pasada, hoy vamos a abordar el tema del retrete. En nuestra última clase hicimos una lista de “cosas que no podemos permitir por parte de nuestros hombres”. Mariana, ¿puedes recordarnos a todas cuáles eran esas cosas?

Mariana abrió  su carpeta de cartón con motivos frutales y  sacó una hoja, cuidadosamente doblada, camuflada entre las recetas.

—Uno–leyó en voz alta —: “Humillaciones, faltas de respeto y/o consideración. La mujer es igual al hombre aunque se dedique a las tareas del hogar y no traiga un sueldo a casa”.

—Dos: “Nada de gritos, insultos, mofas, chuflas o chistes machistas”.

Eso, eso –coreó el grupito de sesentonas del fondo .

—Tres: “Totalmente prohibida la falta de higiene. La ducha y el cambio de ropa interior debe ser diario sin importar la época del año, la falta de tiempo o la temperatura exterior. Las uñas deben ser eso: uñas, nada de garras ni moluscos de la ría”.

—Cuatro: “Totalmente prohibido peerse, eructar, esputar o rascarse las partes nobles fuera de las zonas habilitadas para tales menesteres”

—Cinco: “Las relaciones sexuales deberán practicarse de mutuo acuerdo y según las necesidades de ambas partes. Por supuesto, nada de ajo, cebolla o comidas fuertes si estamos pensando en el intercambio de fluidos. Fuera pantalones, calcetines y zapatos, en particular, si se trata del uniforme de trabajo”.

— Seis: “No exceder el número de horas permitidas en el bar. El cómputo de las horas semanales que nuestros maridos pasen en bares, cafeterías u otros lugares de ocio sin la presencia de sus esposas, en ningún caso excederá de tres (A excepción de los trabajadores del ramo de la hostelería. En este caso, consultar )”.

—Siete: “El sueldo se entrega en casa puntual, sin sisas. El hogar es un toma y daca: Yo lavo tu ropa y tu vas al trabajo hecho un pincel. Tú pagas la cuenta de super y yo lleno tu estómago y el de los niños de cosas ricas”.

—Ocho …

Inesperadamente la puerta del aula se abrió y un cogote masculino asomó provocando el pánico entre las féminas. Le siguió un silencio culpable y sepulcral; la mano rápida y resuelta de Mariana escondió la hoja con el listado anti abusos en el regazo.

—¿Han tomado nota de la receta? ¿Alguna duda? —Disimuló Fe—. No olvidéis que el azúcar hay que echarla al final …Buenas noches, ¿desea usted algo, caballero?

—Estoy buscando a mi mujer, Juani.

Juani, que se había quedado muda, saltó como un gamo de su asiento temerosa de que su esposo hubiese escuchado algo indebido. Los esposos salieron al pasillo y aunque cerraron la puerta, la impetuosa voz del marido se escuchaba claramente.

—¡He dicho que vengas a casa ahora mismo! ¡Manolino va cagado hasta las patas y no hay quien aguante la peste!

—¿No puedes cambiarlo tú? No quiero perderme la clase de hoy, vamos a hacer pastel de ciruelas…

—Pastel, el que lleva tu hijo pequeño en el culo. Sabes que limpiar mierda no es cosa de hombres.

—No cariñino pero es que …

—Ni es que ¡ni gaites¡ ¡Estoy harto de que descuides tus obligaciones!

—Yo no descuido mis obligaciones, tú no…

—No te atrevas a contestarme, mujer. Desde que asistes a estas clases andas revuelta y contestona.

Juani apretó los dientes y miró a su marido ciega de indignación, pero finalmente agachó la cabeza y claudicó.

—¡Qué pesado eres!, voy por mi bolso.

Regresó al aula con fingida preocupación, explicándole a Fe que el febril estado de su hijo menor la obligaba a ausentarse.

Esa noche  Fe llegó a casa hastiada y de mal humor. Su madre, que esperaba ansiosa el plato estrella de los martes, puso pies en polvorosa y se retiró a su dormitorio a ver el canal Teletienda. Estaba realmente harta. Tantas clases de liberación femenina encubiertas. Tantos consejos, charlas, reflexiones, conclusiones… Para nada. El caso de Juani no era un caso aislado. Muchas de sus alumnas vivían bajo el yugo opresor del macho alfa y, a la hora de la verdad, acababan cediendo en vez de plantar cara a esos neandertales.  Era casi un milagro  que los amos del castillo permitiesen a sus esposas asistir a “clases de cocina” pero claro, eran sus gordos estómagos los que terminaban beneficiándose. Al cuerno con los derechos de aquellas que se dejaban pisar, estaba cansada de ser militante en la sombra. Por desgracia, el suyo era un pueblo pequeño y mientras no aprobase la puñetera oposición y consiguiese plaza en otra parte, tenía que morderse la lengua si quería conservar su única fuente de ingresos. Por las tardes, de lunes a viernes, daba clases de apoyo y refuerzo a escolares y, una vez por semana, clases de cocina a sus mamás. Todo, con el beneplácito, patrocinio y desembolso del Sr. Alcalde, que en el fondo era el más machista de todos. Mientras en otros centros del país se impartían clases de igualdad, apoyo o desarrollo para la mujer, en el suyo  se daban clases de cocina, masajes, bordado o corte y confección.

¡Joder, su madre tenía la tele a toda leche!

