AMOR Y MORTADELA Capítulo 4

 

Capítulo 4

Amores Fiesteros

 

—¡Perpetuaaa! ¡Perpetua espabilaaaa!

Perpetua echaba un sueñecito en el banco de siempre; el cuello le iba cediendo y, cuando  pareciera que la cabeza se iba a estrellar contra el suelo, la empuñadura de su bastón frenaba el guarrazo. Mientras, a la vista de doña Macaria no escapaban ni las moscas.

—¡La hija de la Leonarda ha entrao en lo del salchicha! —Doña Perpetua dio un respingo  sacudiéndose la modorra del cuerpo.

Pdzch pdzchaa ¿Lo queeee? —chilló la anciana, batallando con la dentadura  para que no se le saliese de la boca.

—¡La Clarita, la hija de la Leonarda!

—¿La que se fue a putear a la Francia?

—¡La mesma! Con estos ojos que la acabo de ver. —La anciana levantó un dedo torcido por la artrosis hundiéndolo en la ojera derecha.

Detrás del mostrador de la carnicería seguía Modesto… Ahí, rígido como una estatua marmórea.

—Buenas tardes Modesto —saludó Clara—. Han pasado muchos años… pero creo que aún se me reconoce.

Después del soponcio inicial,  y alentado por la visión de unos huevos de toro que lucían viriles en la cámara expositora, el hombre reaccionó.

— Clari… engrmm, Clara.— La voz trémula no le salió con mucho fuelle.

Definitivamente, de cuello para abajo no era el mismo hombre que Clara recordaba… “¡Qué de músculo!”

—Estás… distinto—observó ella—. La vida te ha tratado bien.

La sangre bullía en el escote de machote del carnicero, que percibía como un brote de calor se extendía por los hombros y le subía por el cuello.  En parte por el cumplido, en parte porque era la primera vez, que él recordase, que Clarita le hubiese echado un piropo, si es que estar “distinto” significaba estar menos esmirriado.

—Bueno…—sonrió aturullado— procuro llevar una vida sana. Tú te ves…—tragó saliva— muy bien, como siempre—. Le pareció reconocer la coquetería de la muchacha de ayer en el rostro de la mujer de hoy que  tenía en frente, ese rostro con el que había soñado tantas veces en su juventud y que había sido el causante de más de un disgusto.

—Tenía que hacer unos recados y he pensado que podría saludar a mi hija.

—Sí, claro, por supuesto ¡Enseguida la aviso! Bueno, mejor pasamos adentro… pasa, pasa, no te quedes ahí, mujer.

Clara rodeó el mostrador y Modesto le facilitó el paso haciendo a un lado la cortina tintinera. Se sintió minúscula con semejante pretoriano a sus espaldas. Cuando pasó a los corrales su Greta, con toda su carrera y educación urbanita,  arremangada y escoba en mano barría el forraje y las briznas de paja sobre el tosco suelo de cemento. Allí dentro olía que era un primor…

—¿Mamá? —levantó la vista sorprendida.

— Hola cariño, tenía que hacer unos encargos y he pensado que podía pasar a un verte un momento.

—¡Claro! seguro que a Modesto no le importa que hayas venido…

Modesto corroboró con un gesto, elevando en lo posible las comisuras de sus finos labios, ansioso por complacer. La visita fue breve, ya se marchaba cuando se cruzaron con Marco, que  salía de la cámara frigorífica.

—Clara —habló Modesto—, este es mi hijo Marco.

Marco se adelantó para saludar y le tendió la mano educadamente.

 

* * * *

—Lo mato, lo mato… ¡Lo maaaato!

Greta metió la cabeza bajo la almohada mientras se imaginaba a sí misma sumergiendo al gallo en un caldero con agua hirviendo. El muy desgraciado no respetaba ni los domingos. Tratando sin éxito de dormir otro poquito,   permaneció en la cama holgazaneando; le pareció escuchar el motor de un vehículo afuera, seguidamente, algunos porrazos. Se  asomó por la ventana  y se quedó con la boca abierta: Modesto descargaba de su furgoneta unos sacos mientras Marco, cuerpazo  en shorts y camiseta de tirantes, raspaba el muro de la entrada con un apero de albañil. Vio que su madre salía de la casa llevando una bata fina, Modesto le explicaba y hacía gestos con las manos señalando, probablemente, las grietas y desconchones que pretendían arreglar.

—Oh…pero esto es mucha molestia —objetó Clara, apurada.

—¡Molestia ninguna! En un par de horitas apañamos este muro.

—Pero es que os vais a…

—Sin peros, mujer, que  es poca cosa y así ejercitamos. ¿Verdad, hijo?

 Clarita miraba atónita cómo Modesto se echaba un saco de arena a las  espaldas  como si fuese una bolsa de plumas. Marco escondió una sonrisa asestando un golpe seco al muro con una piqueta.

—En fin…se agradece, os prepararé un buen almuerzo.

Greta se apañó el pelo y se aplicó unos toques discretos de barra de labios antes de salir a saludar. Agradeció el gesto, y como los obreros declinaron su oferta de ayuda, se colocó las gafas de sol, se subió a una tapia y se dedicó a recrear la vista. ¡Mamma mía! (como solía decir Francesco). Carga y descarga de  músculo y material, sudor del bueno y  testosterona flotando sexualmente en el ambiente… El gallo matón se acercó sigiloso atacando a Marco por la espalda y a traición, asestándole un señor picotazo en el cuello. <¡Gallo cabrón! > Con la arteria aorta a punto de explotarle agarró al bicho por el pescuezo  y lo zarandeó alzándolo a la espera de instrucciones.

— ¡Todo tuyo! —gritó Greta desde lo alto. Entonces, Marco  lo lanzó con fuerza al otro lado de la tapia; el muy teatrero armó un plumoso alboroto cagándose  mientras volaba por los aires.

 

 —¡Tiempo sin verla, doña Leonarda! —exclamó Modesto al ver que la anciana salía al patio acompañada por Clarita.

La mesa estaba dispuesta para el almuerzo bajo la sombra que ofrecía el techado de caña y fresca hiedra.

—Los  achaques hijo…A mi edad todo son puñetas.

—Madre —intervino Clara—. ¿Se acuerda usted de Modesto?

—¡¿Pues no me voy a acordar, puñetas?! Que me hacéis chocha!

—He sabido que estaba delicada —manifestó Modesto—pero yo la encuentro de lo más saludable, ¡está usted hecha una jovenzuela!

—Aduladorrr—la anciana arrugó el morro—. Si hubieses gastado esa labia en otros tiempos…Óyeme —añadió—pues no sé si será de esos pollos tuyos que te comes, pero hay que ver hermoso te has puesto.

Clara se sonrojó profundamente y comenzó a servir la comida sin levantar la vista de los platos. Llegó Greta seguida por Marco, se habían quedado atrás mientras ella le curaba el picotazo entreteniéndose un poco más de la cuenta: un momento a solas, palpando la solidez  del cuello moreno de Marco mientras lo desinfectaba con una gasa…

—Este debe ser tu Marquitos —adivinó doña Leonarda.

Después de la cura, Marco estaba tenso como una cuerda de violín, necesitaba beber algo con urgencia, algo frío. Muy frío.

—Sí, este es mi chico, ya está hecho todo un hombre. —La anciana echó una ojeada al bigardo muchacho y luego clavó la vista en su nieta.

— Parece que el negocio familiar  os va  muy bien —comentó Clarita, una vez sentados a la mesa. 

— Sí, no podemos quejarnos. Aunque hubiese preferido que Marco no hubiese abandonado  la universidad.

—Los hijos…—suspiró Clara—. Les quitas el pañal, les salen cuatro granos, y ya son adultos y toman sus propias decisiones, aunque nos cueste asumirlo.

Marco cruzó una mirada con Greta, no podía quitarle los ojos de encima, la observaba todo el tiempo, pero con disimulo. Ella  le dedicó una sonrisa juguetona.