” Solamente hoy, y si hace su pedido en las próximas 24 hrs , le mandaremos a casa no uno SI NO DOS !! DOS Cleaner Master a un precio realmente interesante …. “

Fe sonrió sintiéndose culpable por espantar a su madre con su mal humor; su madre no lo merecía, la había sacado adelante sola,  y por ella era que Fe no había cumplido su sueño de independizarse y mudarse a una urbe moderna y cosmopolita, repleta de tiendas, centros comerciales y vida social. A la mañana siguiente, Fe salió temprano a comprar el pan y el arreglo para las fabes que cocinaría a medio día. En el mercado, compró fruta y algunas verduras. Pidió la vez en el puesto de pescado de D. Onofre.

—¿Qué le pongo, fermosa?

—Hoy me llevaré unas almejas .

Don Onofre, guante de goma en mano, echó al peso un buen puñado de almejas bien frescas y dirigiéndose al rubicundo cincuentón con el que cotilleaba mientras despachaba al personal comentó:

—No hay nada como una buena almeja, gorda y jugosiña —afirmó el pescadero, clavando su obscena mirada en el generoso y bien plantado busto de Fe.

El rubicundo rabo verde  rió maliciosamente y a Fe le dieron ganas de quitarse las bailarinas y liarse a zapatazos. Cargada con las bolsas de la compra y la revista Elle  entró en el portal de su casa y  abrió el buzón. Facturas, más facturas, pagos, publicidad y … ¡Vaya! una carta del primo Ricardo.

Fe y el primo Ricardo se habían criado prácticamente juntos. De pequeños habían jugado al escondite, a la guerra de la galaxias, a la oca y al parchís hasta hartarse. Él compartía con ella sus coches de carreras y ella, a cambio, le permitía entrar en su reino de princesa. Aquello fue cambiando con la aparición de los primeros granos. Ricardo se dejó llevar por el grupito engreído de gallos del colegio y Fe pasó de ser su compañera de juegos y mejor amiga, a ser del otro bando, el bando de “ las chicas”. Cuando se les pasó el pavo de la adolescencia los primos siguieron manteniendo el contacto por carta. Él se había marchado  fuera a  estudiar ingeniería agrícola y forestal ante la falta de futuro profesional en el pueblo y las ganas de ver mundo; hacía más de tres años que había volado del nido probando suerte al otro lado del charco.

Mientras las fabes se guisaban, Fe puso la lavadora y se tomó un respiro para leer tranquilamente el contenido de la carta:

Mi querida prima:

En primer lugar, quisiera felicitaros el año a ti y a mi tía . Al final no pude ir por Navidad , imagino que ya os lo diría mi madre. El trabajo no me lo permitió, ahora que tengo un cargo de responsabilidad en una importante multinacional, me fue imposible encontrar un hueco en mi apretada agenda. Me va muy bien aquí, tendrías que ver mi nuevo apartamento… tiene unas vistas espectaculares y es todo nuevo y de diseño. Te encantaría prima .

Os echo mucho de menos, sabes que soy fan de tus comidas y me gustaría haber estado allí para la cena de Nochebuena y haberme puesto hasta las patas  de marisco y de pavo relleno, que te sale tan bueno. Aquí la comida tampoco es mala y me puedo permitir  comer en los mejores restaurantes pero ya sabes , la morriña…

¿Sigues dando clases de cocina a esas rancias? Deberías buscarte un novio y marcharte del pueblo. Ya sé que no quieres dejar a tu madre, pero ella se las apañaría muy bien con la mía y juntas se harían mutua compañía. Si todo va bien, quizá pueda tomarme unos días libres para ir a veros, pero en todo caso, será después del verano.

Ahora tengo que dejarte, mi secretaria reclama, que por cierto, está cañón.

Por favor, da recuerdos a todos de mi parte y cuídate mucho .

Un beso de tu primo que no os olvida,

Ricardo 

Fe pasó el resto del día dándole vueltas a las palabras de su primo:

Clases de cocina a esas rancias … 
Ella se las apañaría muy bien …
Te encantaría prima …

<¿Por qué no?> —se dijo a sí misma–. El primo Ricardo podría hospedarla al principio. Quizá hasta pudiese ayudarla a encontrar un empleo … Había dicho que trabajaba en una multinacional y hasta tenía secretaria. Su nivel de inglés no estaba mal, al menos escrito, ya que en el pueblo no surgía a menudo la posibilidad de practicar. Si algo no salía bien siempre podría volver a casa. Pero ¿y su madre?, ¿estaría bien? Podría quedarse con su hermana por un tiempo. La extrañaría, sin duda, pero tampoco es que estuviese pensando en marcharse para siempre. Le enviaría dinero…

Definitivamente necesitaba cambiar de aires. Sacó la carta del primo Ricardo del cajón de la mesita y estudió el sobre con detenimiento.

dallas

Un mes después …

 

“Pasajeros del vuelo 6094 de United Airlines con destino Aeropuerto internacional Dallas / Fort Worth, , por favor, embarquen por la puerta 2 ”

 

Continuará…

Betty L♥ve

EL VIAJE 2

SEGUNDA PARTE (FINAL)

 

—Debió dejarme en la camioneta, se habría ahorrado el espectáculo de esta noche. Sea una caballero y permítame invitarle a una copa.

—Puede sentarse, si lo desea.

El misterioso caballero alzó el brazo y con un discreto gesto le indicó al camarero que se acercase.

—Por favor,  sírvanos la cena. Traiga la carne para la Señorita.