—Aunque me alegra tener a mi hijo a mi lado, me gustaría que un día tuviese su propio negocio, tiene muy buenas ideas. En estos momentos  está preparando un viaje a Italia para participar en un concurso.

—¡Vaya! —exclamó Clarita.

— ¿Ah, sí? –inquirió Greta, clavando sus ojos verdes en el más que atractivo hijo del carnicero.

—Sí…, algo así —respondió Marco, mientras el rubor comenzaba a calentarle el rostro.

—¿Y qué tipo de concurso es? —indagó Greta.

—Es un concurso gastronómico,  se premia al producto  artesanal.

—Y tú vas a llevarles un poco de mortadela.

—Así es —confirmó Marco satisfecho, aunque por dentro se preguntaba qué pensaría ella de él.

—Hace unos días llegó una carta con la invitación —explicó Modesto, henchido de orgullo paterno como un pavo real.

—Enhorabuena —lo felicitó Greta— así que para eso quieres el diccionario… Yo puedo ayudarte —le ofreció espontáneamente—. No es que domine el idioma, no — aclaró— pero creo que lo suficiente como para echarte una mano, si lo necesitas…

—Marco sintió el peso de  tres pares de ojos sobre su persona, unos, especialmente bonitos —. Está bien, te lo agradezco.

—¡Estupendo!— festejó Modesto—. Podrías dedicar la última media hora de la jornada para enseñar a mi chico to-do lo que quieras…

Marco lanzó a su padre una mirada asesina. El almuerzo resultó agradable y distendido a pesar de las ocurrencias de doña Leonarda, que a los Guerrero les resultaban muy graciosas. Se miró el reloj, su padre asintió y se puso en pie.

—Señoras…, estamos disfrutando mucho  del placer de su compañía, pero  Juan cochinos se ha tomado el domingo libre y aún tenemos que pasar por la granja para echar de comer a los cerdos. Clara, el almuerzo estaba delicioso— expresó Modesto— tienes muy buena mano para la cocina.

—Nada especial— contestó Clarita, llanamente —son platillos fáciles.

Modesto se inclinó levemente aproximando su boca al oído de Clara.

 —Todo lo tuyo es especial.

 

****

Carne de cerdo de primera, tocino, pimentón, un surtido de  secretas especias y las manos de un soberbio charcutero, eran algunos de los ingredientes con los que Marco embutía su mejor Mortadela. Dejó a un lado la mezcla, se lavó y secó en el delantal pues era la hora de su clase y ella lo estaría esperando en la salita.

—He preparado una lista de frases usuales para que vayamos traduciendo —le mostró Greta— como por ejemplo:

“Tengo una reserva en su hotel”  “¿Puede indicarme cómo llegar a esta dirección?” “¿Cuánto cuesta?”  “Necesito un médico”  “Me han robado la cartera”   “Llamen a los carabinieri”

—Me lo estás pintando un poco negro…—Greta soltó una carcajada y se disculpó—. Lo siento, no era mi intención, pero hay que estar preparados para cualquier eventualidad.

—Espero que no me secuestre la Camorra.

 Cuando Marco se relajaba y la miraba sin parpadear…Tenía unos ojazos chocolate noir capaces de taladrar un corazón.

—No, por favor— contestó Greta— sería una pena… ahora que empezamos a entendernos.

Esa era una de las cosas que más le gustaban de ella, no tenía miedo a expresar en voz alta lo que pensaba en cada momento. Un par de mechones ondulados de su pelo castaño descansaban  en el escote,  contrastando con el cálido tono de su piel y el brillo sensual de sus ojos verdes. La guinda del pastel la ponían los labios; preciosos con forma de cereza. Naturalmente atrayentes… Respiró hondo y se removió en su asiento tratando de concentrarse.

—Lo que llevo fatal es la pronunciación —confesó Marco, que se despistaba con cada gesto femenino.

—Es cuestión de práctica –Greta abrió el diccionario—, al lado de la traducción está la pronunciación, ¿ves? aunque esté escrita como el culo, es lo más parecido  a cómo debería sonar.

Marco tomó el diccionario, escogió una palabra y pronunció:

 —Bel-léz-za

 

A finales de semana Greta sorprendió a sus jefes con un presente: un par de  delantales  cortados y cosidos por su madre, con sus respectivos nombres bordados a mano. A Modesto se le iluminó el rostro como bombilla en feria. Ese viernes,  el ambiente festivo y el estallar de los petardos alborotaban cada rincón del pueblo de Ojete. Oficialmente y hasta el martes siguiente se celebraban las fiestas de agosto. A medio  día los tableros ya estaban dispuestos para la degustación de  gachas populares y tintorro. Los vecinos y visitantes (si eran de pueblos cercanos solían acabar a palos)  se concentraban en la plaza del ayuntamiento engalanada con banderitas para ponerse tibios de comida y bebida por cuenta del consistorio. Las vecinas más participativas elaboraban postres,  dulces, tartas y bizcochos, que acompañaban con copitas de mistela. Por la tarde, después del concurso de rebuznos, el bar del pueblo, que triplicaba las mesas en la terraza y sacaba a la calle una barra con serpentín, despachaba tapas y platos de oreja a tutiplén. Ofrecía sangría suavecita, para que pudiesen beber todas las viejas sin que las fulminase un golpe de tensión, y se ponía a enfriar en grandes barreños con hielo. Con la excusa de las fiestas, Modesto había mandado recado  invitando a Clarita a tomar un refresco y disfrutar de la actuación en la plaza de la Orquesta Pasodoble. Al contrario que Greta, que no se  había hecho de rogar y había quedado con Marco a la primera insinuación, Clarita lo meditó algo más, pero finalmente aceptó la propuesta porque secretamente sentía deseos de volver a encontrarse con el carnicero.

—Madre, en media hora llegará Modesto a recogernos, ¿está segura de que no le apetece acompañarnos?

—A mí no se me ha perdido nada en el pueblo. ¿No vas muy fresca hija ?—Clarita se había puesto un bonito vestido de gasa por encima de la rodilla.

—Madre, estamos a treinta y cinco grados… Le he dejado la cena preparada y las pastillas en su bandeja con un vaso de leche. No volveremos tarde, usted acuéstese y quédese tranquila.

—¡Adiós abuela! —exclamó Greta.

 

La terraza del bar estaba a reventar. Modesto y Clarita, acompañados por sus hijos, ocuparon una de las mesas al aire libre. Justo al lado estaban sentadas Las Pacas con sus maridos, que rebañaban los platos mientras sus respectivas hacían trajes a medida.

— Vaya cuajo…—comentó María Francisca— si su mujer levantase la cabeza, pobretica que en gloria esté.

—Esa Clara siempre ha sio una fresca—contestó Francisca María—. Se presenta aquí después de tantos años y ¡miála! a por el Modesto, que tiene buenos cuartos.

—Dicen que la hija está engatusando a Marquitos…¿Cómo es que se llama?

Cocreta o algo así.

 

Anclado a la barra del bar, El Liendres se hacía el interesante  con su pelo cardado y postura estudiada de seductor barato. A juzgar por el  rastro oloroso que dejaba a su paso debía haberse capuzado todo el frasco de  la colonia Jacks de su padre. El Josete, que era sobrino del dueño de la taberna, no podía disfrutar de las fiestas con sus amigos ya que esos días  se veía obligado a echar una mano a su tío en el bar.

—Qué suerte tienen algunos —comentó El Liendres contemplando a Greta con la boca abierta.

—¿Te refieres al hijo del salchicha? Bahhh—exhaló El Llagas—ese siempre se liga a la más guapa…, debe ser porque está cachas.

—Ya veréis el día que yo me deje los bocadillos de panceta —aseguró El Liendres, reventado de la envidia —. Esta sangría es agua colorá,vamos, una mierda Josete ¿La has hecho tú, no?

—Pues sí que está floja… Tu tío es un miserias —convino El Llagas.

Nnn  nooo tengo la cuuul culpa, yo le pongo lo que me meee dice mi tío —se justificó El Josete.