—Prefiero el Bogavante —expresó  Marieta—. ¡Lo quiero muerto!

A ella le pareció ver en aquellas oscuras pupilas una chispa de sonrisa, sin poder evitarlo sus ojos volaron hasta los labios del hombre, firmes y perfectamente dibujados; sensuales, aunque carentes de humor.

—¿Ocurre algo, señorita… ?

—Líos, Marieta Líos. Nada, está usted muy bien… Perdón, quería decir, que está todo bien.

—Yo soy Rashid —se presentó—. Con pulso firme le llenaba la  copa mientras la intimidaba escrutándola  con su aguda  mirada.

—De verdad, me gustaría darle las gracias —balbuceó ella.

—No tiene por qué, cualquiera la hubiese ayudado esta tarde. Eso no me convierte en un héroe.

—¿Es usted árabe? —indagó.

—En parte. Mi mi padre era egipcio y mi madre es americana, ¿he satisfecho su curiosidad?

:oops:

Los platos llegaron a la mesa. Primero, sirvieron la carne para la dama, jugosa y especiada. Luego, el difunto para el caballero, con una salsa rosada que ocultaba las magulladuras fruto de la trifulca.

—¿Le apetece algún vino en particular? –preguntó Rashid, con voz cautivadora.

—Por favor, elija usted por mí.

La comida era deliciosa; la compañía, hechizante, inquietante. Cada sorbo afianzaba y desinhibía a Marieta.

—¡Oh! Lo siento, se me ha caído servilleta.

Mientras Rashid hacía gala de sus buenos modales y se agachaba para recoger el paño, Marieta dejó caer unas gotas de Chunga – Chunga en la copa de su acompañante. Rápidamente, recuperó la compostura solo para volverla a perder cuando reparó en los sutiles movimientos de Rashid,  en la atlética complexión de aquel cuerpo fibrado. Bajo el elegante traje ajustado y la camisa abrochada hasta el cuello, los músculos, contenidos, clamaban por la liberación.

—¿Un brindis? —propuso ella.

Una hora después, el último botón de la camisa del hombre había saltado del ojal.

—¿Se retiran los señores? Les recomiendo tomar un Virgin Cocktail en el Sunrise Paraíso, son la especialidad del barman.

<Madre mía qué mareo, por favor que no se me note…> , se decía Marieta <Estoy yo peor que él, y sin  ¡chinga chinga!>

Al Sunrise se accedía caminando por otro estrecho sendero, que se abría paso entre un majestuoso edén tropical iluminado por antorchas.

—¡Ohh !¡Ayyyy!

Una pérdida de equilibrio. Una mano clavada en las costillas. Un zapato sin tacón… Unos brazos fuertes que la sujetaron. Unos ojos clavados en los suyos. Un aliento muy cerca. Un corazón desbocado. Una vez en la vida… ¡Qué narices! ¡Su marido se había tirado a su secretaria!

—Ya puede soltarme, Rashid. Gracias, le ruego me disculpe el tropiezo, debe ser este calor asfixiante que me vuelve torpe.

—Deme sus zapatos.

—¿Cómo?

Con olímpico lanzamiento las sandalias volaron por los aires. A juzgar por el alarido en la noche, debieron ir a parar al lomo de alguna alimaña. La música se sentía cada vez más cerca.

¡Maaaambo!

El Virgin, en efecto, era la estrella del Sunrise. Descalza y con el pelo alborotado, Marieta dejó la copa en la barra y prácticamente arrastró a Rashid hasta la pista de baile. Sus caderas se contoneaban  y la espalda al aire se frotaba contra el pecho varonil de Rashid,  abriendo con sutil sensualidad su chaqueta. En un primer momento el hombre permanecía algo rígido, hasta que de repente, como por impulso, sus ojos chispearon y  su mano envolvió la de ella haciéndola girar en la pista de baile. Ambos quedaron frente a frente. Un tema lento anunció lo avanzado de la noche y Rashid la pegó a su cuerpo recio. Un abultado deseo evidenciaba los efectos del chunga- chunga, pero de pronto se apartó.

—Creo que es hora de retirarme —anunció—, mañana temprano tengo asuntos que atender.

—Entiendo :-( Creo que yo también debería marcharme.

—Permítame acompañarla—ofreció Rashid educadamente.

El trayecto de vuelta transcurrió sin incidentes vergonzantes. Marieta sentía los pies de corcho, él se daba cuenta y aminoraba la marcha, incluso llegó a levantarla de nuevo en brazos para salvar un charquito de lodo en el camino. Ese hombre le daba corriente cada vez que la rozaba. < Sin duda es un hombre con clase> pensó Marieta , mientras la idea de arrebatarlo contra una palmera y hacerlo un “desgraciao” tomaba fuerza en su mente.

Ya en la puerta de su cuarto…

—Ha sido una velada muy agradable —susurró él, tomando y besando suavemente la mano de Marieta.

— Sí, lo he pasado muy bien.  ¿Se aloja usted en una suite, no es cierto?

—La mirada de Rashid fue fulminante.

—¿Le gustaría verla?

— Bueno … es muy tarde y no quisiera abusar más de su amabilidad.

—¿Le gusta el champan? –Ella asintió.

—Al final del pasillo. Usted primero.

La puerta hizo un pequeño “clock” al cerrarse tras ellos. Despacio, pero seguro,  Rashid  se volvió hacia Marieta mientras lentamente se  desabrochaba el cinturón del pantalón. En sus ojos había puro Chunga –Chunga.