—Eh, Llagas ¿has visto a La Pepi? Mírala, mírala…ya la tienes ahí,  te va a desgastar de tanto mirarte. La jodía no se afeita el bozo ¡ni en fiestas! ¿También tiene el felpudo así de negro? —Al Llagas le entraron los calores de la muerte, apuró el vaso y se limpió las chorreras de sudor que le caían por la frente.

—No jodas tío, ¿cómo voy a acordarme si estaba borracho? No pienso enrollarme con esa fea otra vez.

—Esto es un muermo —se quejó El Liendres— se me está ocurriendo algo. Josete ven para acá…

Dos litros de vodka y un paquete de azúcar por cada cubeta de sangría, medio de Ponche Caballero, una chorrá de ginebra y todo lo que tengas a la mano, le habían dicho. Pedir una tapa daba derecho a barra libre de sangría.

 Debía de estar buena, porque el personal acudía una y otra vez al barreño para rellenar el vaso. Modesto estaba que no cabía de gozo al lado de Clarita, se sabía observado, pero a él los chismes y cotilleos de sus paisanos le traían al pairo.

—Más sangría para las damas —ofreció eufórico, dejando otra ronda sobre la mesa.

—Yo no quiero beber mucho, Modesto —declaró Clarita.

— Pero si está muy suave, mujer. Está rica y fresquita, ¿verdad chicos?

Marco asintió,  estaba hecho un flan. Greta se veía preciosa esa tarde, como estaba muy cortado delante de la madre,  bebía sangría. El Josete no daba abasto preparando más bebida; la mezcla altamente explosiva comenzaba a dar sus frutos, efectos que se hacían visibles en los coloretes y risas desinhibidas del populacho.

—¡Pschhhh, Josete! —llamó El Liendres— ¡Tío ezto ezzz un éxzito! No zé qué le habrázs ezchado a la zangría pero llevo un peeedo.

Y yyyoo oioioioi —secundó El Llagas—. La Pepi, siempre al acecho del objeto de su amor, espiaba a tan solo unos pasos de los muchachos.

—¡Os he oído! ¿Qué  habéis echao a la sangría, que están tos más tontos que una calabaza?

—Hostias, Pepi… no jodas la diversión —se quejó El Llagas—. La muchacha se ofendió y amenazó con irse de la lengua.

Pedo Pepi —intervino El Liendres—zi estamos en fiezstaz…¡Venga, tómate una copita con nozotrozz que te invitamoz! ¿Verdad Llagaz?. Eh, tío— le susurró al oído— vaz a tener que zer cariñozo con ella  para que no ze chive…

Al Llagas se le encogió la almorrana ¡Maldita su suerte! Comprendió resignado que la situación requería… un poco de tacto.

fiestas de Ojete de Abajo Al caer la tarde, Clarita, su hija y sus respectivos acompañantes, se encontraban más que achispados; al escuchar las pruebas de sonido que indicaban que  empezaba la verbena siguieron jubilosamente a la multitud que se trasladaba al otro extremo de la plaza. Las viejas y los viejos, como era costumbre, se traían las sillas de casa y se colocaban en primera fila dejando la zona central libre para los bailongos. La cantante, con la melena leonina y pintada como una puerta,  salió al escenario, saludó a su público y seguidamente se arrancó con el tema “La morena de mi copla”. Pepe el pedorro y Jacinto el practicante, ambos sesentones,  invitaron a sus mujeres a sacudir la polilla sacándolas a la pista para bailar agarrados. Modesto sacó  a Clarita, que contenta y desinhibida como estaba, se arrimó bien al cuerpo del hercúleo ex-pretendiente, que olía a gloria bendita. Para cuando tocaron los pajaritos ya estaban todos bolingas perdidos: moños sueltos, pies descalzos y más de un descamisado en medio del griterío y el contento general. Las señoras ya se habían olvidado de la faja meneando culo y tetas sin el menor pudor. Las Pacas tuvieron que separar a sus maridos cuando uno de ellos quiso pegarle un puñetazo al otro.

—¡Le has tocado el culo a mi mujer!

—¡Te digo que ha sio un error! Que me he confundío y pensé que era mi Paca ¡Pos no ves tú que son iguales, bestia?