Al cinturón le siguió la chaqueta color crema, que él dobló cuidadosamente antes de dejarla caer sobre el sillón de cuero. Su camisa negra,  amoldada a la perfección a su cuerpo parecía una segunda piel.  Torso firme, brazos fuertes y definidos para el deleite de cualquier mujer. El cinturón y el pantalón desabrochados no dejaban lugar a dudas sobre el propósito del egipcio.

—Nunca he hecho esto antes… —murmuró ella en un susurro apenas audible.

Rashid le dirigió una mirada de desconcierto y su mano se detuvo justo cuando iba a quitarse la camisa.

—Bueno sí, eh… quiero decir que nunca … con otro.

Él no permitió que continuase con las explicaciones y la hizo callar sellando sus labios con el dedo índice de una mano.

—Shhhh…  No es necesario que hables. No pienses, solo siente . —Y deslizando su dedo  desde sus labios carnosos hasta el centro del  escote consiguió que Marieta se olvidase hasta de respirar.

Sin dejar de recorrerla con  la mirada terminó de quitarse la camisa, sin prisa pero  atento a su reacción. Marieta se estremeció.

—No te asustes, no es una cicatriz.

En la base del cuello nacía la cola, bajaba por el pecho aumentando su grosor  enroscándose  a la cintura y descendiendo hasta perderse por la abertura del pantalón. Era de color ocre y verdoso, tatuada sobre su cuerpo con precisión y maestría se alzaba una auténtica cobra. Rashid  tomó de la mano a Marieta y cruzando la habitación salieron a la terraza.  La brisa mecía las altas palmeras en el jardín haciendo sisear la llama de las velas, que rodeaban el jacuzzi exterior creando un ambiente íntimo y relajante. Una botella de champan francés se enfriaba en la champanera de cristal repleta de hielo.

—¿Esperabas compañía? —preguntó Marieta, algo suspicaz.

—No esta noche. ¿Lo dices por el champan?, me gusta tomar una copa y un baño antes de meterme en la cama.

Sacó la botella del pequeño iceberg. Un rápido “chop” rompió el silencio y el líquido burbujeante chispeó en la copa al igual que lo hacían  sus negros ojos.

—No tengo traje de baño, puedo ir a mi habitación…—Le estaban entrando sudores.

Él enarcó una ceja interrogante,  estaba clara la respuesta. Se llevó la copa a los labios y bebió un trago  del espumoso con sumo placer, lo saboreó pausadamente.  Se quitó ambos zapatos, primero uno, luego el otro. Después, el pantalón cayó al suelo. Marieta se dio la vuelta y apuró su copa de un solo trago, la sorprendió el sonido de su propia respiración acelerada, lo tenía tan solo a unos centímetros de su espalda. Sintió sus firmes manos sobre los hombros presionando ligeramente  al tiempo que una dura protuberancia se clavaba en el trasero.  Era reconfortante, excitante y prometedor. Tanto, que la hizo bizquear.

Rashid siguió avanzando con las manos hasta llegar a los pechos, donde se detuvo acariciándolos a través de  la tela del vestido abriéndose paso hasta la blanda carne. Bajó uno a uno los tirantes del vestido rojo, que cayó al suelo permitiendo el contacto piel con piel.

Marieta se sentía sofocada, mermadas sus fuerzas y su voluntad.

—Tienes una piel muy suave, y unos labios …

Y acto seguido, el tanga siguió al vestido y a ambos, el slip.

Marieta, todavía de espaldas, sintió a la bestia liberarse. Agarró la botella de champan y directamente se amorró  a ella y bebió hasta que no quedó una gota. Decidida y caliente como el asfalto en agosto se dio la vuelta, y entonces la vio.

—Ohhhhh ¡Madre del amor hermoso!

En el bajo vientre, justo donde debería haber pelufa, se alzaba la cabeza de la cobra con la boca bien abierta y la mirada desafiante. En lugar de bífida lengua se erguía un mástil de altura y grosor desconocidos hasta ahora.

COBRA< ¡Este no eyacula! ¡Envenenaaaaa!>

Con un rápido movimiento Rashid la alzó en brazos, al igual que horas antes, y juntos se sumergieron en el jacuzzi.
Atrapada entre sus brazos y, antes de que pudiese pronunciar palabra, una lengua abrasadora y exigente entró hasta el fondo de su garganta.
La pasión se desató, el agua se convirtió en puro oleaje, un mar embravecido y desbordante. Ella sentía sus manos voraces por todo su cuerpo, recorriendo cada centímetro, lamiendo su piel mojada. Quería tocarlo, él era perfecto:  fuerte, dorado, esculpido como una estatua,  y la cobra… ¡La cobra!

Olas gigantes, humedad, pieles resbaladizas, serpientes entrelazadas y una tranca de miedo y perdición.

—¡Ohhhh ¡Ahhhh! ¡Oh Cobrettiiiii! ¡Hazme tuya!

—¿Has soñado alguna vez con ser inmortal?—Su voz sensual , profunda—. Bienvenida al eterno placer.

Dicho y hecho. La lengua de la bicha se abrió paso entre los muslos y a Marieta se le pusieron los ojos en blanco. Se sintió empalada, a punto de estallar.  Sin aliento, su pierna se estiró en un calambre orgasmal y el dedo gordo del pie fue a incrustarse en el agujero de uno de los chorros del jacuzzi .

El besaba sus pechos con desenfreno al tiempo que la cobra escupía el veneno de la inmortalidad. En la mente de Marieta empezaron a desfilar imágenes de esfinges milenarias, antiguos dioses faraónicos y hermosos templos . Chunga , chunga, chunga un canto resonaba insistente en su cabeza. Se vio a sí misma sentada en un trono de oro y brillantes, aclamada por sus súbditos, y frente a ella, el vasto desierto.
A su lado estaba él, sentado en un trono de oro y piedras preciosas cuyo respaldo coronaba la cabeza de una gran serpiente. Una cobra.

—Mi reina… ¡Te he esperado siempre!

Unidos sus cuerpos y sus lenguas, ambos eran arrastrados hacia una civilización ya perdida.

—¡Noooo! —gritó Marieta, con el corazón desbocado –. ¡No puedo acompañarte!

—¿No me deseas? ¿No quieres la vida eterna? Te ofrezco riqueza y poder, placeres que nunca has conocido. ¡Serás mi reina!, el privilegio de unos pocos.

—Sí quiero, ¡pero no puedo soltarme!  —Vaya si quería, con esa cobra lo acompañaría hasta el infinito.

—¡No hay tiempo!

Ella estiraba con todas sus fuerzas pero el dedo no salía del agujero, que succionaba cada vez más.

—¡Ha llegado la hora! ¡Ven conmigo! –gritó Rashid,  agonizante, mientras la abrazaba. Y su rostro comenzó a desintegrarse y su cuerpo desaparecía bajo el agua.

Había perdido la eternidad por el dedo gordo del pie…

 

A la mañana siguiente, una voz familiar martilleaba en su cabeza.

—Zeñorita , zeñorita

Aturdida  y con una fuerte jaqueca Marieta  se incorporó  y recorrió con los ojos toda  la estancia. Se hallaba en su habitación en el hotel, el ventilador daba vueltas y allí de pie estaba Dulceflor con la bandeja del desayuno.

—¿Cómo le fue anoche zeñorita Morrieta ? No tiene muy buen color —una sonrisilla maliciosa escapó de sus labios.

—No recuerdo cómo he llegado a mi habitación.

— Menuda novedad… ¿Desea tomar algo?

— ¿Qué había en el frasquito que me diste, Dulceflor?

— Confianza zeñorita, y un poquito de agua de mar…

No supo si lo acontecido la pasada noche había sido un sueño o pura realidad. Su cuerpo y la hinchazón en el dedo gordo del pie se inclinaban más por lo segundo, pero de cualquier manera,  decidió que lo mejor sería salir de allí pitando antes de que echasen en falta al egipcio y la acusasen de quién sabe qué cosa.

<Un faraón…> <Su reina …>

—Dulceflor, ayúdame a preparar el equipaje, me marcho hoy mismo .

—¿Tan pronto nos abandona, zeñorita ?

—Créeme, he disfrutado intensamente de mis vacaciones.

—Bueno, en ese caso avisaré a mi hermano para que venga a recogerla con la camioneta.

Le dolía demasiado la cabeza para protestar.

—Pídele, por favor, que baje las ventanillas previamente y, si no es mucho pedir, que retire las plumas de pollo del asiento de atrás.

Marieta descolgó el teléfono, siguió las instrucciones del recepcionista y cuando la voz sonó al otro lado del océano estas fueron sus palabras:

—Cariño, soy una tonta… Regreso a casa. ¿Quieres que hagamos un viaje juntos y lo intentamos otra vez ?

—  …… …. …

¡¡¿ Que quieres que vayamos a Egipto ?!!

 

FIN

Betty L♥ve

EL VIAJE 1

 PRIMERA PARTE

paraiso tropical

Un sueño hecho realidad: una semana en un paraíso tropical.  Vacaciones en una exótica isla rodeada de mar cristalino y tierra virgen para explorar. Era su primer viaje en solitario desde hacía muchos años, las navidades con su pareja habían sido desastrosas y, aprovechando que su  jefe le debía unos días, decidió empezar el año lejos de todo y de todos; fuera marido, despacho y teléfono móvil.

El vuelo llegó a su destino con tres horas de retraso. Al poner un pie en tierra, Marieta sintió que las rodillas se le combaban. Después de doce horas metida en ese aparato volador, en clase turista y sin poder estirar las piernas, sentía entumecido hasta el chichi.  Alargó el cuello entre la people y avizó un cartel con su nombre escrito con basto rotulador : Zrta.  MORRIETA

Mal empezaba la cosa …

—¡Ziñorita Morrieeeeta! ¡Bienvenida a la izla!

—Mi nombre es “Marieta”—corrigió—. ¿Es usted mi chofer?

—Oh, no ziñorita Morrieeeeta.  Yo no ze conducid . Una vez me zubí a una máquina de ezas  y acabé en el gallinero de mi compadre Osualdo, toitíco emplumao.

—  8-O

— Zígame zeñorita, el chofe noz ezpera a la zalida para llevarla a zu hotel.

Una costra de mugre tapizaba el techo en el interior del camioncito del transporte. Marieta se tapó la nariz  y rezó para que el trayecto fuese  rápido y sin consecuencias.  Suponía que no habría muchas autopistas, pero no imaginó, ni de lejos, que un culo pudiese pegar tantos botes. Aquello parecía un tour para chiflados circulando por caminos de cabras sin asfaltar, llenos de socavones,  en un vehículo a motor con los colores del arcoiris: puertas azul celeste, techo rojo descolorido, tapicería cebra con pequeños y sospechosos lunares negros, y los cristales de las ventanas con más lamparones que el trasero de una burra.