Marco y Greta, huyendo del jaleo, de pisotones y de cuescos silenciosos, se apartaron del bullicio para tomar un poco de aire fresco.

 Llegó el turno del Bimbó de Georgie Dann. Modesto movía el esqueleto con gracia y desenvoltura, el pobre estaba más caliente que el queso de un San Jacobo. Cuando tocaron una lenta tomó a Clara por la cintura resbalando la mano hasta la cadera, ella no se incomodó. Los años habían pasado para ambos, la cintura de avispa de jovencita se había ensanchado, las caderas eran más generosas, pero seguía siendo una mujer guapa. Doña Macaria y La Perpetua, enlutadas como de costumbre, observaban el espectáculo desde sus sillas de cuerda.

— Mialá cómo provoca, y qué  vestío me lleva —rezongó doña Macaria— si va más apretá que peo en visita…

Pasadas las doce de la noche las ancianas abrían la boca sin parar y decidieron recoger los bártulos.

Miá qué horas…Ámonos pa casa Perpetua, que estas joventudes no tien jartura. Perpetua echó una última mirada reprobatoria a sus vecinos, pero algo vio que la descompuso repentinamente. Intentaba hablar, pero sufrió un ataque de tos repentino. Macaria, con toda su mala baba,  le dio unas palmaditas en la espalda hasta que la dentadura salió disparada por los aires aterrizando en el bolsillo del panadero.

—¡Virgen Santa! —chilló doña Perpetua—¡Si es la Leonarda!

Doña Leonarda se apareció entre la multitud,  abanicándose enérgicamente.

—¡Madre! —exclamó Clarita, atónita repasándola de pies a cabeza. La mujer llevaba puesto un vestido de domingo, la toquilla  de ganchillo y  las zapatillas de estar por casa.

—¡¡¿Pero qué hace usted aquí?!! ¿Quién la ha traído?

—He cogido la ranchera.

—¿Ha conducido usted? ¿De noche? ¡Virgen Santísima!  

—A ver si  te crees que no puedo, que me hacéis chocha ¡Puñetas! ¿Sabes qué hora es? ¿Has bebido, Clarita? —indagó doña Leonarda clavando sus ojos de halcón en el rostro acalorado de su hija.

Aquello era surrealista, Modesto, que trataba de mostrar seriedad delante de doña Leonarda se ofreció de inmediato a llevar a las dos mujeres de vuelta a la finca.

—Le pido disculpas doña Leonarda, la culpa ha sido toda mía por no darme cuenta de la hora que es. Tiene usted tooda la razón del mundo, ahora mismo nos vamos a acostar.

—¿Y mi nieta?

— Emm, no se preocupe por su nieta que mi hijo la llevará a su casa…

 

Greta y Marco paseaban por callejuelas. Charlando sin rumbo fijo fueron a parar a un pequeño mirador, se sentaron en un banco de piedra con vistas a la sierra  iluminado ténuemente por la luz de una farola cercana. Greta le gustaba muchísimo, tanto que no se conformaría con el rollo pasajero de verano que probablemente obtuviese de esa relación. No era la primera vez que una chica de fuera le interesaba…, y  el romance veraniego no pasaba  del otoño. No quería que esta vez ocurriese lo mismo, por eso rehuía sus propios sentimientos tratando de  contener sus impulsos cuando estaba con ella. Sin embargo,  la  intimidad de la noche y los vasos de sangría debilitaban la voluntad…

—¿Qué estudiabas en la Universidad? ¿Por qué lo dejaste? – preguntó Greta al percibir que Marco se sentía algo tenso.

—Ingeniería alimentaria. Mi madre falleció de repente y…bueno, no quise dejar solo a mi padre, insistió en que podía arreglárselas  pero yo quería volver para estar a su lado.