—¡¡No haga uzte eso, madame!!—le gritó el chofer volviéndose hacia ella desde el destartalado puesto de conducción, su rostro negro como un tizón y unos ojos saltonamente amarillentos la sobresaltaron.

—Sólo intentaba bajar las ventanillas… aquí hace mucho calor .

Pero ya era tarde, lo que quedaba de la manivela  se encontraba en la palma de su mano.

—Lo siento, se ha roto….

—¡Estos turistas! –renegó el moreno- ¡Lo tocan tó!

Al llegar a destino,  dos mozos maleteros que aguardaban a la entrada del hotel tuvieron que acudir en su ayuda, pues las puertas del “mercedes” se bloquearon  y no había manera de abrirlas. La dama ya tenía los ojos en blanco, pero supieron que aún seguía con vida porque con el último aliento intentaba abanicarse con un arrugado tissue.

No recordaba cómo llegó a la habitación pero por fortuna allí estaba, tumbada en una cama queen size y rodeada de mullidos almohadones blancos. Un enorme ventilador de madera pendía del techo y giraba proporcionando una suave brisa perfumada por docenas de flores que adornaban la estancia. Marieta suspiró de puro alivio.

—¿Se encuentra bien, zeñorita ? —La voz parecía proceder del baño, ese acento le era  vagamente familiar.

—¿Cómo he llegado aquí?—preguntó Marieta, aun descompuesta.

La muchacha salió del baño y se acercó hasta la cama.

—El caballero de la suite prezidencial la zacó de la furgoneta de mi hermano ¡arrancando la puerta de cuajo!, y la cogió a uzte antes de que estiraze la pata.

Recordó entonces unos ojos oscuros y penetrantes clavados en los suyos, con las pestañas más maravillosas que había visto en su vida. Vagamente, recordaba haber volado escaleras arriba en los fuertes brazos de un desconocido.

—¿Quién es ese hombre? Discúlpame, ¿tú cómo te llamas?

—Me llamo Dulceflor, y zoy zu camarera durante zu eztancia en el Gran hotel Villaparaíso.

—¿Y el caballero que me rescató ?¿Qué sabes de él?

—No zé mucho, llegó hace unos días, cazi no zale de zu habitación. Dicen que es muy rico…

Marieta sintió la urgente necesidad de agradecer al misterioso caballero su heroicidad, pero antes tomaría un baño y le pediría a Dulceflor que “le planchaze” el vestido rojo, el de la espalda al aire.

 

*******

<De bien nacido es ser agradecido>

Toc toc toc
Toc toc toc

—Debe haber salido .

Justo cuando Marieta se disponía a marcharse, oyó el ruido de algún objeto caer al otro lado de la puerta.  Entornó los ojos, arrugó la nariz y, frunciendo el ceño, estrelló el pequeño bolso de mano contra la puerta.

—Será grosero. ¡Sólo quería darle las gracias! –rugió.

—A lo mejor el caballero ha bajado al comedor, zeñorita —excusó Dulceflor, que había acompañado a Marieta hasta la puerta de la suite—. Ya ez tiempo pa cenar.

Y lo era. Con tantas emociones y sobresaltos no había prestado atención al clamor de su estómago. Dulceflor la guió hasta el comedor, atravesaron un sendero, flanqueado por palmeras y techado con cañas de bambú, que conducía hasta una gran carpa sustentada por recios troncos de exóticas maderas.  Aromas fuertes y especiados procedentes del showcooking llegaban de todas partes, esparcidos por  gigantescos ventiladores de madera pendiendo del techo mezclándose con el humear de las velas, que brillaban como estrellitas en cada una de las mesas.

—Simplemente perfecto —pensó Marieta, pero la mayoría eran parejitas. Nadie iba a ese lugar para tomar una decisión así < se dijo>, y en ese instante se deprimió.
Dulceflor se la quedó mirando de arriba abajo, parecía estar sopesando algo, se metió la mano en el delantal y sacó un pequeño frasco del bolsillo.

—Tenga zeñorita, ponga unas gotitas de ezto en la copa de algún caballero. ¡Mano de santo!

—¡Oh!, no. No he venido a buscar…, ejem. Tampoco necesito brebajes para atraer a ningún hombre—refunfuñó.

—No es ningún brebaje, zeñorita.  No ze preocupe, es inofenzivo , mi madre ziempre llevaba un frazquito en el bolsillo , y la madre de mi madre, una tradición. Y depositando el tubito misterioso en la mano de Marieta,  Dulceflor dió media vuelta perdiéndose en la espesura de la noche.

Un camarero la acompañó hasta una mesa, le sirvió una copa bien fría de un licor fuerte y le indicó que se acercase hasta el grill y eligiese entre los muchos manjares frescos que a continuación cocinarían para ella.  Localizó un chuletón especialmente magro, de aproximadamente 800 gramos, con el que darse un primer homenaje.

—Este, por favor.

—Disculpe señorita—explicó el cocinero, tomando la pieza—, precisamente iba a prepararlo para  el caballero que ha elegido ese mismo.

Marieta se dio la vuelta como un rayo  y se encontró frente a frente  con aquellos impactantes ojos oscuros.  Acto seguido, el caballero le dio la espalda, se adelantó para dar una instrucción al cocinero y se encaminó hacia a su mesa.

—Oiga, disculpe… ¡Oiga!

Parece ser que no oía.

—¿Habla mi idioma?—prácticamente le estaba gritando.

—Perfectamente.

Una voz grave y sensual hizo que a Marieta se le aflojasen las rodillas hasta el punto de apoyarse sobre la fuente de los crustáceos.

—¡Ayyyyyy!

Con la cara desencajada, Marieta chilló alzando la mano mientras un enorme bogavante  le hacía un trabajito …

bogavante

—Socorrooo ¡Que alguien me ayude!

Varios camareros acudieron  para reducir a “don pinzas”,  mientras el caballero misterioso asistía anonadado al espectáculo.
De vuelta a su mesa, Marieta todavía conservaba en el rostro la evidencia del bochorno. El servicio le llenaba  una y otra vez la copa de la vergüenza con ese licor tan exquisito, que ahora le parecía hasta suave.

El caballero cenaba solo en una mesa al  fondo;  traje sastre color crema, camisa negra abrochada hasta el cuello, y espesa cabellera oscura recogida en una coleta peinado con fijador. El tono de su piel era exquisitamente dorado, sus ojazos almendrados sugerían orígenes árabes.
Indignada, despechada y, ligeramente achispada, Marieta sacó del bolsillo el frasquito a la luz de las velas y leyó: CHUNGA-CHUNGA

—Por favor —pidió a un camarero—, lleve al caballero del fondo otra botella de lo que esté bebiendo, y dos copas…

 

 Continuará…

Betty L♥ve

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El APAGÓN 2

SEGUNDA PARTE

 

Sentados a mi derecha Manolo y Rosi,  un educado matrimonio de unos cincuenta. Ella era portadora de una verruga del tamaño de una uva pasa, de esas por las que asoma un pelo más tieso que un alambre. A mi izquierda, un tipo alto pelirrubio y rarito, que eso se ve enseguida, de unos treinta y tantos vistiendo un traje que debía ser de su abuelo,  que también lo acompañaba esa noche a la mesa. El rarito tenía el pelo largo y crespo y lo llevaba recogido en una coleta baja, totalmente repelente. Justo frente a mí, un tal Nicolae  se presentó haciendo gala de  un castellano a cañonazos. El caso es que su amigo Vladimir, que a primera vista no estaba mal, con su pelo bien engominado más negro  que una noche sin esperanza, dejó de ser una promesa cuando al sonreir me cegó el destello de un diente de oro. Madre mía qué glamour… Ocurre en estos casos que la vergüenza, al contrario que  la conversación, es inversamente proporcional a la cantidad de vino ingerido; antes de que sirviesen el primer plato ya me había soplado media botella de Riesling.

Los primeros intercambios verbales destaparon un feo problema, que pese a no ser grave,  tampoco era un mal menor; de entre los presentes sentados a la mesa, a uno le olía el aliento a ajo puerro. De vez en cuando me venía una badá que me hacía contener la respiración  poniendo en riesgo  mi caja torácica, ya oprimida en exceso por el push up. Era evidente que la nuestra, era una mesa de “restos”. Comenzaron a servir la cena, el coctel de marisco lo componía un único lasgostino  sobre cama de brotes verdes. El rarito se emparanolló con el langostino, debían estar teniendo una conversación muy interesante en la otra dimensión, ya que el tipo, al que  su abuelo  había sacado del loquero para que lo acompañase en fin de año previa dosis doble de alplazolam, de vez en cuando asentía con la cabeza como dándole la razón al crustáceo. Además de eso, cada vez que levantaba la cabeza del plato me encontraba con el diente de oro, o con la aguda mirada del amigo Nicolae, que o tenía un tic o es que no paraba de guiñarme un ojo. Degustando el primer plato, bacalao con crema de pimientos escalibados, sentí el roce de un pie descalzo sobre mi tobillo y del susto escupí el bocado fingiendo atragantarme con una espina. ¿Habría sido el loqueras? ¿El marido de doña verruga, que no le quitaba ojo a mi falso escote Victoria Secret?  Pensé en levantarme con la excusa de ir al baño y no regresar, pero comenzaron a servir la carne y la verdad es que tenía muy buena pinta. El  solomillo en costra de parmesano estaba muy rico, y pude repetir sorbete de hierba buena, que después de soportar durante toda la cena el tufillo a ajo puerro resultó un oasis de frescor. Después de los postres y los cafés, se pusieron en pie para brindar con cava y desearnos suerte mutuamente para el nuevo año. No me iba yo a quedar esclafada en la silla, pues hice lo propio, y Vladimir, que a esas alturas de la noche ya se había declarado mi ferviente admirador, me sonrió con su diente de oro centelleante lanzándome una mirada penetrante cargada de intenciones, pero de las guarras.

Veinte minutos antes de la  media noche, nos repartieron los paquetitos de uvas invitándonos a pasar a la sala de fiestas donde nos esperaban las campanadas, la orquesta, y la bolsita de cotillón. La gente se estaba levantando de sus asientos cuando nos sorprendió el apagón. Las luces de emergencia no se activaron, qué podía esperarse  del hotel La Castaña…  Durante los primeros instantes de oscuridad y desconcierto, entre gritos de angustia y risas nerviosas el caos se apoderó del comedor.  Yo estaba a punto de volver a tientas a la mesa y fue entonces cuando ocurrió: alguien me rodeó con firmeza por la cintura y, antes de que pudiese reaccionar, sentí como me besaban apasionadamente, con decisión y alevosía, sin escatimar en nada ya me entendéis…, sin rastro de decoro ni contención. El beso, fiero, húmedo y misterioso, duró lo  poco que duró el apagón, pero lo suficiente para dejarme temblando de pies a cabeza.