—Es una pena que alguien muera tan joven —Greta posó una mano sobre la pierna de Marco y le dio un suave apretón —esta vida hay que aprovecharla al máximo…—terminó la frase en un susurro y la mano ya se había trasladado al pecho atlético del joven. Bajo su suave caricia percibió el  latido enérgico del corazón masculino, sintiendo el deseo irrefrenable de tocar la piel que ardía pulsante bajo sus dedos. Marco le acarició la mano y ella se dejó caer suavemente contra su pecho. Desde que lo vio por primera vez sintió deseos de besarle el cuello; la descarga que provocó en Marco  la suave lengua femenina cuando comenzó a lamerle el cuello  le erizó hasta el último vello del cuerpo. La intensa sensación, la agitación en su entrepierna y el calor de la pasión, borraron por completo hasta la última de sus reticencias. Él abrió la palma de su mano enredando el pelo de Greta entre sus dedos, envolvió su cabeza  ejerciendo una ligera presión.  Por un instante ella  creyó que la detendría, pero su sorpresa fue comprobar que no solo no la detuvo, sino que la alzó  sin titubear  colocándola a horcajadas sobre sus poderosos muslos enfundados en los vaqueros; le retiró unos mechones de cabello de la cara para poder besarla profundamente. A Greta todo le daba vueltas: la lengua de Marco no daba tregua; sus manos la oprimían, la acariciaban y la provocaban a un mismo tiempo: la estaba volviendo loca. Un clásico: chico, chica, unas copas, una noche de verano y pegarse el lote como posesos hasta que el algún desgraciado te aguaba la fiesta.

—¡Pepi! Pepi… vamos, que pesas un huevo…¡No puedes llegar con este pedo a tu casa!

El Llagas, ya sobrio el pobrecillo,  salió de un callejón con la Pepi  a rastras aferrada al cuello de su camisa.  Consiguió que lo soltara, la zarandeó un poco y la apoyó en poste de la farola.

Daaammme otro beezoo.

—No puedo Pepi, que ya sabes que me salen llagas.

—Pero yo tegquieroooooooo. Muuuchooooooo

— No sabes lo que dices, estás borracha.

—De ammmmorrrrrrrrr.

—¿De amor? ¡De sangría! Pero no lloriquees… ¿Qué te pasa ahora? —La muchacha le estiraba de la pechera acercándolo peligrosamente al mostacho mientras balbuceaba palabras  inteligibles…

— Qué dices Pepi, no te entiendo ¿Qué quieres?

Aaa caa

—¿Qué?

— Me haago ca-ca.

 

Aquello cortaba el rollo hasta al más fogoso. Marco y Greta observaban la escena desde el anonimato que ofrecían las sombras. Greta se refugió en brazos  de Marco convulsionándose violentamente a causa de la risa.

—Será mejor que los dejemos solos…—sugirió él.

 

 

Modesto esperaba en el patio sentado en uno de los sillones de mimbre, calmaba la sed y el regusto dulzón que le subía por la garganta echándose unos tragos de agua fresquita del botijo mientras una docena de grillos, sabiamente camuflados, restregaban sus alas en  cansino cantar. Sentía pesada la cabeza y  una sed infinita. Clara había entrado en la casa para cerciorarse de que  doña Leonarda se metía en la cama.

—Ya está, se ha tomado  una pastilla para dormir y ha dejado de hacer la puñeta. Todavía no puedo creer que haya tenido las santas narices de bajar  al pueblo a buscarnos.

—Bueno, afortunadamente no ha pasado nada.

—Mi madre está ya muy mayor. Ahhh —se lamentó— hay que tener una paciencia…¿Dónde se habrán metido los chicos? Dimos un par de vueltas antes de marcharnos pero no los vimos por ninguna parte.

—Son jóvenes y se recogerán tarde, dejémosles que disfruten de las fiestas— Se produjo un embarazoso silencio —Clara…—continuó— no quisiera morirme sin saber cómo es un beso tuyo.

Aquella declaración la dejó patidifusa. Clara era consciente de que la vida pasaba por delante de sus narices a la velocidad del ave. No se había vuelto a plantear en serio volver a tener una relación con ningún hombre desde que un francés hizo añicos su corazón. Trabajando y criando a una hija los años habían pasado volando, no había tenido una vida desgraciada después de todo, su Greta era lo más valioso y hermoso que ese embustero le había dejado pero…¿y ella? Todavía era joven. Modesto estaba ahí, mirándola con ojos anhelantes y esos labios finos…, tensos a la espera de una reacción, una palabra. Estaba inquieto pero seguro de lo que quería, de que la quería; porque ella lo presentía y ahora lo sabía ciertamente.