Por supuesto, al volver la luz  quienquiera que hubiese sido el ladrón de aliento ya no estaba. Un retortijón que empezó en el estómago se propagó por todo mi cuerpo.

< NO NO NO… ¡El del diente de oro NO!> ¿Habría sido un ramalazo de locura del rarito? ¿El Manolo tal vez? ¿El del tic en el ojo? De todas las posibilidades que me venían a la mente, no sé cual se me antojó la peor.  El caso es que el beso me había dejado las rodillas flojas y aún tenía que dar gracias de que  “ajo puerro” no hubiese tenido el valor. Me quedé la última en el salón, faltaban diez minutos para la media noche y había que dar la bienvenida al nuevo año. Me apresuré a subir a la habitación con un saquito de uvas para Cata, pero la encontré en estado comatoso, pobre mía, se le caía hasta la baba, y sin haber bebido una gota de alcohol. Me dio pena despertarla, le dejé un gorrito plateado y un matasuegras junto a la almohada y regresé a la fiesta.

relato-nochevieja

¡¡FELIZ AÑO NUEVO!! Gritaba la gente portando antifaces y escupiendo pepitas de  uva moscatel. Yo había enchufado los rayos X para examinar a todo el que se me acercaba. ¿Volvería a aparecer el besador despiadado? Me daba vergüenza propia, ajena, y de todo tipo; con diente de oro o sin él, hacía años que no me besaban así y aguardaba ansiosa a que el misterioso caballero confesase y me diese otros doce besos como doce campanadas. Eso, para empezar. Intenté ponerme el gorrito de los cojones, pensado y confeccionado para liliputienses, y el elástico se rompió obsequiándome con tremendo gomazo.< ¡Qué tonta del culo!>. ¿ Estaría él observándome? El caso es que empezado el bailoteo y la barra libre me rondaron unos cuantos tipos, aunque ninguno me dio la impresión de ser el besador. Me cagué por las patas abajo cuando se acercó Vladimir con una copa de cava en cada mano.

¡Uno brindis, presziosza!—Me soltó con toda la melosidad de que es capaz una voz del este.

Yo me dije:  < Bea, de perdidos al río>.  Pero me resistía a enrollarme con un tío que tuviese un diente de oro. Por lo que había contado sobre su vida durante la cena no parecía ser un mafioso, pero con la suerte de culo, si tenemos en cuenta como se habían dado las cosas esa noche, ¡vaya usted a saber! El caso es que cuando pusieron una de reguetón  “gold tooth”  me agarró  por la cintura y no, esas manazas no eran las del besador, y desde luego no estaba dispuesta a hacer el test de lengua. Menos mal que la providencia me salvó y un camarero pidió paso para recoger unas copas vacías en el momento en el que Vladimir quiso meter la nariz en mi escote. La noche discurría con el jolgorio propio de una Nochevieja, las burbujas cumplían con su cometido elevándome a un estado de dichosa embriaguez; también los zapatos… que me mataban los pies. Conocí algunos chicos, charlamos, bailamos, e incluso recibí  alguna que otra proposición, pero no. Ninguno era el misterioso besador. Me esperé a los churros, porque necesitaba desesperadamente terminar la noche con un toque dulce. Seguí bailando un rato más, pero a eso de las cinco y media se me agotaron las pilas y me marché a la habitación.

Al salir del ascensor, por fortuna ahora sí funcionaba, me dirigí a mi habitación atravesando el pasillo de la primera planta. Como estaba enmoquetado  me quité los zapatos y caminé descalza por el corredor iluminado ténuemente. Me detuve frente a la puerta nº 13,  metí la mano en el clutch y saqué  la llave y una pinza con la que  me recogí el pelo en un rodete,  tomándome  un momento para estirar la musculatura.  Inspiré hondo y me froté las cervicales, entonces noté un ligero  y suave soplo de aire caliente sobre mi piel y me quedé petrificada. Percibí su sólida presencia a mis espaldas.  Me daba miedo volverme. Lo siguiente que sentí fueron sus labios cálidos sobre mi cuello tenso. La llave cayó al suelo, cerré los ojos con la piel erizada,  embargada por la sensual sensación, y él siguió recorriendo mi hombro con sus labios. Quería darme la vuelta y no quería a la vez, antes de que me decidiese sentí su aliento cuando me susurró al oído:

—Eres preciosa, te he estado observando toda la noche…

¡Casi me desintegro! Su voz. Su olor. Sus manos. Sin prisa,  pero con resolución me instó a volverme  y cuando lo tuve frente a frente lo reconocí. Sí, era él. El camarero que me había recibido en el comedor, el mismo que me había servido el vino en la mesa y me había salvado del certero mordisco de Vladimir:  El besador. Y era alto, y guapo, y era mío esa noche. Esa noche y todas las que le siguieron porque desde aquella mañana no nos hemos separado.

Hoy vuelve a ser fin de año y esta vez Fran no trabaja, hemos quedado con Cata, que se está recuperando de un virus intestinal, para acudir a una fiesta. ¡Esperemos que este año la pobre pueda celebrar la Nochevieja en condiciones!

¡FELIZ FIN DE AÑO!

FIN

Betty L♥ve