—A lo mejor te llevas una decepción…—respondió Clara mientras le entraba flojera.

—Me arriesgaré —Modesto le tendió una mano.

Clara aceptó la mano que Modesto le ofrecía. Él tuvo la intención de levantarse pero ella lo detuvo y con delicadeza se sentó a su lado sobre el ancho brazo del sillón de mimbre. No tuvo que inclinarse mucho ya que él era bastante más alto. Su olor varonil la embriagaba, su piel cuidada la seducía. Ni en sus mejores sueños hubiese imaginado un beso así, lleno de sentimiento, de vida y de esperanza.

— ¿Querrías hacerme el amor, Modesto? –le propuso ella sin rodeos.

Modesto sintió la sangre alborotársele en el cuerpo, no podía creer que estuviese ocurriendo de verdad.

—¿Y… tu madre? – vaciló, sintiéndose torpe y excitado.

—Mi madre ronca como una fiera, si pones atención lo puedes comprobarlo tú mismo.

Los muelles del colchón de la cama chirriaban escandalosamente por la falta de costumbre. Entre risas y tropiezos agarraron una colcha mullidita, una botella de vino y, como furtivos colegiales, corrieron en pelotas hasta la pinada para hacerlo bajo el cielo estrellado. Resultó que Modesto era fuerte en todo su esplendor, no como muchos de esos musculitos de anchas espaldas que tanto presumen y, a la hora de la verdad, dentro del pantalón tienen un Grefusito. Para una mujer como Clara, que había padecido de hambruna sexual, el tamaño no era lo primordial,  pero si el pretendiente estaba bien dotado, y además, sabía utilizarla… pues miel sobre hojuelas.

 Marco conducía en silencio, los faros de la furgoneta alumbraban en la oscuridad de la noche el terroso camino de acceso a Los Laureles. Después del arrebato pasional en el mirador no había intentado volver a besarla. Greta observaba su perfil en la penumbra del interior del vehículo mientras él manejaba absorto en quién sabe qué pensamientos. Llegaron a la finca y Marco apagó el motor.

—¿Te arrepientes? —quiso saber Greta.

—No…—contestó dubitativo— Es solo que… No importa—se interrumpió. Negó con la cabeza y la miró fijamente —no me hagas caso ¿Vendréis mañana a la barbacoa?

Por tradición, el segundo día de las fiestas, el carnicero se encargaba de suministrar el género y preparaba la  gran barbacoa al mediodía en la plaza del pueblo.

—¿No has oído una risita? —preguntó Greta mirando por la ventanilla en dirección a la pinada. No se oyó nada, salvo el cri cri de los grillos.—Allí estaremos—confirmó ella melosamente.

Marco se aproximó al asiento del copiloto y le plantó  un maravilloso beso húmedo a modo de despedida. Cuando Greta hubo entrado en la casa,  Marco puso en motor en marcha y encendió las luces encarando la furgoneta hacia el camino cuando uno hombre, con los pelos revueltos y la camisa abierta hasta la cintura, le salió al paso haciéndole el alto. Marco frenó sobresaltado.

—¡Papá, qué susto me has dado! —Modesto subió a la furgoneta— ¿Pero se puede saber qué haces aquí? Y con esas pintas…—no se molestó en terminar la frase, la sonrisa de gilipollas que llevaba su padre estampada en la cara lo decía todo.

—Estoy muerto, hijo…—Modesto se estiró en el asiento cerrando los ojos—.Volvamos a casa…mejor hablamos por la mañana.

A la mañana siguiente, otro hombre (italiano para más señas), en otro lugar,  tecleaba en el navegador de su Fiat cabrio:

 DESTINO: Ojete de Abajo        

 

Continuará…

 

Betty L♥ve

Amor y Mortadela

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